Ya no hay más fiestas Escrito por Alejandro Dolina
Extraído de la revista "Humor" n° 11, de abril de 1979
Transcripto por Diego Papic
Hace mucho, muchísimo, que nadie me invita a una fiesta. Lo descubrí un par
de sábados atrás, mientras me preparaba para pasar la velada buscando malas
palabras en el diccionario. Indignadísimo, llamé por teléfono a un amigo mío
que en otras épocas solía organizar toda clase de saraos.
-¿Qué pasa? -le pregunté-. ¿Tengo peste que no me invitan a ninguna fiesta?
-Ya no hay fiestas -me contestó.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
-No lo sé -me dijo-. La gente no quiere reunirse.
-¿Y cómo se divierten? -insistí.
-Solos. Salen a romper faroles... a patear tachos de basura... miran la
televisión... llaman por teléfono a los señores quese apellidan Fazzulo o
Albacete... silban contra el ventilador para que parezca un duo... hacen pompas
de jabón con una bombilla y hasta supe de algunos minorados que buscan malas
palabras en los diccionarios.
-¿No será porque nadie los invita a ninguna fiesta? -sugerí.
-Fiestas ya no hay -dijo mi amigo y cortó.
Ustedes no me van a creer. Pero en un tiempo había muchas fiestas y
reuniones.
Tantas, que uno tenía para elegir.
Al cumpleaños de Ramón no voy, porque hay que llevar regalo... A la casa de
Eduardo Grossman, tampoco, porque me tortura con sus discos de jazz... A lo de
las hermanas Brignolo, menos aún, porque son feas y viven en Bancalari... Había
que poner muchísimo cuidado en la elección del ágape.
Si ustedes me permiten, los voy a llevar a una de estas francachelas, para
que tengan una idea de como eran las cosas.
El lector: -¿Y cómo tengo que ir vestido?
El autor: -Vea, mi amigo, no se haga problema por eso. En realidad más que
sus atavíos, usted debe preparar su espíritu.
El lector: -No entiendo.
El autor: -Es fácil. Usted debe presentir que algo bueno le ocurrirá en la
fiesta. Que conocerá a una mujer que salvará su vida. Que le presentarán a un
buscador de talentos que quedará deslumbrado con usted. Que le contarán cien
chistes divertidos. Que comerá como un cerdo y beberá como una esponja.
Presienta. Presienta con ganas, porque -si tengo que ser sincero- le diré que
esto es lo mejor que tiene una fiesta: sus vísperas. Y ahora, por favor, déjeme
seguir con la nota.
Entremos. La fiesta ya empezó. O quizá todavía no. Nunca se sabe bien cuando
empieza una fiesta.
Muchas veces uno permanece largas horas en silencio, esperando alguna señal
que indique el comienzo del jolgorio. Y puede ser que lleguen las tres de la
mañana y uno descubra que se ha pasado toda la fiesta esperando que empiece.
Venga, pase. Ya sé que la primera impresión no es buena. Los rostros que
usted esperaba encontrar, no están.
Quizá usted note que nadie le presta demasiada atención.
Ha llegado el momento de hacerse notar. Piense que nadie lo conoce demasiado
bien. Su personalidad es una hoja en blanco. Llénela como usted quiera.
¿No se le ocurre nada?
¿Qué le parece si se hace el torturado? Es fácil. Hay que sentarse en un
sillón y ponerse la mano en la frente. No faltará alguien que le pregunte si le
duele la cabeza. Y ahí es donde usted aprovecha para decirle que no le duele en
absoluto y para soltarle cuatro o cinco teorías amargas sobre la vida y el
destino.
También puede hacerse el gracioso. Elija el asistente más pavote y
pregúntele si lo conoce a Pirulo. O hágale la adivinanza del cocinero y el
nadador. Enseguida se convertirá usted en el centro de la reunión.
¿No le gustan las chanzas? Fínjase culto. Busque por toda la casa algún
libro que usted haya leído. Cuando lo encuentre grite:
-¡Ah!...! ¡La dieta del doctor Atkins...! Un libro estupendo, les garanto.
Puede que nadie pique. No desespere. Busque otro libro:
-¡Ah...! ¡El caso nueve dedos...! ¡La espía que me amó...! ¡El manual del
alumno bonaerense...! Tarde o temprano algún intelectual se mostrará dispuesto
a polemizar con usted.
Otro buen recurso es acercarse a la victrola y ponerse a examinar los
discos. Ponga los que le parezcan más raros. Después cierre los ojos y haga que
sí con la cabeza. Todos creerán que usted es un melómano exquisito y en pocos
minutos se hallará soltando sus opiniones sobre Los Beatles, el cuarteto Firpo
y la jazz Casino.
El lector: -Tocan timbre.
El autor: -¿Y qué?
El lector: -¿No será una de esas señoritas que íban a salvarme la vida?
El autor: -No lo creo, sinceramente.
El lector: -Sin embargo, fíjese. Acaba de entrar una menor bastante
aparente.
El autor: -No se ilusione. Inmediatamente detrás de cualquier mujer hermosa
que entra a una fiesta, aparece un señor.
El lector: -No quiero contradecirle, pero detrás de la primera menos ha
ingresado una segunda joven, tan aparente como la primera.
El autor: -Entonces los señores serán dos. Mantenga la prudencia.
El lector: -¿Pero es que nunca vienen mujeres solas a una fiesta?
El autor: -Si. Pero eso ocurre cuando uno está acompañado.
No quiero que la nostalgia me vuelva mentiroso. En aquellas fiestas uno no
se divertía mucho. Por lo general nadie tenía nada que decir. Para remediarlo
fueron inventados los juegos de salón.
Hace algunos años se solía jugar al "Dígalo con Mímica". Ya saben ustedes:
se trata de sugerir mediante gesticulaciones y payasadas el título de una
película.
Ejemplo: usted camina como Frankenstein. Título sugerido: Frankenstein.
Claro, hay películas de más difícil sugerencia, como "La condición humana",
"MASH" o "Grisby". Y también algunas que permiten ciertas finas groserías, como
"En una pequeña carpa un gran amor", "Con mi mujer no puedo" o "Los cañones de
Navarone".
En las fiestas juveniles solía jugarse al juego de la botella. Se tomaba un
envase de litro, se lo hacía girar como una ruleta. El pico de la botella
señalaba a una joven primero y a un señor después. Esta pareja debía besarse.
Peligrosísimo.
También estuvo de moda el juego de la verdad, actividad lúdica en la que uno
estaba obligado a confesar sus odios, amores y vicios más secretos delante de
cualquier pajarón. Un juego apto solamente para estómagos resfriados.
Si los juegos no funcionaban, había que recurrir al guitarrero. Este
personaje jamás faltó en ninguna reunión decente. Costaba un Perú hacerlo
cantar. Pero una vez que empezaba no callaba hasta el alba, maldita sea su
estampa.
Además, si uno solía reunirse periódicamente con el mismo grupo, ocurría que
el cantor siempre era el mismo y su repertorio también.
-Ay, José... Cantá "El indio muerto" -le pedían.
Y José cantaba "El indio muerto", mitad para complacer el gentil pedido y
mitad porque era una de las tres que sabía.
Una buena forma de boicotear al cantor era hacer la siguiente propuesta:
-Ay... tocá una para que cantemos todos.
Y entonces se terminaba el canto, porque nunca todos supieron una.
Como los juegos y los cantores, los cuentos e historias chuscas eran un buen
recurso para derrotar al silencio.
El lector: -¿Qué le parece si le cuento el de la venganza del chinito?
El autor: -Vea, con los cuentos ocurre algo malo: cuando alguien cuenta uno,
todos se creen en la obligación de contar otro. Yo he llegado a la conclusión
de que cada uno oye y se festeja únicamente su propio cuento.
El lector: -¿Conoce el de los supositorios?
El autor: -Ja, ja, ja... Sí, lo conozco.
El lector: -¡Qué lástima! Me hubiera gustado referírselo.
El autor: -Lo siento, créame.
El lector: -Otra vez será.
Juegos, cuentos y cantores son un síntoma inequívoco de que una fiesta es un
fracaso. En los saraos verdaderamente logrados (que son rarísimos) no hace
falta nada de esto.
Algunos insisten en que el baile forma parte de este grupo de actividades
supletorias de la diversión. No estoy de acuerdo. Siempre me he mostrado a
favor de toda actividad que propenda al nacimiento de romances. Y este es el
caso de la milonga en todas sus formas.
El lector: -Pero no es necesario ir a una fiesta para bailar, uno puede
asistir a cualquier boliche o a un club. Sin ir más lejos, al 9 de julio de
Caseros.
El autor: -El 9 de julio de Caseros hace veinte años que no organiza un
baile. Además, hay otra cosa: en un club usted corre el riesgo de que la
señorita elegida se niegue a bailar con usted. En una fiesta usted tiene
derecho a bailar con cualquiera, incluso con las que vienen acompañadas.
El lector: -Eso es malo con ustedes, los autores... Fingen diálogos con los
lectores sólo para demostrar lo vivos e inteligentes que son. No estoy
dispuesto a continuar esta conversación. Voy a sacar a bailar a una de las
menores que entraron hace un rato.
Después de algunas horas de aburrimiento más o menos disimulado, la fiesta
entraba en decadencia. Bostezos..., discos terminados que nadie se preocupa en
reponer... Uno que se va. O si no el amanecer. El amanecer que entra por la
ventana y que termina para siempre con cualquier festichola.
Uno descubre que la mujer esperada no vino, que nadie le ofreció un contrato
para Hollywood y que duele la cabeza. Algún entusiasta propone ir a tomar café
con leche a algún lugar. Nunca entendí a esta clase de sujetos.
Terminó la fiesta. Hay que irse.
El lector: -¿No podemos quedarnos un rato más?
El autor: -No. Vámonos. Quien se queda corre el riesgo de tener que soportar
las confidencias que brotan muy fácilmente a esta hora. No quiero que el dueño
de casa me cuente que quiere estrangular a su novia.
El lector: -No me gustó la fiesta. No entiendo su nostalgia.
El autor: -Queda algo por decir. Casi todas las fiestas son malas. Pero hay
una que las salva a todas. En una de cien fiestas usted conocerá finalmente a
la mujer que salvará su vida. En una de mil reuniones usted encontrará un buen
amigo. En una de cien mil se divertirá como un loco. Hay que esperar.
El lector: -¿Usted encontró algo alguna vez?
El autor: -Sí. Una vez, en una fiesta, un tipo me escuchó contar el cuento
del caballo muerto en la bañadera. Gracias a él escribo notas como ésta.
El lector: -Creo que jamás volveré a ninguna reunión. Usted termine con la
nota, si quiere.
Gracias. Sólo quiero decir que todos los componentes de esta revista
añoramos las buenas y viejas fiestas. Nos morimos por asistir a una de ellas.
Para contarnos anécdotas de la conscripción, para mostrarnos fotos, para
enrostrarnos nuestros últimos éxitos y para hablar mal de los amigos ausentes.
Pero sabemos que ya nunca viviremos tan apasionantes experiencias.
Porque ya no hay fiestas.
Buenas noches.