Vindicación del chisme Escrito por Alejandro Dolina






Extraído de la revista "Humo(r)" n° 2, de julio de 1978
Transcripto por Diego Papic

Los espíritus doctos de todas épocas han deplorado muchísimas veces la
costumbre popular del chisme y la murmuración. De este modo han conseguido
imponer una corriente de pensamiento, según la cual debe uno abstenerse de
comentar la conducta ajena. Yo no sé si esto es tan bueno.
"Ay, yo no me meto en la vida de nadie", se jactan algunos. Y no me gusta.
Tanta discreción se parece a la frialdad.
Además es imposible no hablar de los demás. Si uno elimina de su
conversación toda referencia a otras personas, se condena irremisiblemente al
silencio o a la pesadez de aquellos que solo hablan de sí mismos.
Vamos a decirlo de una vez: sin chismes no hay conversación posible. "¿Han
visto ustedes la execrable tricota que estrenó Rubén?", pregunta alguien. Es un
chisme. "Mucho peor es la gorra de Jacinto", acota otro. Es un nuevo chisme.
Pero no debe creerse que estas situaciones se verifican únicamente en
conversaciones vulgares. Aún las charlas entre sabios varones se nutren
vorazmente de chismes.
-¿Sabía usted, mi querido ingeniero, que Valery despreciaba a Pascal?
Chisme.
-No me extraña, arquitecto, toda vez que el bueno de Blas escupía sobre la
ciencia, de la que Paul era devoto. Otro chisme.
-Y Pasteur, ¿qué me dicen de Pasteur?- acota un tercero, médico quizá. Y
revela algún episodio de la vida del insigne científico.
Chismes. Todos son chismes. Nuestra vida está llena de chismes y no es tan
malo. El señor Kissinger tiene una esposa joven. Rousseau ejerció la profesión
de canfinflero. El zaguero Passarella juega bien al billar. Einstein tocaba el
violín. Estas murmuraciones no nos hacen odiar a estos personajes. Mas bien nos
acercan y nos hacen percibir su humana y pecadora dimensión.
-Objeto, objeto- aullará algún lector perspicaz-. La murmuración no siempre
es tan inocente. Muchas veces desemboca en la calumnia.
-Sí- admite lacónico el columnista. Pero no empecemos a confundir chisme
puro con sus consecuencias más lamentables. Precisamente el propósito de este
opúsculo es resaltar los costados más amables del chismorreo, que de los otros
ya se ha escrito demasiado.
El chisme -me atrevería a decir- se parece a la literatura, particularmente
a la novela. Veamos.
Toda novela -ya se sabe- se refiere a seres humanos. No hay historias de
perros ni de lombrices. Y cuando esto ocurre es un señor el que la cuenta, en
términos humanos y con un humano lenguaje.
Con los chismes pasa lo mismo. Se chismea sobre la gente. Cuando alguien
dice "El perro de Carlos me ha mordido el antebrazo", no está refiriéndose a la
incivil conducta del perro, sino más bien a la indolencia de Carlos, que no
educa convenientemente a su perro.
La perplejidad ante el destino, es otro punto común entre las novelas y el
chisme. "Horacio acertó el Prode", "Asaltaron a Don Roberto", "Jaime se enfermó
de paperas". En estos chismes aparece -tácitamente- una conclusión que es la
misma que se puede extraer de tantas novelas: mire las cosas que pasan.
También puede hablarse -como en literatura- de los distintos géneros del
chisme.
Género romántico: "He visto a Luis con Silvia en el potrero del ferroca-
rril".
Género dramático: "Desalojaron a Chiche".
Género épico: "Raúl y Jorge se agarraron a trompadas".
Género psicológico: "Martín está loco".
Género metafísico: "Luisa se hizo tirar las cartas".
Género social: "A Ramón lo rajaron del laburo".
Cumplo en reconocer -sin embargo- algunas diferencias nada desdeñables entre
el chismorreo y la novelística. La primera es la extensión. No hay chismes de
cuatrocientas páginas, ni novelas de seis palabras.
El chisme prescinde de la descripción, delicadeza que no siempre tienen las
novelas. Ninguna murmuración comienza diciendo: "El sol se sumergía tras los
cipreses, mansamente".
Y finalmente, el chisme no se corporiza jamás en libro, con tapas, páginas y
letras. No puede guardarse en las bibliotecas.
Antiguamente el chisme florecía en todos los barrios de la ciudad. Eran
épocas en que todos conocían a todos y uno podía recitar sin equivocarse el
nombre y apellido de todos los habitantes de la cuadra. Hoy, gracias al
progreso, nadie conoce a nadie. Y entonces no tiene sentido chismorrear. Porque
los únicos chismes interesantes son los que se refieren a personas que uno
conoce. El chisme "Abderramán el Bajarí, habitante de Trípoli, no se baña
jamás" carece de todo encanto. Reemplacemos a Abderramán el Bajarí por nuestro
cuñado y estaremos en presencia de una estupenda murmuración, de éxito seguro
en cualquier ágape.
Los personajes públicos son, para el caso, iguales a nuestros conocidos.
Esto ha sido notado con toda inteligencia por el periodismo y así cunden en
diarios y revistas, secciones tales como "Dialoguitos en el asfalto", "Confi-
dencial", la página de atrás de La Razón, las notas de Radiolandia y otras
realizaciones que permiten a los espíritus inquietos imponerse del color de la
bufanda de Fernando Bravo y de lo que hace Moria Casán ni bien llega a su casa.
Este quizá sea el futuro del chisme. La murmuración masiva.
Porque las viejas chismosas van desapareciendo. Acaso el último reducto del
chisme directo sea la oficina. Allí todavía se acostumbra a sacar el cuero con
la misma alegría de los buenos tiempos.
También están los suburbios, los barrios benditos que aún no han sido
ahogados por los rascacielos. Sus pobladores aún mantienen el antiguo espíritu
solidario que anima a los sapos de un mismo pozo. Allí todavía se mantiene el
saludable interés por el vecino y el chisme crece, vigorosamente.
Powells en uno de sus libros nos suelta el siguiente razonamiento. "Ante el
espectáculo del universo, donde a cada instante nacen y mueren estrellas y se
producen terribles cataclismos, la historia A ama a B, pero B ama a C, se nos
antoja una tontería". Humildemente, creo que no es así. El desencuentro
amoroso, la soledad, la muerte y la espantosa tragedia de la vida son cosas que
tocan mucho más hondamente a los criollos de esta cuadra que la permanente y
amoral velocidad de la luz. Por eso el chisme nos devuelve a la pequeña y
entrañable dimensión de reos.
Cuéntenme chismes, por favor. Cuéntenme que Fulano se jugó el sueldo al pase
inglés o que Mengano se tomó dos botellas de oporto en una hora. Entonces sabré
que aún queda gente que se conmueve ante la debilidad ajena. Ojalá que el
chisme resurja con todas sus fuerzas y esta fría e impenetrable ciudad que
estamos construyendo se convierta de golpe en un gigantesco, turbulento y
divertido conventillo. Buenos días.


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