Venus sonríe Por J. G. Ballard








Notas graves en una tarde alegre.
Mientras nos íbamos en el coche, después de la
inauguración, mi secretaria dijo: --Señor Hamilton, supongo
que se da usted cuenta de cómo se ha puesto en ridículo.
--No seas tan severa --respondí--. ¿Cómo podía saber que
Lorraine Drexel produciría eso?
--Cinco mil dólares --musitó--. Un montón de vieja
chatarra. ¡Y el ruido! ¿No miraste los bocetos? ¿Para qué
está la Comisión de Bellas Artes?
Mis secretarias siempre me han hablado en ese tono; en
ese momento entendí por qué. Detuve el coche bajo los árboles
al final de la plaza y miré hacia atrás. Habían sacado las
sillas y ya se había juntado una pequeña multitud alrededor
de la estatua, mirándola con curiosidad. Un par de turistas
golpeaba una columna, y la delgada estructura se estremecía
pesadamente. No obstante, brotaba de la estatua un estridente
gemido que atravesaba el agradable aire de la mañana,
haciendo rechinar los dientes a los transeúntes.
--Raymond Mayo hará que la desmonten esta tarde
--dije--. Si ya no la han desmontado. Quisiera saber dónde
anda la señorita Drexel.
--No te preocupes, no la verás nunca más en Vermilion
Sands. Apostaría a que en este momento está llegando a Red
Beach.
Palmeé a Carol en el hombro. --Tranquilízate. Estabas
hermosa con la nueva falda roja. Los Médici tuvieron quizá el
mismo problema con Miguel Angel. ¿Quiénes somos nosotros para
juzgar?
--Tú --dijo Carol--. Tú estabas en la comisión, ¿no es
cierto?
--Querida --expliqué pacientemente--. La moda ahora es
la escultura sónica. Estás tratando de librar una batalla que
el público ya perdió hace treinta años.
Volvimos a mi oficina en un silencio enrarecido. Carol
estaba molesta porque había tenido que sentarse a mi lado en
la plataforma, mientras presentábamos la estatua, cuando la
gente se puso a insultarme en la mitad de mi discurso, pero
de cualquier modo la mañana había sido desastrosa en casi
todos los sentidos. Lo que hubiese sido perfectamente
aceptable en la Expo 75 o la Bienal de Venecia era sin duda
muy anticuado en Vermilion Sands.
Cuando decidimos encargar una escultura sónica para la
plaza del centro de Vermilion Sands, Raymond Mayo y yo
estuvimos de acuerdo en patrocinar a un artista local. Había
docenas de escultores profesionales en Vermilion Sands, pero
sólo tres de ellos se habían dignado a presentarse al comité.
Los dos primeros que vimos eran hombres grandes y barbudos de
puños enormes y proyectos imposibles: un pilón vibratorio de
aluminio de treinta metros de altura, y un inmenso grupo
familiar que demandaba más de quince toneladas de basalto
montadas sobre una pirámide megalítica. Nos llevó una hora
echar a cada uno de los hombres de la sala de la comisión.
El tercero era una mujer: Lorraine Drexel. Esa criatura
elegante y autocrática, con un sombrero que parecía una rueda
de carreta, de ojos como orquídeas negras, había sido modelo
e íntima de Giacometti y de John Cage. Con un vestido azul de
crespón adornado con serpientes de encaje y otros emblemas
del art nouveau, se sentó ante nosotros: una Salomé fugitiva
de mundo de Aubrey Beardsley. Sus ojos inmensos nos miraron
con una tranquilidad casi hipnótica, como si ella acabase de
descubrir, en ese instante, alguna singular cualidad en esos
dos afables diletantes de la Comisión de Bellas Artes.
Hacía sólo tres meses que vivía en Vermilion Sands, a
donde había llegado vía Berlín, Calcuta y el Chicago New Arts
Center. La mayoría de sus esculturas, hasta el momento,
habían sido instrumentadas para varios himnos tántricos e
hindúes, y recordé su breve aventura con un cantante popular
mundialmente famoso, muerto luego en un accidente
automovilístico, que había sido un fervoroso fanático de la
cítara. Pero en ese momento no prestamos atención a los
plañideros cuartos de tono de ese infernal instrumento, tan
rechinante para el oído occidental. Nos había mostrado un
álbum de sus esculturas, interesantes construcciones de cromo
que podían compararse favorablemente con las ilustraciones
que habíamos visto en las últimas revistas de arte. En media
hora habíamos firmado contrato.

Vi la estatua por primera vez aquella tarde treinta segundos
antes de hablarle a un grupo selecto de celebridades de
Vermilion Sands. No comprendo por qué ninguno de nosotros se
había molestado hasta entonces en mirar la estatua. El título
impreso en las tarjetas de invitación ("Sonido y Quantum:
Síntesis Generativa 3") había parecido un poco extraño, y la
forma general de la estatua cubierta era aún más sospechosa.
Yo esperaba una figura humana estilizada, pero la figura
debajo de la lona acústica tenía las proporciones de una
antena de radar mediana. Pero Lorraine Drexel se había
sentado a mi lado en el estrado, y estudiaba con ojos dulces
a la multitud reunida allí abajo. La sonrisa ensoñadora le
daba un aspecto de dócil Mona Lisa.
No quise ni pensar en lo que vimos cuando Raymond Mayo
tiró de la cinta. Incluyendo el pedestal la estatua medía
unos cuatro metros de altura. Tres delgadas patas de metal,
ornamentadas con espigones y travesaños, salían del plinto y
sostenían una cúspide triangular. Empalmada a esa cúspide
había una estructura dentada que a primera vista parecía la
rejilla del radiador de un viejo Buick, torcida en forma de
U, de casi dos metros de diámetro. Los dos brazos sobresalían
horizontalmente en una sola hilera de núcleos sónicos, cada
núcleo de unos treinta centímetros de largo, como dientes de
un enorme peine. Soldadas aparentemente al azar, sobre toda
la estatua, había veinte o treinta aspas afiligranadas.
Eso era todo. Toda la estructura estaba cubierta de
arañazos, y tenía ese aspecto marchito de las antenas de
radar abandonadas. Inicié mi discurso un poco sobresaltado
por los primeros chillidos agudos que emitía la estatua, y
cuando llegué a la mitad me di cuenta de que Lorraine Drexel
se había ido de mi lado. Parte del público empezaba a
levantarse y a taparse los oídos, y le pedía a gritos a
Raymond que volviese a poner la lona acústica. Un sombrero
voló en el aire por encima de mi cabeza y aterrizó
limpiamente en uno de los núcleos sónicos. La estatua
propalaba ahora un quejido agudo e intermitente, una especie
de maullido de cítara que parecía a punto de abrirme las
suturas del cráneo. Respondiendo a los abucheos y a las
protestas, comenzó de pronto a aullar caprichosamente,
confundiendo con sus bocinazos a los conductores de coches
que pasaban por el otro lado de la plaza.
Terminé el discurso con un tartamudeo inaudible,
mientras la audiencia abandonaba los asientos en masa y los
gritos y las burlas interrumpían el lloriqueo de la estatua.
Carol me tironeó bruscamente del brazo, los ojos encendidos
como diamantes. Raymond Mayo señaló con una mano nerviosa.
Estábamos los tres solos en la plataforma; las hileras
de sillas volcadas cubrían la plaza. De pie, a veinte metros
de la estatua, que había empezado a gimotear
quejumbrosamente, estaba Lorraine Drexel. Yo esperaba
encontrar en su cara una expresión de indignación y de furia,
pero esos ojos inmóviles mostraban en cambio el desprecio
tranquilo e implacable de una viuda insultada en el funeral
del marido. Mientras esperábamos con torpeza, mirando cómo el
viento se llevaba los programas rotos, Lorraine Drexel dio
media vuelta, y con un taconeo de diamantes atravesó la
plaza.

Nadie quería saber nada de la estatua, así que finalmente me
la tuve que llevar a casa. Lorraine Drexel abandonó Vermilion
Sands el día que la desmontaron. Raymond habló brevemente con
ella por teléfono antes de que se fuera. Supuse que estaría
bastante desagradable, y no me molesté en escuchar la
conversación.
--¿Y bien? --dije--. ¿Quiere que se la devolvamos?
--No. --Raymond parecía un poco preocupado.-- Dijo que
nos pertenecía a nosotros.
--¿A ti y a mí?
--A todos. --Raymond se sirvió del botellón de Scotch
que había en la mesa de la terraza.-- Luego se echó a reír.
--¿De qué?
--No lo sé. Dijo que todo era cuestión de crecimiento, y
que ya nos gustaría.
Como no había otro sitio donde ponerla, planté la
estatua en el jardín. Sin el pedestal de piedra sólo tenía
dos metros de altura. Ahora, oculta por los ligustros, se
había calmado, y emitía una agradable armonía melódica, de
suaves rondós que gorjeaban en el calor de la tarde. Los
punteados de cítara que la estatua había emitido en la plaza
como un patético llamado de amor de Lorraine Drexel a su
amante muerto, había desaparecido por completo, casi como si
alguien hubiese instrumentado de nuevo la estatua. La
desastrosa inauguración me había hecho huir tan
precipitadamente que casi no había podido verla, y pensé que
quedaba mucho mejor aspecto en el jardín que en Vermilion
Sands; las columnas y las figuras abstractas resaltaban
contra el desierto como parte de un anuncio de vodka. Al cabo
de unos pocos días casi pude ignorarla.

Aproximadamente una semana más tarde estábamos en la terraza
luego del almuerzo, descansando en las hamacas. Yo casi me
había quedado dormido cuando oí la voz de Carol.
--Señor Hamilton, me parece que se mueve.
--¿Qué cosa se mueve?
Carol se había incorporado, torciendo a un lado la
cabeza. --La estatua. Parece diferente.
Miré la estatua, a menos de veinte metros de distancia.
La reja de radiador se había ladeado un poco, pero las tres
patas parecían todavía verticales.
--La lluvia de anoche debe de haber ablandado el terreno
--dije. Escuché las tranquilas melodías que llevaban los
remolinos de aire caliente, y luego volví a tenderme en la
hamaca, somnoliento. Oí que Carol encendía un cigarrillo con
cuatro cerillas y se iba caminando por la terraza.
Cuando me desperté una hora más tarde, estaba sentada en
la hamaca, muy derecha, la frente arrugada.
--¿Te tragaste una abeja? --pregunté--. Tienes cara de
preocupación.
Noté algo entonces, y observé un rato la estatua.
--Tienes razón. Se mueve.
Carol asintió. La forma de la estatua había cambiado de
manera perceptible. La reja se había extendido a los lados
transformándose en una especie de barquilla abierta en la que
los núcleos sónicos parecían palpar el cielo, y los tres pies
estaban más separados que antes. Todos los ángulos parecían
diferentes.
--Pensé que finalmente se daría cuenta --dijo Carol,
mientras nos acercábamos a la estatua--. ¿De qué está hecha?
--De hierro forjado, pienso, pero con mucho cobre o
plomo. Se tuerce con el calor.
--Entonces ¿por qué se tuerce hacia arriba y no hacia
abajo?
Toqué la curva superior de una pata. El metal se
estremecía como si fuera elástico, y vibraba contra mi mano
mientras el aire se movía entre los adornos. Tomé la barra
con las dos manos y traté de mantenerla rígida. Un latido
débil pero perceptible me golpeó rítmicamente.
Solté la pieza y di un paso atrás, limpiándome la
herrumbre de las manos. Habían desaparecido las armonías
mozartianas, y la estatua producía ahora una serie de acordes
graves de Mahler. Carol estaba de pie junto a la estatua,
descalza, y recordé que las especificaciones de altura que
habíamos dado a Lorraine Drexel habían sido exactamente dos
metros. Pero la estatua era casi un metro más alta que Carol,
y la barquilla tenía por lo menos dos metros de diámetro. Las
columnas y las barras parecían más gruesas y más fuertes.
--Carol --dije--. Tráeme una lima, por favor. Hay
algunas en el garaje.
Carol volvió con dos limas y una sierra.
--¿Va a cortarla? --preguntó, esperanzada.
--Querida, esto es un Drexel original. --Tomé una de las
limas.-- Sólo quiero convencerme de que me estoy volviendo
loco.
Comencé a hacer una serie de pequeñas muescas en la
estatua, asegurándome de que fuesen exactamente del ancho de
la lima. El metal era blando, y el trabajo fácil; la
superficie estaba cubierta de herrumbre pero debajo había
algo jugoso y brillante, como savia.
--Muy bien --dije al terminar--. Vayamos a tomar algo.
Nos sentamos en la terraza y esperamos. No aparté los
ojos de la estatua y podría jurar que no se movió. Pero
cuando volvimos allí una hora más tarde la barquilla había
vuelto a girar de algún modo hacia la derecha, y colgaba
hacia nosotros como una inmensa boca metálica.
No necesité comparar las muescas con la lima. Tenían por
lo menos el doble del ancho original.
--Señor Hamilton --dijo Carol--. Mire esto.
Señaló uno de los espigones. Bajo la capa exterior de
herrumbre asomaban asomaban unos pequeños brotes afilados.
Uno o dos comenzaban ya a ahuecarse. Evidentemente eran
núcleos sónicos incipientes.
Examiné con atención el resto de la estatua. Por todas
partes salían nuevos retoños metálicos: arcos, púas, afiladas
hélices dobles que transformaban la estatua original en una
construcción más voluminosa y elaborada. Por encima murmuraba
una mezcolanza de sonidos casi familiares, fragmentos de una
docena de oberturas y sinfonías. La estatua tenía ya bastante
más de cuatro metros de altura. Palpé una de las pesadas
columnas y noté que los latidos eran más fuertes, y golpeaban
con regularidad a través del metal, como si los gobernase el
sonido de su propia música.
Carol me miraba con preocupación.
--Tranquilízate --dije--. Sólo está creciendo.
Volvimos a la terraza y miramos.
A las seis, aquella tarde, la estatua tenía el tamaño de
un árbol pequeño. En el jardín atronaban simultáneamente, en
fogosas versiones, la Overtura académica festiva de Brahms y
el Primer Concierto de Piano de Rachmaninoff.

--Lo más extraño de todo --dijo Raymond Mayo a la mañana
siguiente, levantando la voz por encima del estrépito-- es
que sigue siendo un Drexel.
--¿Quieres decir una escultura?
--Más que eso. Toma cualquier parte y verás que los
motivos originales se repiten. Cada aleta, cada hélice, tiene
todos los manerismos auténticos de Drexel, casi como si
Drexel en persona estuviese allí dándole forma. La verdad es
que esa afición por los compositores románticos no pega
demasiado con el punteado de cítara, pero no está mal. Ahora
quizá habría que esperar algo de Beethoven, por ejemplo la
Sinfonía Pastoral.
--O los cinco conciertos para piano... tocados al mismo
tiempo --dije ácidamente. Me molestaba ese placer locuaz de
Raymond por el monstruo musical que había en el jardín. Cerré
las ventanas de la terraza deseando que él mismo tuviese
instalada la estatua en el living de su apartamento del
centro.-- Supongo que no crecerá eternamente.
Carol le pasó otro scotch a Raymond. --¿Qué le parece
que deberíamos hacer?
Raymond se encogió de hombros. --¿Para qué preocuparse?
--dijo irreflexivamente--. Cuando comience a tirar abajo la
casa, córtenla. Gracias a Dios que la desmontamos. Si esto
hubiera ocurrido en Vermilion Sands...
Carol me tocó el brazo. --Señor Hamilton, quizá fue esto
lo que esperó Lorraine Drexel. Quería que creciese y se
extendiese por todo el pueblo, y que la música enloqueciese a
todo el mundo...
--Cuidado --dije--. Te estás dejando llevar por tu
imaginación. Como dice Raymond, podemos cortarla en cualquier
momento que queramos y fundirla.
--Entonces ¿por qué no lo hace?
--Quiero ver hasta dónde llega --dije. --En realidad mis
motivos eran más confusos. Era evidente que, antes de irse,
Lorraine Drexel había puesto en marcha, dentro de la estatua,
alguna perversa maldición, una rara venganza hacia todos
nosotros por haberle ridiculizado la obra. Como había dicho
Raymond, la presente babel de música sinfónica no tenía
ninguna relación con el llanto melancólico que la estatua
había emiido al principio. Esos acordes desolados ¿pretendían
ser un réquiem por el amante muerto, o eran tal vez el
llamado de un corazón obstinado? Fueran cuales fuesen los
motivos de Lorraine Drexel, ahora habían desaparecido en esa
extraña parodia instalada en mi jardín.
Miré cómo la estatua se extendía despacio por el césped.
Se había derrumbado a causa de su propio peso y estaba
tendida de costado formando una especie de enorme espiral
angular de siete metros de largo por cinco de alto, como el
esqueleto de una ballena futurista. De ella brotaban
fragmentos de la Suite del Cascanueces y de la Sinfonía
"Italiana" de Mendelssohn, tapados por repentinos y
atronadores pasajes de los úlimos movimientos del Concierto
para Piano de Grieg. La elección de esos clásicos trillados
parecía deliberadamente calculada para fastidiarme.
Yo me había quedado despierto junto a la estatua la
mayor parte de la noche. Después que Carol se fue a la cama
llevé el coche hasta la estrecha cinta de césped junto a la
casa y encendí las luces delanteras. La estatua se destacaba
casi luminosamente contra la oscuridad, y tronaba y retumbaba
mientras apaecían más y más brotes de núcleos sónicos a la
luz amarilla del coche. Gradualmente perdió la forma
original; el radiador dentado se plegó sobre sí mismo y luego
echó nuevos puntales y púas que subieron en espiral, echando
a su vez retoños secundarios y terciarios. Poco después de
medianoche comenzó a torcerse y al fin se desplomó.
La estatua se movía ahora como un tirabuzón. El plinto
había quedado suspendido en el aire, en el centro de la
maraña, girando despacio, y los principales focos de
actividad estaban en los dos extremos. El ritmo de
crecimiento se estaba acelerando. Vimos cómo brotaba un nuevo
retoño. Uno de los puntales se combó de pronto, y un bulto
puntiagudo asomó entre la herrumbre de la superficie. En un
minuto creció hasta convertirse en un aguijón de tres
centímetros de largo; engordó, comenzó a torcerse y cinco
minutos más tarde era un núcleo sónico completo de treinta
centímetros.
Raymond señaló a dos de mis vecinos que observaban desde
los techos de sus casas, a cien metros de distancia,
alertados por la música. --Pronto tendrás aquí a todo
Vermilion Sands. En tu lugar, yo la taparía con una lona
sónica.
--Si encuentro una del tamaño de una cancha de tenis. De
todos modos es hora de que hagamos algo. Tú trata de dar con
Lorraine Drexel. Yo averiguaré qué la hace crecer.

Aserré un miembro de cincuenta centímetros de largo y se lo
entregué al doctor Blackett, un vecino excéntrico pero
amistoso que a veces también se dedicaba a la escultura.
Caminamos hasta la comparativa tranquilidad de la terraza. El
núcleo sónico emitía algunas notas aleatorias, fragmentos de
un cuarteto de Webern.
--¿Encuentra alguna explicación? --pregunté.
--Notable --dijo--. Casi plástico. --Se volvió para
mirar la estatua.-- Una circunnutación evidente. Quizá sea
fototrópica, además. Hmm, casi como una planta.
--¿Está viva?
Blackett lanzó una carcajada. --Mi querido Hamilton,
claro que no. ¿Cómo podría estar viva?
--Entonces, ¿de dónde saca los nuevos materiales? ¿Del
suelo?
--Del aire. Todavía no lo sé, por supuesto, pero yo
diría que sintetiza rápidamente una forma alotrópica de óxido
ferroso. En otras palabras un reordenamiento puramente físico
de los elementos de la herrumbre. --Blackett se acarició el
poblado bigote y miró pensativo la estatua.-- Musicalmente,
es bastante curiosa, un pasmoso compendio de casi todas las
malas notas que se han compuesto en la historia de la música.
En algún sitio la estatua debe haber sufrido un trauma sónico
grave. Se porta como si la hubieran dejado una semana en una
playa de maniobras del ferrocarril. ¿Tiene usted alguna idea
de lo que pasó?
--No, ninguna. --Le esquivé la mirada mientras volvíamos
junto a la estatua, que pareció percibir nuestra proximidad y
empezó a trompetear los compases iniciales de la marcha
"Pompa y Circunstancia" de Elgar. Cambiando de paso
deliberadamente, le dije a Blackett:-- Entonces, para
silenciarla, bastaría cortarla en trozos de cincuenta
centímetros de largo.
--Si la estatua le preocupa. Sin embargo sería
interesante dejarla, si soporta el ruido. No hay ningún
peligro de que continúe creciendo indefinidamente. --Blackett
alzó una mano y palpó una de las barras.-- Todavía firme pero
diría que no falta mucho. Pronto se ablandará como una fruta
demasiado maduram, y luego comenzará a desmenuzarse, a
desintegrarse, ojalá que a consumirse, con la interpretación
del Réquiem de Mozart y el final del G”terd„mmerung.
--Blackett me sonrió, mostrándome esos extraños dientes.-- A
morir, si así lo prefiere.
Pero no había tomado en cuenta a Lorraine Drexel.

Al día siguiente me despertó el ruido a las seis de la
mañana. La estatua tenía ahora casi veinte metros de largo y
cruzaba los macizos de flores a ambos lados del jardín.
Parecía como si una orquesta completa estuviese interpretando
una sinfonía demente en el centro del césped. Del otro lado,
junto a los canteros, los núcleos sónicos continuaban
ofreciendo el catálogo romántico, una babélica mezcla de
Mendelssohn, Schubert y Grieg, pero cerca de la terraza los
núcleos empezaban a emitir los ritmos discordantes y
sincopados de Stravinsky y Stockhausen.
Desperté a Carol y tomamos un nervioso desayuno.
--¡Señor Hamilton! --gritó--. ¡Tiene que detenerla!
--Los tentáculos más cercanos estaban a sólo dos metros de
los ventanales de la terraza. Los miembros mayores tenían
casi diez centímetros de diámetro y los latidos golpeaban
adentro como la presión del agua en una manguera de incendio.
Cuando los primeros coches de la policía comenzaron a
pasar por la calle, delante de la casa, fui al cobertizo de
las herramientas y saqué una sierra.
El metal era blando y la hoja se hundía rápidamente.
Apilé a un lado los trozos que iba cortando, mientras subían
al aire unas notas aleatorias. Separados del cuerpo
principal, los fragmentos eran casi inactivos, como había
dicho el doctor Blackett. A las dos de la tarde ya había
cortado la mitad de la estatua, reduciéndola a proporciones
manejables.
--Eso la mantendrá a raya --le dije a Carol. Caminé
alrededor y cercené algunas de las barras más ruidosas--.
Mañana concluiré el trabajo.
No me sorprendí cuando llamó Raymond para decir que no
había rastros de Lorraine Drexel.

A las dos de la madrugada me despertó el estallido de un
vidrio de una ventana contra el piso del dormitorio. Una
inmensa hélice metálica se cernía como una garra entrando por
el agujero, chillándome con el núcleo sónico.
Había media luna, y una luz grisácea y débil se
derramaba en el jardín. La estatua había vuelto a crecer y
era ahora dos veces más grande que en la mañana anterior. Se
extendía por todo el jardín en una enmarañada red, como el
esqueleto de una casa aplastada. Los primeros tentáculos ya
habían llegado a las ventanas del dormitorio, y otros habían
trepado al cobertizo de herramientas y brotaban hacia abajo
taladrando el techo, arrancando las láminas galvanizadas.
La luz de la ventana alumbró miles de pequeños núcleos
sónicos que cubrían la estatua. Finalmente, al unísono, esos
núcleos cantaron el final de la Sinfonía apocalíptica de
Bruckner.
Fui al dormitorio de Carol, que por suerte quedaba en el
otro extremo de la casa, y le hice prometer que no se
levantaría de la cama. Luego bajé y llamé por teléfono a
Raymond Mayo, que llegó una hora más tarde trayendo en el
asiento trasero del coche un soplete oxiacetilénico y unas
garrafas que le había pedido a un contratista local.
La estatua crecía casi con la misma rapidez con que
nosotros la cortábamos, pero cuando llegaron las primeas
luces, poco antes de las seis, ya la habíamos derrotado.

El doctor Blackett miró cómo rebanábamos los últimos
fragmentos de la estatua. --Hay un trozo junto a los canteros
que quizá sea audible. Pienso que valdría la pena
conservarlo.
Me limpié el sudor de la cara y sacudí la cabeza. --No.
Lo siento, créame, pero una vez es bastante.
Blackett asintió, y miró tristemente hacia los montones
de chatarra, todo lo que quedaba de la estatua.
Carol, que parecía como aturdida por todo lo que había
pasado, servía café y brandy. Mientras nos desplomábamos en
dos de las hamacas, los brazos y las caras negros de
herrumbre y limaduras, pensé irónicamente que nadie podría
acusar a la Comisión de Bellas Artes de no dedicarse con
empeño a sus labores específicas.
Hice una recorrida final por el jardín, y recogí el
trozo que había mencionado Blackett; luego orienté al
contratista local, que había venido con el camión. Él y sus
dos hombres tardaron una hora en cargar la chatarra (una
tonelada y media, según calculamos) en el vehículo.
--¿Qué hago con esto? --pregunté después de subir a la
cabina--. ¿Lo llevo al museo?
--¡No! --dije casi con un grito--. Deshágase de todo.
Entiérrelo en algún sitio o, mejor todavía, fúndalo. Lo antes
posible.
Luego que se fueron, Blackett y yo caminamos un rato por
el jardín. Parecía como si hubiese estallado allí una granada
de metralla. Había enormes terrones esparcidos por todas
partes, y nosotros mismos habíamos pisoteado la poca hierba
que no había sido arrancada por la estatua. Las limaduras de
hierro cubrían el césped como polvo, y unas débiles notas
perdidas ondeaban flotando a la sol cada vez más fuerte.
Blackett se agachó y levantó un puñado de granos.
--Dientes de dragón. Mañana se asomará usted a la ventana y
verá crecer la Misa en Si Menor. --Dejó que las limaduras se
le deslizaran entre los dedos.-- Sin embargo, pienso que aquí
acaba el asunto.
No podía haber estado más equivocado.

Lorraine Drexel nos demandó. Quuizá encontró la noticia en
los diarios y comprendió que era su oportunidad. No sé dónde
había estado escondida, pero sus abogados se materializaron
rápidamente, blandiendo el contrato y señalando la cláusula
donde garantizábamos proteger la estatua de cualquier daño
que le pudiesen ocasionar vándalos, ganado o algún otro
estorbo público. La acusación principal se refería al daño
que según ella habíamos hecho a su reputación: si habíamos
decidido no exhibir la estatua deberíamos haber supervisado
su traslado a algún lugar de depósito, y no desmembrarla y
vender luego los fragmentos como hierro viejo. Esta afrenta
deliberada, insistía, había significado para ella la pérdida
de varios pedidos importantes, por un total de por lo menos
cincuenta mil dólares.
En las audiencias preliminares pronto advertimos que
nuestra mayor dificultad consistiría en probar a alguien que
no hubiera estado allí que la estatua había crecido de veras.
Tuvimos suerte, conseguimos varios aplazamientos, y Raymond y
yo tratamos de rastrear lo que pudimos de la estatua. Todo lo
que encontramos fueron tres pequeñas barras, ahora totalmente
inertes, que se herrumbraban en la arena, al borde de un
basural en Red Beach. Aparentemente el contratista, siguiendo
mi consejo, había llevado el resto de la estatua a una acería
para que lo fundiesen.
Nuestro argumento no pasaba de ser un alegato de defensa
propia. Raymond y yo declaramos que la estatua había empezado
a crecer, y luego Blackett pronunció una larga homilía ante
el juez detallando lo que él consideraba deficiencias
musicales de la estatua. El juez, un viejo rudo e irascible
de la escuela de la horca, decidió en seguida que queríamos
tomarle el pelo. Estábamos perdidos desde el principio.
La sentencia final no fue dictada hasta unos diez meses
después de haber descubiero la estatua en el centro de
Vermilion Sands, y el veredicto no nos sorprendió.
Lorraine Drexel sería indemnizado con treinta mil
dólares.

--Parece que tendríamos que haber aceptado el pilón, después
de todo --le dije a Carol mientras salíamos de la sala del
tribunal--. Aun aquella especie de pirámide nos hubiera
creado menos problemas.
Raymond se unió a nosotros y los tres salimos al balcón,
al final del pasillo, a respirar un poco de aire.
--No importa --dijo Carol valientemente--. Al menos todo
ha terminado.
Miré por encima de los techos de Vermilion Sands,
pensando en los treinta mil dólares y preguntándome si
tendríamos que pagarlos de nuestros propios bolsillos.
El edificio del tribunal era nuevo y por una extraña
ironía nuestro caso lo había inaugurado. Una buena pare del
piso y del enyesado estaba todavía sin terminar, y en el
balcón faltaba el mosaico. Yo estaba de pie sobre una viga
cruzada de acero, y uno o dos pisos más abajo alguien debía
estar clavando un remache en una viga maestra, pues la que yo
tenía bajo los pies vibraba con un movimiento sedante.
De pronto me di cuenta de que no se oía ningún ruido de
remaches, y que el movimiento bajo mis pies era menos un
vibración que una pulsación rítmica.
Me incliné y puse las manos encima de la viga. Raymond y
Carol me miraron con curiosidad. --Señor Hamilton, ¿qué pasa?
--preguntó Carol cuando me levanté.
--Raymond --dije--. ¿Cuánto hace que empezaron a
trabajar en este edificio? En el esqueleto de acero, al
menos.
--Unos cuatro meses, creo. ¿Por qué?
--Cuatro. --Asentí lentamente.-- Dime, ¿cuánto tiempo
crees que tarda un pedazo de chatarra en ser reprocesado y
volver a la circulación?
--Años, si ha andado por los depósitos de basura.
--¿Y si hubiera llegado directamente a la acería?
--Entonces un mes. Menos.
Ahogándome de risa señalé la viga. --¡Toquen eso!
¡Vamos, tóquenlo!
Arrugando el ceño, los dos se arrodillaron en el suelo y
apoyaron las manos en la viga. De pronto Raymond me miró.
Dejé de reír. --¿Sientes?
--¿Si siento? --dijo Raymond--. Oigo. Lorraine Drexel...
la estatua. ¡Está aquí!
Carol acariciaba la viga y escuchaba. --Me parece que
hay un zumbido --dijo, perpleja--. Como si fuera la estatua.
Me eché a reír otra vez, y Raymond me tomó el brazo.
--Cálmate, ¡pronto cantará todo el edificio!
--Ya lo sé --dije con un hilo de voz--. Y no será sólo
este edificio. --Tomé a Carol del brazo.-- Vamos, tenemos que
ver si hay algunos brotes.

Subimos al último piso. Los yeseros estaban a punto de entrar
a trabajar y había unos caballetes grandes y pilas de
listones por todas partes. Todavía no habían puesto el
revoque, y las paredes eran de ladrillo desnudo, con vigas
separadas por intervalos de tres metros.
No tuvimos que buscar demasiado.
Brotando de una de las viguetas de acero, debajo del
techo, había una larga hélice metálica que se ahuecaba
formando un delicado núcleo sónico. Sin movernos contamos una
docena más. Emitían una débil vibración, como si fuesen los
primeros músicos de una inmensa orquesta de ejecutantes de
cítara que se instalaban en cada llanura y cada cima de
montaña de la tierra. Recordé la última vez que habíamos oído
esa música, cuando Lorraine Drexel estaba a mi lado en la
inauguración de su obra en la plaza de Vermilion Sands. La
estatua había llamado a su amante muerto, y ahora iba a
repetir de nuevo el estribillo.
--Un Drexel auténtico --dije--. Todos los amaneramienos.
Todavía no hay mucho que ver, pero esperen a que se ponga en
marcha.
Raymond andaba de un lado a otro, boquiabierto. --Hará
pedazos todo el edificio. Piensen en el ruido.
Carol miraba uno de los retoños. --Señor Hamilton, usted
dijo que habían fundido todo.
--Lo fundieron, ángel. Y así volvió todo a la
circulación, contagiando a todos los metales con los que
entró en contacto. La estatua de Lorraine Drexel esttá aquí,
en este edificio, y en otra docena de edificios, en barcos y
aviones, en un millón de automóviles nuevos. Aunque sólo sea
un tornillo o una tuerca, eso bastará para contaminar al
resto.
--Encontrarán una forma de detenerla --dijo Carol.
--Puede ser --admití--. Pero probablemente volverá de
algún modo. Algunos pedazos siempre volverán. --Le rodeé la
cintura con el brazo y comencé a bailar al compás de la
extraña música abstracta que ahora, por algún motivo, era tan
hermosa como los ojos melancólicos de Lorraine Drexel.--
¿Dijiste que todo había terminado? Carol, apenas ha empezado.
El mundo entero se pondrá a cantar.


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