La sonrisa por J. G. BALLARD








Ahora que una lógica de pesadilla ha llegado a su conclusión
cuesta creer que, cuando llevé a Serena Cockayne a vivir
conmigo a mi casa de Chelsea, mis amigos y yo lo consideramos
el más inocente de los caprichos. Dos temas me han fascinado
siempre --la mujer y lo raro--, y Serena los combinaba a
ambos, aunque no en un sentido vulgar o perverso. Durante las
prolongadas cenas que tanto nos entretuvieron el primer
verano que pasamos juntos, tres años atrás, su presencia a mi
lado, hermosa, callada y eternamente tranquilizadora a su
extraña manera, estuvo rodeada por toda clase de complejas y
encantadoras ironías.
Nadie que conociese a Serena dejaba de quedar fascinado.
Sentada tímidamente en su silla dorada junto a la puerta de
la sala de estar, los pliegues azules del vestido de brocado
la abrazaban como un tierno y devoto océano. A la hora de la
cena, ya sentados, mis invitados miraban con divertido y
toleante afecto cómo llevaba yo a Serena y la ponía en el
otro extremo de la mesa. Su tenue sonrisa, la más delicada
flor de aquella piel incomparable, presidía nuestras ricas
veladas con invariable calma. Después que se marchaban los
últimos invitados, presentando sus respetos a Serena que los
miraba desde la sala, la cabeza ladeada en esa pose tan
característica, la llevaba con alegría a mi dormitorio.
Desde luego, Serena nunca participaba de nuestras
conversaciones, y ése era sin duda un vital elemento de su
encanto. Mis amigos y yo pertenecíamos a esa generación de
hombres que al comienzo de la madurez se había visto
obligada, aunque sólo fuese por necesidad sexual, a una
aburrida aceptación del feminismo militante, y había algo en
la pasiva belleza de Serena, en su inmaculado pero anticuado
maquillaje, y ante todo en su inquebrantable silencio que
expresaba una profunda y grata deferencia hacia nuestra
herida masculinidad. En todos los sentidos, Serena era el
tipo de mujer que inventan los hombres.
Pero eso fue antes de que descubriese la verdadera
naturaleza del temperamento de Serena, y el papel más ambiguo
que desempeñaría en mi vida, del que ahora quiero librarme
con tanto anhelo.

Apropiadamente --aunque entonces se me escapó del todo la
ironía--, vi a Serena por primera vez en el Fin del Mundo, en
esa zona del lado bajo de King's Road ocupado ahora por un
grupo de edificios de departamentos pero que sólo tres años
atrás era todavía un enclave de tiendas de antigedades de
segunda, boutiques andrajosas y galerías del siglo diecinueve
que pedían a gritos una reurbanización. Volviendo de la
oficina me detuve ante una pequeña tienda de curiosidades que
anunciaba opurtunidades por cierre, y escudriñé, a través de
la vidriera manchada de azufre, lo poco que quedaba en
exhibición. Casi todo se había terminado, fuera de un
montículo de raídos paraguas victorianos desplomados en un
rincón como una bruja putrefacta y un viejo juego de patas de
elefante disecadas. Había algo de conmovedor en esa docena de
monolitos, todo lo que quedaba de una manada solitaria
masacrada a causa del marfil hacía un siglo. Los imaginé
exhibidos secretamente alrededor de mi sala de estar,
llenando el aire con sus presencias invisibles pero dignas.
Dentro de la tienda una joven empleada, sentada detrás
de una mesa de marquetería, me miraba con la cabeza inclinada
hacia un lado como calculando pacientemente hasta qué punto
sería yo un cliente serio. Esa pose tan poco profesional, y
su total falta de reacción cuando entré en la tienda, me
tendrían que haber puesto sobre aviso, pero el aspecto tan
poco común de la joven ya me había impresionado.
Lo primero que noté, y que transformaba el sucio
interior de la tienda, era la magnificencia de su vestido de
brocado, muy lejos de las posibilidades de una vendedora en
ese deteriorado extremo de King's Road. Sobre un fondo de un
lustroso azul, un cerúleo de profundidades casi oceánicas, el
dibujo de oro y plata subía desde el suelo, a sus pies, tan
suntuoso que casi temí que el vestido se levantase como una
ola y se la llevase. En comparación, su cabeza y sus hombros
recatados, el busto pálido discretamente sugerido por el
corpiño bajo, brotaban con extraordinaria serenidad de ese
mar resplandeciente, como si su dueña fuese una dócil y
doméstica Afrodita tranquilamente sentada a horcajadas sobre
Poseidón. Aunque poco más que una adolescente, su pelo,
deliberadamente, no estaba peinado a la moda, como si se lo
hubiera arreglado, con mucho cariño, una anciana devota de
las revistas de cine de la década del veinte. Bajo de ese
casco rubio, su rostro había sido pintado y empolvado con el
mismo cuidado pródigo, depiladas las cejas y subida la línea
del cuero cabelludo, sin ningún ánimo de pastiche ni de falsa
nostalgia, tal vez obra de una madre excéntrica que todavía
soñaba con Valentino.
Sus manos pequeñas descansaban en su falda,
aparentemente enlazadas pero en realidad separadas por un
estrecho espacio, una pose estilizada que sugería que estaba
tratando de apresar un instante de tiempo que de lo contario
podría escabullírsele. En su boca flotaba una débil sonrisa,
a la vez pensativa y tranquilizadora, como si se hubiese
resignado, de la manera más adulta, al mundo caduco de esa
moribunda tienda de curiosidades.
--Lamento enterarme de que va a cerrar --le dije--. Esos
pies de elefante que hay en la vidriera... tienen algo de
conmovedor.
Ella no contestó. Sus manos siguieron enlazadas con la
misma separación de milímetros, sus ojos mirando fijo, con
esa expresión de trance, la puerta que yo había cerrado a mis
espaldas. Estaba sentada en una silla de un diseño peculiar,
un artefacto de tres patas de teca barnizada que era una
mezcla de pedestal y de caballete de pintor.
Al comprender que se trataba de un aparato ortopédico y
que ella era probablemente lisiada --eso explicaba el
complejo maquillaje y la postura tiesa-- me incliné para
hablarle de nuevo.
Entonces vi la placa de bronce clavada en la cúspide del
trípode de teca donde ella estaba sentada.
serena cockayne
Unida a la placa había una etiqueta polvorienta con un
precio. ` 250'.

Haciendo memoria, me resulta curioso que haya tardado tanto
en darme cuenta de que no estaba mirando una mujer verdadera
sino un complejo maniquí, una obra maestra, el producto de un
notable virtuoso. Eso explicaba al fin su vestido eduardiano
y su peluca antigua, los cosméticos y la expresión facial de
la década del veinte. A pesar de todo, el parecido con una
mujer verdadera era asombroso. Los contornos de los hombros
ligeramente curvos, la piel demasiado perlina e inmaculada,
las pocas hebras de pelo de la nuca que habían escapado de la
atención del fabricante de pelucas, la insólita delicadeza
con que habían sido modelados --casi por un acto de amor
sexual-- las ventanas de la nariz, las orejas y los labios,
representaban en conjunto un tour de force tan pasmoso que
casi ocultaba el ingenio sutil de toda la aventura. Yo ya
pensaba en el impacto que esa réplica de tamaño natural
tendría en las mujeres de mis amigos cuando se la presentase.
Sentí que corrían una cortina a mis espaldas. El dueño
de la tienda, un homosexual joven y astuto, se acercó con un
gato blanco en brazos; alzó la mandíbula al oír mi risa de
satisfacción. Yo ya había sacado la chequera y estampado mi
firma con un gesto ceremonioso digno de la ocasión.

Cargué a Serena Cockayne en un taxi y me la traje a vivir
conmigo. Al pensar en el primer verano que pasamos juntos, lo
recuerdo como un tiempo de perpetuo buen humor, en el que la
presencia de Serena enriquecía casi cada aspecto de mi vida.
Correcta y discreta, ella teñía todo lo que me rodeaba con
las más deliciosas ironías. Sentada tranquilamente junto a la
chimenea de mi estudio mientras yo leía, presidiendo la cena
como dueña de casa, su sonrisa plácida y su mirada serena
iluminaban el aire.
Ninguno de mis amigos dejó de caer en el engaño, y todos
me felicitaron por haber montado semejante golpe de efecto.
Sus mujeres, desde luego, miraban a Serena con recelo, y
evidentemente la consideraban parte de una travesura
adolescente o sexista. Pero yo ponía mi cara más inexpresiva,
y en unos pocos meses todos dimos por sentada su presencia en
mi casa.
En verdad, al llegar el otoño ya formaba parte de mi
vida, hasta tal punto que muchas veces no reparaba en ella.
Poco después de su llegada le había sustituido el pedestal
por una pequeña silla dorada en la que podía transportarla
cómodamente de una a otra habitación. Serena era notablemente
liviana. Sin duda su inventor --ese genio desconocido del
arte de fabricar muñecas-- le había insertado una sólida
armadura, pues su postura, al igual que su expresión, nunca
cambiaba. En ninguna parte había indicios de la fecha o lugar
de fabricación, pero por los gastados zapatos de charol que a
veces asomaban por debajo del vestido de brocado calculé que
la habían armado hacía unos veinte años, probablemente como
doble de una actriz durante la época dorada de la industria
cinematográfica de posguerra. Cuando regresé a la tienda a
preguntar por sus anteriores dueños todo el Fin del Mundo
había sido reducido a escombros.

Una noche de domingo, en noviembre, aprendí algo más sobre
Serena Cockayne. Después de trabajar toda la tarde en el
estudio levanté la mirada del escritorio y la vi sentada de
espaldas en el rincón. Distraído por un problema profesional,
la había dejado allí sin darme cuenta después del almuerzo, y
se le notaba una cierta melancolía en los hombros cargados,
casi como si hubiese caído en desgracia.
Al hacerla girar hacia mí noté una pequeña mancha en su
hombro izquierdo, tal vez una partícula de yeso caída del
cielo raso. Intenté cepillarla, pero la mancha no
desapareció. Se me ocurrió que la piel sintética,
probablemente fabricada con algún plástico experimental
primitivo, podría haber comenzado a deteriorarse. Encendí una
lámpara de mesa y examiné los hombros de Serena con mayor
atención.
Contra el oscuro fondo del estudio, la aureola de vello
que cubría la piel de Serena confirmaba toda mi admiración
por el genio de su hacedor. Defectos casi imperceptibles,
manchas sutilmente tenues que sugerían superficiales vasos
capilares, arraigaban la ilusión en el realismo más firme. Yo
siempre había creído que esa obra maestra de imitación
cutánea no se prolongaría más allá de unos cinco centímetros
por debajo del vestido, y que el resto del cuerpo de Serena
estaría hecho con madera y cartón piedra.
Mirando los angulosos planos de esos omóplatos, las
modestas curvaturas de los pechos tan bien ocultos, di rienda
suelta a un impulso repentino y nada lascivo. De pie detrás
de Serena, tomé entre los dedos el cierre plateado y, con un
solo movimiento, se lo bajé hasta la cintura.
Mientras miraba la ininterrumpida extensión de piel
blanca que se prolongaba hasta un par de caderas rollizas y
los inconfundibles hemisferios de las nalgas, comprendí que
el maniquí que tenía delante representaba a una mujer
completa, y que su creador había prodigado tanta habilidad y
arte en esas partes cubiertas de su anatomía como en las
visibles.
El cierre se había atascado en el extremo inferior de la
oxidada cremallera. Había algo de ofensivo en el forcejeo con
el vestido suelto de esa mujer semidesnuda. Mis dedos tocaron
la piel de la espalda, sacando el polvo que se había
acumulado allí durante años.
Entre la columna y la cadera, en diagonal, presentaba la
huella de una consideable cicatriz. Di por sentado que esa
marca señalaba una abertura esencial para la fabricación de
esos modelos. Pero las hileras de suturas, a ambos lados de
la cicatriz, eran demasiado evidentes. Me levanté, y por unos
instantes observé a esa mujer parcialmente desnuda, que
miraba plácidamente la chimenea con la cabeza ladeada y las
manos enlazadas.
Cuidando de no dañarla, le aflojé el corpiño.
Aparecieron las curvaturas superiores de los pechos, marcadas
por los breteles. Entonces vi, dos centímetros por encima del
pezón izquierdo todavía oculto, un enorme lunar negro.
Le subí el cierre del vestido y le alisé con suavidad la
tela sobre los hombros. Me arrodillé en la alfombra delante
de ella y le miré con atención el rostro, las tenues fisuras
de las comisuras de la boca, las diminutas venas de la
mejilla, una cicatriz infantil debajo de la barbilla. Me
dominó una curiosa sensacion de excitación y de asco, como si
hubiera cometido un acto de canibalismo.
Ahora sabía que la persona sentada en la silla dorada no
era un maniquí sino una mujer que en otro tiempo había estado
viva, y cuya piel incomparable había sido disecada y
conservada para siempre por un maestro, pero no un maestro
del arte de fabricar muñecas sino del arte de la taxidermia.
En ese momento me enamoré perdidamente de Serena
Cockayne.

Durante el mes siguiente mi obsesión amorosa por Serena tuvo
toda la intensidad de la que es capaz un hombre maduro.
Abandoné la oficina, dejando que el personal se las arreglase
por su cuenta, y pasé todo el tiempo con Serena, cuidándola
como el amante más devoto. A un costo inmenso hice instalar
en mi casa un complejo sistema de aire acondicionado, de un
tipo que solamente se utiliza en museos de arte. En el pasado
yo había trasladado a Serena de una habitación caliente a una
fría sin pensar en su cutis, que suponía hecho con plástico
insensible, pero ahora regulaba cuidadosamente la temperatura
y la humedad, decidido a preservarla para siempre. Cambié de
orden todo el mobiliario de la casa para evitar lastimarle
los brazos y los hombros cuando la llevaba de un ambiente a
otro. Por las mañanas me despertaba ansioso para verla a los
pies de la cama, luego la sentaba a la mesa del desayuno. Se
mantenía todo el día a mi alcance, sonriéndome con una
expresión que casi me convencía de que respondía a mis
sentimientos.
Abandoné por completo la vida social, interrumpiendo las
cenas y viendo a pocos amigos. Acepté una o dos visitas, pero
sólo para mitigar sospechas. Durante esas conversaciones
breves y vacías yo observaba a Serena en el otro extremo de
la sala de estar con toda la excitación que puede producir
una relación ilícita.
Celebramos la Navidad solos. Dada la juventud de Serena
--a veces, distraído, la sorprendía mirando desde el otro
lado de la sala y me parecía poco más que una niña-- decidí
decorar la casa de la manera tradicional, con un árbol
cubierto de adornos, hojas de acebo, serpentinas y muérdago.
Poco a poco transformé las habitaciones en una serie de
glorietas, desde las cuales ella presidía nuestras
festividades como la virgen de una procesión de retablos.
En la Nochebuena, a las doce, la coloqué en el centro de
la sala y le puse mis regalos a los pies. Por un momento sus
manos parecieron casi tocarse, como aplaudiendo mis
esfuerzos. Inclinándome debajo de la rama de muérdago que le
colgaba por encima de la cabeza, acerqué mis labios a los de
ella, hasta una distancia similar a la que separaba sus
manos.
A todo ese cariño y devoción, Serena respondía como una
novia. Su rostro delgado, antes tan ingenuo con esa sonrisa
vacilante, se ablandó y adquirió el aire alegre de una esposa
joven y satisfecha. Después de Año Nuevo decidí volver a
mostrarnos en el mundo, y ofrecí la primera de una pequeña
serie de cenas. Mis amigos se alegraron de vernos de tan buen
humor, y aceptaron a Serena como una más del grupo. Regresé a
la oficina, y allí trabajaba feliz todo el día hasta que
partía hacia mi casa, donde indefectiblemente me esperaba
Serena con el cálido interés de una esposa orgullosa y
devota.
Mientras me vestía para una de esas veladas se me
ocurrió que Serena era la única de todos nosotros que no
podía cambiar su ropa o su peinado. Desafortunadamente, el
descuido formal de su aspecto comenzaba a revelar los
primeros signos de una domesticidad excesiva. El peinado
antes tan elegante se le había desarreglado, y se le veían
muy claramente los pelos rubios sueltos. Del mismo modo, el
inmaculado maquillaje del rostro mostraba ahora los primeros
signos de desgaste.
Después de pensarlo mucho, decidí pedir los servicios de
un cercano salón de peluquería y belleza. Cuando los llamé
por teléfono aceptaron instantáneamente enviar a mi casa un
integrante del equipo.
Y ahí empezaron mis problemas. La única emoción que
nunca había sospechado poseer, y que jamás había sentido por
ningún ser humano, me atenazó el corazón.

El joven que llegó, trayendo consigo un equipo que era una
pequeña mudanza, parecía bastante inofensivo. Aunque de tez
morena y físico vigoroso, tenía algo de afeminado, y
evidentemente no había peligro en dejarlo solo con Serena.
A pesar de toda la seguridad que mostraba, pareció
sorprenderse cuando le presenté a Serena; su cortés "Buenos
dias, señora..." terminó en un murmullo. La miró
boquiabierto, temblando en el aire frío, evidentemente
pasmado por su belleza y por su serenidad. Lo dejé para que
continuase con lo que tenía que hacer y pasé la hora
siguiente trabajando en mi estudio, distraído de vez en
cuando por algunos compases de El barbero de Sevilla y Mi
bella dama que sonaban en el piso de abajo. Cuando el hombre
concluyó su tarea, inspeccioné el trabajo, encantado de ver
que le había devuelto a Serena todos los matices de su gloria
original. Había desaparecido el ama de casa excesivamente
hogareña, y en su lugar estaba la ingenua Afrodita que había
visto por primera vez en la tienda de curiosidades seis meses
antes.
Yo estaba tan complacido que decidí pedir de nuevo los
servicios del joven, y sus visitas se convirtieron en un
acontecimiento semanal. Gracias a sus atenciones, y a mi
devoción por controlar la temperatura y la humedad, el cutis
de Serena recuperó toda su perfección. Hasta mis huéspedes
señalaban el notable florecimiento de su aspecto.
Profundamente satisfecho, esperaba con ilusión la llegada de
la primavera, y la celebración de nuestro primer aniversario.

Seis semanas más tarde, mientras el joven peluquero trabajaba
en la sala de estar de Serena, en la planta alta, volví por
casualidad al dormitorio a buscar un libro. Oí nítidamente la
voz del joven, casi un susurro, como si estuviera
transmitiendo un mensaje personal. Miré por la puerta
abierta. Estaba arrodillado delante de Serena, dándome la
espalda, la paleta de cosméticos en una mano y el pincel en
la otra, gesticulando con ellos de un modo travieso y
divertido. Iluminada por la obra del joven, Serena lo miraba
directamente a la cara, los labios recién pintados casi
húmedos de anticipación. Sin lugar a dudas, el joven le
estaba murmurando discretas palabras de cariño.
Durante los días siguientes sentí que una especie de
enfermedad se había apoderado de mi cabeza. Mientras trataba
sin éxito de dominar el dolor de aquellos primeros e intensos
celos, me vi obligado a admitir que el joven era de la edad
de Serena, y que ella siempre tendría más en común con él que
conmigo. Superficialmente, nuestra vida siguió como antes --
nos sentábamos juntos en el estudio cuando yo volvía de la
oficina, llevaba a Serena a la sala de estar cuando venían
mis amigos, y nos acompañaba en la mesa a la hora de cenar--
pero yo sabía que en nuestra relación había entrado una nota
de formalidad. Serena no volvió a pasar la noche en mi
dormitorio, y noté que, a pesar de esa sonrisa tranquila, yo
no la atraía como antes.
A pesar de mis crecientes sospechas, el joven peluquero
continuó realizando sus visitas. Fuera lo que fuese la crisis
que Serena y yo estábamos atravesando, no pensaba rendirme.
Durante las largas horas de esas visitas tenía que luchar
cada segundo para contenerme y no subir corriendo por la
escalera. Desde la sala yo oía a menudo la voz del peluquero
murmurando en ese tono insinuante, ahora en voz más alta,
como si quisiera incitarme. Cuando se iba sentía su
desprecio.
Yo me tomaba una hora antes de subir lentamente las
escaleras hasta la habitación de Serena. Su belleza
extraordinaria, encendida de nuevo por los halagos del joven,
hacía crecer mi rabia. Incapaz de hablar, caminaba alrededor
de ella como un marido fracasado, notando los sutiles cambios
en el rostro de Serena. Aunque más juvenil en todo sentido,
recordándome dolorosamente los treinta años que nos
separaban, su expresión, después de cada visita, se volvía un
poco menos ingenua, como la de una joven esposa que se
plantea la primera aventura amorosa. Una onda sofisticada
modulaba ahora la curva de pelo rubio que le caía sobre la
sien derecha. Los labios eran más delgados, la boca más
fuerte y más madura.
Inevitablemente, inicié una relación con otra mujer, la
esposa separada de un amigo íntimo, pero me aseguré de que
Serena no supiese nada de esa ni de las demás infidelidades
que ocurrieron durante las semanas siguientes. Además,
patéticamente, empecé a beber, y me pasaba las tardes
borracho sentado en los departamentos vacíos de mis amigos,
sosteniendo largas e imaginarias conversaciones con Serena en
las que yo era a la vez abyecto y agresivo. En casa empecé a
hacerme el marido dictatorial, a dejarla toda la noche en el
piso de arriba y a negarme caprichosamente a hablar con ella
en la mesa, durante la cena. Mientras tanto miraba con ojos
paralizados cómo entraba y salía el joven peluquero, galán
insolente que subía las escaleras silbando.
Tras la última de sus visitas llegó el fastidioso
desenlace. Yo había pasado la tarde bebiendo solo en un
restaurant, ante la paciente mirada de los camareros.
Mientras volvía en taxi a mi casa tuve una repentina y
confusa revelación acerca de Serena y de mí mismo. Comprendí
que nuestro fracaso había sido totalmente culpa mía, que mis
celos por su inofensivo coqueteo con el joven habían
exagerado todo hasta proporciones absurdas.
Liberado de semanas de agonía por esa decisión, pagué el
taxi en la puerta, entré en el frío ambiente de mi casa y
subí corriendo las escaleras. Desaliñado pero feliz, caminé
hacia Serena, sentada tranquilamente en el centro de su sala
de estar, dispuesto a abrazarla y a perdonarnos a ambos.
Entonces noté que, a pesar de su inmaculado maquillaje y
de su peinado extravagante, el vestido de brocado le colgaba
de los hombros de una manera extraña. Del lado derecho se le
veía toda la clavícula, y su corpiño se había deslizado hacia
adelante como si alguien le hubiera estado manoseando el
pecho. Todavía le flotaba la sonrisa en los labios, como
pidiéndome de la manera más amable que me resignase a las
realidades de la vida adulta.
Furioso, me adelanté y le di una bofetada en la cara.

Cuánto lamento ese absurdo arrebato. En los dos años que han
pasado he tenido tiempo de sobra para reflexionar sobre los
peligros de una catarsis demasiado apresurada. Serena y yo
todavía vivimos juntos, pero todo ha terminado entre
nosotros. Ella se queda todo el tiempo en su silla dorada al
lado de la chimenea de la sala de estar, y me acompaña a la
mesa cuando vienen mis amigos a cenar. Pero lo que se ve de
nuestra relación no es más que la cáscara seca de un
sentimiento que ya no está.
Al principio, después de golpearla en la cara, no noté
demasiados cambios. Recuerdo haberme quedado en esa
habitación de la planta alta con la mano lastimada. Me
tranquilicé, me cepillé el polvo de tocador de los nudillos y
decidí hacer un balance de mi vida. Desde entonces dejé de
beber y fui a la oficina todos los días, entregándome por
entero al trabajo.
Para Serena, no obstante, el incidente marcó la primera
etapa de lo que resultó ser una transformación decisiva. En
unos pocos días noté que había perdido parte de su lozanía.
La cara se le arrugó, la nariz se le volvió más prominente.
La comisura de la boca donde la había golpeado pronto se le
hinchó y se le torció hacia abajo en un gesto irónico. Con la
ausencia del peluquero --a quien yo había despedido diez
minutos depués de golpearla a ella-- el deterioro de Serena
pareció acelerarse. El exquisito peinado que el joven le
había creado pronto se le desató, y los pelos sueltos le
cayeron sobre los hombros.
Al cabo de nuestro segundo año de convivencia Serena
Cockayne había envejecido toda una década. A veces, al verla
encorvada en su silla dorada y con esas ropas todavía
brillantes, casi me convencía de se había propuesto
perseguirme y alcanzarme como parte de un complejo plan de
venganza. Su postura se había hundido, y los hombros caídos
le daban un prematuro aspecto de vieja. Con esos ojos
desenfocados y esos pelos desordenados me hacía pensar a
menudo en una solterona entrada en años. Sus manos se habían
tocado al fin, y se enlazaban de un modo protector y
nostálgico.
Ultimamente se ha producido un hecho mucho más
inquietante. Tres años después de nuestro primer encuentro
Serena entró en una nueva etapa de franco deterioro. A causa
de alguna intrínseca debilidad de la columna, tal vez
vinculada con la operación cuyas cicatrices le atraviesan la
espalda, la postura de Serena se ha alterado. En el pasado se
inclinaba ligeramente hacia adelante, pero hace tres días
descubrí que se había desplomado contra el respaldo de la
silla. Ahora está allí sentada de un modo rígido y torpe,
estudiando el mundo con un ojo crítico y desequilibrado, como
una belleza descolorida y demente. Casi se le ha cerrado un
párpado, lo que le da al rostro ceniciento un aspecto casi
cadavérico. Las manos siguen chocando lentamente, y han
comenzado a retorcerse una sobre la otra, rotando hasta
crearse una parodia deforme que pronto se transformará en un
ademán obsceno.
Me aterroriza ante todo su sonrisa. Verla ha alterado
toda mi vida, pero me resulta imposible apartar de ella la
mirada. A medida que su cara se ha ido ablandando, la sonrisa
se le ha ido ensanchando y torciendo todavía más. Aunque ha
tardado dos años en lograr todo su efecto, aquella bofetada
ha convertido la boca en una mueca de reproche. Hay en la
sonrisa de Serena algo de perspicaz e implacable. Mientras la
miro ahora mismo, desde el otro lado del estudio, creo ver en
ella un conocimiento completo de mi personalidad, un juicio
que desconozco y del que nunca podré escapar.
Cada día la sonrisa se arrastra otro poco por esa cara.
El avance es irregular, y muestra aspectos de su desprecio
hacia mí que me dejan aturdido y mudo. La baja temperatura
ayuda a conservar a Serena, y hace frío en este lugar. Si
encendiera el sistema de calefacción quizá podría librarme de
ella en unas pocas semanas, pero jamás lo haré. Me lo impide
esa mueca. Además, estoy completamente atado a Serena.
Por fortuna, Serena envejece ahora más rápido que yo.
Mirando impotente su sonrisa, el abrigo sobre los hombros,
espero que se muera y me deje en libertad.



Título original: "The Smile"
Del libro Myths of the Near Future
(c) J. G. Ballard 1982
Traducción de Marcial Souto


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