EL CONTRIBUYENTE por Ray Bradbury
Quería ir a Marte en el cohete. Bajo a la pista en las primeras horas de
la mañana y a través de los alambres les dijo a gritos a los hombres
uniformados que queria ir a Marte. Les dijo que pagaba impuestos, que se
llamaba Pritchard y que tenia el derecho de ir a Marte. ¿No había nacido
allí mismo, en Ohio? ¿No era un buen ciudadano? Entonces, ¿Por qué no podía
ir a Marte? Los amenazo con los puños y les dijo que quería irse de la
Tierra; todas las gentes con sentido común querían irse de la Tierra. Antes
que pasaran dos años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no queria
estar en la Tierra en ese entonces. El y otros miles como él, todos los que
tuvieran un poco de sentido común, se irían a Marte. Ya lo iban a ver.
Escaparían de las guerras, la censura, el estatismo, la conscripcion, el
control gubernamental de esto o aquello, del arte o de la ciencia ¡Que se
quedaran otros! Les ofrecía la mano derecha, el corazón, la cabeza, por la
oportunidad de ir a Marte. ¿Qué había que hacer, qué había que firmar, a
quién había que conocer para embarcar en el cohete?
Los hombres de uniforme se rieron de él a través de los alambres. Le
dijeron que no queria ir a Marte. ¿No sabía que las dos primeras
expediciones habían fracasado y que probablemento todos sus hombres habian
muerto?
No podían demostrarlo, no podían estar 'seguros', dijo Pritchard
agarrándose a los alambres. Era posible que allá arriba hubiera un país de
leche y miel, y que el capitán York y el capitán Williams no hubieran
querido regresar. ¿Le abrirían el portón para dejarlo subir al tercer cohete
expedicionario, o lo rompería él mismo a puntapiés?
Le dijeron que se callara.
Vio a los hombre que iban hacia el cohete.
Ä ¡Espérenme! Äles gritóÄ ¡No me dejen en este mundo terrible! ¡Quiero
irme! ¡Va a haber una guerra atómica! ¡No me dejen en la Tierra!
Lo sacaron de allí a rastras. Cerraron de un golpe la portezuela del
coche policial y se lo llevaron con la cara pegada en la ventanilla trasera.
Poco antes que la sirena del automóvil comenzara a sonar, al acercarse una
curva, vio el fuego rojo, oyó el ruido terrible y sintió la trepidación con
que el cohete plateado se elevó abandonándolo en una ordinaria mañana de
lunes, en el ordinario planeta Tierra.
Ray Bradbury (Crónicas Marcianas)