Prisionero de los abismos de coral Por J. G. Ballard







Encontré el caracol al bajar la marea; estaba en el fondo de
una concavidad pétrea, cerca de la cueva, y la inmensa
madreperla brillaba a través del agua clara como una joya de
Fabergé. Durante la tormenta me había refugiado en la boca de
la cueva, mirando las olas grises que se lanzaban hacia mí
como saurios exhaustos, y allí estaba el caracol, a mis pies,
casi como un símbolo del llanto oceánico.
La tormenta retumbaba todavía a lo lejos, por encima de
los acantilados, y yo no estaba muy convencido de dejar la
cueva. Había caminado toda la mañana por ese desierto trecho
de la costa de Dorset. Había entrado en una serie de bahías
cerradas de las que no salía ningún sendero que permitiese
subir a los acantilados. La violencia oceánica provocaba
continuos desmoronamientos de rocas, que conmovían los
farallones de piedra caliza, y las playas estaban cubiertas
de inmensas piedras carcomidas. Era casi seguro que habría
nuevos derrumbes después de la tormenta. Salí con cautela del
refugio, y miré hacia los altos acantilados. Ni siquiera las
gaviotas que giraban allá arriba gritando parecían muy
interesadas en esas inseguras cornisas.
A mis pies estaba el caracol, magnificado tal vez por la
lente del agua. Tenía por lo menos treinta centímetros de
diámetro, y la caparazón acanalada terminaba en cinco enormes
puntas. Un gasterópodo fósil que había tomado sol en los
cálidos mares del período Cámbrico hacía quinientos millones
de años, y que probablemente había sido arrancado por las
olas de uno de los cantos rodados.
Impresionado por su tamaño, decidí llevarlo a casa para
regalárselo a mi mujer como recuerdo de las vacaciones:
necesitado de un radical cambio de ambiente luego de un
período de trabajo sin precedentes en el colegio, me habían
mandado una semana a la costa.
Con sorpresa, descubrí que era observado por una figura
solitaria, de pie en el borde de piedra caliza, a veinte
metros de distancia: una mujer alta, de pelo negro y túnica
azul marino que le llegaba a los pies. Estaba inmóvil entre
las rocas, como una visión prerafaelista de la Madona de
algún primitivo pueblo de pescadores, y me miraba con ojos
contemplativos velados por las nubes de espuma. El pelo
negro, partido al medio desde el centro de una frente chata,
le caía como un chal hasta los hombros y le rodeaba el rostro
sereno pero algo melancólico.
La miré en silencio, y luego hice un ademán tentativo
con el caracol. Los abruptos acantilados y la inmensidad del
cielo y del océano parecían envolvernos y aislarnos en una
sensación de absoluta lejanía, como si la playa rocosa y
nuestro encuentro casual hubiesen sido trasladados a las
sombrías costas de la Tierra del Fuego, en los confines del
mundo. Contra los húmedos acantilados, esa túnica azul
fosforescía con vibraciones casi espectrales, sólo
comparables al brillante nácar del caracol que yo tenía en
las manos. Supuse que la mujer viviría en alguna casa
solitaria en la cima de los acantilados --la tormenta había
terminado hacía sólo diez minutos, y yo se veía ningún otro
refugio--,. y que entre las fisuras de la piedra caliza
correría algún oculto sendero.
Subí a la piedra donde estaba la mujer y eché a andar
hacia ella. Había tomado esas vacaciones con el fin
específico de huir de las demás personas, pero luego de la
tormenta y de ese paseo por la costa abandonada sentía una
cierta alegría de poder hablar con alguien. Aunque mi sonrisa
no obtuvo ninguna respuesta, parecía que los ojos oscuros de
la mujer me observaban sin hostilidad, como si estuviera
esperando a que yo me acercase.
A nuestros pies siseaba el mar, y las olas se retorcían
como serpientes entre las rocas.
--La tormenta fue de veras sorpresiva --comenté--.
Conseguí refugiarme en la cueva. --Señalé el acantilado que
concluía a setenta metros de altura, sobre nuestras cabezas.-
- Supongo que tendrá una magnífica vista al mar. ¿Vive allá
arriba?
La piel de la mujer era de nácares antiguos.
--Vivo junto al mar --dijo. Había un timbre re
curiosamente profundo en ea voz, que parecía venir del fondo
del agua. Era por lo menos quince centímetros más alta que
yo, que no soy de ningún modo un hombre de baja estatura--.
Tiene un caracol muy bonito --observó.
Lo sopesé en la mano.
--Imponente, ¿verdad? Es un fósil quizá mucho más viejo
que esta piedra caliza. Tal vez se lo regale a mi mujer,
aunque merecería estar en el Museo de Historia Natural.
--¿Por qué no lo deja en la playa, que es su sitio
natural? --dijo la mujer-- El océano es su hogar.
--Pero no este océano --repliqué--. Los océanos
cámbricos donde nadó este caracol, desaparecieron hace
millones de años. --Despegué unos hilos de algas adheridos a
una de las puntas y los arrojé al aire.-- No sé por qué, pero
me fascinan los fósiles: son cápsulas de tiempo; si
pudiésemos desenroscar esta espiral, probablemente nos
mostraría imágenes de todos los paisajes que ha visto: los
grandes océanos del Carbonífero, los cálidos mares del
Triá...
¿Le gustaría volver a esas eras? --En la voz de la mujer
había un dejo de curiosidad, como si mis comentarios la
hubiesen intrigado.-- ¿Las preferiría a esta época?
--No creo. Supongo que no es más que la nostalgia de la
propia memoria inconsciente. Quizá entienda a me refiero: el
mar es como la memoria. Todo lo que hay en él, por muy
perdido u olvidado que esté, existe para siempre... --Los
labios de la mujer se movieron aparentemente esbozando el
comienzo de una sonrisa.-- ¿O le resulta extraña la idea?
--No, de ninguna manera.
Me miraba pensativa. Aquella túnica estaba tejida con
luminosas hebras de plata azulada, que recordaban las duras y
brillantes escamas de un pez oceánico.
Volvió los ojos hacia el mar. Empezaba a subir la marea,
y la concavidad donde había encontrado el caracol estaba casi
cubierta de agua. Las primeras olas golpeaban la boca de la
cueva, y pronto rodearían el sitio donde estábamos. Miré por
encima del hombro hacia el acantilado, buscando vestigios del
sendero.
--Vuelve a ponerse turbulento --dije--. El Atlántico
tiene bastante mal carácter, y además es impredecible... como
corresponde a un mar antiguo. En otro tiempo fue parte de un
gran océano llamado...
--Poseidón.
Me volví para mirarla.
--¿Lo sabía?
--Naturalmente. --Me examinó con tolerancia.-- Usted es
maestro. ¿Y eso es lo que les enseña a los alumnos? ¿Qué
recuerden el mar y vuelvan al pasado?
Me reí de mí mismo, divertido por la certera observación
de la mujer.
--Lo siento. Uno de los peligros de nuestra profesión es
que nunca podemos resistir la tentación de divulgar
conocimientos.
--¿La memoria y el mar? --Meneó la cabeza.-- Eso es
magia, no conocimientos. Hábleme del caracol.
El agua subía hacia nosotros entre las rocas. A mi
izquierda, un arrecife gigantesco de pilares caídos llevaba a
la seguridad de la parte alta de la playa. No sabía muy bien
si irme o no; el ascenso por la cara del acantilado, aunque
el sendero fuese bien definido, significaría por lo menos
media hora, sobre todo si tenía que ayudar a mi compañera. Al
parecer indiferente al océano, ella miraba las olas que se
retorcían a nuestros pies como reptiles en un nido. La
sensación, alrededor, era que los grandes acantilados se iban
hundiendo en el agua.
--Quizá lo más acertado sea que deje hablar al caracol
por sí mismo --le respondí.
Mi mujer era menos tolerante con esa tendencia mía a
aburrir a los demás. Llevé el caracol a la oreja y escuché la
susurrante trompa.

La hélice reflejaba el siseo de las olas, y los contornos del
caracol amplificaban de algún modo los sonidos, que
reverberaban con ese murmullo más secreto de las aguas
profundas. A mi alrededor el agua rompía y saltaba entre las
rocas con rugidos y suspiros rítmicos, pero del caracol
brotaba una extraordinaria confusión de sonidos, y tuve la
sensación de que yo no sólo escuchaba las olas de la orilla,
allí abajo, sino un inmenso océano que lamía todas las playas
del mundo. Oía el bramido y el silbido de olas gigantescas,
el canto de grava arrastrada por corrientes submarinas,
tormentas y vientos huracanados que hacían girar y hervir las
aguas. Luego, de pronto, hubo un aparente cambio de escena, y
oí la serena cadencia de un mar diferente, una delgada laguna
cubierta de vapores a través de cuya superficie asomaban
inmenso helechos, donde unos leviatanes sumergidos a medias,
como bancos de arena, haraganeaban bajo un sol benigno.
Mi compañera me miraba alzando la cara para recibir la
espuma que saltaba de las rocas.
--¿Oyó usted el mar?
Apreté el caracol, contra la oreja. Volví a oír los
sonidos de mares antiguos; esta vez era una tormenta
inmensa,una lucha titánica contra los istmos de un continente
que se hundía. Oí los gruñidos de saurios gigantescos, los
gritos de aves reptiles que caían en picada sobre las presas
desde altos acantilados, moviendo desmañadamente las alas.
Asombrado, estrujé la caparazón entre las manos,
palpando los duros espinazos calcáreos como si fuesen las
llaves que abrirían el secreto del caracol.
La mujer continuaba mirándome. Por algún extraño
capricho de aquella luz crepuscular, su estatura parecía
haber aumentado, y ahora mi cabeza apenas le llegaba a los
hombros.
--No... oigo nada --dije, perplejo.
--¡Escuche! --me pidió--. Ese caracol ha oído los mares
de todos los tiempos, cada ola ha dejado en él un eco.
La primera lengua de espuma me corrió sobre los pies,
mojándome las secas tiras de las sandalias. Un arrecife de
piedras, cada vez más estrecho, nos comunicaba todavía con la
playa. La cueva había desaparecido, y vomitaba bocanadas de
burbujas durante los breves retrocesos de las olas.
Señalé el acantilado.
--¿Hay algún sendero? ¿Algún camino que lleve al mar?
¿Al mar? ¡Por supuesto! --El viento le alzó la cola de
la túnica, y le vi los pies descalzos, los dedos envueltos en
algas.-- Ahora escuche el caracol. El mar está despertando
para usted.
Alcé el caracol con las dos manos. Esta vez cerré los
ojos, y mientras los sonidos de antiguos vientos océanos
reverberaban en mis oídos vi una imagen repentina de la
solitaria bahía millones de años atrás. Al cielo subían altos
farallones de esquisto, y por las bastas playas se movían
reptiles inmensos que aullaban a los grotescos peces
acorazados que los embestían desde el agua. El horizonte era
un anillo de conos volcánicos que teñían el cielo desde bocas
rojizas.
--¿Qué oye? --preguntó mi compañera, insistente,
evidentemente desilusionada--. ¿El mar y el viento?
--No oigo nada --dije con voz ronca--. Sólo un susurro.
El sonido brotaba de la boca del caracol; los ásperos
rugidos de los saurios competían con el mar. Entonces, por
encima de esa babel, oí otro sonido, un delgado grito que
parecía venir de la cueva donde yo me había refugiado. Busqué
la imagen en la mente y vi la boca de la cueva en el
acantilado, por encima de las cabezas de los atareados
reptiles.
--¡Espere!
Aparté con un ademán a la mujer, sin prestar atención a
las olas que me corrían entre los pies. Cuando se retiró el
mar apreté contra la oreja la caparazón y volví a oír el
débil grito humano, la agobiada súplica...
--¿Oye ahora el mar?
La mujer tendió la mano para sacarme el caracol.
Lo sostuve con firmeza y grité por encima de las olas.
--¡No es este mar! ¡Dios mío, oí los gritos de un
hombre!
Vaciló un instante, sin saber cómo tomar esas
inesperadas palabras.
--¿Un hombre? ¿Quién? ¡Dígame! ¡Deme el caracol! ¡No era
más que un marinero ahogado!
Volví a apartar el caracol. Todavía se oía la voz,
apagada de vez en cuando por los rugidos de los reptiles. Sí,
un marinero, pero un marinero del futuro distante, abandonado
hacía millones de años en ea cueva a orillas de u n océano
triásico, protegido por esa extraña náyade de los abismos que
también ahora me guiaba a mí hacia las olas.
La mujer había caminado hasta el borde de la roca, y las
hebras del pelo, desordenadas por el viento, le brillaban
contra la cara. Con una mano me invitó a que me acercase.
Por última vez llevé el caracol al oído, y por última
vez oí aquel grito débil y quejumbroso, perdido en el
torbellino.
--¡S-o-c-o-r-r-o!
Cerré los ojos, y dejé que la imagen de la antigua
orilla me inundase la mente, y por un instante fugaz vi un
rostro pequeño y pálido que miraba desde la boca de la cueva.
¿Habría ese hombre --quienquiera que fuese-- perdido toda
esperanza de volver a su propio tiempo, y buscado entonces un
hermoso caracol que arrojó al mar con la esperanza de que
alguien oyese su voz y regresase a salvarlo?
--¡Vamos! ¡Es hora de marcharnos!
Aunque estaba a cuatro metros de distancia, las manos
tendidas casi parecían tocarme. El agua le corría alrededor
de la túnica, y dibujaba con ella extrañas figuras líquidas.
Me miraba con cara de pez monstruoso.
--¡No!

Enfurecido de pronto, me aparté de ella, di media vuelta y
arrojé lejos el caracol, a las aguas profundas, lejos del
alcance de la mujer. Cuando el caracol desapareció entre las
fuertes olas oí los roces de unas pesadas túnicas, casi como
un batir de alas membranosas.
La mujer había desaparecido. Salté con rapidez a la
primera piedras del arrecife, me deslicé hasta el delgado
borde del agua, entre dos olas, y luego trepé hasta un sitio
seguro. No miré hacia atrás hasta que llegué a la protección
de los acantilados.

Desde el borde de roca donde había estado la mujer, un
enorme lagarto de miraba con ojos inexpresivos.


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