Prima belladonna Por J. G. Ballard
Conocí a Jane Ciracylides durante el Receso, aquella depresión
universal de hastío, letargo e intenso verano que nos hizo
vivir a todos diez años dichosamente inolvidables, y supongo
que eso debe haber influido mucho sobre lo que pasó entre
nosotros. No creo, por cierto, que pudiese ahora ponerme tan
en ridículo, aunque conviene no olvidar que quizá fue todo
obra de la propia Jane.
Se dijera lo que se dijese de ella, todo el mundo se veía
obligado a admitir que era una chica hermosa, aunque tenía una
historia genética un poco mezclada. Los charlatanes de
Vermilion Sands decidieron en seguida que había en ella una
buena dosis de mutante, porque tenía una piel espléndida, como
una pátina dorada, y unos ojos que parecían insectos, pero
nada de eso me importó a mí ni a mis amigos, algunos de los
cuales, como Tony Miles y Harry Devine, han dejado de ser lo
que eran para sus mujeres.
En esos días pasábamos casi todo el tiempo en el balcón de
mi apartamento frente a la Costanera, tomando cerveza
--siempre teníamos una excelente provisión apilada en el
refrigerador de mi tienda de música de la planta baja--,
divagando y jugando al i-Go, una especie de ajedrez retardado
que se había popularizado en esa época. De los demás ninguno
trabajaba; Harry era arquitecto y Tony Miles vendía a veces
cerámicas a los turistas, pero yo por lo general dedicaba dos
horas cada mañana a la tienda, despachando los pedidos del
extranjero y dando vuelta a las botellas de cerveza.
Un día particularmente caluroso e indolente yo acababa de
envolver una delicada mimosa soprano pedida por la Sociedad
del Oratorio de Hamburgo cuando Harry me llamó por teléfono
desde el balcón.
--¿Coroflorería Parker? --dijo--. Eres culpable de exceso
de producción. Ven aquí. Tony y yo tenemos algo hermoso para
mostrarte.
Cuando subí los encontré sonriendo con caras felices, como
dos perros que acaban de descubrir un árbol interesante.
--¿Y? --pregunté--. ¿Dónde está?
Tony ladeó apenas la cabeza. --Allí.
Miré la calle, a un lado y a otro, y la fachada del
edificio de apartamentos de enfrente.
--Con cuidado --me advirtió--. No te quedes boquiabierto.
Me deslicé en un uno de los sillones de mimbre y miré
alrededor con cautela, estirando el cuello.
--Cuarto piso --explicó Harry hablando despacio, por un
costado de la boca--. Un balcón a la izquierda del de
enfrente. ¿Contento ahora?
--Soñando --dije, echándole una lenta y larga mirada--.
¿Qué otra sabrá hacer?
Harry y Tony soltaron un suspiro de gratitud. --¿Y?
--preguntó Tony.
--No pertenecemos a la misma clase --dije--. Pero no creo
que ustedes tengan dificultad. Vayan y díganle cuánto los
necesita.
Harry lanzó un gemido. --¿No ves que ésta es poética,
emergente, algo que nace del océano apocalíptico primordial?
Quizá sea una diosa.
La mujer se paseaba por la sala, reacomodando los muebles,
vestida con poco más que un enorme sombrero metálico. Los
contornos sinuosos de los muslos y de los hombros retenían el
brillo dorado y ardiente hasta en las sombras. Era una andante
galaxia de luz. Vermilion Sands nunca había visto nada
parecido.
--El abordaje tiene que ser ambiguo --prosiguió Harry,
mirando la cerveza--. Tímido, casi místico. Nada de urgencias
ni de rebatiñas.
La mujer se agachó para abrir una maleta y las aspas
metálicas del sombrero le aletearon sobre la cara. Vio que la
estábamos observando, miró un instante alrededor y bajó la
cortina.
Nos miramos pensativos, como tres triunviros ante la tarea
de repartirse un imperio, sin hablar demasiado y alertas por
si se presentaba la oportunidad de una traición.
Cinco minutos más tarde comenzó el canto.
Al principio pensé que se trataba de uno de los tríos de
azaleas perturbado por un pH alcalino, pero las frecuencias
eran demasiado altas. Casi resultaba inaudible, un trino agudo
que salía de la nada y subía por detrás del cráneo.
Harry y Tony me miraron arrugando el ceño.
--Tu ganado anda triste por algo --dijo Tony--. ¿Puedes ir
a calmarlo?
--No son las plantas --dije--. No es posible.
La intensidad del sonido aumentó, raspándome los huesos
occipitales. Iba a bajar a la tienda cuando Harry y Tony
saltaron de los sillones y se zambulleron contra la pared.
--¡Cuidado, Steve! --me gritó Tony. Señaló frenético la
mesa en la que yo me apoyaba, levantó una silla y la aplastó
contra la tapa de vidrio.
Me levanté y me saqué los fragmentos del pelo.
--¿Qué demonios pasa?
Tony miraba la maraña de mimbre trenzada en los soportes
metálicos de la mesa. Harry se adelantó y con cautela me tomó
del brazo.
--Faltó poco. ¿Estás bien?
--Se fue --dijo Tony, rotundo. Observó cuidadosamente el
piso del balcón, y miró por encima de la baranda hacia la
calle.
--¿Qué era? --pregunté.
Harry me miró con atención. --¿No lo viste? Lo tuviste a
menos de diez centímetros. Un escorpión emperador grande como
una langosta. --Se sentó débilmente en una caja de cerveza.--
Debe haber sido un escorpión sónico. Ya no se oye el ruido.
Después que se fueron arreglé el desastre y me tomé
tranquilo una cerveza. Podría jurar que no había aparecido
nada en la mesa.
En el balcón de enfrente, luciendo un vestido de fibra
ionizada, me observaba la mujer de oro.
Supe quién era ella a la mañana siguiente. Tony y Harry habían
bajado a la playa con sus mujeres, y quizá hablaban del
escorpión; yo estaba en la tienda afinando una orquídea Khan-
Arácnida con la lámpara ultravioleta. Era una flor difícil,
con una escala normal de veinticuatro octavas, pero si no
hacía mucho ejercicio tendía a sumirse en transportaciones
neuróticas de tono menor que costaba un infierno interrumpir.
Y como se trataba de la flor más antigua de la tienda,
naturalmente afectaba a todas las demás. Todas las mañanas,
cuando abría la tienda, aquello sonaba como un manicomio, pero
en cuanto alimentaba a la Arácnida y le hacía subir o bajar un
poco el pH el resto en seguida se dejaba guiar por ella y se
aplacaba en los tanques de control, dos tiempos, tres-cuatro,
los multitonos, todo en perfecta armonía.
Sólo había una media docena de Arácnidas en cautiverio;
casi todas las demás eran o mudas o injertos de tallos de
dicotiledóneas, y yo podía considerarme afortunado de tener la
mía. Había comprado la tienda hacía cinco años a un hombre
casi sordo llamado Sayers, y el día antes de mudarse ese
hombre había sacado un montón de plantas y las había llevado
al vaciadero de basura que había detrás del edificio de
apartamentos. Mientras recuperaba algunos de los tanques me
había topado con la Arácnida, que medraba con una dieta de
algas y tuberías de goma podridas.
Nunca había podido descubrir por qué Sayers había querido
deshacerse de ella. Antes de llegar a Vermilion Sands había
sido curador del Conservatorio de Kew, donde habían
desarrollado la primera flora coral, y había trabajado bajo
las órdenes del director, el doctor Mandel. Mandel había
descubierto la primera Arácnida en la selva de Guiana cuando
era un joven botánico de veinticinco años. La orquídea recibía
su nombre de la araña Khan-Arácnida, que polinizaba la flor
mientras ponía sus propios huevos en el carnoso óvulo, guiada
o, como insistía siempre Mandel, hipnotizada por las
vibraciones que emitía el cáliz de la orquídea en la época de
la polinización. Las primeras orquídeas Arácnidas sólo emitían
unas pocas frecuencias aleatorias, pero mediante la
hibridación y la técnica que las mantenía artificialmente en
estado de polinización, Mandel había creado una variedad que
abarcaba un máximo de veinticuatro octavas.
No es que hubiese podido oírlas alguna vez. En la
culminación de su obra Mandel, al igual que Beethoven, estaba
sordo como una tapia, pero aparentemente le bastaba con mirar
una flor para oír su música. Sin embargo, lo más curioso de
todo era que, al volverse sordo, nunca más miró una Arácnida.
Esa mañana casi entendí la razón. La orquídea estaba
arisca. Primero se negó a alimentarse, y tuve que persuadirla
con un chorro de aldehído de fluorita; entonces empezó a
volverse ultrasónica, lo que me valió las quejas de todos los
dueños de perros de la zona. Por último intentó romper el
tanque mediante la resonancia.
La tienda estaba alborotada, y yo casi me había resignado
a silenciarlas y a despertarlas a mano, una por una --un
trabajo agotador teniendo ochenta tanques en la tienda--
cuando todo se apaciguó de pronto.
Volví la cabeza y vi que entraba la mujer de piel dorada.
--Buenos días --dije--. Me parece que la quieren.
La mujer soltó una risa simpática.
--Hola. ¿No se estaban portando bien?
Bajo la bata negra de playa la piel de la mujer era más
suave, más tiernamente dorada; pero me atrajeron ante todo
esos ojos. Los vi bajo el ala ancha del sombrero. Unas
delicadas patas de insecto oscilaron girando alrededor de dos
puntos de luz púrpura.
Se acercó a unos helechos mixtos y se quedó mirándolos.
Los helechos se estiraron hacia ella y cantaron afanosamente
con voces aflautadas y líquidas.
--Qué dulces, ¿verdad? --dijo la mujer, acariciando con
suavidad las frondas--. Necesitan tanto afecto.
La voz de la mujer era una voz grave, una bocanada de
arena fría colmada de música.
--Acabo de llegar a Vermilion Sands --dijo--, y mi
apartamento parece horriblemente silencioso. Quizá si tuviese
una flor, con una bastaría, no me sentiría tan sola.
No podía sacarle los ojos de encima.
--Sí --dije, en tono enérgico y neutro--. Algo pintoresco,
¿verdad? Por ejemplo esta Samphire de Sumatra. Es una mezzo-
soprano de raza, del mismo folículo que la Prima Belladonna
del Festival de Bayreuth.
--No --dijo la mujer--. Parece bastante cruel.
--O este Lirio Laúd de Louisiana. Si le diluye un poco el
SO2 le canta hermosos madrigales. Le mostraré cómo se hace.
La mujer no me escuchaba. Despacio, las manos alzadas
delante de los pechos casi como si estuviera rezando, caminó
hacia el exhibidor donde estaba la Arácnida.
--Qué hermosa es --dijo, observando las espléndidas hojas
amarillas y moradas que colgaban del vibrocáliz de nervaduras
escarlatas.
Seguí a la mujer y conecté el audio de la Arácnida para que
pudiese oír la planta. Inmediatamente la planta se animó. Las
hojas se endurecieron y se llenaron de color, y el cáliz se
infló y las nervaduras se pusieron tersas. Se oyó un
chisporroteo de notas agudas e inconexas.
--Hermosa pero mala --dije.
--¿Mala? --repitió--. No, orgullosa. --Se acercó otro poco
a la orquídea y le miró la malévola cabeza. La Arácnida se
estremeció y las espinas del tallo se doblaron y se arquearon
amenazadoras.
--Cuidado --le advertí--. Es sensible hasta a los sonidos
respiratorios más débiles.
--Tranquilo --dijo, apartándome con un ademán--. Creo que
quiere cantar.
--Ésas son sólo escalas --le expliqué--. No canta. La
utilizo como un indicador de frecuencia...
--¡Escuche! --Me agarró el brazo y me lo apretó con
fuerza.
De las plantas de la tienda había estado saliendo una
débil melodía rítmica; por encima oí el llamado de una voz
individual, más fuerte, primero un sonido chillón que comenzó
a latir y a volverse cada vez más grave hasta terminar en
barítono, excitando a las demás plantas y ordenándolas en un
coro.
Nunca había oído cantar a la Arácnida. La estaba
escuchando con toda mi atención cuando sentí que un calor me
quemaba el brazo. Di media vuelta y vi a la mujer que miraba
la planta con atención, la piel inflamada, los insectos de los
ojos retorciéndose frenéticos. La Arácnida se estiraba hacia
ella, el cáliz erecto, las hojas como sables rojo sangre.
Esquivé rápidamente a la mujer y corté la alimentación de
argones. La Arácnida se sumió en un lloriqueo, y quedó a
nuestro alrededor una pesadillesca babel de notas sueltas que
empezaban en un do o un la agudos y terminaban en disonancia.
Por encima del silencio se oía un leve susurro de hojas.
La mujer aferró el borde del tanque y se compuso. La piel
se le apagó y los insectos de los ojos se aquietaron,
fluctuando apenas.
--¿Por qué la apagó? --preguntó la mujer, triste.
--Lo siento --dije--. Pero tengo aquí mercadería por valor
de diez mil dólares y ese tipo de tormenta emocional
dodecafónica puede hacer saltar muchas válvulas. La mayoría de
estas plantas no están equipadas para la gran ópera.
La mujer miró la Arácnida, cuyo cáliz se estaba vaciando
de gas. Una por una, las hojas se doblaban y perdían color.
--¿Cuánto cuesta? --me preguntó la mujer, abriendo la
cartera.
--No está en venta --dije--. Francamente no sé cómo hizo
para pescar esos compases...
--¿Está bien mil dólares? --preguntó, mirándome fijo.
--No puedo venderla --dije--. Sin ella no conseguiría
nunca afinar a las demás. De todos modos --agregué, tratando
de sonreír--, esa Arácnida no duraría ni diez minutos si se la
saca del vivero. Dentro de su apartamento todos esos cilindros
y esas hojas parecerían un poco raros.
--Sí, claro --dijo, devolviéndome de pronto la sonrisa--.
Fui una estúpida. --Echó una última mirada a la orquídea por
encima del hombro y caminó hacia la larga sección de
Tchaikovsky, tan popular entre los turistas.
--Pathétique --leyó en un cartel, al azar--. Llevo ésta.
Envolví la escabiosa y deslicé dentro de la caja el manual
de instrucciones, sin dejar de vigilar a la mujer.
--No ponga esa cara de alarma --dijo, divertida--. Nunca
había oído nada parecido.
Yo no estaba alarmado. Era que treinta años en Vermilion
Sands me habían estrechado los horizontes.
--¿Cuánto tiempo se va a quedar en Vermilion Sands? --le
pregunté.
--Debuto esta noche en el Casino --dijo. Me contó que se
llamaba Jane Ciracylides y que era una cantante especializada.
--¿Por qué no viene a verme? --dijo, revoloteando los ojos
con malicia--. Mi actuación comienza a las once. Quizá le
resulte interesante.
Fui a verla. A la mañana siguiente Vermilion Sands
canturreaba. Jane creó sensación. Después de la actuación
trescientas personas juraron que habían visto de todo, desde
un coro de ángeles que cantaba la música de las esferas hasta
la Banda de Alejandro. En mi caso, quizá había escuchado
demasiadas flores, pero por lo menos sabía de donde había
salido el alacrán del balcón.
Tony había oído a Sophie Tucker cantando "St. Louis
Blues", y Harry al viejo Bach dirigiendo la Misa en Si Menor.
Vinieron a la tienda y discutieron sobre sus respectivos
espectáculos mientras yo luchaba con las flores.
--Asombroso --exclamó Tony--. Dime, ¿cómo hace?
--La partitura de Heidelberg --se extasió Harry--.
Sublime, absoluta. --Miró fastidiado las flores.-- ¿No puedes
tranquilizar esas cosas? Están haciendo un lío tremendo.
Era cierto, y yo tenía para eso una explicación astuta. La
Arácnida se había descontrolado del todo, y cuando conseguí
sujetarla en una débil solución salina, había quemado más de
trescientos dólares de plantas.
--La actuación de anoche en el Casino no fue nada
comparada con la que ofreció aquí ayer --les conté--. El
Anillo de los Nibelungos interpretado por Stan Kenton. Esa
Arácnida enloqueció. Estoy seguro de que quería matar a la
mujer.
Harry observó las convulsiones de las hojas de la planta,
los movimientos rígidos y espasmódicos.
--Si me preguntaras te diría que está en un avanzado
estado de celo. ¿Por qué tendría que querer matarla?
--La voz de la mujer debe tener armónicos que le irritan
el cáliz. A ninguna de las demás plantas le molestó.
Arrullaron como tórtolas cuando las tocó.
Tony se estremeció de felicidad.
Afuera, en la calle, fulguró una luz.
Le pasé la escoba a Tony. --Prepárate, amante. La señorita
Ciracylides se muere por conocerte.
Jane entró en la tienda luciendo una falda de cocktail de
un amarillo encendido y otro de sus sombreros.
Se la presenté a Harry y a Tony.
--Esta mañana las flores parecen muy tranquilas --dijo--.
¿Qué les pasa?
--Estoy limpiando los tanques --le expliqué--. A
propósito, queremos felicitarla por lo de anoche. ¿Qué se
siente al poder nombrar la quincuagésima ciudad?
Sonrió con timidez, y se fue a curiosear por la tienda.
Como yo esperaba, se detuvo al lado de la Arácnida y la miró
fijo.
Quería ver qué decía, pero Harry y Tony le revoloteaban
alrededor, y en seguida la llevaron a mi apartamento, donde
pasaron una mañana muy divertida haciendo payasadas y
saqueándome el Scotch.
--¿Por qué no vienes con nosotros esta noche, después del
espectáculo? --le preguntó Tony--. Podemos ir a bailar al
Flamingo.
--Pero los dos están casados --protestó Jane--. ¿No les
preocupa la reputación?
--Bueno, llevaremos a las chicas --dijo Harry, en tono
frívolo--. Y aquí Steve puede venir con nosotros y tenerte el
abrigo.
Jugamos juntos al i-Go. Jane dijo que era la primera vez
que probaba ese juego, pero no le costó entender las reglas, y
cuando empezó a ganar las partidas supe que hacía trampa. La
verdad es que no todos los días se tiene la oportunidad de
jugar al i-Go con una mujer de piel de oro e insectos en vez
de ojos, pero igual me molestó. A Harry y a Tony, desde luego,
no les preocupó.
--Es encantadora --dijo Harry después que ella se fue--.
¿A quién le importa? Después de todo es un juego estúpido.
--A mí me importa --dije--. Esa mujer hace trampa.
Los tres o cuatro días siguientes en la tienda fueron un
apocalipsis audiovegetal. Jane iba todas las mañanas a mirar
la Arácnida, y la presencia de esa mujer era más de lo que la
flor podía soportar. Por desgracia, yo no podía hambrear a las
plantas más allá de cierto límite. Necesitaban ejercicio, y
para eso era imprescindible la guía de la Arácnida. Pero en
vez de atenerse a sus escalas armónicas la orquídea sólo
chillaba y gemía. Lo que más me preocupaba no era el ruido,
del que se quejó nada más que un par de docenas de personas,
sino el daño que les hacía a las cuerdas vibratorias de las
plantas. Las de los catálogos del siglo diecisiete soportaban
bien la tensión, y las modernas eran inmunes, pero a las
Románticas les estallaban todo el tiempo los cálices. Al
tercer día de la llegada de Jane yo había perdido Beethoven
por valor de doscientos dólares, y más Mendelssohn y Schubert
de lo que me atrevía a pensar.
Jane parecía no darse cuenta de los problemas que me
estaba creando.
--¿Qué les pasa? --preguntó, examinando el caos de
cilindros de gas y goteros esparcidos por el suelo.
--Me parece que no te quieren --le dije--. Al menos la
Arácnida. Tu voz puede provocar en los hombres visiones
extrañas y maravillosas, pero a esa orquídea le produce una
aguda melancolía.
--Disparates --dijo Jane, riéndose de mí--. Dámela y te
enseñaré a cuidarla.
--Tony y Harry ¿te hacen feliz? --le pregunté. Me
molestaba no poder ir a la playa con ellos y tener que emplear
el tiempo en vaciar tanques y preparar soluciones que nunca
funcionaban.
--Son muy divertidos --dijo--. Jugamos al i-Go y yo les
canto. Pero me gustaría que pudieses venir más a menudo.
Después de otras dos semanas tuve que desistir. Decidí
cerrar la tienda hasta que Jane se fuese de Vermilion Sands.
Sabía que me llevaría tres meses volver a orquestar las
plantas, pero no tenía alternativa.
Al día siguiente recibí del Coro del Huerto de Santiago un
pedido grande para herbáceas de coloratura mixta. Querían
recibirlo en tres semanas.
--Lo siento --dijo Jane cuando se enteró de que yo no
podría complacer el pedido--. Debes desear que yo nunca
hubiese venido a Vermilion Sands.
Miró pensativa uno de los tanques oscurecidos.
--¿No podría orquestarlas yo? --propuso.
--No, gracias --dije, riendo--. De eso ya tuve bastante.
--No seas tonto. Claro que podría hacerlo.
Dije que no con la cabeza.
Tony y Harry me dijeron que estaba loco.
--La voz de ella tiene amplitud suficiente --dijo Tony--.
Tú mismo lo admites.
--¿Qué tienes contra ella? --preguntó Harry--. ¿Que hace
trampa cuando juega al i-Go?
--No es ése el problema --dije--. Además, su voz tiene un
registro más amplio de lo que ustedes creen.
Jugamos al i-Go en el apartamento de Jane. Jane nos ganó
diez dólares a cada uno.
--Tengo suerte --dijo, muy satisfecha consigo misma--.
Pareciera que nunca pierdo. --Contó los billetes y los guardó
cuidadosamente en la cartera; le brillaba la piel dorada.
Entonces Santiago me reiteró el pedido.
Encontré a Jane entre los cafés, manteniendo a raya un
cerco de admiradores.
--¿Ya te rendiste? --me preguntó, sonriéndoles a los
jóvenes.
--No sé qué me haces --dije--, pero estoy dispuesto a
probar lo que sea.
Al volver a la tienda excité por encima del umbral a una
hilera de perennes. Jane me ayudó a conectar el gas y las
tuberías hidráulicas.
--Probemos primero con estas --dije--. Frecuencias 543-
785. Aquí está la partitura.
Jane se quitó el sombrero y comenzó a subir por la escala
con voz clara y pura. Al principio las Aguileñas vacilaron y
Jane volvió a bajar y se las llevó con ella. Subieron juntas
un par de octavas y luego las plantas vacilaron y se fueron
por una tangente de acordes escalonados.
--Prueba un nu sostenido --dije. Eché un poco de ácido
cloroso en el tanque y las Aguileñas la siguieron
ansiosamente, gorjeando con los infracálices delicadas
variaciones atipladas.
--Perfecto --dije.
Tardamos sólo cuatro horas en preparar el pedido.
--Eres mejor que la Arácnida --la felicité--. ¿Quieres un
empleo? Te pondré en un tanque grande y frío con todo el cloro
que puedas respirar.
--Ten cuidado --dijo--. Puedo aceptar. ¿Por qué no
afinamos algunas más ya que estamos?
--Estás cansada --dije--. Vamos a tomar un trago.
--Déjame probar con la Arácnida --me propuso--. Sería un
desafío.
Los ojos de la mujer no se apartaban nunca de la flor.
Pensé qué harían si las dejaba solas. ¿Intentaría cada una
matar a la otra cantando?
--No --dije--. Tal vez mañana.
Nos sentamos juntos en el balcón, los vasos junto al codo,
y conversamos toda la tarde.
Me contó poco sobre ella misma, pero entendí que su padre
había sido un ingeniero de minas en Perú y su madre una
bailarina en una vu-taberna de Lima. Habían andado de mina en
mina, el padre cavando las concesiones y la madre cantando en
el burdel más cercano para pagar el alquiler.
--Claro que no hacía otra cosa que cantar --agregó Jane--.
Hasta que apareció mi padre. --Sopló burbujas en el vaso.--
Así que piensas que en el Casino les doy lo que quieren. A
propósito, ¿qué ves tú?
--Me temo que soy tu único fracaso --dije--. No veo nada.
Sólo te veo a ti.
La muchacha bajó la mirada. --Ocurre a veces --dijo--. Me
alegro de que ésta sea una de ellas.
Sentí que adentro me latía un millón de soles. Hasta ese
momento la opinión que tenía sobre mí mismo me la había
reservado.
A pesar de la desilusión, Harry y Tony fueron corteses.
--No lo puedo creer --dijo Harry, con voz triste--. No lo
creo. ¿Cómo hiciste?
--Utilicé el abordaje místico y malicioso, claro está
--dije--. Todo océanos antiguos y pozos oscuros.
--¿Cómo es? --preguntó Tony, ansioso--. Me refiero a si
arde o sólo hace cosquillas.
Jane cantaba en el Casino todas las noches de once a tres,
pero fuera de esas horas supongo que estuvimos siempre juntos.
A veces, al atardecer, salíamos en coche bordeando la playa
hasta el Desierto Perfumado y nos sentábamos juntos a orillas
de uno de los charcos y mirábamos cómo el sol se ponía detrás
de los arrecifes y de las montañas, arrullándonos en el aire
rosáceo. Cuando empezaba a soplar sobre la arena un viento
frío, nos deslizábamos en el agua y nos bañábamos y
regresábamos al pueblo llenando de jazmín y almizcle y
heliantemo las calles y las terrazas de los cafés.
Otras noches íbamos a alguno de los tranquilos bares de
Lagoon West y cenábamos en las mesas de afuera, y Jane
fastidiaba a los mozos y cantaba pájaros y tortas para los
niños que se acercaban por la arena a mirarla.
Ahora me doy cuenta de que debo haber alcanzado una cierta
notoriedad en la playa, pero no me importaba darles a las
viejas --y al lado de Jane todas parecían viejas-- motivo de
conversación. Durante el Receso a nadie le importaba mucho
ninguna cosa, y por ese motivo nunca cuestioné demasiado mi
relación con Jane Ciracylides. Sentado con ella el balcón
mirando la noche fresca, o sintiendo a mi lado, en la
oscuridad, ese cuerpo brillante, no me permitía demasiadas
angustias.
Por absurdo que parezca, la única desavenencia que tuve
con ella se debió a sus trampas.
Recuerdo que una vez la censuré por ese tema.
--¿Sabes, Jane, que me has sacado más de quinientos
dólares? Lo sigues haciendo. ¡Incluso ahora!
Jane rió de una manera traviesa. --¿Dices que hago
trampas? Un día te dejaré ganar.
--Pero ¿por qué lo haces? --insistí.
--Hacer trampas es más divertido --dijo--. Si no, se
vuelve muy aburrido.
--¿A dónde irás cuando te vayas de Vermilion Sands? --le
pregunté.
Me miró sorprendida. --¿Por qué dices eso? No pienso irme.
--No me tomes el pelo, Jane. Tú eres hija de otro mundo.
--Mi padre era peruano --me recordó.
--Pero la voz no la heredaste de él --dije--. Ojalá
hubiera podido oír cantar a tu madre. ¿Tenía mejor voz que tú,
Jane?
--Eso pensaba ella. Mi padre no nos soportaba a ninguna de
las dos.
Ésa fue la última noche que vi a Jane. Nos habíamos
cambiado, y en la media hora antes de que ella saliese para el
Casino nos sentamos en el balcón y escuché su voz, que como
una fuente espectral derramaba en el aire notas luminosas. La
música, suspendida débilmente en la oscuridad alrededor de la
silla que ella había dejado, me acompañó aun después que ella
se hubo ido.
Sentí una curiosa modorra, casi como si me asfixiase el
aire que ella había dejado, y a las once y media, cuando
calculé que ella estaría en el escenario del Casino, fui a
caminar por la playa.
Al salir del ascensor oí una música que venía de la
tienda.
Al principio pensé que había dejado uno de los audios
conectados, pero conocía demasiado esa voz.
Las persianas estaban bajas, y tuve que entrar por el
pasillo que comunicaba con el garage de la parte trasera del
edificio.
Las luces estaban apagadas, pero colmaba la tienda un
resplandor brillante que arrojaba un fuego dorado sobre los
tanques colocados en los mostradores. En el cielo raso bailaba
un reflejo de colores líquidos.
La música que había oído antes, pero sólo como obertura.
La Arácnida había triplicado su tamaño. Asomaba tres
metros por encima de la destrozada tapa del tanque de control,
las hojas hinchadas y enardecidas, el cáliz grande como un
balde, locamente enfurecida.
Inclinada hacia ella, la cabeza echada hacia atrás, estaba
Jane.
Corrí hacia allí mientras los ojos se me llenaban de luz,
y la tomé del brazo y traté de alejarla.
--¡Jane! --grité por encima del ruido--. ¡Tírate al suelo!
Me apartó la mano. Le vi en los ojos un fugaz destello de
vergenza.
Mientras yo estaba sentado en los escalones de la entrada
llegaron en auto Tony y Harry.
--¿Dónde está Jane? --preguntó Harry-- ¿Le ha pasado algo?
Estábamos en el Casino. --Ambos giraron hacia la música.--
¿Qué diablos pasa?
Tony me miró con suspicacia. --Steve, ¿hay algún problema?
Harry dejó caer el ramo de flores que llevaba en la mano y
echó a andar hacia la entrada posterior.
--¡Harry! --le grité--. ¡No vayas!
Tony me puso una mano en el hombro. --¿Jane está aquí?
Los alcancé cuando abrían la puerta de la tienda.
--¡Dios mío! --chilló Harry--. ¡Suéltame, imbécil!
--Forcejeó tratando de desasirse.-- ¡Steve, la planta quiere
matarla!
Los hice salir y cerré la puerta.
Nunca más vi a Jane. Esperamos los tres en mi apartamento.
Al apagarse la música bajamos y encontramos la tienda a
oscuras. La Arácnida había recuperado su tamaño normal.
Al día siguiente murió.
No sé a dónde se fue Jane. Poco después terminó el Receso,
y llegaron los grandes planes del gobierno que pusieron en
marcha todos los relojes y nos mantuvieron demasiado ocupados
recuperando el tiempo perdido para preocuparnos por unos pocos
pétalos magullados. Harry me contó que habían visto pasar a
Jane por Red Beach, y hace poco oí que alguien muy parecido a
ella actuaba en los clubes nocturnos a este lado de
Pernambuco.
De modo que si alguno de ustedes pone aquí una
coroflorería, y tiene una orquídea Khan-Arácnida, cuidado con
una mujer de piel dorada e insectos en vez de ojos. Quizá
juegue con ustedes al i-Go pero, lamento tener que decirlo,
siempre hará trampa.