Prefacio a Vermillon Sands Por J. G. Ballard







Vermilion Sands es como yo creo que será en verdad el
futuro. No deja de ser una curiosa paradoja que casi toda
la ciencia ficción, por muy alejada que esté en el espacio
y en el tiempo, se refiera en realidad al presente. Muy
pocas veces se ha intentado visualizar un futuro único y
autónomo que no nos proporcione advertencias. Quizá a causa
de ese tono preventivo tantos futuros imaginarios son zonas
invariablemente lúgubres. Hasta sus cielos son como los
infiernos de otros.
Por contraste, Vermilion Sands es un sitio donde yo
viviría feliz. Una vez describí ese balneario desértico
demasiado iluminado como un suburbio exótico de mi mente, y
algo de la palabra "suburbio" --que entonces utilicé en un
sentido peyorativo-- me convence ahora de que andaba en el
buen camino en mi búsqueda del día de pasado mañana.
Mientras el campo desaparece bajo el abono de productos
químicos y las ciudades ofrecen poco más que un contexto
urbano para encrucijadas de tránsito, empiezan por fin a
hacer valer sus méritos los suburbios. Los cielos son más
amplios, el aire más generoso, el reloj menos urgente.
Vermilion Sands tiene más que su cuota de sueños e
ilusiones, miedos y fantasías, pero en un marco menos
restringido. Además me gusta pensar que celebra las
descuidadas virtudes de lo cursi, lo extravagante y lo
grotesco.
¿Dónde está Vermilion Sands? Supongo que su hogar
espiritual se encuentra en algún sitio entre Arizona y la
playa de Ipanema, pero en años recientes me ha encantado
ver cómo irrumpe en otras partes: ante todo en segmentos de
la ciudad lineal de casi cinco mil kilómetros de largo que
se extiende por las costas norteñas del Mar Mediterráneo,
desde Gibraltar hasta la playa de Glyfada, y donde Europa
se tiende boca arriba, al sol, todos los veranos. Esa
postura es, desde luego, el distintivo de Vermilion Sands
y, espero, del futuro: no sólo que nadie tiene que trabajar
sino que el trabajo es el juego último, y el juego el
trabajo último.
El más antiguo de estos relatos, "Prima belladonna",
fue el primer cuento que publiqué, hace diecisiete años, y
desde entonces, notablemente, la imagen de ese balneario
desértico no ha variado. Espero con optimismo a que tome
forma concreta a mi alrededor.

J. G. BALLARD

1973


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