Í---------
¦
¦ CRUZADO
¦
¦ por Daniel Vázquez
¦
¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
&
...dadme vuestras fuerzas,
todas las que podáis darme;
&
ayudadme a gritar
&
con vuestras gargantas
&
y con vuestros deseos;
&
y recordándolo,
&
alegrémonos,
&
regocijémonos.
&
Y así, en la alegría,
&
feneceremos.
Poema Religioso Andino - Fragmento
(Transcripción de Juan de Santacruz
&
Pachacuti Yanqui, 1613)
Al salir de la anomalía temporal, las estrellas dejaron
de parecer
espectros para hacerse realmente visibles.
Leyó el tablero de comandos.
Velocidad Actual:
3 PVL
Tiempo de Misión:
00h 00m 05,8375s
Tiempo Restante: 359h
59m 54,1624s
Distancia Superficie:
52.007 Km
Se estima Planeo Inercial suficiente
-Justo sobre el blanco -pensó.
En los monitores, las líneas
amarillas de los corredores
magnéticos envolvían la esfera celeste. Conmutó
a modo de análisis
geográfico y miró el mapa. Cuando se posicionó
sobre la costa oriental
del Atlántico, estacionó la nave en órbita
geoestacionaria y preparó
la cápsula de transbordo. Debajo, las viejas columnas
de Hércules
separaban el océano del Mediterráneo.
Posó el artefacto en suelo
español. Ocultarlo no fue poca tarea,
pero sí suficiente. La cápsula quedó
oculta entre ramas, piedras, y
alguna que otra palada de tierra.
Volvió a consultar su reloj.
Le quedaba algo más de dos semanas.
Si no volvía a su época en ese lapso, la disolución
del agujero en el
tiempo lo dejaría atrapado en pleno siglo XV para
siempre.
Dos semanas.
En busca de una abadía, la
caída del sol lo sorprendió en el
camino polvoriento, tiñendo con sus rayos un no lejano
caserío.
Decidió pasar la noche en el hostal lugareño.
No había mucha gente
viajando por las rutas, donde cualquier lugar era bueno
para sufrir
algún percance, por lo que el hostal estaba casi
vacío, sólo ocupado
por algunos soldados que dejaban la lucha. Aunque aún
los árabes daban
sus últimas pruebas de resistencia, el día
que los problemas acabasen
en el sur el lugar moriría junto con la guerra.
Se acomodó en una mesa vacía,
lejos de la luz y del ruido que
producían los guerreros, ocupados en vociferar largas
canciones
inspiradas en los vapores del vino y en el recuerdo de fogosas
damas,
que casi siempre ardían sólo en sus corazones.
Alguien se le acercó y su
corazón aceleró su ritmo, demostrándole
que la empresa era difícil. Sólo al ver como
la mesera se retiraba con
el pedido pudo aflojar su tensión y respirar tranquilo.
Después de
todo había sido elegido por su conocimiento en las
lenguas vivas y
muertas del planeta, pero él sabía muy bien
que siempre se mantiene,
por lo menos levemente, ese ligero tono que delata a los
forasteros.
Notó inquietud en los soldados.
Intentó escuchar cuál era el
origen del problema y rio al darse cuenta de que él
mismo era el
causante de todo ese barullo:
-¡Pero te lo juro, hombre!
Esa terrible bestia voló sobre nuestras
cabezas, y sus alas abiertas cubrieron el cielo.
-¡Pues claro! ¡Y te
saludó!
-Pues déjame terminar. Tenía
grandes ojos y rugía. Quizá tenga que
ver con los monstruos que surcan los mares...
Rio al escuchar como el resto de
la patrulla no le daba
importancia a la fábula creada por su compañero.
-Pues toma menos vino Miguel, y
verás menos cosas raras, que si
hubiésemos estado más al sur hubieras pagado
tu embriaguez a palos.
¡Mira si nos pescaban los moros!.
Pensó en el trasbordador,
pero dudó que lo encontrasen. De todas
maneras casi nada podrán hacer al hallarlo, ya que
el cerámico que
recubría la nave para protegerla de la fricción
atmosférica era tan
resistente como las partes metálicas del fuselaje,
la cerradura era
totalmente inviolable y (lo más importante) estaba
bien protegida.
Cenó sólo lo suficiente
como para mantenerse en buen estado, y
discutió con el hostalero el precio de dos caballos
y algunas viandas
para consumir por el camino. Solamente logró convencerlo
cuando le
dejó por ellos dos pepitas de oro.
-Toda mi fortuna por dos de sus
jamelgos. Creo que han sido bien
pagados.
Partió antes del alba. Marchando
en busca de un tal Padre
González, llegó con el sol pegándole
en la nuca, acalorado y cansado.
El monasterio era una pequeña
fortaleza. A su ingreso lo
recibieron dos monjes.
-Buenos días, buen hombre.
-Buenos días hermano -dijo
mientras bajaba del caballo.
-¿Qué lo trae por
aquí?
-Tengo un pedido importante para
los hombres de Dios.
Ambos monjes se miraron, sorprendidos.
-¿Podría hablar con
vuestro superior?
-El padre González no se
encuentra en el monasterio. Pero por
favor, pase. Fray Esteban le mostrará dónde
instalarse.
-Gracias hermanos, que Dios los
bendiga.
Dejó los caballos en manos
de Fray Antonio mientras Fray Esteban
lo condujo hasta un lugar donde podría refrescarse.
Arrancó un poco de
agua fría del manantial subterráneo para despojarse
del pastoso polvo
que había acumulado durante el viaje, disfrutando
del rato como uno de
los mejores de su no tan larga vida. Luego, calmó
su apetito con la
magra dieta que los frailes compartieron con él.
Pidió disculpas y se marchó
a descansar. Los monjes le cedieron
una de las celdas dedicadas a los misioneros, un pequeño
espacio de no
más de dos metros de largo por uno y medio de ancho,
con paredes
blanqueadas a la cal y el piso de piedras emparejado a golpes,
donde
la mitad del espacio estaba ocupado por un duro tablón
de madera que
hacía las veces de cama.
Registró en su mente cada
detalle, ya que su ley le impedía
transportar elementos extratemporales. Según sus
cálculos, había
llegado en el momento justo, ya que la mayor oleada inquisidora
aún no
había comenzado. Aunque a España llegaría
con su mayor potencia, con
la Iberia católica ocupada en arrojar judíos
y moros fuera de sus
fronteras.
Doce días. Luego de la misa
de la mañana, un calvo y obeso monje
se le acercó para hablarle.
-Buenos días, hermano. Yo
soy el padre González.
-Buenos días, padre.
-Supe que me estuvo buscando, usted
me dirá el motivo.
-Traigo un pedido importante para
los hombres de Dios.
-¿Importante?
-Así es, padre. Y lo traigo
desde muy lejos.
-¿Puede explicarse un poco
más?
-Verdaderamente lo lamento, pero
no es posible. Sólo estoy
capacitado para decírselo a vuestros superiores,
de ser posible al
mismísimo santo padre.
-¿Al Sumo Pontífice?
-Si padre. Debo llegar lo antes
posible a él. El destino de la
Iglesia está en sus manos. Y por favor no desconfíe:
yo también soy un
hombre de Dios.
Al decir esto descubrió su
pecho. Una enorme cruz carmín cruzaba
su tórax y lo partía en cuatro partes.
-¡Santísima Trinidad!
Pero ¿quién eres, forastero?
-Pido que todo lo que llegue a saber
quede bajo secreto de
confesión.
-Pero ¿quién eres?
-volvió a preguntar, intrigado.
-No soy más que un monje
errante que viene de muy lejos. En nombre
de Dios, ayúdeme a llegar hasta el Obispo.
-¡Pero el Obispado se encuentra
a tres días de viaje!
-Con más razón entonces.
Sólo me quedan once días para cumplir mi
tarea y volver al lugar de donde partí.
-Entonces parte ya mismo. Uno de
los frailes quizá pueda
acompañarte. Parte ya mismo con la bendición
de Dios.
-Pues es en su nombre que vengo
viajando.
-Que tengas suerte entonces.
Partieron antes de que el sol cruzara
el cenit. Fray Esteban lo
acompañaba en uno de los caballos, llevando además
una mula cargada de
agua, queso y frutas.
Nueve días. El obispo los
atendió apenas llegaron, ya que las
noticias volaban de boca en boca rápidamente.
-Así que tú eres el
Cruzado. Han llegado hasta mí algunas cosas
extrañas sobre tu persona. Cosas muy extrañas.
-¿Extrañas?
-Si. Pero por favor, hablemos en
privado. Ven conmigo.
Caminaron hacia la sala privada
del Obispo. El ambiente -todo lo
visto desde su llegada- contrastaba en gran medida con la
sala que él
mismo había ocupado en el monasterio. Largos tapices
abrigaban de las
frías paredes de piedra, muebles que bien podrían
ser objetos de arte
se desparramaban por el lugar, y sobre el sillón
que ocupaba el
obispo, una Crucifixión de Jesús donde uno
de los rostros -en muy
adusta pose- no era otro que el del mismísimo dueño
del cuadro.
Siempre igual. El cumplimiento del voto de pobreza es inversamente
proporcional al cargo ocupado.
-Hablemos ahora Cruzado. ¿De
dónde vienes?
-Vengo del Este.
-Ya lo sé. ¿Pero de
dónde provienes?
-Provengo de muchos lados; soy un
hombre al que le gusta ir
viajando por aquí y por allá.
-Ya que vienes del Este... ¿No
has oído nada sobre extrañas luces
en el cielo?
-No sé a qué se refiere.
-Está bien. Pero adelántame
algo, ya que yo mismo te acompañaré a
ver al Papa.
-¿Usted mismo?
-Así es. Hay algunos asuntos
que Su Majestad desea que trate con
el Sumo Pontífice... Pero dime, muchacho, qué
es lo que deseas tú.
-Sé que durante la última
reconquista de Jerusalén se recuperaron
antiguos escritos pertenecientes a la ya mítica biblioteca
de
Alejandría. En ellos hay datos que pueden transformar
la Historia de
la Iglesia, acabar con la actual filosofía oscurantista
y...
-Ten mucho cuidado con lo que dices,
hijo mío. Tomaré lo dicho
como una confesión.
-¡Pero Eminencia! Tengo pruebas
de que lo que estoy diciendo no es
ninguna locura.
-¡Pruebas, pruebas! ¿Y
de dónde las has sacado? Ve despacio, hijo,
que la salvación de los hombres es algo muy delicado.
Además los
tiempos que corren no son los adecuados. Esto no es Francia,
pero los
recientes hechos acaecidos con Juana de Orleans aún
están frescos en
la memoria de muchos. Está bien que los reinos ibéricos
se hallen en
guerra con moros y judíos, pero recuerda al Santo
Oficio.
-Mi querido Monseñor, me
quedan sólo ocho días para cumplir mi
cometido.
-Tranquilízate. Mañana
partiremos. Ya mismo mandaré un mensaje al
Santo Padre para que nos permita ver esos papeles. Si viajamos
hacia
donde él está no podremos volver hasta Toledo,
donde creo que se
hallan los papeles que buscas.
-Entonces... ¿No llegaré
hasta el Papa?
-No lo creo necesario.
-Pero... entonces...
-Ahora debes descansar hijo mío.
Mañana partiremos.
-Le agradezco Monseñor, pero
partiré ya mismo.
Tomó sus cosas y saludó,
con un torbellino de ideas difíciles de
digerir bullendo en su cabeza. Salió del palacio
sin despedirse de su
compañero, sabiendo que había caído
en una trampa. Lamentablemente, su
temor se transformó en realidad: los guardias de
la ciudad no lo
dejaron traspasar las murallas de la misma.
Lo arrastraron hasta un calabozo,
respondiendo a sus preguntas
solamente con fuertes golpes. Se encontraba tan mareado
que perdió la
cuenta del tiempo y del espacio. Unicamente pudo mantenerse
consciente
unos segundos, los suficientes para darse cuenta del tamaño
del lugar
en donde se encontraba, un oscuro pozo nauseabundo y húmedo
donde el
apestoso y rancio olor a orina y heces lo hizo caer, vencido,
hasta
desmayarse.
Un día después los
grilletes ya habían marcado sus muñecas y
tobillos, pero no tanto como su mente.
Unos murmullos se fueron acercando
por el pasillo. Quejándose, los
barrotes de la puerta se movieron, y la puerta se abrió
con desgano,
pesadamente. Tras una capucha espectral un oscuro monje
ingresó a la
celda.
-Lamento que hayas merecido este
trato.
-Así que tú fuiste
el que me traicionó.
-No hermano, yo no te traicioné.
Yo también cumplo órdenes.
-¡Ordenes! Ahora entiendo
a qué se refería el Obispo cuando
hablaba de luces en el cielo. No solo yo he traspasado la
anomalía.
La capucha cayó dejando ver
el rostro de McAinn.
-De veras lo lamento, mi querido
pero estúpido hermano. Te ha
delatado la corriente energética que brotó
de la anomalía en el
momento en que la atravesaste. No tuve más que seguirte.
Pero no
cometí tu error, pues vine directamente hacia aquí.
Sabía que era paso
obligado en tu viaje. Hace ya un par de días que
te esperamos...
Realmente eres un desperdicio, tanta buena voluntad... De
todas
maneras, en caso de que hubieses alcanzado el triunfo también
habrías
desaparecido del universo conocido. Quizá nunca hubieses
existido.
-Pero la humanidad habrá
crecido mucho mas rápidamente.
-Habrá no; habría
crecido mucho mas rápidamente. Quizá la Iglesia
se hubiese transformado en un ejército de sabios
bondadosos, ocupados
en descubrir y enseñar todas las delicias del paraíso,
mientras que
nosotros, los políticos, nunca volveríamos
a alcanzar nuevamente el
poder. Ese sería un precio demasiado caro. La Confederación
tiene
derecho de nacer y desarrollarse. Mucho ha costado reunir
todos los
cristianos bajo un mismo emblema.
-¿Pero nuestra religión,
nuestro planeta? ¿Recuerdas de dónde
venimos?
-Si, lo recuerdo. También
recuerdo y soy consciente de que nuestra
religión no es más que una deformación
de la única verdadera, donde
cambiamos su símbolo original por una sufriente cruz.
Pero, ¿qué
pretendes? ¿Dejar en la masa la idea de la reencarnación,
sin cielo
eterno y sin infierno? Ellos cumplen su función,
así el premio y el
castigo son eternos. La idea es falsa, pero necesaria. Las
masas
ignorantes son más manejables. ¿Cómo
podrías amenazar a alguien que
sabe que si se equivocó va a tener otra oportunidad,
que si olvida
cumplir con lo que nosotros le pedimos no sufrirá
eternamente en las
profundidades del Averno?
-No seas necio. En nuestro siglo
la rebelión ya está en marcha. La
Conspiración Silenciosa ya casi ha triunfado, así
que sólo lograrás
retrasar la historia. Tarde o temprano las verdades siempre
se
alcanzan.
-¿Pero no te das cuenta que
este mundo aún no está preparado? ¿Te
imaginas el tremendo shock filosófico al darse cuenta
de que no se
está solo? ¿Has pensado qué pasaría
si esta humanidad tan enferma
recibiera tremendo impulso tecnológico?
-¿Y quiénes somos
nosotros para juzgarlo?
-Los representantes del Hacedor
en la Tierra.
-¿Lo somos realmente?
Silencio.
La capucha regresó a su lugar
inicial, ocultando el rostro en su
secreto. Giró sobre sí mismo y atravesó
el umbral para volver al
pasillo y permitir que el prisionero recobrase su tremenda
soledad.
En el calabozo, la noche duró
varios días.
Se despertó con el chillido
de las ratas que huían del enemigo que
se acercaba. Los grilletes se abrieron. Lo arrastraron a
través de un
largo pasillo, donde la repentina aparición de la
luz lo lastimó hasta
hacerlo llorar, y las lágrimas arrastraron el jugo
de sus ojos
supurados. Un punzante hormigueo recorría su cuerpo,
y las piernas no
le respondían lo suficiente, amenazando con doblarse
a cada paso, y
casi lográndolo con el primer empujón de quienes
lo custodiaban.
Tras el largo pasillo, el tribunal
del Santo Oficio preparaba sus
afiladas y bendecidas garras. Pedantes y vanidosos señores
vestidos
con sus mejores pompas eclesiásticas lo escudriñaban
salvajemente,
realizando por lo bajo los más variados comentarios.
McAinn observó cómo
el que hacía las veces de fiscal atacaba y
hundía a su hermano palabra tras palabra, y cómo
la autodefensa del
mismo fracasaba risa tras risa.
-¡Así que tú
eres un enviado del Señor! -exclamó el fiscal. -¿Y
de
dónde vienes, eh?
-Provengo del futuro -contestó.
Una carcajada resonó como
respuesta.
-¡Del futuro! ¿Os parece
a vosotros posible que alguien provenga
del futuro? ¡Sólo un hereje puede ser capaz
de tamaña afirmación!
Vio cómo, febrilmente, el
pobre trató de encontrar algo entre sus
recuerdos.
-Pero tengo pruebas que...
-¡Demuéstranos alguna!
-Podría demostrar que la
Tierra es mayor y diferente de lo que
vosotros pensáis...
-¡Blasfemas!
-¡No! Fijáos en la
Luna, en el Sol que es redondo, una esfera de
fuego alrededor de la cual giramos...
-¡Todo el mundo sabe que la
Tierra es el eje alrededor del cual
gira el resto! ¿Acaso osas decirnos que las esferas
celestiales no
existen?
-¡Tomad una nave, dirigiros
hacia occidente y veréis que con el
tiempo alcanzaréis tierra firme!
-¡Mentiras! ¿Qué
es lo que pretendes brujo infame? ¿Qué demoníaco
impulso te lleva a intentar que hombres buenos caigan en
el Infierno
para bien de tu Señor?
-¿Mi Señor? ¡Cuán
grande es tu equivocación!
-¿Y qué significa esa
cruz que luces en tu pecho? ¿A qué orden
eclesiástica pertenece esa distinción?
-Esa orden aún no existe.
-¿Y quién eres acaso?
-preguntó riendo. -¿Su presunto fundador?
-No, no. Por favor...
Oculto tras las sombras McAinn tocó
su pecho. Su mano se alegró de
que sus superiores hayan creído oportuno enmascarar
su cruz con una
capa de piel sintética.
El fiscal volvió a la carga.
-Y con respecto a eso que
supuestamente vienes a buscar. ¿Podrías decirnos
de qué se trata?
-Os lo repito. Puedo encontrar algunas
pruebas de lo que vosotros
me pedís, y otras que demuestran que la Iglesia ha
tomado un rumbo
equivocado...
-¡Cierra tu boca hereje!
-...habiendo matado en nombre de
Dios cuando Nuestro Señor ha
muerto por nosotros. Habéis matado y lo seguiréis
haciendo,
exterminando a pobres víctimas inocentes cuyo único
mal es poseer
otras creencias y otra historia.
-¿Tratas acaso de defender
la causa mora?
-No. Aún no conocéis
a vuestras futuras víctimas.
-Escucha impostor... ¿Qué
clase de ángel eres que se te ha visto
cabalgar sobre un enorme pájaro de piedra, que más
que a un pájaro a
mí me recuerda a una horrible gárgola? ¿O
no venías montado en ella,
sacudiendo el aire con fuertes ruidos parecidos a truenos?
¿No es
acaso una de esas demoníacas criaturas el transporte
que te
proporcionó tu apestoso señor para cumplir
con tu aberrante misión?
-¡No! No soy un ángel.
-¿Lo veis? Reconoce no ser
un ángel -señaló triunfalmente al
tribunal.
-¡Pero tampoco soy un demonio!
-No eres un demonio, pero no eres
un ángel. Tampoco perteneces a
ninguna iglesia, ya que eres único en tu orden y
tú no la has
creado... ¿Entonces eres un farsante?
-Si yo soy un farsante ¿Vosotros
qué sois?
-¿Pero que pretendes acaso?
¿Juzgarnos tú a nosotros?
Un murmullo resonó en toda
la sala para ser reemplazado por un
profundo silencio.
La voz de Rabelais rasgó
el aire por última vez, acusadora.
-Destruirán una gran cultura.
Tras el flagrante juicio inquisidor
llegó la condena. Tras la
condena, la hoguera.
-Antes del fin, hermano mío,
tendrás un pequeño premio. ¿Puedes
acompañarme?
Caminaron por un largo pasillo que
los llevó hasta una escalera en
espiral. En lo alto, las puertas se abrieron. Ante su vista,
una gran
pila de plaquetas cerámicas, papiros y papeles apergaminados
crecían
hacia el techo, mezclados con antiguos y extraños
aparatos que
pasearon ante sus ojos mostrándole maravillas de
otros tiempos y otros
hombres, ocultas para siempre.
-¡Santo Dios!
Sus ojos recorrieron los restos
de la Biblioteca donde se
revelaban algunos de los misterios de su fe. De todas. Tan
cerca, y a
la vez tan lejos.
-Por lo menos morirás habiéndola
encontrado -oyó decir a su
hermano mientras un nudo se le instalaba en la garganta.
-Fuiste
demasiado cándido, demasiado idiota como para confiar
en estos
retrasados. Sólo les interesa el poder, y con lo
que les ofreces lo
perderían. En cambio yo les ofrecí aumentarlo.
¿Puedes creer que
quince bolsas de oro fueron suficientes?
Calló con un gesto a Rabelais
e hizo silencio al escuchar que se
acercaban unos pasos.
La voz del Obispo resonó
en el lugar.
-Como no se ha comprobado tu relación
con la Santa Iglesia,
tremendo hereje, la hoguera te consumirá y devolverá
al tenebroso
fuego que te ha engendrado. El Eterno así lo desea.
Mientras los papeles y las supuestas
pruebas del juicio eran
celosamente guardados, la pira fue preparada en la plaza
central,
donde la plebe morbosa tuvo la posibilidad de admirar el
espectáculo.
Niños y no tan niños tuvieron oportunidad
de afinar su puntería antes
de que el fuego hallara la primera astilla.
Las ardientes lenguas de fuego lo
alcanzaron rápidamente. Ninguna
voz, ningún sonido brotó del cuerpo agonizante.
Sólo las lágrimas se
mezclaron con el sudor y la sangre mientras esos peligrosos
papeles,
hasta ese día tan celosamente guardados, ardían
bajo el cuerpo de
Rabelais. La cruz de su pecho brilló más que
nunca.
El eterno y tan humano ritual triunfal
de McAinn se repetía una
vez más. En dos días habría atravesado
la anomalía en sentido inverso.
Las huellas de la rebelión desaparecerían
totalmente. La historia y la
especie no cambiarían su rumbo, y su nuevo cargo
lo esperaba entre los
festejos.
Salió de la anomalía,
y ésta se cerró a sus espaldas. En ese
momento se dio cuenta de su error. El había sido
un idiota al
confundir el plan de su hermano.
En la pira, la agonía de
Rabelais se agitaba con las últimas
cenizas. Cenizas que no eran únicas. Varios siglos
adelante, la ciudad
de las siete colinas caía arrasada por completo.
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¦
&
Daniel Vázquez, 1992 ¦
&
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¦
¦ PRIMAVERA CREPUSCULAR
¦
¦ por John Collier
¦
¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
Manuscrito encontrado en una carpeta
de 25 centavos, comprada por la señorita
Sadie Brodribb en el Supermercado Bracey
21 de febrero - Hoy lo decidí. Voy a dar la espalda
de una vez y para
siempre a este mundo burgués que no tiene más
que odio hacia los
poetas; voy a irme, a desaparecer, a romper los puentes...
Está hecho... ¡Soy
libre! ¡Libre como un átomo danzando en un rayo
de sol, libre como una mosca doméstica viajando en
primera en el Queen
Mary! Libre como mis poemas, libre como los alimentos que
voy a comer,
como el papel en que voy a escribir, como las chinelas forradas
de
piel que voy a llevar.
Esta mañana no tenía
ni para el colectivo; esta noche estoy acá,
vestido de terciopelo. Seguramente, ustedes querrían
saber dónde
queda, organizar excursiones hasta acá, mandar a
sus suegros,
ensuciarlo, quizá venir ustedes mismos. De todos
modos, hay pocas
posibilidades de que este diario vaya a parar a sus manos
antes de mi
muerte, así que se los voy a decir.
Estoy en el centro del enorme Supermercado
Bracey, contento como
un ratón adentro de un queso gigante. El mundo no
va a oir hablar de
mí nunca más. De ahora en adelante voy a tener
una vida segura y
feliz, tras una majestuosa pila de tapices, en un lugarcito
tranquilo
que pienso decorar con edredones, pieles de Angora y tantos
almohadones como los de la cama de Cleopatra. La voy a pasar
muy bien.
Me colé en este santuario
a última hora de la tarde y casi en
seguida oí cómo cerraban el supermercado.
Desde ahora, mi única
preocupación va a ser jugar a las escondidas con
el sereno: los poetas
saben jugar a las escondidas.
Hice una primera exploración
a mis dominios. Yendo en puntas de
pie, me aventuré hasta la sección papelería
y, algo tímido, me batí en
retirada rápida llevando los elementos imprescindibles
para todo
poeta: algo para escribir. Ahora los voy a guardar para
pasar a
procurarme otros objetos de primera necesidad: comida, vino,
los
cómodos muebles para mi escondite y un elegante smoking.
Este lugar
estimula: acá voy a escribir muy bien.
Al día siguiente, amanece
- No creo que haya alguien en el mundo
que se haya sorprendido más, alterado más,
que yo mismo en esta noche.
Es increíble.
Salía reptando de mi escondite,
cuando me encontré con que el
supermercado estaba sumido en una tiniebla luminosa. El
pasillo
central estaba iluminado a medias; las escaleras mecánicas
habían
pasado de lo práctico a lo imaginario. Las sedas
y terciopelos
brillaban como fantasmas. Cien maniquíes con pantalones
de encaje
regalaban sus mohines y abrazos al aire vacío.
Al pasar al lado de los corredores
transversales que se hundían en
tinieblas más profundas, me sentí como un
pensamiento romático errando
en el cerebro de una bailarina de music-hall al final de
su carrera.
Evidentemente, ningún cerebro es tan grande como
el Bracey. Y ahí no
había nadie a quien querer. De hecho, no había
absolutamente nadie
para nada.
Nadie, salvo el sereno. Se me había
ovidado. Un ruido, sordo y
regular, que podía haber sido mi propio corazón,
sonó a un par de
pasos de mí. Rápido como un rayo, tomé
una lujosa capa, me la puse
sobre los hombros y me quedé quieto como un ídolo
de bronce.
Un éxito. Pasó al
lado mío, haciendo tintinear la cadenita de la
llave maestra, silbando, con los ojos aún inundados
por los reflejos
del día mundano. "Siga su ruta, habitante del mundo",
murmuré,
permitiéndome una sonrisa.
Una sonrisa que se me congeló
en la cara. Se me detuvo el corazón.
Tenía miedo de volver a moverme. Tenía miedo
de mirar a mi alrededor.
Tenía la sensación, casi certeza, de que alguien
me observaba. Era una
sensación completamente distinta a la normal inquietud
provocada por
el normalísimo sereno. Mi impulso más razonable
me inclinaba a mirar
lo que había a mis espaldas. Pero mis ojos sabían
más. Me quedé muy
quieto, con la vista fija al frente.
Mis ojos intentaban decirle a mi
cerebro algo que éste se negaba a
creer. Y tenía razón. Porque estaban viendo
otro par de ojos, ojos
humanos, pero grandes, chatos, luminosos. Había visto
ojos parecidos
en los animales nocturnos, esos que se arrastran bajo la
luna llena
azul y artificial de los zoológicos.
Su dueño estaba a unos tres
metros de mí. Sin embargo, no me había
visto. Claro, yo había estado con la vista fija en
él durante varios
minutos. Y tampoco lo había visto.
Estaba apoyado a medias contra un
pabellón alto, una especie de
plataforma donde se exponían bufandas y pañuelos.
Uno de ellos le
rozaba el hombro. Los pliegues le tapaban una oreja, el
hombro y parte
del perfil derecho. Estaba vestido con un pulover neutro
con cuadros
grandes, muy moderno, unos zapatos de piel de antílope
y una camisa a
rayas verdes y grises. Era tan pálido como un bicho
encontrado bajo
una piedra. Tenía los brazos flacos, terminados en
unas manos que
flotaban como trocitos de muselina vaporosa o como alas
lánguidas y
transparentes.
Habló; su voz no era una
voz, sino el eco de un susurro.
-No está mal, para un principiante.
Me di cuenta de que elogiaba irónicamente
mi disfraz. Tartamudee:
-Lo siento mucho. No sabía
que acá viviera alguien más-. Mientras
hablaba, me di cuenta de que estaba imitando el susurro
sibilino del
tipo.
-Claro que sí- dijo. -Todos
vivimos acá. Es una maravilla.
-¿Todos?
-Por supuesto, todos nosotros. Mire.
Estábamos cerca del borde
de la primera galería. Hizo ondular la
mano fina en un gesto que abarcaba todo el supermercado.
Miré, pero no
vi nada. Tampoco escuché nada, salvo las pisadas
tenues del sereno
sonando desde los pasillos del subsuelo.
-¿No ve nada?
¿Ustedes conocen esa sensación
que provoca el ver un vivero a
media luz? Uno ve piedras, cortezas, algunas hojas, nada
más. Y de
pronto, una piedra respira: es un sapo. Ahí, hay
un camaleón; más
allá, una serpiente enroscada, una mantis entre las
hojas; toda la
vitrina estalla de vida, como un mundo completo. Uno ve
la cabeza de
uno, la pierna de otro.
Eso pasó en el supermercado.
Miré, y estaba vacío; miré de nuevo,
y había una viejita detrás del reloj de pie.
Había tres damas
ingenuas, viejas, increíblemente demacradas, con
el pelo como novillos
de seda, contándose chismes en la puerta de la perfumería.
Había un
hombre frágil, incoloro, con aspecto de coronel meridional,
que me
observaba inmovil, mientras se acariciaba un mostacho que
hubiera
honrado a un langostino de cristal. Una mujer con una túnica
de gasa,
obvia amante de la literatura, nadaba hacia mí entre
revuelos de tela.
Tenía los ojos grandes, con un brillo opaco. Noté
que los iris eran
incoloros.
-¡Qué aire de principiante
que tiene!
-Es un detective. ¡Llamen
a los Hombres Negros!
-No soy detective. Soy poeta. Acabo
de renunciar al mundo.
-Es un poeta. Se vino con nosotros.
Lo descubrió el señor Roscoe.
-Debe admirarnos.
-Es necesario que conozca a la señora
Vanderpant.
Me llevaron con la señora
Vanderpant. Parecía la Gran Vieja Dama
del supermercado y era casi transparente.
-Así que usted es poeta,
señor Snell. Aquí usted va a encontrar
inspiración. Yo, por supuesto, soy la residente más
antigua de este
lugar. Tres cambios de firma, la reconstrución completa
del
supermercado, y no han podido deshacerse de mí.
-Cuéntele, cuéntele
como vino usted un pleno día, querida señora
Vanderpant, y de cómo estuvieron a punto de comprarla
como la "madre"
de Whistler.
-¡Ah!, era otra época,
antes de la guerra. Yo entonces era más
robusta que ahora. Pero, en la caja, los clientes se dieron
cuenta que
no tenía marco. Y cuando volvieron para verme otra
vez...
-Ya no estaba ahí.
Tenía una risa como la que
tendría el fantasma de una langosta.
-¿Dónde está
ella? ¿Dónde está mi sopa?
-Ahora se la trae, señora
Vanderpant. En un minutito viene.
-Esa criaturita terrible. Nosotros
la adoptamos. Es huérfana
¿sabe, señor Snell? Absolutamente no es de
nuestra clase...
-¿En serio?
-Vivo aquí, señor
Snell, desde la época terrible de los '80. Era
muy jovencita por aquel entonces. Una belleza, según
decían, cuando el
pobre papá perdió su fortuna. Imagínese
lo que era el Bracey para una
chica joven, en el Nueva York de aquella época, señor
Snell. Me
parecía terrible no poder seguir viniendo aquí
como de costumbre. Me
asusté mucho cuando los demás también
empezaron a venir, después del
crac de 1907. Pero eran el querido juez, el coronel, la
señora
Bilbee...
Me los presentaron.
-La señora Bilbee escribe
obras de teatro, y desciende de una
antigua familia de Filadelfia. Con nosotros se va a divertir,
señor
Snell.
-Es un privilegio, señora
Vanderpant.
-Y, naturalmente, nuestros jóvenes
llegaron en 1929. Sus pobres
padres se tiraban de los rascacielos...
Me deshice en saludos y cumplidos.
Las presentaciones llevaron bastante
tiempo. ¿Quién hubiera
imaginado que vivía tanta gente en el supermercado
Bracey?
-¡Ah! Ahí está
ella con mi sopa.
Entonces noté que los jóvenes
de aquel lugar no eran tan jóvenes,
pese a sus sonrisas, sus modales, sus atenciones ingenuas.
Ella era
una adolescente auténtica; estaba vestida unicamente
con ropas de la
sección saldos y sin embargo parecía una flor
viva en un cementerio o
una sirena entre pulpos.
-Apúrate, taradita.
-La señora Vanderpant espera.
No era pálida como los otros,
esa palidez de lo que reluce y se
agita cuando uno levanta una piedra. Era pálida como
una perla.
Ella. Perla de aquella caverna obscura,
fantástica entre todas las
cavernas. Sirenita rodeada por objetos de un blanco fatal,
más fatal
que el de los tentáculos de un pulpo... Ya no puedo
seguir
escribiendo...
28 de febrero - Bueno, parece que
me estoy acostumbrando rápido a
mi nuevo mundo crepuscular y a mis extraños vecinos.
Aprendí el
complicado código de silencios y disfraces que regula
las reuniones
aparentemente casuales del clan de medianoche. ¡Cómo
odian al sereno,
cuya existencia pone trabas a su festival de ocio!
-Es una criatura odiosa, vulgar.
De cada poro exhala la grosería
del sol.
En realidad es un buen tipo, un
poco joven para sereno. Pero a
ellos les gustaría hacerlo pedazos.
Conmigo, sin embargo, son toda amabilidad.
Están contentos de
tener un poeta entre ellos. Pese a todo, sinceramente no
puedo llegar
a quererlos. Se me hiela la sangre cuando veo que hasta
la más vieja
de las damas puede deslizarse de balcón en balcón
con la perversa
facilidad de una araña. ¿O, quizá,
la verdadera razón es que son tan
distintos a ella?
Ayer jugamos al bridge. Esta noche
se dá una obra de la señora
Bilbee: "Amor en el país de las sombras"... ¿Ustedes
lo pueden creer?
Otra colonia, que vive en otro supermercado -Wanamaker's-
va a asistir
en masa a la representación. Aparentemente, en todos
los supermercados
vive gente. Consideran la visita de los de Wanamaker's como
un gran
honor; una tilinguería intensa reina entre los habitantes
del
supermercado. Hablan con espanto de un hombre que abandonó
un
supermercado de primera en la avenida Madison para acabar
como
barrendero en una boutique del barrio alemán. Y relatan
de manera
trágica el caso del hombre de "Altman" que sentía
una pasión tan
grande por una prenda de ropa interior de lana que se dejó
ver para
arrancársela de las manos a un cliente. Parece que
toda la colonia de
"Altman", ante la posibilidad de una investigación,
fue desterrada por
el círculo mundano a una peletería de saldos.
Bueno, tengo que ir a prepararme
para la función.
1 de marzo - Finalmente encontré
una oportunidad para hablar con
ella. Todavía no había tenido el valor. Acá
uno tiene siempre la
sensación de que unos ojos pálidos lo están
espiando. Pero anoche,
durante la obra, tuve un ataque de tos. Se me invitó
con un poco de
severidad a que fuera a esconderme al subsuelo, entre los
tachos de
basura, donde el sereno no va nunca.
Ahí, entre las tinieblas
frecuentadas por ratas, oí un sollozo
ahogado.
-¿Qué pasa? ¿Quién
está ahí? ¿Ella, sos Ella? ¿Qué te pasa,
querida, por qué llorás?
-No me quieren dejar ver la obra.
-¿Y eso es todo? Vení,
calmate.
-Soy tan desgraciada...
Me contó su historia. Una
tragedia. Cuando era nena, una nenita de
apenas seis años, se perdió y se quedó
dormida detrás de un mostrador,
mientras su madre estaba probándose un sombrero nuevo.
Cuando se
despertó, el supermercado estaba sumergido en la
obscuridad.
-Grité, y ellos corrieron
y me agarraron. "Si la soltamos, va a
hablar", dijeron.
Uno opinó: "Llamemos a los
Hombres Negros". "Déjenla- dijo la
señora Vanderpant-, a mí me puede servir.
Una criadita me vendría muy
bien".
-¿Quienes son los Hombres
Negros, Ella? Ya se los oí mencionar a
alguien cuando llegué.
-¿No sabe quienes son? ¡Son...
son horribles!
-Decímelo, Ella; compartamos
el secreto.
Tembló.
-¿Usted conoce los almacenes
de las pompas fúnebres, los de "El
final del camino", los que proveen a las casas donde va
la gente que
se muere.
-Sí, Ella.
-Bueno, ahí, en ese almacén,
como en "Gimbel's" y en
"Bloomingsdale's", también vive gente.
-¡Qué espanto! Pero,
¿de qué viven, Ella, en una empresa de pompas
fúnebres?
-A mí no me pregunte. Allá
mandan a los muertos para que los
embalsamen. ¡Allá hay criaturas horribles!
Incluso la gente de acá les
tiene miedo. Pero si alguien se muere, o si algún
pobre ladrón entra
en el supermercado de noche, entonces...
-¿Entonces? Seguí.
-Entonces llaman a los Hombres Negros.
-¿Y?
-Y ponen el cadaver o al ladrón,
si se trata de un ladrón, bien
atado, en la sección enfermería, y cuando
llegan los Hombres Negros
todos se esconden. Entonces entran los Hombres Negros...
Yo los ví...
son negros como sombras chinescas... Es horrible... Y los
Hombres
Negros van a la sala donde está el pobre ladrón.
Y llevan cera y todo
tipo de cosas. Y cuando se van, todo lo que hay sobre la
mesa es uno
de esos maniquíes de cera. Y entonces nuestra gente
les pone ropa o un
traje de baño y lo mezclan con los demás,
y así nadie se entera...
-Pero, esos maniquíes, ¿no
son más pesados que los otros? Tendrían
que ser más pesados.
-No, no son más pesados.
Creo que les sacan muchas cosas de
adentro...
-Pobrecita, ¿eso era lo que
querían hacer con vos cuando eras
chiquita?
-Sí, pero la señora
Vanderpant quiso que fuera su sirvienta.
-Esta gente cada vez me gusta menos,
Ella.
-A mí me pasa lo mismo. Me
gustaría tanto volver a ver un
pájaro...
-¿Por qué no vas a
la sección de animales domésticos?
-No es lo mismo. Yo quiero ver a
uno volando libre, o sobre una
rama...
-Ella, ¿por qué no
nos vemos seguido? Escondámonos acá y veámonos
seguido. Yo voy a hablarte de los pájaros, de los
árboles y de la
libertad...
10 de marzo - "Ella, te quiero".
Se lo dije, exactamente así. Nos
vimos muchas veces. Soñé con ella durante
días enteros. No pude llevar
al día mi diario y no hablemos de escribir poemas...
-Ella, te quiero. Nenita, vamos
a la sección de ajuares. No pongás
esa cara de desconcierto, querida. Si vos querés,
nos podemos ir de
acá para siempre. Podemos vivir en los bares del
Parque Central; ahí
hay miles de pájaros.
-No, Charles, no...
-Pero te quiero, te quiero...
-No tendrías...
-Estoy completamente seguro de lo
que digo. No puedo evitarlo.
Ella, ¿acaso querés a otro?
Ella lloró un poco.
-Sí, Charles...
-Otro. Ella... ¿a uno de
esos? Creía que te daban asco. Debe ser
Roscoe. Es el único que tiene algo de humano. Hablé
con él de arte, de
la vida, de cosas de ese tipo. Y pensar que me robó
tu corazón...
-No, Charles, no; él es como
los demás. Los odio a todos... Me dan
escalofríos.
-¿Quién es, entonces?
-El...
-¿Quién?
-El sereno.
-¡No puede ser!
-Si. Tiene olor a sol.
-¡Ella... Ella, acabás
de romperme el corazón!
-Podés ser mi amigo, si querés.
-Voy a serlo, voy a ser tu hermano.
Pero, ¿cómo pudiste enamorarte
de él?
-¡Ah, Charles, fue tan maravilloso!
Pensaba en los pájaros y
estaba distraída... No se lo digás a ellos,
me castigarán.
-No, no. Seguí.
-Estaba distraída y él
pasó por ahí. Hacía su ronda. No había
ningún lugar para que me pudiera esconder. Yo tenía
el trajecito azul.
Y ahí no había otra cosa que maniquíes
en ropa interior.
-Seguí.
-No podía hacer otra cosa,
Charles; me saqué la ropa y me quedé
quieta.
-Ya entiendo.
-Entonces, él se paró
delante mío, y me miró, y me acarició el
mentón.
-¿Y no se dio cuenta de nada?
-No, yo tenía el mentón
frío. Pero, Charles, me dijo: "Querida, me
gustaría que ellas estuvieran hechas como vos, allá
en la Octava
avenida..." ¿No es adorable decir eso?
-Personalmente, yo hubiera dicho
Avenida Park.
-¡Charles!, no seas como ellos.
A veces pienso que te estás
convirtiendo en uno de ellos. La calle no importa, Charles.
Era tan
lindo que me dijera eso.
-Si, pero tengo el corazón
roto. Y ¿qué podés esperar de él? El
vive en un mundo distinto.
-Si, Charles, la Octava avenida...
Ahí quiero ir yo. Charles,
¿realmente sos mi amigo?
-Soy tu hermano, pero tengo el corazón
roto.
-Quiero decírselo, es necesario
que se lo diga: voy a esperarlo
acá. Entonces, él me va a ver...
-¿Y después?
-Quizá vuelva a hablarme...
-¡Mi pobre nenita! Te torturás
vos sola. Lo único que vas a
conseguir es empeorar las cosas.
-No, Charles. Porque voy a responderle.
Y me va a llevar con él.
-Ella, no puedo aguantar esto...
-Shhh. Viene alguien... Voy a ver
los pájaros, las flores que
crecen... Ahí está, ya viene... Andate, por
favor.
13 de marzo - Estos últimos
tres días fueron un infierno. Esta
noche estalló. Roscoe -el primero a quien conocí
acá- se me acercó.
Siempre hubo una vacilante simpatía entre nosotros.
Me dijo:
-Tiene aspecto de preocupado, mi
amigo. ¿Por qué no va a
"Wanamaker's" a practicar un poco de esquí?
Su delicadeza exigía una
respuesta franca.
-Es más que preocupación,
Roscoe; ya no puedo comer, ni dormir, ni
siquiera escribir. Ya ni siquiera puedo escribir, mi amigo.
-¿Qué le pasa? ¿No
se acostumbra a tener que ayunar durante el
día?
-No, Roscoe, no. Estoy enamorado.
-¿Alugna de las empleadas,
Charles, o alguna clienta? Sabe que eso
está absolutamente prohibido.
-No, nada de eso, Roscoe. Pero no
es mucho mejor.
-Amigo querido, no soporto verlo
así. Déjeme compartir su
angustia.
Entonces, todo salió de golpe.
Estallé. Confié en él. ¡Creí que
podía confiar en él. De verdad pienso que
no tenía la inteción de
traicionar a Ella, de impedir su fuga, sino de retenerla
acá hasta que
Ella me entregase su corazón. Lo juro, si tuve esa
intención, fue
subconciente... Se lo dije todo. Se mostró comprensivo
pero, debajo de
esa máscara, adiviné una reserva sospechosa.
-No se lo va a contar a nadie, ¿verdad
Roscoe? Esto debe quedar
entre nosotros. Secreto.
-Tan secreto como la tumba, amigo.
Seguramente, fue directo a ver a
la señora Vanderpant. Esta noche,
algo ha cambiado en la atmósfera. Están ahí,
dando vueltas, sonriendo
nerviosos, como con una exaltación sádica.
Si les hablo, responden con
evasivas, tiemblan, se alejan. Una sesión de ballet
ha sido pospuesta.
No puedo encontrar a Ella; voy a buscarla. Tengo que encontrarla.
Mas tarde - ¡Dios santo! Pasó.
Desesperado, fui al despacho del
director, cuyas ventanas de cristal dominan todo el supermercado.
Estuve en vela hasta la medianoche. Entonces vi que un grupito
de
ellos, en procesión como hormigas, llevaban un bulto.
Era Ella. La
llevaban a la sección enfermería.
También llevaban otras cosas.
Cuando corrí hacia acá,
la horda me atropelló con su torbellino de
murmullos. Corrían a esconderse, mirando por sobre
el hombro, muertos
de miedo. Y yo, yo también me escondí. ¿Cómo
describir a las siluetas
inhumanas que me rozaron, mudas como sombras? Iban hacia...
¿Dónde
está Ella? ¿Qué puedo hacer? Tengo
que hacer algo. Voy a buscar al
sereno. Entre él y yo, la salvaremos. Y si nos domina
la multitud...
Bueno, voy a dejar este diario sobre un mostrador...
Mañana, si sigo vivo, sabré
volver a encontrarlo. Si no, ustedes,
los que están leyendo esto, miren las vidrieras.
Busquen tres
maniquíes nuevos: dos hombres, uno de aspecto sensible,
y una chica.
Ella tiene los ojos azules como aguamarinas y en el labio
superior
tiene una curva encantadora...
¡Busquennos!
¡Quémenlos! ¡Destruyanlos
a todos!
¡Venguennos!
&
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¦
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John Collier, 1935 ¦
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¦ HACIA LO FANTASTICO HIPERREAL
¦
¦ por Luigi Volta
¦
¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
La ilusión y el éxtasis
Lo hiperreal nos rodea para consolarnos de las dificultades
para
interpretar la realidad y convivir con ella, "para crear
un vacío
alrededor de la realidad, extirpar su psicología,
su subjetividad"
(Jean Baudrillard, L'échange symbolique et la mort,
p. 85). Por esta
razón lo hiperreal jamás puede producir miedo,
sino sólo excitar,
llenar la mente con sonidos y colores, producir esa impresión
de
extrañamiento que se puede tener frente a una holografía.
Lo
fantástico contemporáneo está compuesto
por imágenes que hacen de todo
para llenar la mente, para que no se piense, y, en consecuencia,
para
que no se pierda tiempo en la interpretación. No
se necesita ninguna
interpretación, ninguna ambigüedad, ninguna
vacilación. Todo tiene que
estar como iluminado por una luz absoluta.
En efecto, ¿qué se
interpreta frente a las entidades
sobrenaturales descriptas en sus mínimos detalles
en los cuentos de
Stephen King, o frente a los demonios tridimensionales y
polisensoriales del horror film, de la ciencia ficción
psicodélica de
estos últimos años? Son recuerdos del pasado
las grandes narraciones
del miedo ideologizado que pedían una participación
ética, como
Drácula de Bram Stoker, como La guerra de los mundos
de Herbert George
Wells con sus fronteras tan estrictamente delimitadas entre
el bien y
el mal, pero capaces de producir una gran excitación,
cuando se
verificaba una transgrasión cualquiera. Algo muy
disitinto buscan el
viscoso monstruo de Alien o el "coche infernal" de Christine,
junto
con el ejército infinito de demonios, mutantes y
muertos vivientes.
Estos "nuevos" monstruos se imponen con la solidez de holografías
para
demostrar que las palabras se han vuelto secundarias, que
sirven para
acompañar imágenes en vez de crearlas. Es
como si las culturas
occidentales hubieran solucionado -finalmente- su ansiedad
y pesimismo
proverbiales con la simulación total y la glorificación
de la imagen.
Este "nuevo" fantástico se
opone al clásico por el hecho de
valorizar un "mythos" hecho de acción y movimiento
como fines en sí
mismos, aptos para sorprender y dejar estupefacto. Ya no
se trata de
enseñar, ni de suscitar aprobación o reprobación.
Así parece correcta
la interpretación que da Leslie Fiedler de la literatura
masiva
moderna, la cual constituiría, más que una
estética, una "extática":
"ékstasis, en el sentido
de éxtasis, rapto, profunda alteración de
la conciencia en la cual los límites normales de
la carne y del
espíritu parecen disolverse" (Leslie Fiedler, What
was literature?, p.
139)
El culto de la imagen puede fácilmente
producir una sensación
semejante, poruqe las imágenes ofrecen valores que
se reciben según
una fruicción sensoria y motora fuerte e inmediata,
es decir que estas
imágenes no son fácilmente traducibles en
palabras: no se dejan
verbalizar. Más bien, en una época de confusión
crónica de códigos,
estas imágenes ilusionan en el sentido etimológico
de la palabra,
"in-ludere", es decir, hacen entrar en un juego. En este
juego se
trata de reconstruir una mítica realidad que Occidente
jamás cesó de
buscar. No esa realidad tradicional, la idea tradicional
del
conocimiento como movimiento desde "adentro" hacia "afuera",
sino una
idea del reconocimiento a través de un movimiento
interior que
conduzca a sensaciones de místicas simbiosis, de
indecibles contactos,
de mezclas, de homogenización.
Se puede decir que no sólo
lo fantástico, sino todo el mundo de
los medios masivos parece anunciar una nueva extraordinaria
proxémica
que favorece el acercamiento del hombre occidental, más
que el aumento
de esa distancia que es tan útil para el progreso
científico. Lo
fantástico es un modo entre los tantos para expresar
la utopía del
acercamiento que se anuncia hoy a través de los medios
electrónicos,
los cuales, anulando el mundo silencioso y aséptico
de la palabra
impresa ofrecen sensaciones de extrañas cecanías
y síntesis.
Las viejas intuiciones de Marshall
McLuhan parecen ahora
proféticas, a pesar de haber sido muy criticadas.
Recordemos,
resumiendo, tu tésis-slogan formulada en 1964: "El
medio es el
mensaje", cuya variante-contraste de 1967 es "el medio es
el masaje".
Y así explica McLuhan en La Galaxia Gutenberg: "En
las disitntas
épocas de la era mecánica habíamos
efectuado una extensión de nuestro
cuerpo en sentido espacial. Hoy, luego de un siglo de empleo
de la
electricidad, hemos extendido nuestro sistema nervioso central
en un
abrazo global, que, por lo menos en lo que concierne a nuestro
planeta, anula el tiempo como el espacio. Nos estamos acercando
rápidamente a la fase final de la extensión
del hombre: aquella en
que, a través de la simulación tecnológica,
el proceso creativo de
conciencia será extendido colectivamente a toda la
sociedad humana,
del mismo modo que a través de los diversos medios,
hemos extendido
nuestros sentidos y nuestros nervios" (Marshall McLuhan,
The Gutenberg
Galaxy, p. 25). Y esta fase última él la llama
"implosión".
Quizás, puesto que estamos
estudiando el problema de un género
particular, lo "fantástico", ¿por qué
no ver, aprovechando esta teoría
tan sugestiva, lo fantástico clásico como
un fenómeno extensivo,
favorecido por la "escritura" y sobre todo por la imprenta?
El horror
por lo "impuro" es la temática obsesiva y recurrente
de lo fantástico
clásico, y está basado en la idea de los "límites"
(casa, castillo,
cementerio) y al mismo tiempo de la "escritura" (libro maldito,
pacto
dioabólico firmado con el diablo, etc.), y por la
ciencia-ficción,
están los límites del país/planeta/humanidad,
y en vez del "libro"
está la ciencia con sus normas y prescripciones.
Por el contrario, la
revolución electrónica favorecería
una inédita utopía del contacto, de
la mezcla, y finalmente de la transformación (todos
estos aspectos,
como los llamaría McLuhan, implosivos para la mente)
junto con el
banadono de los viejos sistemas de pensamiento dominados
por el culto
de la dicotomía.
En el fondo, es la sinestesia, o
unificación de los sentidos, la
temática de las grandes utopías fílmicas
de estos últimos años, desde
Encuentros cercanos del tercer tipo de Spielberg con sus
alienígenas
deseosos de tocar y de sentir, hasta cualquier otyro filme
que nos
pueda venir a la mente. Los nuevos monstruos parecen proponer
una fase
de vida "cercana", absolutamente inaudita para el occidental
tradicionalmente aséptico y reservado. Esa cercanía
reduce el aspecto
perturbador del monstruo, cuya otredades vista tan de cerca
que causa
la exclusión total del misterio. Así, no se
siente miedo a lo
desconocido, sino un oscuro reconocimiento interior, cuando
se asiste,
por ejemplo, al acercamiento de la "cosa" en Alien de Ridley
Scott o
en The Thing de John Carpenter. Una secuencia de este último
filme
muestra al alienígena que literalmente hunde sus
manos en la cara del
hombre que está por poseer o imitar (en una versión
horror de Zelig de
Woody Allen); o cuando se asiste a la imagen colectiva tan
querida por
David Cronenberg y por George A. Romero, en todos sus filmes,
de
brazos tendidos hacia la simbiosis del Uno con los Muchos.
No hay asimismo que maravillarse
si en la modernidad post-moderna
la "entidad" indecible del ochocientos encerrada en su castillo
o en
su casa embrujada, la cual constituía un claro campo
oposicional,
circula ahora por las metrópolis contaminadas, autopistas,
como en
Trucks de Stephen King, donde camiones, vehículos
y máquinas de todo
tipo adquieren vida propia para atacar a un grupo de hombres
sitiados
en un diner en la autopista. A pesar de que todo aquí
sea absurdamente
cómico, se logra excitar al lector con un ideal horror
sinestésico,
con el tipo de lenguaje usado, extremadamente simple, que
acentúa las
imágenes, con los sonidos y las sensaciones de todo
tipo. La idea
básica de la invención de King es que en el
centro de este mundo
hormigueante ya no se encuentra el hombre, sino esa fuerza
sin nombre,
y fuera de toda trascendencia, que hace posible este vértigo.
El
hombre es absorbido hacia un centro mítico donde
desaparece toda
diferencia. Según la misma idea regresiva, se llega
a la síntesis
total, a la máxima homogeneidad con el mundo, como
le sucede, por
ejemplo, a Scott Garey en The Shrinking Man (1953) de Richard
Matheson. Este modesto "everyman" del suburbio americano,
que sin
clara razón empieza a achicarse tres milímetros
cada día, debe
soportar cualquier tipo de abyección antes de llegar
al "éxtasis"
final. Antes que nada, al inicio, cuando se ha achicado
unos pocos
centímetros, él soporta la compasión
de su esposa frente a lo que ella
considera una enfermedad; pero ya no hay huella de compasión
en las
fases ulteriores, tras haberse convertido en un hombrecito
minúsculo.
En estos momentos sólo encontramos el desprecio o
la distraida
indiferencia de su hija. Además, la vida para Scott
se ha vuelto una
pesadilla. A medida que él desciende en la escala
animal, tiene que
combatir contra el gato de la casa que trata de comérselo,
o contra
arañas y otros insectos que para él son ogros
gigantescos. Sin
embargo, al final Scott Garey llega a su propioparaísos
sumergido en
la luz: un "universo interior" que se parece al vientre
materno de un
sueño infantil, donde se confirma la circularidad
infinita:
En la naturaleza no existen ceros. La existencia continuaba
en ciclos
infinitos. ¡Era tan simple! Nunca sería un
desaparecido, porque en el
universo no había puntos de no existencia.
Así, Scott puede completar
su propia regresión:
De repente, empezó a correr hacia la luz. Cuando
llegó, se quedó sin
palabras frente al nuevo mundo, con penachos de vegetación
y colinas
resplandecientes y árboles altísimos, y un
cielo mutable, como si la
luz del sol se estuviera filtrando a través de lentes
móviles de color
pastel. El país de las maravillas.
* * *
Los fantasmas capaces de inspirar esta nueva "extática"
tienen que ser
muy consistentes, como los íconos alucinatorios del
discurso
delirante, que logran incorporarse a la realidad, convirtiéndose
en
"verdaderos". Debe ser posible evocarlos con la máxima
facilidad, de
manera que puedan representar cualquier instancia: desde
la sexualidad
brutal del fantasma de The Entity (1978) de Frank de Felitta,
que
viola repetidamente a la heroina, hasta la pura y simple
sed de poder
y de invasión de los muy concretos vampiros de King
en Salem's Lot
(1975), que actúan como si fueran persinajes de una
novela realista, y
lo mismo podría decirse de los replicantes de Philip
K. Dick.
Estamos frente a una iconolatría
colectiva que hoy ha llegado a un
nivel que seguramente era desconocido en la época
de lo fantástico
clásico. La imagen romántica era siempre un
poco frágil: era una "fría
pastoral" como las figuras cantadas por Keats en su Ode
on a Grecian
Urn, o como en general lo son todos los fantasmas románticos,
que
raramente se representan a sí mismos en cuanto cuerpos
sometidos a
transformaciones incontrolables, sino en cuanto ideas y
abstracciones,
en una última manifestación de la confianza
de "representación", en el
sentido de una afirmación, típica del clasicismo,
ética y concreta de
lo real.
De ahí se comprende la tendencia
en aquel fantástico a encerrar al
monstruo o fantasma en un espacio reservado y de alguna
menra
protegido: una medida que debía ser útil para
crear una cierta
distancia de seguridad para la imagen fantástica,
reduciendo así su
peligrosidad. ¿Qué peligro podía representar
el mosntruo/alienígena
encerrado en su castillo/ataúd/libro maldito o su
planeta/nave
espacial/ciencia destructiva, etc.? El horror propuesto
era ante todo
moral; y la ideología que transmitía ese tipo
de fantástico era que el
horror tenía que estar encerrado con toda seguridad
dentro del espacio
limitado del castillo o de cualquier otro lugar igualmente
cerrado.
Después de todo, los espectros con sus cadenas en
la soledad del
castillo estaban allí a la espera de la salvación
que los anulara como
imágenes ambiguas, llevándolos a la paz de
la tumba. Hasta Drácula
parecía agradecido al final de la novela de Bram
Stoker, por ser
matado con la clásica estaca y por morir con una
"buena" muerte, como
aparece en el diario de Mina Harker:
Mientras viva será feliz porque en el momento de
la disolución, en su
cara tuvo una expresión de paz que nunca hubiera
podido imaginar.
Todos esos fantasmas parecían
destinados a desaparecer frente a la
luz del día. No eran resistentes como los fantasmas
de hoy. El
fantasma moderno lleva consigo la certidumbre alucinada
de un juego de
vértigo: desprovisto de intenciones didácticas,
quiere sobre todo
transmitir sensaciones. Así, lo fantástico
se ha convertido en la
"feria" de la modernidad, el lugar por excelencia en el
que existe el
permiso de jugar como uno quiera, donde los libros y los
filmes
(desaparecen hoy las diferencias entre medios) son los toldos
en los
cuales se pueden probar los placeres que involucran más
a los cuerpos
que a las mentes. Los monstruos que se ofrecen a la vista,
desde la
mujer-cañón hasta el hombre-esqueleto (con
todas las otras variantes,
infinitas, de monstruos posibles), quieren ser más
verdaderos que lo
verdadero, para desafiar a la mirada y a los otros sentidos.
Pues hoy falta una reconciliación
general entre el hombre y el
mundo, se asiste a una acentuación del nivel de la
percepción con la
revalorización de las formas, de los colores y de
los olores, y
también con la idea de que los contrarios ya no se
consideran
contradictorios, sino elementos complementarios de un mosaico.
La lógica está ausente,
junto con la secuencialidad
lógico-temporal, en el mundo polisensorial de este
"fantástico". La
transformación que se verifica es la del animal:
la del hombre como un
animal sin proyectar. Encontramos muy a menudo este proceso
de
animalización en la cultura moderna. Lo hemos visto
en Kafka con su
Samsa que se transforma en escarabajo; lo vemos en Cortázar
donde la
animalización es un proceso constante de deshumanización.
Se
convierten casi en vegetales los dos hermanos que se quedan
en su casa
tomada en el cuento homónimo de Cortázar,
incapaces de reaccionar,
cuando día tras día van quedando excluidos
de todas las habitaciones.
Importa notar que ya sea para la
"casa" de Cortázar, o para el
"escarabajo" de Kafka, se tratan de pesadillas visuales
caracterizadas
por una extrema riqueza de detalles que no se dejan reducir
a la
palabra, y que así escapan a la interpretación
mítica. La cultura
moderna parece destinada a vivir cada vez más y más
exclusivamente de
imágenes, las cuales, como escribe Susan Sontag:
parecen invitar al lector a acordar sus significados simbólicos
y
alegóricos seguros, pero, al mismo tiempo, rechazan
tales
atribuciones; y cuando se examina la narración, esto
no muestra más de
lo que significa literalmente. El poder de su lenguaje deriva
precisamente del hecho de que este significado es extremadamente
pobre. (Susan Sontag, The Aesthetics of Silence, en A Reader,
Harmondsworth, Penguin, 1983, p. 201).
En breve, en el fondo, el pasaje desde el vacío kafkiano
hasta la
moderna simulación sin profundidad. Como no se puede
vivir en un mundo
de objetos incompresibles, se trata de atribuir una vida
autónoma a
los mismos objetos otorgando valores a sus características
físicas y
formales. De tal manera, se favorece ese efecto de fetichismo
que ya
fue denunciado por Marx y Engels: los objetos empiezan a
vivir por su
cuenta, en cuanto irreductibles a un sistema de valores.
Devienen
fetiches, presencias mágicas, "creaciones inconscientes
de su creador,
que pueden ser ora repudiadas, ora adoradas" (Jean Goux...
) Y no sólo
se transforman los objetos: también las palabras
adquieren un espesor
distinto. Por lo que concierne a la literaturta fantástica,
los
"topoi" del miedo moderno salen finalmente de la ambigüedad
y de la
incompletud de estampa freudiana, es decir, simbólica
y ética, para
efectuar una mitopoiesis de tipo nuevo. Sobre los escombros
de los
mitos primitivos, se forma una extraña mitificación:
ya no basada en
el ethos, en el estudio del carácter y la moral que
indicaba sólidos
puntos de referencia, sino en el mythos de una acción
gloriosamente
situada en el vacío de mundos paralelos como la "tierra
media" de
Tolkien.
Lo fantástico de masas de
hoy, lejos de inspirar miedo y angustia,
ataca la razón principal de miedo y de angustia.
Desafía lo invisible
y lo no-representable, reduciéndolo, gracias al efecto
especial y a
una escritura que puede enfrentar cualquier argumento, no
importa cuan
inverpsímil sea. Así puede describir lo inconcebible,
la luz
enceguecedora de los finales de filmes como El abismo, de
Cameron, o
de la novela The Sentinel de Jeffrey Konvitz. Como escribe
Rosemary
Jackson:
En una cultura que asimila lo "real" con lo "visible" y
privilegia al
ojo respecto de los otros órganos de sentido, lo
no-real es algo
in-visible. Lo que no es visto, o que amenaza con no poder
ser visto,
puede sólo tener una función subversiva men
relación con un sistema
epistemológico para el cual "yo veo" es sinónimo
de "yo comprendo".
Sin embargo, hay otro elemento quye revoluciona la visión
moderna
respecto de la del pasado. La intensidad y la solidez se
producen
revistando obstinadamente los mismos lugares. La repetición
de
palabras, ideas, frases, imágenes o nombres lleva
a un
acostumbramiento tal que inclina a aceptar la presencia
y existencia
de lo que se repite.
En lo fantástico, más
que el horror físico conectado con las
imágenes de violencia (vivimos después de
todo en un mundo
desacralizado que desde hace tiempo mató a los fantasmas
junto con lo
metafísico, y que ahora no puede sino encarnizarse
contra el cuerpo),
importan las modalidades mismas de existencia de estos seres
fantásticos: su capacidad de regresar siempre iguales,
incluso con
nombres distintos, pero con una naturaleza inmortal que
tranquiliza al
lector, un poco como todos los otros productos de la cultura
industrial, con su idea de mágica atemporalidad del
no-muerto y
no-vivo, del nosferatu o del replicante, deviene así
uno de los juegos
posibles que el imaginario tecnológico refina para
desafiar la
temporalidad de la finitud.
Los "nuevos" vampiros de la ciencia-ficción
El fenómeno más evidente en la actual cultura
de masas es la
contaminación que está afectando todos los
géneros. Esto se verifica
en particular en la ciencia-ficción, que se revela
centro de atracción
para escritores y lectoresw, y campo preferido de experimentación
estética a causa de sus hibridaciones de ciencia,
fanatasía y
realidad. Por otra parte, aún no ha desaparecido
la idea de misión
educadora que el género ha tenido desde la época
del pionero Hugo
Gernsback. Lo que la ciencia-ficción puede enseñar
ahora con su
inmenso poder plástico y alucinatorio, sobre todo
gracias al cine y a
los efectos especiales, son las bases híbridas de
nuestra cultura
contemporánea: su relativismo, hedonismo y su idea
del conocimiento
como archivo y museo. (Cfr. Douglas Crimp, "On the Museum's
Ruins", en
Hal Foster (ed.), Postmodern Culture, Pluto Press, London,
1983).
El texto contaminado es meláncolico,
pues propone algo que queda
incompleto como en un museo donde ya no existen pasiones
y donde lo
heterogéneo nunca puede aspirar a una síntesis
cualquiera. Hay
melancolía en la trilogía de las aventuras
de Indiana Jones de Steven
Spielberg o en las películas tipo Star Wars: repeticiones
y mezclas de
motivos sacados de revistas e historietas que ahora ya no
se re-editan
sino para adultos nostálgicos, pero que en la película
son
restructurados y adaptados para el gusto de los nuevos adolescentes
educados en la imagen polisensorial y el rápido ritmo
de la TV.
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Luigi Volta ¦
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¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
Í---------
¦
¦ DESPUES DEL NAUFRAGIO DE UN ESPACIONAVIO
¦
¦ por Gustavo Fredes Pérez del Cerro
¦
¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯¯
ASUNTO: DESASTRE DEL "PRESIDENTE BARBICANE"
folio 32
MEMORANDUM INTERNO
CLASIFICACION: 03
DE: GUARDIA ESPACIAL
A: MINISTERIO DE DEFENSA
DPTO. DE INTELIGENCIA
INTELIGENCIA ESPACIAL
Ref/// BORIS INCLAN; Interrogatorio A/G 18.452-01
(desgrabación)
RESUMEN
COMIENZA EL INTERROGATORIO.
I01: Bueno, ¿vas a confesar que fuiste el ejecutor
del atentado?
B.I.: ¿Qué atentado? ¿Entonces, fue
un atentado?
I02: ¡Nosotros hacemos las preguntas!
B.I.: ¡Aaah!
I03: Qué vinculación tenés con la E.E.K.A.?
B.I.: ¿Qué cosa?
I02: ¡Contestá, idiota!
/// ... ///
SE APLICA TORTURA
I02: ¿Por qué te llevaste una cápsula
del nivel 4 en vez de ir en la
de los tripulantes?
I03: Pensabas irte a donde te rescataran tus amigos, ¿eh?
B.I.: ¡Yo sólo estaba en ese nivel! ¡Aaah!
I01: ¿Qué hacías en ese nivel? ¡No
nos vas a decir que te encamaste
con una pasajera!
B.I.: No me acuerdo... Sólo sé que vi el pasillo...
con las luces
rojas y, última, en el fondo, estaba la cápsula.
Era para mí...
I02: Si no confesás, macho ¿no vas a volver
a cojer en tu vida!
B.I.: Cojer... yo no me la había cojido... era de
todos, emnos de
mí...
I03: ¿Nos estás tomando el pelo? ¡Tomá!
B.I.: ...
/// ... ///
/// PRIMERA REVISION MEDICA ///
El interrogado no presenta demasiadas escoriciones a raíz
de los
medios de interrogación. Presenta un cuadro de shock
no relacionado
con los medios de interrogación: estupor, mirada
fija, pupilas
dilatadas, discurso incoherente, aparente insensibilidad.
///
ASUNTO: DESASTRE DEL "PRESIDENTE BARBICANE"
folio 33
///
Hay varias punciones en sus antebrazos. Extraemos sangre
para
verificar la presencia de sustancias especiales. Negativo.
Puede
continuar el interrogatorio.
/// ... ///
B.I.: ¡Ah, Lúwa, ah! ¡Hermosa! ¡Sí,
sigue... sigue..!
/// ... ///
B.I.: ¿Qué es ésto? ¡Es riquísimo!
Será raro como desayuno pero...
/// ... ///
/// SEGUNDA REVISION MEDICA ///
Se profundiza el estado delirante del interrogado. Insensibilidad,
delirio, mirada ausente. Nuevo análisis hematológico.
Negativo, según
procesos más avanzados disponibles en esta estación.
Psicólogo
recomienda aplicación combinada de ETC cerebral y
cardíaco. Inyección
de cloropromazina. Lesiones de regular gravedad. Puede continuar
el
interrogatorio.
/// ... ///
/// TERCERA REVISION MEDICA ///
Aparente fracaso de las técnicas de interrogación.
Continúa el
delirio. Debilidad. Taquicardia. El interrogado presenta
lesiones
profundas y se conviene contnuar con el interrogatorio ante
la
posibilidad de que la droga X que lo mantiene en shock sea
mortal.
/// ... ///
/// AUTOPSIA ///
Causas de la muerte: paro cardíaco, previa insuficiencia,
paro
respiratorio y estado comatoso. El cuerpo presenta graveísimas
lesiones propias de los métodos de interrogación.
No se hallan
evidencias directas o por biodegradación de narcótico
alguno.
/// DICTAMEN FINAL ///
El interrogado aplicó técnicas autohipnóticas
o actuó bajo los efectos
de psicotrópicos de nueva generación no identificads.
Probabilidad de
génesis exocultural: INDETERMINABLE. Revisar todo
el procedimiento de
detección, neutralización e interrogatorio
para precisar disparador
hipnotico o momento de ingesta de la droga. Buscar también
en sus
pertenencias trazas mínimas del posible vehículo
de la droga. Procurar
la interrogación de miembros de la E.E.K.A. ' Brazo
Científico y
releer con atención declaraciones archivadas de otros
elementos, que
echen luz sobre desarrollos o procedimientos secretos.
Boris Inclán giró su cabeza con dificultad,
a causa de la
desaceleración, y vislumbró el misterio de
una esfera verdosa contra
el negro espacial, a través de la escotilla de la
izquierda. A pesar
de la tragedia ocurrida pocas horas antes, su espíritu
no parecía
hallarse turbado ni intranquilo por lo que le deparase el
destino. Por
el contrario, se diría que estaba sosegado, en paz.
Peo tampoco era
así.
La pérdida de velocidad había
cesado y los movimientos, a pesar
del traje, se volvieron inusualmente libres. "¡Ah!",
suspiró, "¡qué
hermosa es la falta de gravedad! Todos los viajes deberían
ser así...
" Muy hermosa, en verdad, peo bastante nociva para el cuerpo;
en
esecial s uno ha de viajar por largos períodos como
Boris. "Así sí se
disfrutaría la vida a bordo", insistió.
Volvió a observar la cara
de ese planeta olvidado en el rincón de
algún mapa, donde cabía la esperanza de la
vida o una cápsula de
cianuro. El verde -que para algún novato podía
equivaler a cielos de
metano e hidrógeno sobre un mar de gas licuado- no
representaba para
él una amenaza. No es que nuevamente se dejara dominar
por el abandono
de la nada que a menudo experimentase en la nave. Este era
otro tipo
de verde Un matiz aterciopelado con zonas más oscuras
pero que no
formaban bandas u orden alguno sino que se fundían
suavemente, y que
se decoloraba hacia los bordes hasta formar la huella de
una atmósfera
blanquecina.
Sintió un leve tirón
y supo, aún antes de ver las luces del
tablero, que la pequeña burbuja había iniciado
las maniobras de
descenso. El asiento columpió hasta adoptar el ángulo
más conveniente
para u humanidad y quedó frente a sus ojos la escotilla
de acceso, con
la ventanuca de grueso cristal, dividida en dos por una
viga. desvió
al punto su vista hacia los restantes asientos, vacíos,
y luego sola
volvió sobre la entrada. Había un cartel amarillo
con letras rojas
sobre la viga y de pronto la oscuridad del Universo pareció
ceder a
una figura, a una cara detrás del vidrio.
Boris recordó a la muchacha,
a la hermosa muchacha de la cara.
Recordó la última vez que la vio, cuando sus
finos rasgos se deshacían
por el terror; y sus blancas manos y sus uñas nacaradas,
chocaban y
arañaban -sin que le llegase ningún sonido-
la claraboya de la puerta
exclusa, que daba al pasillo de escape iluminado por las
llamas, y que
ya sólo él podría abrir.
Dejó las imágenes
sobre su cabeza para contemplar la superficie
del astro que le daría refugio. Se apreciaba ahora
una suerte de bruma
que se teñía de verdor desde abajo, pero a
través de los girones
pasaban límpidos pedazos de amarillo, de azul claro
y de verde. En el
tablero los instrumentos realizaban un rápido análisis
de las
características del planeta para determinar su habitabilidad.
"Es curioso", pensó, "pero
no puedo imaginarme sus gritos; porque
ella gritaba... " Otra vez miraba la portezuela. ¡Tantas
veces había
escuchado su voz! pero en otras circunstancias. Cantando
alegremente
entre un grupo numeroso; bromeando apoyada sobre el hombre
de algún
oficial; dirigiéndole una vez una frase fría,
para que reparara su
intercomunicador, estando él de servicio... y otra
vez una voz helada
cuando él estaba de franco. "¡Ah, me las pagaste,
aldita!", tremó,
"¡tanta humilación a mí, a mí!
¡Y ahora qué destino les espera a todos
mis enemigos en la infinidad del espacio! Entonces yo teía
algo que te
interesaba ¡algo que nunca antes había representado
para tí!: ¿dinero?
¿posición?, no; ¿atracción?
¿beleza física?, tal vez, pero no era eso
lo buscado: ¿seguridad, eso era! La última
cápsula del nivel ¡yo ya
estaba dentro! Te vi en la clarabya y me dije: '¿Dónde
está el
protagonista de esta velada? ¿acaso te ha dejado
sola?' ¡Qué
oportunidad para ser un caballero! ¿no? ¡Qué
oportunidad para ser
usado! ¡Yo te maté!; inicié el proceso
de eyección después de verte...
" Un brillo demencial se fue apagando en sus ojos. Desviando
la vista
prosiguió: "No, yo jamás he matado a nadie...
¿pero no sería a mi a
quien fueses a usar!"
Boris hizo silencio, si es posibe
silenciar alguna vez la mente,
si no queda algún pensamiento en una sala discurriendo.
El primer
informe de los sensores era que no habrían gases
decididamente nocivos
para els er humano. El ingreso pasaba a la fase II: en quince
minutos
estaría sobre la superficie.
Ese tiempo lo pasó mayormente
redordando cosas de su reciente y
anterior vida (pues era claro que ahora el Destino imponía
un nuevo
rumbo en el timón). Las charlas con sus compañeros,
ajenos a su vida
tanto como él al mundo de los pasajeros y la oficialidad;
aunque él
más cercano. ¿Cómo es que surgían
tipos como él, despojados, no
pertenecientes a nada, que miran desde afuera la vida pasar,
pero
defienden con orgullo su persona y resienten el trato omún
que a los
inferiores se da? Pero se interrumpía a cada tanto
para reafirmar el
cambio, lo nuevo, aquello distinto que podía hacer
que su vida tuviera
un algo insospechado en la sociedad en que vivía.
Allá abajo, cada vez
más cerca, un mundo salvaje que le caía simpático
con antelación a
cualquier sondeo científico, dónde sería
el único ser humano -estaba
seguro de que ninguna otra navecilla había seguido
su dirección- le
daba la bienvenida. ¡Adiós al pasado!
Súbitamente se sacudió
todo a bordo y tuvo la sensación de peso
sobre el cuerpo. El asiento tomó un nuevo ángulo
y la escotilla quedó
a su espalda. Ya podía verse un verde familiar desde
esa altura: el
verde de la selva con claros amarillentos como de dunas
y una cuenca
azulceleste en la distancia. Afuera, sobre la esfera blanca,
tres
paracaídas enormes sustentaban el salvavidas de Boris.
Y brilaban
claramente en medio del cielo.
Cuando la estrella anaranjada que reinaba sólo había
recorrid u cuarto
de celo, ya Boris había dejado su primer campamento
y se internaba
entre la vegetación. A través de un follaje
arborescamente no tan
tupido como lo supusiera a priori, marchaba rumbo al mar
vislumbrado
durante el descenso. Vestía un traje ligero, en vez
de la escafandra,
en favor de la movilidad y el clima templado; además,
nada lo señalaba
como tripulante.
Antes, al amanecer, habíacalentado
una ración de emergencia (al
igual que el día anterior a la hora de cenar) sobre
una hoguera de
ramas secas. Aunque lamentara cortar algunos miembros de
esos árboles,
que le traían la imagen del paraíso perdido,
debía cuidar las fuentes
de energía, como las batería almacenadas en
la navecila, más a
proposito de otros fines. De hecho, todas sus provisiones,
el mes de
raciones, el agua potable, los medicamentos básicos
y los pocos
instrumentos elementales para el náufrago, le prolongarán
la vida pero
en condiciones muy precarias y degradantes a menos que una
rápida
acción, como la emprendida, tuviera lugar.
Durante su primer desayuno y a guisa
de la ancestral y civilizada
costumbre, se impuso de las noticias que la computadora
había
elaborado a lo largo de la noche: el día duraba 30
horas, el planeta
había sido identificado (con una probabilidad de
0,97) como
5-X-Aquilae, lo cual significaba que estaba realmente alejado
de
cualquier ruta habitual y propiamente en los confines del
conocimiento
terrestre (por lo que la antena que emitía señales
de socorro era un
formalismo) y algo más interesante: estaría
habitado.
Este era un tema que excitó
su imaginación desde el primer
momento, en aquel claro de suelo arenoso en cuya pendiente
había
encayado la cásula, y continuaba haciéndolo
a lo largo de su actual
derrotero hacia el mar. No es que fuera una novedad tratar
con un
extraterrestre. Boris había conocido a muchos en
sus largos viajes por
el cosmos, atracando en puertos donde se hablaba de la "colonia
terrestre" y visitando naves extrañas en la alta
noche del espacio.
Pero había algo de misterioso en los escuetos comentarios
que
imprimiera el cerebro electrónico.
Eran tan pocos los contactos que
ni estaba muy definida la
diatriba amistad-hostilidad, huésped habitual de
los partes militares.
Tampoco estaba muy clara la extensión de sus dominios
, si bien
parecía que ese no era el planeta madre. Se sbrayaba,
sí, su alto
desarrollo intelectual y tecnológico, y una curiosidad:
eran
humanoides evolucionados a partir del correlato de un félido
terrestre. En definitiva, todo un enigma. Algo así
como la masa oculta
de un iceberg que de inmediato se nos representa, ambigua,
en la
mente. Boris pensaba en los reinos del Oriente que antaño
desvelaran a
sus ancestros.
Se preguntaba por sus costumbres.
¿Abrirían sendas, trazarían
caminos? El había estado avanzand por una ruta sinuosa
cuya dirección
constataba con la brújula, aunque todo indicaba que
era tan natural
como el bosque. Sólo una sucesión de claros
unidos por pequeñas
quebradas; acaso un río de arena fluyendo entre los
montecillos y las
colinas. ¿Y respecto a la comida? ¿Cuál
sería su caza? ¿Surcarían el
mar? ¿Levantarían ciudades en las bahías?
¿Qué cultura crearía un
pueblo más rudo y belicoso que el hombre? ¿Cómo
vería el mundo un
cazador nato?
Un rugido lo sacó de sus
pensamientos. a los pocos segundos se
repitió. Saliendo de su estupor, corrió hasta
un árbol grande y se
echó junto a su tronco al tiempo que ampiñaba
la pistola.
Nerviosamente revisó la caraga y con la otra mano
aferró el bulto con
las municiones. Se quedó muy quieto escchando. Silencio.
El mismo
silencio que durante la noche lo llevara a tomar el arma
y disponer el
parque. ¿No habrían animales en ese planeta?
Uno por lo menos sí. Se
lo imaginaba como un oso asesino o mayor aú, como
algún carnicero
prehistórico. No se atrevía a moverse. Sabía
que no tenía oído tan
fino ni el olfato como una bestia; apenas un arma y or eso
la
aferraba, el dedo dentro del guardamonte, sobre el gatillo.
Durante
mucho oyó sólo el murmullo de las hojas, en
las altas copas movidas
por el viento.
Sobresaltado, se despertó
dos horas después. Miró en todas
direcciones. Tenía la mano entumecida de apretar
la pistola. El sol
naranja bajaba del cénit. La fina arena blanquecina
conservaba las
huellas de sus pisadas, sus últimas zancadas y el
revolcón. Buscó
alguna otra marca, pero nada. Convino en que el animal habría
estado
muy lejos y que el viento arrastró su reclamo, o
bien era torpe e
incapaz de hallar una resa silenciosa. Maldiciéndose
por su descuid se
puso de pie para seguir adelante. Esa clase de errores debía
evitarse
si deseaba sacar partido de su suerte. Debía estar
bien atento para
adivinar los resquicios en los que un extraño pudiera
medrar en esta
civilización desconocida.
Antes de retomar la marcha bebió
de su cantimplora. X-Aquilae se
inclinaba ya sobre el techo del bosque cuando echó
otro trago. Le
peocupaba el no haberse topado con ningún arroyo,
pero más aún pesaban
las doce horas de nche que se acercaban. Supo que no podría
hacer en
una jornada la búsqueda del mar desde el comienzo,
pero a la mañana,
dentro de la navecilla, no contó con que el temor
irracional padecido
esa noche se reeditaría al ocaso. No conseguía
aclararse el origen de
su miedo; cierto que a bordo el "día" y la "noche"
eran arbitrarios,
que en una base orbital o una ciudad la oscuridad nunca
era tan
completa ni tan desamparada. También estaba la compañía
impuesta
-curioso ropaje de la soledad- siempre alguien, tabique
de por medio,
o en la otra litera; acaso resentá su ausencia y
temía. A pesar de su
cansancio, pospuso el campamento mientras hubiera luz.
Sin embargo, la carpa hecha con
tela de paracaídas no llegaría a
armarse porque, antes de que el sol transpusiera el horizonte,
recibiría una sorpresa. Venía remontando una
cuesta muy suave desde
hacía una hora. Un suave declive que el follaje ocultaba
debido a lo
irregular de la senda. Al llegar al tope noto que el suelo
se
endurecá. La arena era aquí una fina capa
que interrumpían grandes
trozos de roca. Se detuvo un par de veces a contemplar unos
cuarzos
enormes; parecían abundar en esta zona. Más
adelante halló otras
piedras veteadas, mármoles y ágatas que le
parecían maravillosas.
Distraído como estaba, rodeó un alto risco
sin cuidado alguno. Este y
una loma empinada formaban una garganta curva, pero de lo
que había
más allá nada podía adivinarse.
Se encontró de pronto en
un llano, un claro en el bosque. Acá
crecía hierba y sobre ella reposaban grandes lajas
de piedra blanca.
Al fondo el suelo era quebrado y creyó ver por lo
menos una arcada
bajo la terraza en que ontinuaban los árboles. Pero
algo más
importante: a cincuenta metros, tres figuras manipulaban
un artefacto
parecido a una araña blanca. Lo vieron inmediatamente.
Por un instante vaciló. Hubiera
echado a correr de vuelta. No
había previsto ningún encuentro hasta hallar
las costas, cuando menos.
Para esa ocasión hubiera preparado frases más
o menos solemnes,
vocacionalmente memorables. En cambio así; los tres
extraterrestres se
habían parado y lo miraban expectantes. Tenían
largas colas como de
gato y las agitaban nerviosamente. Sus ojos resaltaban pese
a la
iluminación mortecina.
Levantó la mano derecha abierta
en señal de amistad. Se preguntó
si conocerían la lengua comercial, el dialecto orph.
En él articuló su
presentación.
-Me llamo Boris Inclán y
vengo de la Tierra. Soy humano y vengo en
paz -dijo según la fórmula habitual. -Mi nave
naufragó y el azar me
trajo a este mundo.
-Acércate, humano, para que
podamos verte -le replicaron en el
mismo idioma aunque pronunciado con dureza.
Obedeció. Una de las cosas
que siempre le habían maravillado era
la similitud entre los pueblos humanoides del espacio. Pese
a haberse
desarrollado en planetas remotos, las distintas razas parecían
tratar
de imitar un patrón único y universal. Se
comprendía que los antiguos
buscaran un nexo. Aquí su asombro era mayor, puesto
que aún con sus
colas y otros rasgos felinos, estos especímenes eran
indiscutiblemente
humanos. Acaso la impresión era más vívida
por ser los tres
alienígenas mujeres y marcarles las ropas ajustadas
curvas y bellas
proporciones. Bellas desde el punto de vista humano. Boris
recordó a
la joven de la uñas nacaradas.
Una de las humanoides se quedó
frente a él; las otras avanzaron
cuando él se detuvo y lo examinaron quizá
con demasiada insistencia.
Se leerizaron los pelos de la nuca pero se mantuvo inmóvil.
-Yo soy Lúwa -dijo por fin
la que estaba al frente- y nada haas de
temer. Te damos la bienvenida, náufrago del espacio.
Captamos las
señales de tu cápsula y ahora mismo desplegábamos
este aparato para
precisar el sitio en que se originaban. En la mañana
hubiéramos salido
a buscarte.
Boris agradeció y le pareció
que el recibimiento era propio de
quienes están familiarizados con el trato con extraños
del cosmos. Una
de las otras dos continuaba no obstante mirándolo
con curiosidad. La
joven era hermana de Lúwa y se llamaba Lúghid.
La otra era amiga de
ellas y su nombre era Gathrud.
-Hay más de nosotras en la
casa. Si nos sigues, compartirás
nuestra mesa y te llevaremos al arroyo para que te refresques.
Dentro de una depresión del piso había un
hogar circular,
circunscripto por piedras surcadas de minerales. Ardían
las últimas
brasas y los sitiales tallados sobre las paredes de la concavidad
sólo
acogían a Boris y Lúwa. Atrás habían
quedado la cena y las
presentaciones. Conoció a Balrínay, dáhyid
y Jánah, las otras tres
miembros de una hermandad matriarcal con fines ambiguos.
Resultó que
había calculado mal la distanca al mar: hubiera precisado
tres
jornadas par la costa. Pero las ciudades no eran tan características
en esta cultura, y dar con una habría sido tarea
mayor. Recordó entre
divertido y triste cuando le pregntaro si era vegetariano
por su larga
masticación de la carne. ¿Cómo explicarles
que un técnico de a bordo
veía pasar esos platos hacia la mesa de la superioridad
y los
pasajeros ricos? ¿Y la falta de dinero para encargar
la prótesis
dental? No les dijo que le extarjeron ocho muelas sino que
se había
acostumbrado a la comida sintética, y continuó
mordisqueando el
apetitoso asado frecido en largos espetones.
Al retirarse las otras a la sala
del fondo, atenuaron las luces
que desde cavidades de roca translúcida, alumbraban
la caverna.
Estaban detrás, por supuesto, de la arcada vista
en el claro. Lúwa le
ofreció una copita de un licor fuerte y fluido de
color rojizo. No
disminuía su asombro por los alienígenas y
sus costumbres. ¡Qué
hospitalidad! ¡qué calidez! Aun en la caverna
soberbiamente
acondicionada. Se pregunaba si el hombre realmente habría
sido así
antes de que lo mensuraran, lo programaran, lo ataran a
la noria. Si
acaso en el Medioevo estas maneras nbles y directas podrían
haberse
dado. Pero en estas cazadoras no había atraso ni
brutalidad; se veía
que su tecnología trataba de igual a igual a la terrícola,
y exhibía
detalles refinados y de mejor gusto que la ostentación
de las naes de
lujo. ¿Qué habría hecho la diferencia?
Ahora hablaba con la muchacha que
se había quedado sobre su mismo
cojín desde que escanciara. Las dimensiones de la
cavidad lo
permitían. El trato cordial le había soltado
la lengua y la risa y no
reparaba en la extraña mirada de Lúwa. Mientras
comentaba las
impresiones que es planeta le indujese, dejaba que sus ojos
fueran
llevados por el hinótico movimiento de su cola de
gata. Poco a poco
fue perdiendo el hilo de la conversación -especialmente
cuando ella
explicó el amor por la naturaleza que su pueblo sentía-
y tomando
consciencia de la sensualidad de su cuerpo. Más allá
de las
diferencias, de las oreas en punta, de la cabellera salvajemente
erizada y veteada, de las pupilas como na hendija vertical,
de los
dedos sin uñas o la dentadura particular, era sorprendente
la armonía
de las curvas de sus piernas y sus senos. En eso nada debía
envidiar a
la muchacha que abandonara en el pasillo de escape...
Levantó de golpe la vista
y apuró de un trago el resto de la copa.
Ella bscó la vasija de cuarzo para servirle más.
Sintió el calor de
sus manos cuando ella le sostuvo la suya temblorosa. Quedaron
en
silencio un momento, mirando el fuego. Igual que toda la
velada, de
fondo llegaba una sinfonía de instrumentos de cuerda
muy agudos y con
extrañas cadencias. La cola cilíndrica y flexible,
rubia con anillos
más oscuros, ahora se apoyaba en su pierna zquierda.
Y mientras la
veía se enrlló en torno a su muslo. Boris
sintió un escozor en el
estómago, Lúwa le sacó la copita "porque
debía tomar con precaución" y
entonces él empleó esa mano libre para recorrer
el pelo suave de su
cola. "Tuvise serte al hallar este lugar, luego de la frialdad
del
espacio", le oyó decir. La sintió vibrar como
una gata, aunque se
parecía más a una pantera. De repente y sin
una palabra, Lúwa le pasó
las suaves palmas por la cara. Boris veía sus ojos
amarillentos
extasiado y antes de que udiera pnsarlo se habían
acercado a
centímetros.
Ella dio un flexible salto y le
metió la lengua e la boca. Luego
la pasión no pudo controlarse y en ningun momento
Boris se detuvo en
ruritos raciales. Al contrario, mientras se besaban aferrados
el uno
al otro, sus diferencias alentaban el deseo. Desde que se
embarcara en
el Barbicane no había conocido el sexo más
que por el vergonzoso
desahogo de la masturbación. Creía estar soñando
cuendo la extraña le
bajó el cierre de su traje y se quitó ella
misma la ajustada
casaquila. ¡Dios!, exclamó Boris y le pareció
que la luz rojiza, bajo
la cual sus cuerpos se encontraban, provenía de los
erectos pezones y
no de los tizones.
Poco antes de despertar soñó algo relacionado
con su vida de a bordo.
Debió ser desagradable porqe se interumpió
bruscamente y de inmediato
lo olvidó. En su afán de capturar el sueño
se internó en una seri de
rcuerdos, imágenes y pensamientos que fueron su rutina
hasta que aquel
impulso afortunado lo pusiera en el pasillo de escape. El
brusco
sacudón sólo lo había colocado en un
estado próximo a la vigilia así
que esos pensamientos, viscosos, aceitosos, discurrieron
por su propia
cuenta.
No se trataba tanto del desprecio
en que él y sus compañeros eran
sumidos. Acaso fuese significativo que una relación
insincera
envolviese a los pasajeros, los más ricos y los menos,
los aventureros
y a la oficialidad. Un juego en que el poder, como dinero
o autoridad,
era carta de triunfo. Lo seguían en una baraja enloquecedora,
naipes
marcados en lances de antemano perdidos para gente como
él, siendo
ésta la única regla que sabía segura.
Las demás podía intuirlas en la
falsedad, en la simulación, en la obsecuencia, la
humillación y la
servidumbre. El placer, la diversión, la alegría
eran cosas muy
distintas según a quien correspondiesen; eran también
moneda de
cambio.
Y un dearraigado como él
tenía a la soledad por fiel compañera,
indeseable compañera. Muchas veces hubiera deseado
que alguien se
acercara hasta su litera y lo abrazara. Que hubuera mitigado
su
soledad si no con esa combinación de propiedad y
amor -eso no le
correspondía- al menos con fugaces momentos donde
el contacto de la
piel extraña le diera algo de calor. Que, por instantes,
unos brazos
lo retuvieran en un refugio cálido, para restañar
heridas y poder
seguir al día siguiente. No era mucho pedirle a una
mujer que lleva a
su cama un día a uno, un día a otro. Pero las
prostitutas tienen su
tarifa, no hacen nada por amor. Y las despreciables mujerzuelas
que
daban la nota y coronaban al vencedor, ésas, como
la chica de las uñas
nacaradas que en su delirio tratara un día de seducir,
mal disimulaban
su función y su estatuto. ¡Y, Dios, eran las
únicas mujeres, las
únicas que podían llebar un alma! Pero llevaban
la flor de lis. ¿Cómo
podrían un día llegar hasta él y rehabilitarse
ante sus ojos? No le
quedaba ya el recurso del jugador, que al ganar una fortuna
piensa que
es un cambio de suerte todo lo demás; él sabía
que los dados estaban
cargados.
Sin embargo, cuando abrió
los ojos notó que algo había cambiado.
La luz desde claraboyas iluminaba el interior de esa sala
troglodita y
desgarraba como un cuchillo también la esfera de
su mundo antiguo. Una
sensación plena y dichosa invadía su cuerpo
relajado. No era ahídonde
se había dormido ¿pero qué importaba?.
Junto a él yacía Lúwa y más
allá, en distintos lugares de un enorme e irregular
lecho, reposaban
desnudas las otras cinco compañeras de la hermandad.
Acarició la tersa
espalda de su anfitriona y vio marcarse sus músculos
y luego quedar en
otra posición al ella aberrujarse. Al seguir su caricia
por el brazo,
su palma se abrió y se le salieron las uñas.
Lúwa se había despertado.
Lo abrazó y lo besó.
¿Por qué lo hacía?
No tuvo tiempo de contestarse si era
hospitalidad, hedonismo o la lectura exacta de sus deseos
y la
generosidad de materializarlos. Balrínay, una sensual
pantera negra,
delgada y flexible, se había acercado hasta él
y le pasaba con
suavidad las uñas por la cintura y -para su sorpresa-
las nalgas.
Lúwa se rió y Balrínay
deslizó desde atrás la mano, bajando por la
raya, hasta aprisionar su pija. Asombrado como estaba, no
podía
contener sin embargo la erección. Como en un filme
prono vio su mirada
celeste al emtérsela en la boca. Y luego la deliciosa
sensación.
Chupar, chupar, chupar...
Las demás se levantaron en
silencio, sólo cruzaron alfgún
comentario en su extraño idioma y salieron de la
recámara.
Por toda una larga hora estuvo entre
las dos mujeres como un
juguete, como un robot cuya misión fuera satisfacerlas.
Y espo le
agradó. Fue hermoso reposar sobre las rodillas de
Lúwa y la cabeza
entre sus pechos, mientras alzaba rítmicamente la
pelvis para conmover
las entrañas de la negra. Gozó con los gritos
de placer y con las
lágrimas -porque ambas lloraban-. Estas mujeres,
al llegar a una
especial forma de éxtasis, soltaban unas lágrimas
y el verlas correr
por la cara de Balrínay le hacía sentirse
poderoso; lo hacían hombre.
Como expertas amantes retardaron
su goce, pero al hacerse
incontenible el clímax, lo abrazaron fuertemente.
Lúwa por delante y
Balrínay desde atrás, pero empujándolo
con sus caderas como un
metrónomo. Le daban lo que siempre deseara -la pantera
también le
besaba el cuello-. Y lloró. Lloró como si
fuera una de ellas;
saltándole con su leche una rancia angustia que se
escapaba, y ya no
volvía.
Su llanto continuó aún
después de un rato. Las mujeres lo
acariciaban consolándolo pero Balrínay preguntó:
-¿Siempre es así en
los humanos?
Lúwa hizo un gesto negando.
Boris se sacudía en irregulares
espasmos, pero lo que la negra dijera le hizo gracia y así
es que pudo
controlarse y responder: -Nunca antes me había pasado.
En eso, Lúghid se asomó;
estaba ya vestida. Hizo una pregunta en
su idioma, que a Boris le pareció maliciosa por la
forma en que sus
dos amantes rieron. Algo le contestaron y al fin Lúwa
le tradujo que,
si quería seguirlas, le servirían el desayuno
en una sala contigua, a
la que llamó "biblioteca".
Boris aceptó, aunque dificílmente
se separaba de ese abrazo
tiierno. Sería su segunda comida con ellas.
Aunque Boris se sentía contento, casi entusiasta,
en compañía de las
felínidas, por momentos vacilaba y se interrogaba
por su lugar, su
posición. Trataba de explicarse lo que estaba pasando,
cómo un viajero
podía llegar a un sitio donde se lo recibiera y colmara
de atenciones
y se lo llevara al lecho sin más. En alguna parte
encajaban sus
diferencias...
Sin embargo, eran ellas tan dulces,
tan sensuales y respetuosas, y
él había estado siempre tan solo, que por
momentos, cuando alguna de
ellas estaba cerca, sentía la necesidad de palpar
su calidez; y la
mujer no lo desairaba, No eran de hacer preguntas, se conformaban
con
saber lo que él les contaba. Parecían confiar
en su palabra, dando
crédito antes que recelando del desconocido; íntimamente,
se sentía
culpable por las omisiones y distorsiones que consideró
menester
incluir en su relato. Pero ahora dudaba de la real necesidad
de
hacerlo. Era evidente que sobre bases muy distintas establecían
sus
relaciones, distintas de lo que para él había
sido habitual.
En la pantalla de video que había
en la "biblioteca", le habían
mostrado bastante material antropológico almacenado
desde que supieron
de su interés. Lamentablemente pudo extarer muy poco
porque todo
estaba en la lengua de ellas, y dado lo complejo de la información
no
servía el traductor comercial. Aquélla o aquéllas
que lo aompañaban le
traducían, peor cada cual tenía un estilo
diferente y los mitos eran
en verdad rarísimos. Se le impuso no obstante la
impresión de un
contenido místico, que subyacía en el coito
o cualquier otra actividad
sexual. Esto le sorprendió mucho puesto que a bordo
había llegado a
cavilar en una filosofía del placer, donde el acto
sexual fundara la
solidaridad humana. Cierto que entonces el entorno, y él
mismo,
escarnecían sus reflexiones.
Los recuerdos de su vida anterior
habían perdido en parte su
facultad de alterarlo. Alguno de tanto en tantyo más
intenso, por lo
general en relación a la chica del pasillo, lo alcanzaba
con angustia.
Es que flaqueba el juicio condenatorio que había
alzado contra las
mujeres (y que sentenciara a aquélla) por su trato
con las
extraterretres. ¡Aunque éstas eran otra clase
de mujeres!
Hacía pocos días que
habitaba con ellas ebn esa casa pero a todas
les había hecho el amor. O a la inversa; pues la
blanca y distante
Jánah lo había cojido de tal forma, que no
se le podía más que
conceder un verbo activo. Lúghid, la joven y nerviosa
hermana de Lúwa,
la única que faltaba, lo había tomado apenas
esa tarde, junto al
arroyo.
Tenía la mente algo confundida
de tantas experiencias recientes.
Ahora que volvían a la caverna, caminaban separados.
Ella,
alegremente. El, dentro del mono que trajera puesto, todavía
húmedo
por el lavado. Infantilmente, la tomó de la cola
larga y flexible. Y
se le heló la sangre. Entreviendo un terrible aspecto
de sus
anfitrionas comúnmente oculto. Pero fue sólo
un instante. Al
siguiente, la tigresa lo estaba abrazando con ternura, aunque
le
advertía precaución al excitar sus reflejos.
Caía la noche y ella notó
que un bulto inusual se formaba al final
del largo cierre a cremallera de Boris. En alguna medida
la reacción
felina lo había excitado. Con la misma velocidad,
como un relámpago,
el cierre estab bajo y con las dos manos le sostenía
lo que le
chupaba. Enseguida Lúghid liberó sus formas
de toda prenda y le
ofreció sus nalgas para que él la lamiera
a su vez. Las zarpas
rascaban, marcaban el tronco del árbol donde ella
se apoyaba. La cola
venteaba y de cuando en cuando le azotaba a Boris los hombros.
Entonces ella le pidió en un orph deformado por sus
gemidos que
separara con su carne el rojo frunce de sus nalgas. Suava,
suave y
tiernamentye, pero que llenara con su carne su culo caliente.
Un flash
-un recuerdo- puso a Boris en un puerto, pidiéndole
a una puta
adolescente que le dejara tentar su cola blanca; ella le
había pedido
el doble y él no podía gastarse todo eso...
Pero ahora sus huevos
tocaron la piel ardiente de la gata, quien clavaba sus manos
en el
tronco, hacia adelante y hacia atrás se balanceó.
Cada segundo
transcurrido, cada empujón, cada leve movimiento,
todo apeteció al
hambriento Boris.
Ya brillaban las estrellas, cuando
aferrado al talle fino de la
tigresa, tumbado, rendido sobre quien era su sometida, se
zambulló al
agujero negro, agujero blanco, vertiéndose, derramándose,
dejando ahí
todo su aliento. Y en lo oscuro de la noche vio en ella
sus ojos reír,
sostenido por el triángulo de su espalda. Lúghid
reía, feliz. Pero él
no la soltó, como si fuese a desbaratarse sin ella.
Volvieron abrazados. El como un
ciego, dependiendo de la mirada
brillante de la joven.
Boris apretaba los párpados. Los labios tensos ponían
al descubierto
sus dientes. La boca entreabierta dejaba escapar un estertor.
Dáhyld y
Gathrud lo tenían por los hombros, apretando su espalda
contra el
lecho mullido. Pese a sus corcoveos no se podía levantar;
las dos
mujeres eran fuertes. Pro fin un grito se le escapó
y Jánah, la leona
blanca, hizo unos pocos movimientos más para estirar
su goce. Se quedó
en horcajadas sobre su vientre, el lascivo fluido de sus
cuerpos en el
beso de su vulva. El se había entregado y así
las cuatro lo
acariciaron. Recién al rato Lúwa le retiró
el rabo del esfínter. Pero
ese último estremecimiento de las vértebras
nudosas quedó en él un
tiempo, fue recordado en su interior.
X-Aquilae asomaba en el horizonte.
Los tragaluces se inflamaron de
rojo y Lúghid atenuó los focos de la alcoba.
Boris miró en su muñeca
el reloj: era martes en la Tierra. Llevaba como un mes entre
las seis
hermanas, casi treinta días de ese quinto planeta.
Parecía toda una
vida. Antes estuvo muerto, eso era claro. Aun los triunfadores
no eran
más que cadáveres revividos. ¿Quién
en la maldita, la repugnate
Tierra, tuvo jamás lo que él tenía?
Estaba saciado, extenuado. Conoció
perversiones vedadas a los machos; pero con ellas ¿qué
era eso?: había
que se hombre. Varios puntos rojos en sus brazos marcaban
el sitio
donde los afrodisíacos le habían sido inyectados,
pero igual no daba
más. Era tanto placer que casi no recordaba los pesares
de su vida;
recordaba sí que no había sido vida. Pero
eso no contaba. Había
experimentado con drogas, sensaciones exclusivas de la elite.
Y eso
tampoco contaba. Ni la mezcla psicodélica que el
sexo y los
alucinógenos pueden proveer era el punto. Ahora era
alguien. No Boris
Inclán, técnico de tercera clase. Era Boris,
a veces Borisj, no tenía
rango ni inserción social, pero en alguna forma era
amado. No sabía si
todas de igual manera, quizás algunas no, Jánah
y Gathrud, las leonas
eran muy especiales, quizá Lúwa más
que ninguna, pero esas mujeres de
una raza esplendorosa le daban un tipo de amor que nunca
pudo conocer.
No amaban una abstracción hecha de signos, una conjunción
de variables
científicas, sólo querían a un hombre.
Un cariño animal si se quiere,
pero trascendía una espiritualidad auténtica
que un hombre de carne y
hueso podía sentir.
Enredado con los cuerpos de sus
anfitrionas, entrelazado con sus
miembros, vio aclararse el cielo. Habían puesto de
esa música aguda,
con un ritmo cambiante pero obsesivo. Su cuerpo recibía
tiernas
caricias y las devolvía sobre los cabellos salvajes.
Luego trajeron carnes frías
y bebidas fuertes; un extraño
desayuno. Junto a él, Lúghid y Balrínay
se quedaron sobre la piel
carmesí de lo que era piso plano, acolchado y tapizado
de la cueva.
Era el lecho como una medialuna, aunque en algunos sitios
la
naturaleza de la caverna avanzaba en puntas y espolones.
Las otras
mujeres se sentaron sobre los promontorios más próximos.
-Esta noche haremos un festejo especial
-le habló Lúwa. -Noto que
has cambiado... un poco, desde tu llegada.
Boris respondió tan sinceramente
como pudo.
-Hay cosas muy dolorosas detrás
de mí -dijo. -Quisiera no hablar
todavía de eso.
-No te pido que sufras. Pero ¿hemos
hecho algo para mitigar tu
pena?
Boris irguió el torso, quería
verla a los ojos; las dos que lo
abrazaban, al seguirlo en su postura, quedaron como apuntalándolo.
-Las adoro a todas -contestó
muy serio. -En este mes he sido más
feliz que en toda una vida.
Lúwa se arrodilló
a su lado y lo besó.
-En oeph lo llamarían orgía
-agregó- pero es un rito tradicional.
Te necesitamos.
-Haré todo lo que me pidan.
Al mediodía, los rayos compactos de X del Aguila
contagiaban un tono
pastel a toda la recámara. Despertaron y fueron a
lavarse al arroyo.
Volvieron entre risas a ultimar los preparativos para la
noche.
Boris tomó unas pastillas
para compensar la energía que venía
derrochando y la que habría de gastar. Pasó
el resto de la tarde en la
biblioteca -solo, hasta que Dáhyld se terminó
de ataviar. Las otras
tardaron algo más en vestirse según los ritos
y luego se dedicaron a
la preparación de alimentos.
Al caer la tarde lo llevaron a la
sala del fogón y le sirvieron
una variada cena. Contra lo habitual, era exclusivamente
de vegetales.
Ellas comieron muy poco, preparándose para las danzas
que Boris vería
ejecutar. Bebieron un vino rojo intenso que las excitaba.
Aún no
tomaba el cielo los azules de lanoche, cuando lo despojaron
de su ropa
y le pusieron otra; primitiva, tribal, le cubría
sólo los genitales.
También lo adornaron con collares y trazaron sobre
su carne líneas.
En una poco frecuentada sala con
el piso plano pulido en la
piedra, sonó la música aguda, fuerte, cadenciosa,
rítmica. Sentándole
en el centro comenzaron a bailar. Se agitaban sus senos
con los
mivimientos convulsivos, cada músculo en sus piernas
o sus espaladas
era una pincelada brillante de un todo armónico,
que le repercutía en
su estómago y le creaba un raro apetito. Boris se
imaginó un sultán,
rodeado de su harén, o un domador, en la jaula de
las fieras. Ambas
ideas eran excitantes. Hasta él llegó rodando
la joven Lúghid y lo
envolvió en su pelo largo y lacio. Jánah llegó
luego, arqueándose
sobre su espalda, como una gata que ofrece la panza para
que la
acaricien. La mirada perdida denotaba el trance en que la
agitación
las sumía. No habían tomado drogas pero los
pasos sueltos y extraños,
los giros sensuales, las expresiones de sus caras eran de
entrega.
Hubo un momento en que las tenía
a todas alrededor. Lo
acariciaban, lo besaban. Lúghid le pasaba la lengua
por el torso y
Gathrud le había incluso apresado la cerviz entre
las mandíbulas, y
apretaba los afilados colmillos para que sintiera un escozor
eléctrico. El taparrabos estaba henchido con su pija
dura. Las manos
de ellas pasabn a menudo por ahí. Y aun la leona
de cabellera salvaje
y oscura la mantuvo aferrada, mientras las otras lo alzaban
y
transportaban al dormitorio colectivo.
No tardaron en arrancarle esa minúscula
prenda, no así los
colgantes simbólicos. Ni en mezclar sus lenguas con
la suya. La música
lo aturdía con sus cadencias extrañas que
jugaban con el tiempo. No
hubo narcóticos.
La primera en montarlo fue Dáhyld.
El pelo corto y moteado de la
cabeza se le erizaba. Las orejas giraban como buscando un
sonido y de
los ojos sólo se vislumbraba una línea clara
entre los párpados.
Pronto Balrínay y Lúghid le ofrecieron
sus sexos, los labios húmedos
e hinchados. Su boca tuvo que besarlos para escuchar las
dulces voces
agitarse.
Era todo voluptuosidad. Cambiaba
de pareja cuando lograba
arrancarle unas lágrimas a la anterior. A unas las
tomaba con fueria,
golpeando como un toro, con Lúghid fue tierno en
recuerdo del recuerdo
que su juventud restañó. Lúwa lo sometió
a él con todo el fuego de sus
entrañas. Con Jánah se debatió por
el poder: rodaban sobre la piel del
lecho y cuando ella quedaba abajo lo azotaba con el rabo.
Sobre la
leona fue, sin embargo, que derramó su primera leche,
sobre sus pechos
y su pelo albino, de rodillas, casi cayéndose de
bruces por los
fuertes tirones con que su garra lo exprimía.
No se detuvieron por eso. El siguió
excitándolas con sus manos y
su boca. Siguió con su lengua las sinuosas fronteras
entre lo negro y
lo blanco, sobre la piel de Gathrud. Se demoró en
su culo tenso y
hermoso. Ella lo apartó de un empellón pero
en él renacía la lujuria.
Se arrastró siguiéndola; salvajemente agazapada
ella lo rehuía. Tuvo
que servir al ardor de Balrínay, mientras la leona
se paseaba frente a
sus ojos acariciándose. Fue la pantera quien por
fin lo sostuvo al
entrar en el hueco; Boris con su verga roja en Gathrud,
en las nalgas
redondas cruzadas por un manchón negro. Cayeron de
costado y así fue
asaltado por Jánah, quien vengándose de su
anterior resistencia, le
hizo buscar refugio entre lo brazos de la otra, al poseerlo
con su
cola desnuda.
Lúwa se encargó de
inyectarle el afrodisíaco luego de esta primera
etapa. Y un estimulante, pues la dosis de esta vez era mayor
que
nunca. En oleadas se daba el galvanismo entre sus cuerpos.
Fue
retenido por la fuerza cuando reaccionó. Querían
aumentarle al máximo
la tensión para que más feroz fuera el rayo.
La noche transcurría lenta
y tormentosa. Parecía interminable. "Al
detenerse el tiempo", pensó Boris en un fugaz momento
de calma, "se
está en la Eternidad. Este debe ser el Paraíso,
que me ha sido
deparado como un don, luego de mis días de galeote".
Una y otra vez
los relámpagos los iluminaron, en los valles, en
las colinas. Hasta
las vigorosas felínidas se tomaban un resuello con
signos de cansancio
y satisfacción. Jánah y Dáhyld, Balrínay
y Gathrud reposaban en torno
al grupo, vaciando los cuarzos de vino rojo. Y en la tardía
noche, una
hora antes del alba llegó el turno de lo épico.
Boris inclinado sobre
Lúwa, sostenido por dos pilares de Jonia, el cuello
preso de torneados
tobillos, las plantas y dedos se arqueaban, y su hermana
Lúghid
auxiliándolo cuando sus piernas flaqueaban y diciéndole
al oído las
obcenidades más duras que en orph, puta alguna pudo
pensar.
Y el momento llegó. Como
el despegue luego del calentamiento. Como
el salto al espacio que rasga la oscuridad igual que una
supernova.
Como el sol marciano asomado en los vendavales de arena.
Es presión
que se siente en el cuerpo. Una onda de choque: y las palmas
de la
niña masajeando sus riñones y diciendo:
-¡Vamos! ¡Dásela
toda, no te quedes nada! ¡Este es el polvo de tu
alma! ¡Vamos! ¡Vamos!
Después, entre la niña
y la hermana lo ayudaron a acostarse. Casi
se había desvanecido -el esfuerzo y ese supremo éxtasis.
Jadeaba, su
corazón dando tumbos. Pero con ternura, las dos gatas
lo acariciaron,
y Lúwa le alcanzó una copita con el cordial
de la primera noche.
Entonces las demás vinieron,
Dáhyld le ofreció sus rodillas para
que descansara la cabeza. Boris reposaba extenueado pero
feliz,
relajado, gozoso, escoltado por esa guardia de corps. Paulatinamente
fue recuperando el aliento. Lúwa lo masajeaba y le
habló en un
susurro:
-Boris, querido ¡qué
bien lo has hecho! No te hemos de olvidar...
Dime ¿estás satisfecho? ¿quieres más?
A él se le humedecieron los
ojos, le habían dejado el corazón
blando, sin asperezas, como el de un niño. Enredó
sus dedos en los
cabellos veteados.
-¡No! ¿qué más
podría querer? Estoy lleno y estoy vacío -le tendió
a Lúghid una mirada cómplice. -¿Es
qué hay algo más que pudieran
hacerme?
Por alguna razón no le gustó
la respuesta afirmativa de la
tigresa. Vino armonizada con unas risitas nerviosas. Ella
lo miraba
con un extraño brillo en las pupilas -hipnótico.
"Sí que podemos
hacerte" escuchó comentar a Gathrud tal vez. Lúwa
fue bajando la
cabeza hacia su vientre, sin quitarle los ojos de encima.
Le estaban
corriendo escalofríos y cuando la tigresa abrió
la boca -¿acaso para
lamerlo? sintió deseos de huír como la primera
vez que las viera y se
revolcó violentamente para lograrlo. ¿Escapar?
¿a dónde?, a los brazos
de Lúghid. Ella lo retuvo con las palmas abiertas
pero a él le había
entrado pánico por sus garras, tan de repente que
parecía locura.
Buscó ganar la puerta, pero entre las dos hermanas
y Balrínay lo
tumbaron, inovilizándolo.
-¡Calma! ¡relájate,
Borisj! -le decían- ¡no luches! ¡eres nuestro!
¡no luches más! ¡Boris, pequeño!
Finalmente, a su pesar lo extendieron
en el lecho. No usaron sus
zarpas, eran todo suavidad. Pero sus músculos lo
estaquearon contra en
suelo. Lúwa quedó con las manos libres y retomó
los masajes y las
caricias tratando de calmarlo. Poco a poco lo consiguió:
a él no le
quedaban fuerzas.
-No queremos que sufras -le dijo
su anfitriona. -No te dolerá; ni
te darás cuenta. No queremos que dejes esta vida
debatiéndote.
Relájate, acéptalo en tu alma, no te haremos
sufrir.
El balbuceaba frases incoherentes:
"¡No! ¿Por qué?" se preguntaba
"¿entonces era ésto lo que buscaban? ¡Yo
las amaba!". Lúwa lo
reconfortó diciendo:
-No fuiste como cualquier otro.
Gustosas hicimos todo para aliviar
tu dolor. En alguna medida he llegado a quererte, y si las
costumbres
tienen fundamento, tu alma y las nuestras se han de ligar.
Boris se aflojó sobre el
regazo de Lúghid. Una improbable
esperanza. Ahora también Jánah le deshacía
las contracturas con sus
dedos; ¿acaso sus ojos verdes estaban lagrimeando?
Se le ocurrió que
su carne estaría dura si lo mataban en tensión.
La felicidad siempre
tenía un precio. Y ¿por qué no? Aún
en ese trance, veía los movimiento
sensuales en sus cuerpos hermosos y la memoria de su vida
junto a
ellas, de su vida, se hacía presente. Al fin y al
cabo, si le habían
enseñado a vivir ¿no podían, también,
mostrarle el último camino? Todo
en ellas había sido considerado; hasta en sueños.
Como ese en que la
guardia espacial lo había seguido y lo requería
ahí, en esa misma
casa, por un delito incierto: Lúwa, mostrando conocer
a la Tierra y su
Federación, le inyectaba una fuerte droga de efecto
retardado para que
no sufriese la tortura. También le decía "Yo
velaré por tus sueños".
¿Qué más podían hacerle?
Una cosa más, como dijera
Lúwa.
Y sintió el filo de sus dientes
cortando sus abdominales. Lúghid
le acariciaba la cara. "¡Es un instante, Borisj!".
La siguientes
dentellada fue más profunda pero el dolor se hizo
soportable. Se
desangraba. Le bajaría la presión y moriría.
Sus rostros sensuales no
revelaban ninguna ansiedad salvaje por el cercano festín
-antes sí,
tristeza. ¿Qué las hacía superiores?
Lo acariciaban tiernamente.
Hasta el final las escrutó
como para no olvidarlas. Nunca.
&
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¦
Gustavo Fredes Pérez del Cerro, 1991 ¦
&
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Í---------
¦
¦ OGEDINROF
¦
¦ por Tarik Carson
¦
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Tuvimos que aniquilarlos.
Habían huido al monte, abandonándolo
todo. La mayoría eran gordos
pusilánimes, deficientes congénitos; los demás
sí, eran sabandijas,
radicales, elementos difíciles de roer.
Entramos de madrugada a sus casas.
Veinte o treinta hombres
armados con escopetas de alto calibre, rompemandíbulas
de acero,
cuerdas de piano, cachiporras de plomo, alambre para atar.
Rompiendo
puertas y lo que se entrepusiera, empezando por las hijas.
Hablaron, y
anotamos, de paso, algunas comprobaciones sicológicas,
estadísticas.
Hubo dos o tres sujetos que no hablaron, tras los culatazos,
tirados
en el piso, maniatados con alambre. Les rompieron los dientes
con las
manoplas. No hubo algo mejor. Luego los colgaron afuera,
con las patas
hacia arriba. Gritaron como cerdos, pero sin la resistencia
de los
cerdos al primer tajo en la arteria. Así fue como
las envasadoras
chuparon a la "vanguardia" de ese grupo. Yo observaba y
oía desde el
auto, quieto, en la penumbra; pocas veces modificaba las
instrucciones
y las órdenes bien practicadas y calculadas para
que suscitaran el
efecto deseado. (No recuerdo ningún caso histórico
en que el ejercicio
halla fallado a favor de una actitud opuesta.)
Después, los perseguidos padecieron más o
menos lo mismo. Primero, se
perdieron en la trama del monte; luego, los primeros cautivos
hablaron, sin alternativa. Los arreamos hacia una empalizada.
Se caían
en la dura y polvorienta tierra de los caminos, sudados,
ensangrentados; pero obedecían aún, a medias;
tenían esperanzas de
vivir. No se puede con eso. Una vez juntos, sacrificamos
al jefe. Le
quitamos con profesionalidad la piel y las vísceras,
le introducimos
con molesto esfuerzo un palo puntiagudo que le salió
por la boca. Lo
asamos. Luego de tantos días de campo, había
hambre. Toqué mis labios
con un pedacito de carne. No estaba mal; algo dura, quizá.
Obligamos a los demás a caminar
hasta el ejido. Clavamos estacas
gigantes, mientras avisábamos a la gente del pueblo
para que se
acercara. Los empalamos con lentitud. Luego llegaron los
camiones
refrigerados, de acero inoxidable, lanzando los destellos
del maligno
sol.
No hubo ni atisbos de protesta y el Comité decidió
dejar la parte del
león, cabezas, tripas, sexos, en las casas de las
víctimas. El
argumento, dudoso a mi entender, fue que así se eliminarían
resentidos: con la carne de los padre adentro, los hijos,
antes de
convertirse en sabandijas rebeldes, tendrán que suicidarse.
(Afirman
los tecnócratas que el género humano funciona
siempre así.) Es la
tendencia de la Naturaleza. El cielo y la tierra están
aislados y los
preceptos teóricos de aquél no nos afectan;
si Dios hubiera querido
que así fuera, nos los indicaría en su inmensa
misericordia.
Todo ocurrió con la perfección
de la relojería antigua. Las
difusoras de información, con los hábiles
comunicadores, enviaron el
enema cerebral que diseñamos. El porvenir, con la
comprensión popular
suscitada se nos fue rindiendo día a día una
vez más. Cesó la crisis
famélica, los frigoríficos y las enlatadoras
trabajaron día y noche.
La protesta inconsciente, delatada por los soplones electrónicos
caseros, fue dejando poco a poco de latir.
Por enésima vez los hombres
del Consejo de Seguridad Nacional
sobresalieron en la televisión. Los más poderosos,
o los con una mayor
vanidad, ocupaban, con distintos argumentos, día
y noche la pantalla
de la televisión. Al cansarse, venían sus
hijos, o sus protegidos,
como si fueran extraños. Y siempre la tensión
creada fue perfecta,
repitiendo y repitiendo el mismo lavaje en infinidad de
envases.
Naturalmente, ante una imagen de la felicidad y la evasión
mágica que
está en todas las hogares a bajísimo costo,
¿quién querrá negarse?
Como el batallón de tareas
estaba a mi mando, el tedioso informe
recae sobre un servidor. Se archivará en el Banco
Histórico. Puedo
entonces entregarme a mi libertad mental, y no habrá
represalia de los
enemigos internos. Temo, sí, que mi hembra me delate
ante el Confesor
Mensual, si llega a presentir algo extraño. Nuestros
métodos, por
desgracia, no son perfectos aún y llegan hasta casa;
mi mujer y mis
reproducciones no imaginan otro mundo, el mundo verdadero
que es el
mundo más oculto. No pueden verlo (no pueden saber
ni ver algo
distinto a lo que ven en la caja mágica) y yo no
puedo socorrerlos.
Tal vez, estos dichos se presenten
como las vergonzosas
confesiones de un disidente, de un carnero traidor, una
maldita
sabandija. Pero, no es así, ni es una defensa ni
una justificación. Se
debe a un pensamiento de una posibilidad de futuro distinta
de las
estipuladas como justas por el Consejo. En parte, debo reconocerlo,
son debilidades, pequeñas disidencias, insuficiencias
de la Escuela de
Adaptación Mental; mis enemigos internos dirían
que son rastros
malditos del pasado, desobediencia a los Mayores, en fin,
acaso
brechas en la esfera universal que aún creemos perfecta.
De todas maneras, es improbable
cualquier adversidad. Si hay algo
seguro en nuestra Tierra es el Banco; yo lo protegeré
más después del
informe; ahora otros lo protegen por causas similares. Aún
no hemos
vislumbrado la etapa histórica en que podremos soltar
la imaginación
para expresar lo que presentimos como verdad, sin
temor que ésta
destroce nuestra posición en el mundo.
Para los hombres de la cúpula,
jefes del futuro (el Banco
publicará esto dentro de cien años), es importante
la tranquilidad de
saber que hacia atrás en el tiempo, como hacia adelante,
sus dinastías
fueron y serán aseguradas. Se cambiaron los nombres,
nada más. Si no
caigo en desgracia, y sigo la tradición, nadie sabrá
que los hijos de
mis hijos ocuparán mi puesto, el cual a su vez, fue
de los abuelos de
mis padres. Con otro nombre, claro está. No tenemos
el orgullo de los
apellidos ilustres, de "sangre", como en otras épocas.
Hemos perdido
los gustos superfluos, forzados por la vieja "revolución"
(pero, la
naturaleza humana no puede cambiar). Y esto justifica que
utilice
ahora palabras que ya no se usan y que sólo existen
en los Archivos de
Seguridad, que únicamente los elegidos podemos revisar.
Entonces,
podríamos recordar lo que significaba: protesta,
burócrata, adulterio,
riqueza, individualismo, huelga, libertad, privilegio, totalitarismo,
etcétera. O las frases soberbias para el oído:
Sociedad sin
Privilegiados, Sociedad Democrática, Solidaridad
Social, Libertad o
Muerte.
En los anales del Consejo, de modo
paulatino, pude observar las
órdenes de anulaciones de las palabras, y siempre,
como prefacio, lo
siguiente: "Sin otra alternativa política, por el
bien del pueblo y de
su libertad...". Por ejemplo: protesta fue abatida al anularse
privilegio o injusticia; burócrata fue utilizada
en la antigüedad para
denigrar a los heroicos mártires del Consejo, y hoy
es una
palabra-muestra de la ruindad en que habían caído
los pueblos del
pasado, poseídos por la envidia; huelga fue muerta,
felizmente;
libertad e individualismo han sido dejadas de lado, por
si fuera
necesario volver a utilizarlas (en verdad, la libertad,
cosa tan
imprecisa, es inconcebible como arma para batir al Bien);
arte fue
integrada a psicosis, y los que sufren de esto siempre terminan
en los
Hospitales de Seguridad, o, más eficazmente, y para
mi gusto, sin
trabajo ni medios de vida, ni sendas para la expresión
(pues en los
Hospitales aún tenemos que matarles el hambre); privilegio
fue quemada
por inservible, o sea, servible sólo a los psicóticos;
un caso raro
ocurrió con totalitarismo, que luego de brindarnos
un gran servicio
pasó al Museo, junto a la bomba atómica; riqueza,
lo mismo, es un
término inservible, inexpresivo, que no califica nada,
salvo una
revelación punible: la envidia, pues solamente a
una sabandija enferma
le puede importar que otro ser humano pase gozando de lo
mejor toda la
vida; luego, en el campo de lo menor están las palabras
de índole
glandular, como celos, sexo, adulterio, himeneo, etcétera,
todas
igualmente en el cajón de la podredumbre.
(Cansado, termino esta digresión,
bastante necesaria para el
entendimiento del informe. Cambian tantas cosas en cien
años.)
Mi libre albedrío me permitiría
continuar con mis recuerdos, pero
no obligaré nadie a la triste tarea de perseguir
elucubraciones sin
mayor ilación, sin el realismo en boga para uso de
informes rigurosos
(ya no existen relatos o literaturas anarquizantes).
Así es que volviendo a la
anécdota inicial, el "hombre fuerte" de
los paranoicos se llamaba Deimos. Por esas cosas de la vida,
aparte de
su inferioridad hereditaria que quiso discutir por medio
de las armas,
tuvo un problema personal conmigo. Mi psiquis sutil nunca
pudo
soportarlo, en imagen viva, o recuerdo. Yo soy achaparrado,
camino con
los pies abiertos, tengo la piel extremadamente blanca,
las caderas
anchas, el pecho totalmente atrofiado, y, por encima, un
vientre
indomable. Deimos no salió como nosotros; la Naturaleza,
una vez más,
discriminó con alevosía.
En mi vigésimo aniversario
me hicieron miembro del Consejo. Dos
años después logré, por un toma y daca
hábilmente ejercitado por mi
padre, el puesto de reproductor, que fue siempre una tarea
para los
favorecidos por la Naturaleza. (Por aquellos años,
en lo único que
pensaba era en penetrar hembras, para lo cual me munía
del mayor
disimulo imaginable; pues estricta y solamente eso ocupaba
mi mente
todo el tiempo, y, paradójicamente, pese a mi vientre,
me desempeñaba
como un padrillo.) Mi padre se dio cuenta, y logró
que el Consejo de
Seguridad Nacional tomara algunas decisiones, decretara
algunas
excepciones, etcétera.
En el presente, a los dieciséis
años los muchachos son llevados al
Centro Médico y se los hace copular con algunos animales
de porte y
cobijo soberbios. Se los examina cuidadosamente. A muchos
se les
cortan las membranas de los pies y las manos (palmípedos
a la espera
de la caída de la cuarta Luna), se los circuncida,
si el instrumental
sexual lo amerita. También se les revisa el cráneo,
por el asunto de
la calvicie o el grado de atrofiamiento de orejas; casi
demás está
decir que lo primero que se computa es el atrofiamiento
posible de
testículos, situación que haría innecesaria
la inoculación que los
dejará estériles de por vida. Solamente los
perfectos fecundarán.
Esto, según la Ley. Como es natural, hay excepciones.
Yo siempre fui
calvo, bastante raquítico, en más de un aspecto,
como les confesé;
pero, eso sí, jamás di tregua en aquello que
ustedes imaginarán. Soy
un fenómeno para los médicos. Pero no voy
a hablar de mí, el curso de
los hechos tal vez lo esté haciendo con delicadeza.
Deimos, con su alevosa perfección,
también estaba dotado para
gestiones de la libido; quizá como yo. Los médicos
militares son
hombres, y los hombres se pudren más o menos como
otras cosas vivas.
Además, se equivocan. Yo fui en lugar de Deimos;
aunque, tuve que
exponerme al castigo y secretamente desnudo al reconocimiento
de los
cofrades políticos de mi padre, a la comprobación
efectiva de mi ruda
acción frente al cobijo de una memorable ternerita
(todo ello
documentado en video), y guardar las apariencias frente
a la opinión
pública por algún tiempo.
A Deimos, en cambio, se lo trató
bien; lo inyectaron, y, para
resumir, no creo que haya sentido nada. Luego lo supo. El
Consejo
había condenado a toda su familia a llevar de por
vida las cabezas
rapadas y teñidas, a causa del pasado paterno. Tal
vez, por esto se
rebelaron, y lo difundieron a los cuatro vientos, con un
rencor
imaginable. Tal vez, Deimos ya se había solazado
con los goces del
forniqueo antes de lo permitido, y tras la esterilización
se ejercitó
en la aritmética calculando las eyaculaciones que
habría de perder por
el resto de su abyecta existencia. ¿Quién lo
sabe?
Unos años después,
Deimos comenzó a conspirar de la única forma
posible: con el silencio, con la envidia, con la mala voluntad.
(Según
informes de Inteligencia, usaba una peluca pelirroja de
uso común hace
algunos siglos.) Por fortuna, algún demiurgo nos
concedió la gracia de
que el silencio no sugiera nada a energúmenos embotados
psicológicamente. La protesta fue arrastrada por
el tiempo, una vez
más, cubriéndose de sangre y polvo, solitaria,
viéndole siempre la
espalda a la solidaridad esperada. Se le adhirieron apenas
unos gatos
locos, como siempre.
Pasaron los años y yo, en
mi tarea de reproductor, ejemplo para la
especie, mantuve a mi pesar cierto vínculo mental
con este individuo y
su familia. Un vínculo enfermizo, que siempre me
dañó la psiquis.
Pensé redimirlo con una confusa piedad, hacerlo comprender
que podía
ser heroico el hecho de lamer unos pies, de rendirse ante
lo
inevitable, ante la fuerza de la Naturaleza. Pero fue imposible
para
él observar la vida con ese espíritu. Yo,
en su lugar, tendría similar
incapacidad.
Entonces mi tiempo transcurría
en el Moulin de Engendración. Tenía
un pequeño grupo de cincuenta soldados bajo mi mando.
Me alimentaban
con los mejores nutrientes, me examinaban cada semana, me
calmaban
todos los caprichos y gustos. Eso sí, debía
eyacular todos los días
con un mecanismo que es un maravilloso ritual. Las hermosas
mujeres
jóvenes eran llevadas a las antecámaras. Mis
acólitos las excitaban
con maestría. Cuando lograban llegar a la cresta,
las conducían a mi
lecho, donde yo en general acababa la faena. Muy pocas veces
me
ocupaba del prefacio y del acabar. Si algo fallaba, siempre
había de
mi esperma en los émbolos del Banco del Consejo.
La elección era sencilla.
Diariamente iban los estetas por los
barrios escogiendo a las hembras más jóvenes
y bellas, casadas o no.
Por Ley podían ser hasta de treinta años.
Y por Ley los reproductores
no podíamos elegir, sino servirnos de lo que viniera.
Pero los del
Consejo tenemos alguna responsabilidad superior ante la
gente. Yo las
elegía con amor, oculto detrás de los vastas
ventanas espejo, mientras
ellas se bañaban dócilmente.
Falta decir que las mujeres están
disponibles, si valen
físicamente algo, de esa edad a esa edad, para la
conservación de una
especie pura. Yo no insistiría acá en que
fueran, también, puras en lo
ideológico. Aunque dos tendencias han sido y son
enemigas aciagas de
la Humanidad: la diversidad de ideas y de razas. Ya en la
Epoca
Moderna los grandes políticos construyeron un dogma
con esta verdad; a
pesar de la vieja denigración de los últimos
intelectuales cagatintas
que logramos suprimir para siempre.
Deimos tenía dos hermanas
opulentas, no en cerebro, pero sí en
largas pelambreras (me encargué personalmente de
que a ellas no las
afeitaran ni tiñeran) y carnes agradablemente
torneadas. Yo las
cubría a voluntad. Aunque eran rebeldes y apretaban
las piernas, o
cerraban los ojos mirando con asco hacia otro lado, yo me
sentía
demostrador de la fuerza, de la fuerza de la tendencia natural,
del
ser de las cosas. (Debo confesar, eran de las pocas mujeres
que me
producían una tremenda y dolorosa dilatación
vascular, produciéndome
luego una lenta recuperación glandular.)
Así experimentaba yo, en
un semi secreto, sensaciones que los
ejecutivos del Consejo no sospechaban. Aunque tampoco podrían
creerlo,
por mi aspecto, si es que tuvieran intención de censurármelo.
De esta manera, pasó la omnipotencia
de mi padre a mí, como la mía
pasará a mis reproducciones. No hablaré de
nuestras hembras
personales, que llevan un velo y son animales exclusivos
de los jefes,
y que cumplen, digamos, con un rito social, nada más.
A raíz de este sistema, Deimos
fue "progresando". Creyó que toda
protesta legal sería inútil y desdeñó
todos los privilegios ofrecidos
por el Sistema. Aunó muchos envenenados de envidia,
muchos cabezas
teñida, como él. Tal vez, instigado por el
ejemplo del padre, se
levantó en armas junto a estos desgraciados y a otros
traidores y
disidentes ocultos, revelando así una vez más
los peligros de la
corrosiva enfermedad.
Su padre en otro tiempo había
huido con otros a los montes, y allí
se habían transformado en bichos. El Consejo
de Seguridad no accionó
contra ellos; esperaban que se murieran de hambre y de soledad
(no
lograban la solidaridad ni de los perros salvajes). Luego,
en cambio,
los científicos experimentaron nuevas armas. Los
ubicaron por medio de
soplones bien pagados y les lanzaron los microbios. Meses
después, los
científicos captaron espantosos rugidos en la zona,
y lugares de la
jungla donde la vegetación había muerto como
si la hubiera barrido la
radiación. Luego lanzaron hidrógeno líquido,
gas mostaza, residuos de
uranio.
Durante dos o tres años la
jungla fue un centro de experimentación
que la gente podía observar al detalle por la televisión.
Cuando hubo
silencio, entraron las brigadas con los trajes especiales.
La
vegetación, en efecto, había evolucionado
de un modo asombroso. En lo
alto de las sierras, en varias grutas, los encontramos uno
a uno,
metamorfoseados en gigantes amebas de tres o cuatro metros.
Estaban
adheridos a las paredes, y respiraban contrayendo unas enormes
aletas
transparentes, en cuyo interior había piedras, tierra
negra, hierros
retorcidos y oxidados, y libros, curiosamente.
Es fácil imaginar el espectáculo
que constituyó el hecho para los
millones de televidentes ablandados por los habilidosos
comunicadores,
mantenidos en vilo durante días de lavaje mental
continuo.
Así finalizó aquel
individuo extravagante, padre de crianza del
"ciudadano" Deimos. Tal vez, al fin, la crianza sí
sea lo que hace al
hombre. Nadie niega que Deimos fue hijo de su padre, educado
por fuera
con los principios de Libertad de la Nación, en las
escuelas de la
Nación, sin embargo, fue aleccionado por dentro hacia
la envidia y la
violencia.
Deimos tuvo la habilidad de conseguirse
una mujer espléndida
(ignoro como la consolaría), persona que tuvo seis
hijos míos. A esta
hembra, irresistiblemente -lo reconozco- tuve que cubrirla
de forma
malvada, muchas veces, por indomable. Tenía unas
nalgas formidables y
tan fuertes que me hizo recurrir a formas heterodoxas. Luego
de un
tiempo, noté que el odio menguaba en sus ojos
de potra. Además, qué
placer memorable me proporcionó siempre, aunque luego
de esas
secciones los dos quedáramos con las glándulas
exhaustas y,
seguramente, con asco de la vida.
Al fin, tuve que retirarme, como
ordena la Naturaleza. Me contraté
cuando ya estaba harto de mujeres, con las glándulas
prematuramente
envejecidas. Supongo que debo confesar que estuve invadido
por la idea
de abrir mis glúteos a algún hombre y renacer
flagelado por la nueva
experiencia. Pero, las tareas políticas en el Consejo
no lo
permitirían, y yo podría darle semejante oportunidad
a mis oponentes
naturales. El compromiso con mi pueblo y la política
ejecutiva
siempre fueron superiores a mis pulsiones glandulares.
En el presente, me agobian las tareas
sucias de la Sección
Seguridad. Los métodos más modernos de persecución
y descubrimiento de
conspiradores se deben a mis modestas ideas. Enfermos
paranoicos,
visionarios, tarados innatos, ratones intelectuales, criminales,
etc.
Lo más tedioso es la delicada tarea de persecución,
el uso de "guantes
blancos", la manera de ficharlos para que no les den trabajo,
ni forma
alguna de reunión o expresión, etc.
Explicaré ahora las vicisitudes
de Inteligencia que condujeron a
la desaparición del señor Deimos y su camarilla
de sabandijas.
Naturalmente, estaban al acecho
de una oportunidad. La crisis de
la carne, por ejemplo. Los enfermos mermaron con el verano
y la poca
humedad, la Sección Alimenticia contribuyó
con la negligencia
burocrática, los de los frigoríficos se vieron
estancados sin carne
que enlatar. También se empezaron a acabar las reservas
enlatadas.
Faenamos a los de los presidios de alta seguridad, luego
a los de los
presidios menores, a los de los hospitales de recuperación
psiquiátrica, etc. No recuerdo cuánto duró
esta emergencia; pero el
asunto empezó a escurrirse cuando algunos oficiales
de Seguridad, por
su cuenta, empezaron a faenar en los barrios bajos. Decretamos
algunos
degüellos sumarios, para recordarles la disciplina,
pero los hombres
no se sostenían. Salían por las noches y,
usando el armamento del
cuerpo, carneaban, a veces, solamente para hacerse
de un pernil
entrado en grasa, o un par de senos desmesurados que antes
habían
violado.
Mi desesperado plan, presentado
al Consejo, fue el siguiente. Los
subversivos estaban fichados, como es obvio. De pronto,
publicaron un
artículo en el diario Verdad Republicana. Virulento,
contra el
Consejo. Al día siguiente, replicamos denunciando
a los conspiradores.
No podíamos permitir un regreso a la Epoca Moderna,
el retorno a la
anarquía, a la libertad mal entendida, etc. Los muchachos
de la
televisión hicieron el resto. Hubo acusados, documentos
de la
conspiración. Se ofrecieron recompensas. Mis hombres
las cobraron y
delataron a conspiradores. Dimos la oportunidad a éstos
para que
huyeran. Así esperábamos ahorrarle dinero
al Consejo, matándolos sin
juicio alguno, y toda esa farsa de justicia tan absurda
y obsoleta hoy
en día como necesaria en el pasado hipócrita.
No hubo trastornos. Los muchachos
huyeron. Matamos en su misma
casa a uno u otro que no quiso huir. La televisión
no cesó de informar
al pueblo. Había novedad y promesa de sangre. La
gente estaba
exacerbada de odio, y canalizaron su odio por allí,
como siempre.
Mencionábamos la palabra Nación, Patria, República.
Cortarle el cuello a Deimos fue
una de las sensaciones más
extrañas que tuve en mi vida. Hubo cierta similitud
familiar;
anteriormente, mi padre fue contra su padre, luego me cupo
no ser
menos..
Lo mandé colgar de las patas
(ya no eran pies humanos). Yo estaba
dentro del auto, detrás de los vidrios oscuros, con
el aparato en la
mano, dando las órdenes. Luego salí del auto.
El tiento le cortó la
piel de los tobillos y resbaló quejoso en el palo
verde que lo
resistía. Sus brazos, cubiertos de harapos se balancearon
un buen
rato, ayudados por el viento de la sierra. Extendí
la mano y me dieron
la navaja. Había alrededor mucha gente. Oficiales,
soldados, mirones y
nuestros soplones campesinos. La cabeza de Deimos, peluda,
sucia de
tierra, resistía sin fuerza. Me reí, como
a veces en los entierros me
reía, sin saber por qué precisamente, y Deimos
me miró entreabriendo
sus abotagados párpados. Hice una señal y
entonces pusieron el balde.
Lo tomé de los cabellos, bastante pegajosos, con
hojas e insectos, y
tiré un poco. Una garra me tocó, sin llegar
a arañarme, y entonces le
abrí el brazo y vi el músculo gris, y entonces
la garra de uñas sucias
se puso quieta. No quise alargar el hecho. Fue un tajo seco,
generoso.
Saltó un chorro caliente y me manchó el pantalón;
fue el primer chorro
oscuro, casi quemante. Luego, la sangre, cada vez más
débil, invadió
su barba, sus aún estúpidos ojos azules, su
pelo largo y enmarañado,
posiblemente seductor de hembras sin mucho seso. El balde
retuvo
bastante, no había lugar para el desperdicio.
Lo último que vi de su cuerpo
laxo, fue su sexo, corto y casi
grueso, levemente colgante hacia un costado. ¡Dios,
pensé, ya no
ofendería a nadie! Tuve un impulso hacia él,
fueron unos segundos,
nada más. Algo extraño. Luego observé,
a través de mis anteojos
oscuros, a mis hombres, a los soplones, que me observaban
en silencio.
Debo decir que la emoción
de desangrar a un hombre, de perseguirlo
hasta ello, de imponer el más alto valor en nombre
del bien de la
familia y de la totalidad patriótica, de la paz y
de la democracia, de
la justa propiedad privada, en fin, y que por añadidura
pueda saciar
el hambre de la gente, es algo inefable. El pequeño
detalle posterior,
de que se lo coma asado, condimentado, o simplemente de
que se lo
"sienta", es un pormenor desdeñable.
A veces, en mis tribulaciones, he
comparado la sensación por el
deber cumplido, con la percepción de la magia del
espíritu humano que
nos toma cuando uno es aclamado por un millón de
personas ciegas,
excitadas, violentamente ensoberbecidas, en un glorioso
discurso
patriótico. Demás está pensar que sé
con perfección que no todos
pueden experimentar esto último (razonablemente,
no todos pueden ser
números uno). Pero sí pueden experimentar
algo similar: la sensación
del olvido absoluto en el orgasmo de más sublime
labrado.
Pienso que tal vez en esas percepciones
tan refinadas, en el poder
de captarlas, resida nuestra grandeza, rara, discutible,
envidiada y
sufrida. Hablo de los que tenemos responsabilidades. Los
líderes. De
todo, reverbera una gloria casi eterna, que se pierde en
el pasado de
la humanidad, donde conviven la aclamación, la fama
ubicua, la espada
infinita bautizada con sangre, el cúmulo del goce,
padre y maestro de
los que siempre estaremos encima.
Proclamo esto, que será un
documento histórico, como signo de mi
respeto por el futuro de la Humanidad, y la más alta
aspiración de los
corazones ávidos de felicidad y comprensión
de la Naturaleza. Creo que
he cumplido, con obediencia y humildad. Fui homicida para
imponer el
bien y la paz en la Nación, como forniqué
para preservar de la nada a
la especie. Mi instinto y mi deber morirán enlazados.
Y que no vaya el
futuro a confundir amor por la verdad con puntos débiles
o
nauseabunda rebeldía. Admito que pueda haber algún
mareo producido por
el fragor de la lucha y el correr de la sangre, alguna falta
de
objetividad. Pero, en la lucha letal contra la herencia
reaccionaria
de un demonio con cabeza de hidra, que es la vieja Envidia,
¿quién
aseguraría una infalibilidad de juicio?
Además, ruego a Dios que
la conciencia popular del futuro perdone
la efusión y pasión del caso. La justicia
y el bien en nombre de Dios
nos elevarán, libres de todo baldón por el
trabajo bien realizado.
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Tarik Carson, 1992 ¦
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+Î+Φ en el próximo (y último)
número de om +Î+Î+Î+Î+Î+Î+Î+Î+Î+Î+Î+Â
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