"Qué hiciste tú en la oficina, papá", de Carlos Trillo y Alejandro Dolina
en SATIRICON n° 5; marzo de 1973.-
¿QUE HICISTE TU EN LA OFICINA, PAPA?
Un oficinista tipo (un tipo oficinista) pasa ocho horas
diarias entre cuatro paredes, o, lo que es lo mismo,
cuarenta horas por semana, o dos mil ochenta horas en
el año, o sesenta y dos mil cuatrocientas en treinta
años. Esto es malo. Malo para la salud, malo para el
espíritu (uno se viene tonto), malo -incluso- para el
huesito dulce, que tiende a encallecer.
La aspiración de quienes emprendieron este informe fue
cambiando con el correr de los días: de lo que primero
fue un intento reivindicador de la oficina, se pasó a
un conato de objetividad, para caer finalmente en un
patético documento de advertencia.
Los empleados de oficina deben respetar, hasta sus últimas
consecuencias, un decálogo no escrito, pero que tiene más vigencia que la
Constitución Nacional, lo cual no es mucho decir.
A continuación, escribimos el decálogo no escrito:
1. No tendrás más dios que el Jefe.
2. No tomarás el santo nombre de la empresa en vano.
3. Acuérdate de santificar los feriados.
4. Honrarás gerente y horarios.
5. No hurtarás lapiceras ni secantes.
6. No fornicarás en la oficina.
7. No matarás, como no sea el tiempo.
8. No levantarás falsos testimonios ni quinielas.
9. No desearás a la secretaria del Jefe.
10. No codiciarás los puestos ajenos.
El lector pensará: "Dios mío, ninguna persona decente podría trabajar
en una oficina".
Y tendrá razón. Muchos muchachos honestos y limpitos, luego de
contestar un aviso de Clarín, se han perdido para siempre. Porque, ¿quién
puede ser bueno rodeado de paredes donde cuelgan absurdos cuadros
estadísticos y, en el mejor de los casos, almanaques de ferretería? ¿Quién
puede ser piadoso escuchando el insufrible tableteo de las máquinas de
escribir, y haciendo sumas que vaya uno a saber para qué sirven? Y eso sin
hablar de los balances, donde una diferencia de diez guitas puede hacerle
perder el empleo a un honesto padre de familia cuya mujer lava toda la
semana en un viejo conventillo alumbrado a querosén.
PERSONAJES DE LA OFICINA.
Una oficina se compone de jefe, secretaria, empleado González,
cadete, cafetero, empleado responsable, batilana, organizador de colectas,
trepador, etcétera.
Y empecemos por arriba, como quien hace un pozo.
Todos los jefes son iguales: insufribles, malvados, biliosos, y hasta
un poquitín mugrientos. Y como iguales que son, suelen apelar a las mismas
frases ante las situaciones cotidianas.
A empleado incumplidor: "González, usted no va a llegar muy lejos".
A empleado despedido: "González, la empresa se ve obligada a
prescindir de sus servicios".
A empleado que pide aumento: "González, yo comparto su inquietud,
pero eso no va a poder ser".
A postulante: "González, muy bueno lo suyo, ya lo vamos a llamar".
A empleado que lo desilusiona: "González, usted me desilusiona".
A secretaria hermosa que se viene a postular: "González, quiere
dejarnos solos un momento".
El mejor auxiliar de los jefes es el empleado responsable ("González
es mi brazo derecho"). Llega todos los días cinco minutos antes de la hora
de entrada, le saca punta a los lápices, usa la goma hasta que queda
reducida a migajas, se lleva trabajo a casa, no se toma vacaciones, admira
al jefe, no juega a la quiniela, en fin, es un perfecto imbécil.
Otra eficaz ayuda para los que mandan es el batilana ("González me lo
cuenta todo"). Este personaje es conocido también como alcaucil,
correveidile, oreja, ortiva, botón, alcahuete, bocaetrapo, bocina,
lenguaraz, cuentero, chupamedias, yevaitrae, olfa y otros. Es el tipo más
odiado de la oficina. Al igual que los jefes, los batilanas poseen una
particular terminología, empleada especialmente para iniciar sus cruentos
relatos:
"No es por hablar, pero...", "Dios me perdone...", "No quisiera
equivocarme...", "Antes de que se lo cuente otro...".
Los jefes no le temen a nadie. Salvo, claro está, al trepador
("González me está moviendo el piso"). El trepador es como un mal
deportista. Para él el escalafón es como Titanes en el Ring: vale todo.
Algunos de ellos van jabonando pisos y haciendo despedir a quienes les
hagan sombra, hasta que mueren solos, en el despacho más lujoso de un
desierto edificio de escritorios.
SEXOLOGIA DE LA OFICINA.
La vida sexual de la oficina es toda suposición y fantasía.
Los cadetes, por ejemplo, se complacen en imaginar la lujuria que
deben ser capaces de desplegar las secretarias. A su vez, los ejecutivos
veteranos son capaces de ver en cada telefonista a una cortesana en
potencia.
-Acá se hace la recatada -escucharon decir nuestros cronistas muchas
veces-, pero debe ser una...
A su vez, las mujeres parlotean en voz baja y en el baño (especie de
santuario confesional de la oficina) acerca de las ojeras que últimamente
anda trayendo el empleado González.
Todos los empleados (y empleadas) tienden a ridiculizar la vida
sexual del jefe. Los jóvenes suelen creer en su impotencia. Las viejas lo
juzgan un libertino.
El antiguo mito de la secretaria amante del jefe está en franca
decadencia. Nadie da crédito a esas historias, salvo, claro está, las
secretarias y los jefes.
Las piernas de las dactilógrafas son otro estímulo para estas
fantasías que gobieran la vida sexual de la oficina. Los sociólogos de la
sociedad de consumo han calculado, con todo desparpajo, las horas-hombre
perdidas en el campaneo de extremidades. Un empleado normal consume
doscientas horas anuales en esos menesteres. La estadística trepa a picos
mucho mayores ante la existencia de cajones a bajo nivel que obligan a las
empleadas a agacharse.
Los lunes, los empleados todos proceden a referirse mutuamente las
proezas sexuales consumadas durante el fin de semana. Si tales proezas
fueran ciertas no quedaría en este país títere con cabeza.
FINAL CON PROSPECTIVA.
Llegará un día en que unos monstruos espantosos asolarán las
oficinas.
Vendrán de los infiernos y aparecerán por los agujeros de los
inodoros y meterán a los cadetes dentro de los tinteros y violarán a las
secretarias y arrojarán los expedientes por las ventanas y beberán la
sangre de los jefes y pintarán las paredes de rojo, verde y azul de prusia
y se embriagarán con el agua de las almohadillas y obligarán a los gerentes
a mostrar sus calzoncillos invariablemente blancos y forzarán a los
mentirosos a ejercer sus hazañas sexuales sobre los escritorios y
torturarán a los alcahuetes contándoles anécdotas de la conscripción.
En tanto aguardamos el lejano apocalipsis oficinero, sigamos fichando
a las nueve, continuemos almorzando de parados, hagamos horas extra que
para eso las pagan y aguardemos la módica jubilación que nos permitirá ir a
sentarnos a un banco de estación a contar vagones hasta morirnos.
[NOTA: Lo que sigue a continuación, está en un recuadro en el
original].
PENSAMIENTOS DE UN JEFE DE OFICINA:
*Yo sería bohemio pero, ¿y si la gente se entera?.
*Quiero que mi nena se case de blanco.
*Yo escucharía música clásica, pero me coincide con Sábados
Circulares.
*Usted sí que tiene la cabeza fresca, González.
*No soy un sumiso. Mi mujer no me lo permitiría.
*El director general siempre tiene la razón.
*Yo a los 25 años ya tenía la llave del baño de ejecutivos.
*En las elecciones, los votos de las personas inteligentes tendrían
que valer tres.
*La peor desgracia es que a uno le salga un hijo peronista.
*En mi época los muchachos eran de otra manera.
CARLOS TRILLO.
ALEJANDRO DOLINA.