Noticias del sol por J. G. BALLARD








Por las noches, mientras descansaba en la azotea de la
clínica abandonada, Franklin recordaba a menudo a Trippett, y
el último viaje que había hecho al desierto con el astronauta
moribundo y con su hija. Impulsivamente, había cedido ante el
pedido de la muchacha, cuando la encontró esperándolo en el
laboratorio desmantelado, el traje de astronauta y los
anteojos solares del padre en las manos, gastados recuerdos
de la desparecida era del espacio. En muchos sentidos había
sido un gesto sentimental, pero Trippett era el último hombre
que había caminado por la luna, y el paisaje descuidado que
rodeaba la clínica se parecía cada vez más a la superficie
lunar. Bajo ese cielo azul cianuro tal vez se movería algo,
excitando recuerdos perdidos, y por unos instantes Trippett
hasta podría volver a sentirse como en su casa.
Seguido por la hija del astronauta, Franklin entró en el
pabellón oscurecido. Habían trasladado a los otros pacientes,
y Trippett estaba sentado solo en la silla de ruedas a los
pies de la cama. Ahora, en vísperas del cierre de la clínica,
el viejo astronauta había entrado en la fase terminal y sólo
se mantenía consciente unos pocos segundos cada día. Pronto
caería en la última ausencia profunda, un sueño invisible de
las inmensas mareas del espacio.
Franklin levantó al viejo de la silla y llevó el cuerpo
infantil por los pasillos hasta el aparcamiento de autos
detrás de la clínica. Pero en cuanto salió a la punzante luz
del sol lamentó la decisión, consciente de que la joven lo
había manipulado. Ursula rara vez hablaba con Franklin y, al
igual que los demás integrantes de la comunidad hippie,
parecía disponer de todo el tiempo del mundo para mirarlo.
Pero esos rasgos pacientes y vulgares, y la mirada nada
inocente, lo perturbaban de una manera curiosa. A veces
sospechaba que había mantenido a Trippett en la clínica
simplemente para poder ver a la hija. Los médicos más jóvenes
la veían regordeta y asexuada, pero Franklin estaba seguro de
que ese cuerpo de matrona ocultaba un misterio sexual muy
particular.
Sospechas aparte, el estado del padre de la muchacha le
recordaba a Franklin la aceleración de sus propias ausencias.
Durante un año esas ausencias habían durado poco más de
algunos minutos diarios, lo que las había hecho manejables
dentro del contexto de las horas que pasaba en el escritorio,
y a veces casi indistinguibles de la meditación. Pero en las
últimas semanas, como si la decisión de cerrar la clínica las
hubiese incitado, se habían estirado a más de treinta minutos
por episodio. En tres meses no podría salir de la casa, en
seis estaría totalmente despierto sólo una hora por día.
Las ausencias llegaban con tanta rapidez que el tiempo
se derramaba saliendo en torrente de la copa rota de sus
vidas. El verano anterior, durante las primeras excursiones
al desierto, los períodos de vigilia de Trippett habían
durado por lo menos media hora. Le habían producido un placer
conmovedor el paisaje desierto, los moteles abandonados y las
piscinas cubiertas de maleza del pequeño pueblo cerca de la
base aérea, las pistas silenciosas con los reactores
polvorientos asentados en neumáticos desinflados, las colinas
demasiado brillantes que esperaban con la astucia infinita
del reino geológico el fin del mundo orgánico y el comienzo
de un dominio mineral, más vívido.
Ahora, por desgracia, el viejo astronauta no se daba
cuenta de ninguna de esas cosas. Iba al lado de Franklin en
el asiento delantero, los ojos descoloridos abiertos detrás
de los anteojos pero la mente sincronizada con un tiempo
personal. Ni siquiera lo excitaba el movimiento veloz del
auto, y Ursula tenía que sostenerlo por los hombros para que
no se golpease contra el parabrisas como un muñeco de trapo.
--Siga, doctor... le gusta la velocidad... --La muchacha
se echó hacia adelante y tocó con la mano la cabeza de
Franklin, mirando el velocímetro con ojos muy abiertos.
Franklin hizo un esfuerzo para concentrarse en el camino,
consciente del aliento de la muchacha en el pescuezo. Le
costaba apartar las manos y la mente de esa madona de las
autopistas con sueños secretos de velocidad. ¿Estaría
planeando secuestrar al padre de la clínica? Vivía en la
pequeña comunidad que había ocupado Soleri II, la vieja
ciudad solar que se levantaba allá arriba, en las colinas. La
muchacha bajaba todas las mañanas en bicicleta a llevarle a
Trippett su ración de uvas pasas y exquisiteces
macrobióticas. Ella se sentaba muy tranquila a su lado, como
una madre joven, mientras él jugaba con la comida, dibujando
figuras extrañas en el plato de papel.
--Más rápido, doctor Franklin... he visto como maneja.
Siempre pisa el acelerador.
--¿Así que me has visto? No estoy seguro. Si tuviera
ahora un desmayo... --Cediendo otra vez, Franklin llevó el
Mercedes al centro de la ruta e hizo subir la aguja del
velocímetro hasta ochenta. Hubo un destello de faros
delanteros cuando se adelantaron al autobús semanal de Las
Vegas, una mescolanza de gritos de advertencia proferidos por
los pasajeros que quedaron atrás envueltos en un tornado de
polvo. El Mercedes ya andaba al doble del límite legal de
velocidad. A treinta kilómetros por hora, teóricamente, el
conductor que entraba en una ausencia repentina tenía tiempo
de pasarle los mandos al acompañante obligatorio en el
asiento delantero. En el desierto, a ambos lados de la ruta,
se veían esparcidos los restos de autos que habían virado y
salido del camino, deteniéndose en una loma de arena a más de
un kilómetro de distancia, muriendo de exposición los
conductores antes de despertar de las ausencias.
Pero a pesar de todo el peligro a Franklin le encantaba
manejar, emprender carreras vertiginosas e ilícitas al
anochecer, cuando parecía que estaba solo en un planeta
olvidado. En un hangar cerrado de la base aérea había un
Porsche y un viejo Jaguar. Los colegas de la clínica lo
censuraban, pero él se salía con la suya, lo mismo que en el
laboratorio, escudándose detrás de una fachada de
excentricidad calculada que disculpaba algunas obsesiones con
la velocidad, el tiempo, el sexo... Ahora necesitaba más la
velocidad que el sexo. Pero pronto tendría que detenerse;
manejar con rapidez se había convertido en un juego
peligroso, estimulado por la esperanza infantil de que la
velocidad garantizaría el movimiento de las agujas del reloj.
Por la izquierda se acercaron las torres y las cúpulas
de cemento de la ciudad solar, la encantadora fantasía de una
comunidad autosuficiente soñada por Paulo Soleri. Franklin
aminoró la marcha para no atropellar a una joven vestida con
un sari, detenida en el centro de la carretera como un
maniquí. Los ojos de la joven miraban el polvo, una
paleontología de esperanzas. En una hora saldría de ese
estado y seguiría caminando hasta la parada del autobús, sin
darse cuenta de que ya habían pasado el autobús y el tiempo.
Ursula abrazó al padre con tristeza, invitando a
Franklin por señas a que se acercase.
--Andamos a paso de hombre, doctor. ¿Qué sucede? A usted
le gustaba la velocidad. A papá también.
--Ursula, tu padre ni siquiera sabe que está aquí.
Franklin miró hacia el desierto, tratando de imaginar
cómo lo verían los ojos de Trippett. El paisaje no parecía
tan desolado como descuidado: los canales de riego
desatendidos, el oxidado cuenco de un radiotelescopio montado
sobre una cumbre cercana, plato de mendigo tendido hacia el
banquete del universo. Las colinas esperaban a que ellos se
alejasen de allí. Se había cometido un crimen, una fechoría
cósmica que llevaba sobre los hombros ese viejo y excelente
astronauta sentado a su lado. Trippett lloraba todas las
noches mientras dormía. Por sus sueños apagados corrían
espectros, tratando de salir de su cabeza.
Los mejores astronautas --Franklin lo había descubierto
mientras trabajaba para la NASA-- nunca soñaban. O al menos
no lo hacían hasta diez años después de las misiones, cuando
aparecían las pesadillas y ellos regresaban a los institutos
de medicina aérea que habían ayudado a reclutarlos.
La luz parpadeó en el desierto, y dibujó un efímero
rastro catódico en las lentes negras de los aneojos de
Trippett. Había miles de espejos de acero instalados en un
trecho semcircular al borde de la carretera, una de las
granjas solares que habrían proporcionado corriente eléctrica
a los habitants de Soleri II, energía ilimitada donada (en un
gesto tal vez demasiado bondadoso) por la economía del sol.
Mientras miraba la luz reflejada que bailaba en los ojos
de Trippett, Franklin dobló por el camino de mantenimiento
que llevaba a la granja.
--Ursula, vamos a descansar aquí... Creo que estoy más
fatigado que tu padre.
Franklin bajó del auto y echó a andar por la tierra
blanca, calcinada, hacia el espejo más cercano. Siguió con
los ojos las líneas focales que convergían en la torre de
acero a menos de cien metros de distancia. Una parte del
plato colector había caído al suelo, pero Franklin vio
imágenes de sí mismo arrojadas al cielo, las mangas estiradas
de su chaqueta blanca como las alas de un pájaro deforme.
--Ursula, trae a tu padre...
El viejo astronauta podía volver a verse suspendido en
el espacio, esta vez patas arriba en esa imagen invertida,
colgado por los talones del mástil del cielo.
Sorprendido por el placer perverso que le producía esa
idea, Franklin volvió al auto. Pero mientras ayudaban a
Trippett a bajar del asiento, tratando de tranquilizarlo,
resonó sobre el desierto un ruido metálico. Una sombra
angulosa relampagueó sobre sus cabezas, y un pequeño avión
les pasó por encima, a menos de diez metros del suelo. El
avión se escabullía como un mosquito demente, fabricando una
tormenta con el motor diminuto, las alas encordadas
aseguradas sobre un fuselaje abierto.
Montado a horcajadas sobre los mandos en miniatura iba
un hombre de pelo blanco, desnudo a excepción de las gafas de
aviador que llevaba sujetas a la cabeza. Manejaba el avión de
una manera errática pero elegante, utilizando el cielo para
exhibir su llamativa figura.
Ursula trató de sostener al padre, pero el viejo se le
desprendió de la mano y empezó a tambalearse entre los
espejos, aporreando el aire con los puños cerrados. Al verlo,
el piloto giró bruscamente alrededor de la torre solar y
luego picó directamente hacia él, elevándose en el último
linstante en una bocanada de ruido y de polvo. Mientras
Franklin corría a echar a Trippett cuerpo a tierra, el avión
describió una larga curva para embestir de nuevo. El piloto
manejaba el aparato utilizando sólo las rodillas, los brazos
abiertos a los lados como si remedara la figura de Franklin
que se veía en el cuenco sobre la torre.
--¡Slade! Tranquilícese de una vez...
Franklin se pasó una mano por la boca, sacándose la
arena que lo había lastimado. Conocía de ese hombre
demasiadas tavesuras extavagantes para saber con certeza lo
que haría a continuación. Antiguo piloto de la fuerza aérea y
aspirante a astronauta, cuya solicitud Franklin había
rechazado hacía tres años, mientras era presidente del
tribunal de apelaciones médicas, había vuelto para
importunarlo con las mismas excentricidades absurdas: rociar
bandadas de golondrinas con pintura dorada, levantar un
círculo de torres en el desierto ("mi programa espacial
privado", lo llamaba con orgullo), construir un aeropuerto de
culto de cargo con torre de control de madera y aviones
guardados en el garaje de la base aérea, parodia cruel
destinada a castigar a los pocos mecánicos que todavía
quedaban.
Y esos incesantes vuelos acrobáticos. Slade ¿habría
reconocido el distante reflejo de Franklin mientras volaba
cabeza abajo sobre el desierto, y decidido entonces pasar
zumbando sobre el Mercedes por pura diversión, para
impresionar a Trippett y a Ursula, y tal vez hasta a sí
mismo?
El avión volvía hacia ellos con el motor chillando.
Franklin vio que Ursula le gritaba algo, pero no se oían las
palabras. El viejo astronauta temblaba como un espantapájaros
vacío, señalando con una mano los espejos. Reflejadas en las
hojas metálicas estaban las imágenes múltiples del avión
negro, cientos de aves parecidas a buitres que giraban
hambrientas sobre la tierra.
--¡Ursula, al auto! --Franklin se quitó la chaqueta y
corrió entre los espejos, con la esperanza de alejar el avión
de Trippett. Pero Slade había decidido aterrizar. Apagó el
motor en el aire y fue perdiendo velocidad hasta aterrizar
desmañadamente en el camino de mantenimiento. Mientras la
máquina carreteraba hacia el Mercedes con la hélice todavía
girando, Franklin aferró el ala de estribor, casi rasgando la
tela barnizada.
--¡Doctor! Ya me ha hecho aterrizar demasiadas veces...
--Slade inspeccionó la tela mellada, luego señaló los dedos
temblorosos de Franklin.-- Esas manos... Espero que no le
dejen operar a sus pacientes.
Franklin miró el piloto canoso. Sus propias manos
estaban temblando, un comprensible reflejo de alarma. A pesar
de esas palabras irónicas, el cuerpo desnudo de Slade se veía
tan tenso como una trampa, cada músculo cargado de
hostilidad. Sus ojos examinaron a Franklin con la mirada
alerta pero curiosamente inexpresiva del psicópata. Su piel
pálida era casi luminosa, como si después de terminar la
carrera de astronauta hubiese hecho algún pacto privado con
el sol. Un estrecho cinturón, que le rodeaba el cuerpo por
debajo de la cintura, lo mantenía pegado al asiento, pero en
sus hombros se veían las cicatrices de un extraño arnés: las
marcas de una camisa de fuerza, pensó Franklin, o de algún
tipo de fetichismo sexual.
--Sí, mis manos. Son las primeras en traicionarme. Le
gustará saber que me retiro esta semana. --Con voz tranquila,
Franklin agregó:-- Yo no lo hice aterrizar.
Slade rumió esas palabras, meneando la cabeza. --Doctor,
usted casi clausuró, por su cuenta, todo el programa
espacial. Tal vez lo irritaba de un modo particular. Pero no
se preocupe, yo he iniciado otro, mi propio programa
espacial. --Señaló a Trippett; Ursula lo estaba calmando en
el auto.-- ¿Por qué sigue molestando al viejo? Él no anda
buscando preocupaciones.
--Le gusta pasear en auto... parece que la velocidad le
hace bien. Y entiendo que a usted también. Tenga cuidado con
esas ausencias. Si quiere, visíteme en la clínica.
--Franklin... --Slade controló su irritación aflojando
cuidadosamente la mandíbula y la boca, como quien desmonta un
arma ofensiva.-- Ya no tengo ausencias. Encontré una manera
de... enfrentarlas.
--¿Haciendo estos vuelos? Asustó al viejo.
--No estoy seguro. --Slade miró a Trippett mientras
movía afirmativamente la cabeza.-- En realidad me gustaría
llevarlo conmigo... Algún día volveremos a volar al espacio.
Para él fabricaré una suave nave espacial, de papel de arroz
y bambú...
--Ésa parece su mejor idea hasta el momento.
--Lo es. --Slade miró a Franklin con repentino interés,
y con la sonrisa casi infantil del alumno ante un maestro
favorito.-- Hay una manera de salir, doctor, una manera de
salir del tiempo.
--Muéstremela, Slade. No me queda mucho tiempo.
--Lo sé, doctor. Eso es lo que quería decirle. Marion y
yo lo vamos a ayudar.
--¿Marion...? --Pero antes de que Franklin pudiese
terminar la frase, se encendió el motor del avión. Soplando
con la hélice el estabilizador de cola, Slade hizo girar
hábilmente el aparato sobre sí mismo. Volvió a colocarse las
gafas sobre los ojos y despegó en un embudo de polvo que
blanqueó la pintura del Mercedes. Ya en la seguridad del aire
dio una vuelta final, hizo un curioso saludo secreto y se
elevó en el cielo.
Franklin caminó hasta el auto y se apoyó en el techo,
recuperando el aliento. El viejo había recobrado la calma, y
ya no se acordaba del breve ataque.
--Ese era Slade. ¿Lo conoces, Ursula?
--Lo conoce todo el mundo. A veces trabaja con nuestra
computadora en Soleri, o arma peleas. Está un poco loco, y
trata todo el tiempo de no sufrir ausencias.
Franklin asintió, mirando cómo desaparecía el avión
hacia Las Vegas, perdiéndose entre las torres de los hoteles.
--En una época se entrenó como astronauta. Mi mujer piensa
que quiere matarme.
--Quizá tenga razón. Ahora recuerdo... Dijo que si no
fuera por usted habría ido a la luna.
Franklin hizo girar el Mercedes en el camino de
mantenimiento. Cuando entraron en la autopista pensó en la
misteriosa referencia que Slade había hecho sobe Marion. Era
hora de ser cauteloso. Las ausencias de Slade tendrían que
haberse ido alargando durante meses, pero de algún modo las
mantenía a raya. Toda esa energía violenta contenida en su
cráneo abriría algún día las suturas y estallaría en un feroz
acto de venganza...
--¡Doctor Franklin! ¡Escuche!
Franklin sintió las manos de Ursula en los hombros.
Presa de pánico, aminoró la velocidad y se puso a buscar el
pequeño avión en el cielo.
--¡Es papá, doctor! ¡Mire!
El viejo se había incorporado, y miraba por la
ventanilla con sorprendente atención. La floja musculatura de
ese rostro había recuperado el tono, dibujando el enérgico
perfil de un antiguo oficial naval. No mostraba ningún
interés en su hija ni en Franklin pero se fijaba con notable
curiosidad en una raída palmera que crecía al lado de un
motel de la orilla de la autopista, y en el agua tibia de la
piscina semivacía.
Mientras el auto oscilaba avanzando por el centro de la
carretera, Trippett movía afirmativamente la cabeza,
aprobando sin reservas todo ese paisaje árido. Tomó la mano
de la hija, subrayando algún punto de la conversación
interrumpida por un bache.
--...aquí todo es verde, más parecido a Texas que a
Nevada. Y tranquilo. Muchos árboles frescos y pastos y todos
esos campos y lagos bonitos. Me gustaría parar y dormir un
rato. Mañana, tal vez, iremos a nadar, querida. ¿Te gustaría?
Apretó la mano de la hija con repentino afecto. Pero no
pudo continaur hablando: una puerta se le cerró dentro de la
cara, y él dejó de estar allí.

Llegaron a la clínica y devolvieron a Trippett a su sala
oscurecida. Más tarde, mientras Ursula pedaleaba alejándose
por las pistas de aterizaje silenciosas, Franklin se sentó en
su escritorio del laboratorio desmantelado. Golpeteó uniendo
las yemas de los dedos mientras pensaba en la curiosa
intervención de Trippett, provocada de algún modo por la
aparición de Slade en el cielo. La breve salida del viejo
astronauta al mundo del tiempo, esos pocos segundos de
lucidez, le daban esperanzas. ¿Sería posible revertir las
ausencias? Estuvo tentado de volver a la sala y meter a
Trippett en el auto y salir a dar otra vuelta.
Entonces recordó el avión de Slade que se acercaba
velozmente sobre los espejos solares, la hélice pequeña y
maligna que desmenuzaba la luz y el aire, el tiempo y el
espacio. Ese astronauta fracasado había llegado a la cínica
hacía siete meses. Mientras Franklin estaba de viaje,
asistiendo a una conferencia, llegó Slade en una ambulancia
de la fuerza aérea, haciéndose pasar por un paciente
terminal. Con ese pelo canoso y esa mirada obsesiva, había
cautivado inmediatamente a la directora de la clínica, la
doctora Rachel Vaisey, que le permitía andar libremente por
todo el lugar. Slade recorría los laboratorios y los
pasillos, recogiendo armarios y cajones de escritorios en
desuso, sobre los que montaba una serie de pequeños cuadros,
altares psicosexuales para los extraños dioses que llevaba
dentro de la cabeza.
Construyó el primero de los altares en el bidet de
Rachel Vaisey, una fea armazón de jeringas hipodérmicas,
anteojos de sol rotos y tampones ensangrentados. Otros
altares aparecieron en alcobas de los pasillos y en camas
desocupadas, reliquias de un futuro todavía no experimentado
abandonadas allí como una especie de depósito psíquico a
cuenta del probable fracaso de su tratamiento. Después que
una ultrajada doctora Vaisey insistió en realizar una
inspección completa, Slade se fue de la clínica y se hizo una
nueva casa en el cielo.
Quitaron los altares, pero preservaron uno
cuidadosamente. Franklin abrió el cajón central de su
escritorio y miró el arreglo exhibido como un cadáver en un
féretro de algodón quirúrgico. Había un fragmento etiquetado
de roca lunar robado del museo de la NASA en Houston; una
fotografía de Marion en un baño de hotel, tomada con zoom; el
cuerpo blanco casi se fundía con los azulejos de la ducha;
una reproducción descolorida de La persistencia de la memoria
de Dalí, con los relojes blandos y el embrión agonizante; un
juego de leucótomos con las puntas tapadas por habichuelas
metálicas; y una tarjeta de emergencia de un donante de
órganos que legaba su propio cerebro a quien lo necesitase.
En conjunto esos artículos formaban un certero antirretrato
de todas las obsesiones de Franklin, una capilla lateral de
su cabeza. Pero Slade había sido siempre un observador agudo,
y mostraba más interés en Franklin que en ninguna otra
persona.
¿Cómo eludía las ausencias? La última vez que Franklin
lo había visto en la clínica, Slade ya sufría ausencias que
duraban una hora o más. Pero ese hombre de algún modo había
abierto una puerta en la mente de Trippett, y le había dado
su visión de campos verdes.
Cuando Rachel Vaisey fue a quejarse de la salida en auto
sin autorización, Franklin le restó importancia, y trató de
transmitir su excitacion ante el arranque de Trippett.
--Allí estaba, Rachel. Fue completamente él mismo
durante algo así como treinta segundos, sin esfuerzo, sin
necesidad de recordar quién era. Me asusta pensar que lo
había dado por perdido.
--Qué extraño... una de esas remisiones inexplicables.
Pero trate de no ver en eso demasiadas cosas. --La doctora
Vaisey miró con disgusto la cámara perimetral instalada al
lado del enorme disco giratorio. Como a la mayoría de los
integrantes de su equipo, le gustaba la idea de que cerrase
la clínica, y que trasladasen a algún sanatorio distante los
pocos pacientes que quedaban. Dentro de un mes ella y sus
colegas regresarían a las universidades de donde habían
salido temporariamente. Ninguno de ellos había sido afectado
todavía por las ausencias; que hubiese sucumbido solamente
Franklin parecía doblemente cruel, y confirmaba todas las
viejas sospechas acerca de ese médico díscolo. Franklin había
sido el primer psiquiatra de la NASA en identificar la
enfermedad del tiempo, en ver el sentido de las ausencias
originales de los astronautas.
Pensativa ante el panorama que se le presentaba a
Franklin, consiguió esbozar una sonrisa conciliatoria. --Dice
usted que habló con coherencia. ¿Qué dijo?
--Balbuceó algo acerca de unos campos verdes. --Franklin
estaba detrás del escritorio con la vista clavada en el cajón
abierto que los ojos suspicaces de la doctora Vaisey no
alcanzaban a ver.-- Estoy seguro de que los veía de verdad.
--¿Un recuerdo de la infancia? Pobre hombre, al menos
parece feliz, no importa donde esté verdaderamente.
--¡Rachel...! --Franklin metió el cajón en el
escritorio.-- Trippett miraba el desierto a los lados de la
carretera: allí no hay nada más que piedras, polvo y unas
pocas palmeras moribundas, pero él veía campos verdes, lagos,
bosques de árboles. Debemos mantener abierta la clínica un
poco más. Siento que ahora tengo una oportunidad. Quiero
volver al principio y repensar todo.
Antes que la doctora Vaisey pudiera interrumpirlo,
Franklin había empezado a pasearse por la oficina, hablándole
al escritorio. --Tal vez las ausencias sean una preparación
para algo, y hayamos hecho mal en temerlas. Los síntomas se
han extendido tanto que estamos virtualmente frente a una
epidemia invisible que afecta a una persona de cada cien y
que quizá ha contagiado a otro cinco por ciento que todavía
no se ha dado cuenta. Eso, sin duda, es lo que ocurre aquí en
Nevada.
--Es el desierto... Desde luego, la topografía tiene que
ver con las ausencias. Le ha hecho daño a usted, Robert. A
todos nosotros.
--Más razón para quedarnos y enfrentarla. Escúcheme,
Rachel: estoy dispuesto a trabajar con los demás mejor que
antes. Esta vez seremos un verdadero equipo.
--Eso es una concesión. --La doctora Vaisey habló sin
ironía.-- Pero es demasiado tarde, Robert. Usted ha probado
todo.
--No he probado nada... --Franklin apoyó una mano en la
enorme lente de la cámara perimetral, ocultando la figura
deforme que remedaba sus gestos desde el cristal. Lo habían
seguido todo el día reflejos distorsionados de sí mismo, como
si le estuvieran mostrando breves pasajes de una película
obscena en la que actuaría pronto. Ojalá hubiera dedicado más
tiempo a Trippett y menos a los grupos de voluntarios
compuestos por amas de casa y personal de la fuerza aérea.
Pero el viejo astronauta lo intimidaba, le tocaba los
sentimientos de culpa que le despertaba su complicidad con el
programa espacial. Como integrante del equipo de apoyo médico
había ayudado a poner en el espacio a los últimos
astronautas, y hecho posibles los vuelos de un año de
duración que habían desatado toda la plaga espacial y
quebrado el reloj de arena cósmico...
--¿Y Trippett? ¿Dónde lo va a esconder?
--No lo vamos a esconder. Su hija se ha ofrecido a
llevarlo con ella. Parece una chica razonable.
Dominada por la ansiedad, la doctora Vaisey se adelantó
y sacó la mano de Franklin de la lente de la cámara. --
Robert... ¿podrá arregláselas? Usted dice que lo cuidará su
mujer. Me gustaría que me permitiese conocerla. Podría
insistir...
Franklin pensaba en Trippett: la noticia de que el viejo
astronauta seguiría estando allí, probablemente viviendo en
Soleri II, le había dado esperanzas. El trabajo podría
continuar...
Sintió una necesidad repentina de quedarse solo en la
clínica vacía, de librarse de la doctora Vaisey, esa
neuróloga madura y bien intencionada, de mente cerrada y
mundo cerrado. Ella miraba a Franklin por encima del
escritorio, evidentemente sin saber bien qué hacer, los ojos
distraídos por las golondrinas doradas y plateadas que hacían
piruetas sobre las pistas del aeropuerto. La doctora Vaisey
había lamentado siempre su breve apasionamiento con Slade.
Franklin recordaba su último encuentro en la oficina de ella,
en el que Slade había sacado el pene y se había masturbado
delante de la mujer; luego había insistido en poner el semen
caliente en una platina. Por el ocular del microscopio la
doctora Vaisey había observado las mil réplicas de ese joven
psicótico nadando frenéticamente. Luego de diez minutos
comenzaron a claudicar. En una hora estaban todas muertas.
--No se preocupe, no tendré problemas. Marion conoce
exactamente mis necesidades. Y Slade estará cerca para
ayudarla.
--¿Slade? ¿Qué diablos...?
Franklin sacó el cajón central del escritorio. Con
cuidado, como quien manipula un explosivo, puso el altar ante
los ojos aterrados de la doctora Vaisey.
--Tómelo, Rachel. Es el plano de nuestro programa
espacial conjunto. Quizá le interese participar...

Después que se fue la doctora Vaisey, Franklin regresó a su
escritorio. Primero se sacó el reloj de pulsera y se masajeó
la piel en carne viva del antebrazo. Cada quince minutos
volvía la aguja del cronómetro a cero. Ese tic nervioso, un
espasmo temporal, era desde hacía tiempo objeto de bromas en
la clínica. Pero tras la aparición de una ausencia el tiempo
total acumulado le daba una medida razonablemente exacta de
su duración. Un mecanismo imperfecto: casi se alegraba al
pensar que pronto se libraría totalmente del tiempo.
Pero eso aún no era posible. Mientras se tranquilizaba
miró las últimas páginas del diario.

Junio 19--ausencias: 8:30 a 9:11 am; 11:45 a 12:27 am;
5:15 a 6:08 pm; 11:30 a 12:14 pm. Total: 3 horas.

Las sumas lo iban arrinconando. Junio 20: 3 horas 14
minutos; junio 21: 3 horas 30 minutos; junio 22: 3 horas 46
minutos. Le quedaba poco más de diez semanas si las ausencias
no dejaban de crecer, o si no encontraba la puerta por la que
Trippett había asomado brevemente la cabeza.
Franklin cerró el diario y volvió a mirar la lente de la
cámara perimetral. Curiosamente, nunca se había dejado
fotografiar por la máquina, como si los contornos de su
cuerpo constituyesen un terreno secreto cuyos códigos había
que mantener en reserva para facilitarle la última tentativa
de huida. De pie o recostados en la plataforma rotatoria, los
pacientes voluntarios habían sido fotografiados en una toma
continua que los transformaba en un paisaje de colinas y
valles ondulantes, no muy diferente del desierto que se
extendía allí afuera. ¿Podrían tomar una fotografía aérea de
los desiertos de Gobi y del Sahara, invertir el proceso y
reconstituir la inmensa figura de una diosa dormida, una
Afrodita nacida de un mar de dunas? Franklin se había
obsesionado con la cámara, y fotografiaba todo desde cubos y
esferas hasta tazas y platos y luego los propios pacientes
desnudos, con la esperanza de encontrar la dimensión de
tiempo encerrada en esos espacios ondulantes.
Hacía tiempo que los voluntarios se habían retirado a
las salas de enfermos terminales, pero sus fotografías
estaban todavía clavadas en las paredes: un dentista
jubilado, un sargento de policía integrante del destacamento
de Las Vegas, una peluquera de edad madura, una atractiva
madre de mellizos de un año de edad, un controlador de
tráfico aéreo de la base. Sus rasgos achatados y sus
anatomías deformes se parecían al embrollo pesadillesco que
veían todos los pacientes si se los despertaba
deliberadamente de sus ausencias mediante estimulantes
fuertes o choques eléctricos: formas legamosas en un mundo
elástico, vertiginoso y desagradable. Sin tiempo, un rostro
parecía desparramarse manchando el aire, y el cuerpo humano
se transformaba en un monstruo surrealista.
Para Franklin, y para las demás decenas de miles de
víctimas, las ausencias habían comenzado de la misma manera,
con momentos muy breves de distracción. Una pausa demasiado
larga en la mitad de una oración, un huevo revuelto
misteriosamente quemado, el sargento de la fuerza aerea que
le cuidaba el Mercedes molesto por su repentina falta de
educación: todo eso llevó a lapsos más largos de tiempo
perdido. Subjetivamente, no notaba interrupciones en la
corriente de la conciencia. Pero el tiempo se escurría
escapándose lentamente de su vida. Apenas el día anterior, se
había asomado a la ventana a mirar la hilera de autos
iluminados por el sol del atardecer; un instante después
afuera era de noche y el lugar de aparcamiento estaba vacío.
Todas las víctimas contaban la misma historia: citas
olvidadas, accidentes automovilísticos inexplicables,
criaturas sin atención rescatadas por la policía y los
vecinos. Las víctimas "despertaban" a medianoche en edificios
de oficinas vacíos, se descubrían en bañeras de agua
estancada, eran arrestadas por caminar sin respetar las
señales de tránsito, se olvidaban de alimentarse. En seis
meses sólo estarían conscientes durante la mitad del día,
tendrían miedo de manejar o de salir a la calle, y llenarían
desesperadamente todos los cuartos de relojes y de aparatos
para medir el tiempo. Una semana (mezcolanza de albas y
crepúsculos) pasaba como una exhalación. Al final del primer
año sólo estaban alerta unos pocos minutos por día, ya no
podían alimentarse ni cuidarse, y pronto entrarían en uno de
los tantos hospitales o sanatorios estatales.
El primer paciente de Franklin después que éste llegó a
la clínica fue un piloto de combate con quemaduras graves que
se había metido con su reactor por las puertas de un hangar.
El segundo fue el último de los astronautas, un antiguo
capitán naval llamado Trippett. El piloto pronto quedó fuera
de su alcance, sumido en un crepúsculo perpetuo, pero
Trippett había resistido, manteniéndose lúcido durante unos
pocos minutos diarios. Franklin había aprendido mucho de
Trippett, el último hombre en caminar por la luna y el último
hombre en luchar contra las ausencias: hacía tiempo que todos
los primeros astronautas se habían retirado a un mundo
intemporal. Los cientos de conversaciones fragmentarias, y la
misteriosa culpa que Trippett compartía con sus colegas y
que, como a ellos, lo llevaba a llorar en sueños,
convencieron a Franklin de que había que buscar el origen de
la epidemia en el propio programa espacial.
El hombre, al salir de su planeta y partir hacia el
espacio exterior, había cometido un crimen evolutivo, había
violado las normas que regían su inquilinato del universo, y
las leyes del tiempo y el espacio. Tal vez el derecho a
viajar por el espacio perteneciese a otra categoría de seres,
pero por ese delito recibía un castigo tan indudable como el
que sufriría cualquiera que intentase desconocer las leyes de
la gravedad. Las vidas desdichadas de los astronautas
mostraban, por cierto, todos los signos de un creciente
sentido de culpa. La reincidencia en el alcoholismo, el
silencio y el pseudomisticismo, y los trastornos mentales,
insinuaban angustias profundas ante el problema de la
legitimidad moral y biológica de la exploración espacial.
Por desgracia, la enfermedad no sólo afectaba a los
astronautas. Cada lanzamiento espacial había dejado su huella
en las mentes de las personas que habían observado las
expediciones. Cada vuelo a la luna y cada viaje alrededor del
sol era un trauma que les torcía la percepción del tiempo y
del espacio. Su propia expulsión del planeta de origen
mediante el uso de fuerza bruta había sido un acto de
piratería evolucionaria, por el que los echaban ahora del
mundo del tiempo.

Franklin fue el último en salir de la clínica, preocupado por
sus recuerdos de los astronautas. Se había quedado sentado en
su escritorio dentro del laboratorio silencioso, el dedo en
el cronómetro, esperando la ausencia vespertina. Pero la
ausencia no se había producido: tal vez su alegre estado de
ánimo tras la salida en auto con Trippett la había desviado.
Mientras atravesaba el aparcamiento de autos miró hacia la
base aérea abandonada. A doscientos metros de la torre de
control, sobre la pista de cemento, había una joven con un
delantal atado alrededor de la cintura, perdida en una
ausencia. A poco más de medio kilómetro de distancia había
otras dos mujeres en el centro de la enorme pista de carga.
Todas pertenecían al pueblo cercano. Al oscurecer, esas
mujeres de las pistas salían de sus hogares y de sus casas
rodantes y vagaban por la base aérea, mirando el crepúsculo
como esposas de astronautas olvidados que esperaban la vuelta
de sus maridos desde las mareas del espacio.
La aparición de esas mujeres tenía siempre un efecto
perturbador sobre Franklin, que debió obligarse a poner en
marcha el auto. Mientras viajaba hacia Las Vegas el desierto
presentaba un aspecto casi lunar a la luz del anochecer.
Nadie iba ahora a Nevada, y la mayor parte de la población
local se había marchado hacía mucho tiempo, asustada por las
molestas perspectivas del desierto. Cuando llegó a su casa el
crepúsculo se filtraba a través de la bruma color cereza que
cubría los viejos casinos y hoteles, recuerdo espectral de la
noche eléctrica.
A Franklin le gustaba ese abandonado lugar de juego. Los
otros médicos vivían a pocos minutos en auto de la clínica,
pero Franklin había escogido uno de los moteles semivacíos de
los suburbios del norte de la ciudad. Por las noches, después
de visitar a sus escasos pacientes en las casas de retiro,
solía pasear en auto por el silencioso Strip, bajo las
fachadas crepusculares de los enormes hoteles, y vagar
durante horas bajo las sombras, entre las piscinas vacías.
Esa ciudad de sueños agotados, que alguna vez se había
jactado de no contener relojes, parecía estar ahora sufriendo
ella misma una ausencia.
Mientras aparcaba en el patio delantero del motel, notó
que faltaba el auto de Marion. El departamento del tercer
piso estaba vacío. El televisor, puesto al lado de la cama,
funcionaba en silencio para una montaña de textos de medicina
que Marion le había sacado de los estantes y para un cenicero
tan desbordado como la boca del Vesubio. Franklin puso los
vestidos en perchas y los guardó en el ropero. Mientras
contaba las nuevas quemaduras de cigarrillo que había en la
alfombra, pensó en el notable desorden que Marion podía
producir en unas pocas horas, tanto en la casa como en lo
demás. Sus ausencias ¿serían verdaderas o simuladas? A veces
sospechaba que ella, casi a sabiendas, remedaba los deslices
temporales, en un esfuerzo por entrar en la única región
donde Franklin estaba libre de ella, a salvo de toda su
frustración por haber vuelto a su lado.
Franklin salio al balcón y miró hacia la piscina vacía.
Marion tomaba a menudo baños de sol desnuda sobre el piso de
cemento, y quizá la había atrapado allí la ausencia. Escuchó
el zumbido de un avión liviano que daba vueltas alrededor de
los hoteles distantes, y se enteró por el geólogo jubilado
del departamento contiguo que Marion había salido en el auto
apenas unos minutos antes de su llegada.
Mientras arrancaba se dio cuenta de que su ausencia
vespertina aún no se había producido. Marion ¿habría visto
sus faros acercándose por el desierto, y decidido de pronto
desaparecer en la noche oscura de los hoteles del Strip? Ella
había conocido a Slade en Houston hacía tres años, y en esa
ocasión él había intentado persuadirla de que intercediese
ante Franklin. Ahora parecía que él la cortejaba desde el
cielo, por motivos que ella probablemente no alcanzaba a
entender. Hasta aquella primera relación había sido parte de
la esmerada cacería que Slade practicaba sobre Franklin.
No se veía más el avión; había desparecido sobre el
desierto. Franklin se metió con el auto por el Strip,
entrando y saliendo de los patios de los hoteles. En un
aparcamiento vacío vio uno de los fantasmas del crepúsculo,
un hombre de edad madura vestido con un raído smoking, un
croupier o un cardiólogo jubilado que volvía a esos
armatostes soñadores. Sorpendido en la mitad del pensamiento,
miró sin ver hacia un letrero de neón apagado. No muy lejos,
entre las mesas polvorientas de la piscina, había una joven
de caderas fuertes, la figura escultural transformada por la
ausencia en una musa de Delvaux.
Franklin se detuvo para ayudarlos, si fuera posible para
despertarlos antes de que se congelasen en la fría noche del
desierto. Pero al bajar del auto vio que los faros se
reflejaban en la hélice quieta de un pequeño avión detenido
sobre el Strip.
Slade se asomó desde la cabina del aparato; a la luz de
los faros su piel blanca era de un marfil enfermizo. Todavía
andaba desnudo, y llamaba por señas, con gran familiaridad, a
una mujer hermosa vestida con un abrigo de prostituta que
inspeccionaba juguetonamente la cabina. La invitaba
ofreciéndole el asiento estrecho, como un conductor de antes
tratando de seducir a una transeúnte.
Admirando a Slade por su valor para usar el cielo como
medio para abordar a su mujer, Franklin echó a correr. Slade
había tomado a Marion de la cintura e intentaba meterla en la
cabina.
--¡Suéltela, Slade! --A veinte metros de ellos, Franklin
tropezó en un neumático abandonado. se detuvo a recuperar el
aliento, y entonces brotó de la oscuridad un ruido de motor
que se arrojó sobre él: el mismo trompetazo metálico que
había oído esa mañana en el desierto. El avión de Slade
corría por el Strip, rebotando con las ruedas en el cemento,
la hélice iluminada por los faros delanteros del auto.
Franklin cayó de rodillas y el avión se ladeó para
esquivarlo; luego se elevó bruscamente y se alejó en el
cielo.
El aire excitado se agitaba alrededor de Franklin,
persiguiendo a Slade. Franklin se levantó, tapándose la cara
con las manos para protegerla del polvo. La oscuridad se
había llenado de hojas de hélice que giraban. De la noche
salían retorciéndose unos lazos plateados, imágenes de la
hélice que se arrojaban desde la estela que había dejado el
avión.
Aturdido todavía por el violento ataque de la máquina,
Franklin oyó cómo se perdía el zumbido sobre el desierto.
Observó el despliegue con que su retina había transformado
las calles sombrías. Sobre su cabeza giraban unas espirales
de plata que desaparecían entre los hoteles, resplandeciente
senda de vuelo que casi podía tocar con las manos. Se afirmó
contra el duro cemento que tenía bajo los pies y volvió a
seguir a su mujer, que escapaba de él entre las piscinas
vacías y los aparcamientos desiertos de la ciudad recién
iluminada.

--Pobrecito... ¿no lo viste? Voló directamente hacia ti.
¿Robert...?
--Claro que lo vi. Si no fuera por eso no creo que
estuviese ahora aquí.
--Pero tú te quedaste allí inmóvil, totalmente
hipnotizado. Sé que él siempre te ha fascinado, pero eso es
llevar las cosas demasiado lejos. Si esa hélice hubiera...
--Fue un pequeño experimento --dijo Franklin--. Quería
ver qué era lo que trataba de hacer.
--¡Trataba de matarte!
Franklin estaba sentado en el borde de la cama, mirando
las quemaduras de cigarrillo en la alfombra. Habían llegado
al departamento hacía quince minutos, pero él estaba todavía
tratando de tranquilizarse. Pensaba en la hélice que había
girado devorando la oscuridad. Postergada toda la tarde, su
ausencia había comenzado en el momento en que tropezaba en el
neumático, y había durado casi una hora. Por motivos
personales, Marion fingía que la ausencia no había ocurrido,
pero Franklin tenía la piel helada al despertar. ¿Qué habían
estado haciendo ella y Slade durante el tiempo perdido? A
Franklin no le costaba nada imaginarlos juntos en el auto de
Marion, o hasta en la cabina del avión, bajo la mirada ciega
del marido. Eso le agradaría a Slade, y lo pondría en el
estado de ánimo justo para asustar a Franklin en el momento
de despegar.
Por la puerta abierta Franklin miró el cuerpo desnudo de
su mujer dentro del cubo blanco del cuarto de baño. En la
jabonera humeaba un ciagarrillo mojado. En los muslos y las
caderas de Marion había racimos de pequeñas magulladuras,
marcas de una lucha estilizada. Un día, pronto, cuando ella
se vaciase de tiempo, los contornos de esos pechos y esos
muslos emigrarían a las paredes bruñidas, tan serenas como
las dunas y los valles de las fotografías perimetrales.
Marion se sentó ante la mesa del tocador y espió por
encima del hombro empolvado con cierta preocupación. --¿Te
pondrás bien? A mí me cuesta mucho enfrentarme conmigo misma.
¿Aquello no fue un ataque...?
--Claro que no. --Hacía meses que fingían que ninguno
estaba afectado por las ausencias. Marion necesitaba la
ilusión, más en el caso de Franklin que en el suyo.-- Pero
quizá yo no sea siempre inmune.
--Robert, si alguien es inmune ese alguien eres tú.
Piensa en ti, en lo que siempre has querido: estar solo en el
mundo, sólo tú y esos hoteles vacíos. Pero cuídate de Slade.
--Me cuido. --Como al pasar, Franklin agregó:-- Quiero
verlo de nuevo. Arregla una entrevista.
--¿Qué? --Marion volvió a mirar al marido por encima del
hombro, la lente de contacto izquierda atrapada debajo del
párpado.-- Sabes, andaba desnudo.
--Eso vi. Es parte de su código. Slade está tratando de
decirme algo. Me necesita, de un modo especial.
--¿Te necesita? No, no te necesita, créeme. Si no fuera
por ti habría ido a la luna. Le quitaste eso, Robert.
--Y puedo devolvérselo.
--¿Cómo? ¿Van ustedes a iniciar un programa espacial
propio?
--Ya lo hemos iniciado en cierto modo. Pero de verdad
necesitamos tu ayuda.
Franklin se quedó esperando una respuesta, pero Marion
siguió extasiada ante el espejo, la caja de las lentes de
contacto en una mano, separando los párpados con los dedos.
Fundida con su propio reflejo en el vidrio manchado por los
dedos, parecía que estaba disparándole al sol con un sextante
en miniatura, buscando su rumbo en esa ciudad de espejos
vacíos. Recordó el último mes que habían pasado juntos en
Cabo Kennedy después del fin, el largo viaje en auto por la
costa muerta de la Florida. El programa espacial había
expresado todo su fracaso mediante esa mezcla terminal de
hoteles y edificios de departamentos abandonados,
arquitectura tan críptica como los códigos de un idioma
geométrico descartado. Recordó la sangre de Marion
derramándose en el lavatorio desde las palmas de las manos
cortadas, y las disputas constantes que nacían del aire.
Pero curiosamente ésos habían sido días felices,
colmados por los vivificantes estímulos de su enfermedad.
Había soñado con la promiscuidad de ella, con los insanos
favores que concedía a camareras y a mozos de hotel. Regresó
solo de Miami, descansando al lado de las piscinas de los
hoteles vacíos, recordando los éxtasis de los aparcamientos
abandonados. En cierto modo ese viaje había sido su primer
experimento con el tiempo y el espacio, colocando ese cuerpo
y esa mente desdichada en una serie de cuartos de baño y
piscinas, observándola con los amantes en los esquemáticos
aparcamientos de coches, emociones suspendidas en esas
telarañas abstractas del espacio.
Afectuosamente, Franklin apoyó las manos en los hombros
de Marion, sintiendo la conocida piel pegajosa de las
ausencias. Le acomodó las manos de ella en la falda y luego
le sacó la lente de contacto del globo del ojo, cuidando de
no cortarle la córnea. Franklin le sonrió a ese rostro
descolorido, contando las pequeñas cicatrices y manchas que
le habían aprecido alededor de la boca. Como todas las
mujeres, Marion nunca temía verdaderamente las ausencias:
aceptaba el mito popular de que durante esos períodos de
ausencia temporal el cuerpo se negaba a envejecer.
Sentado al lado de ella en el taburete, Franklin la
abrazó con suavidad. Le sostuvo los pechos en las palmas de
las manos, siguiendo durante un momento las curvaturas
resbaladizas. A pesar de todo el cariño que sentía por
Marion, no tendría más remedio que usarla en su duelo con
Slade. Los planos de los muslos y los hombros de ella eran
segmentos de una pista de despegue secreta por la que algún
día volaría hacia su seguridad.

Julio 5
No fue uno de mis mejores días. Cinco ausencias largas,
cada una de más de una hora. La primera comenzó a las 9,
mientras iba por detrás de la piscina hacia el auto. De
pronto me encontré de pie en el fondo: la luz del sol
era más fuerte, y el viejo geólogo me miraba con cara de
preocupado. ¡Marion le había pedido que no me molestase
porque yo estaba meditando! En el futuro tendré que
acordarme de usar un sombrero, la luz del sol me produjo
una erupción viral en los labios. Marion usa eso como
pretexto para no besarme, no se da cuenta de lo ansiosa
que está por irse de aquí, no podrá seguir fingiendo que
no existen las ausencias durante mucho tiempo. ¿Supondrá
que yo de algún modo tengo planes para explorar su
sexualidad exacerbada?
Esas ausencias largas son extrañas, por primera vez
desde el ataque del aeroplano tengo un vago recuerdo del
tiempo muerto. La geometría de aquella piscina vacía
actuaba como un espejo, el cielo parececía haberse
llenado de soles. Quizá Marion sabía lo que hacía cuando
iba allí a tomar baños de sol. ¿Deberé descender por esa
oxidada escalera de cromo a una nueva clase de tiempo?
Total de tiempo perdido: 6 horas 50 minutos.

Julio 11
Hoy sufrí una ausencia peligrosa, y lo que puede haber
sido otro intento homicida por parte de Slade. Casi me
maté viajando en auto a la clínica, y me cuesta pensar
en volver allí. La primera ausencia se produjo a las
8:15 de la mañana, sincronizada con la de Marion: ésa es
ahora nuestra única actividad conyugal. Debo haber
empleado una hora en abrir la puerta del baño, mientras
la miraba a ella inmóvil bajo la ducha. Sobre el cielo
raso y las paredes, hasta sobre el aparcamiento de
autos, allá afuera, parecían extenderse unas curiosas
imágenes residuales, partes de la anatomía de ella. Por
primera vez sentí que no era imposible estar despierto
durante las ausencias. Un mundo fantástico, el cambio
espacial percibido con independencia del tiempo.
Excitado por todo esto, salí hacia la clínica,
ansiando hacer algunas pruebas en la cámara perimetral.
Pero después de haber andado poco más de un kilómetro
debo haber salido de la carretera, pues me encontré en
el aparcamiento de un hipermercado abandonado, rodeado
por una multitud de rostros que me miraban. En realidad
eran maniquíes como los que se ven en las tiendas. De
pronto se oyó una andanada de disparos, y volaron por
todas partes brazos y cabezas de fibra de vidrio. Slade
jugando de nuevo, esta vez con una ametralladora
instalada en el techo del hipermercado. Seguramente me
había visto allí desamparado y me había puesto los
maniquíes alrededor. La gente intemporal, los únicos
miembros del homo sapiens cuando todos nos hayamos ido,
esperando aquí con sonrisas idiotas el primer visitante
estelar.
¿Cómo hace Slade para reprimir las ausencias? ¿La
violencia, lo mismo que la pornografía, será algo así
como una especie de sistema de apoyo evolucionario, un
último recurso para introducir un nuevo naipe en el
juego? La preferencia generalizada por la pornografía
significa que la naturaleza nos está alertando acerca de
alguna amenaza de extinción. Entre paréntesis, sigo
pensando en Ursula... Total de tiempo perdido: 8 horas
17 minutos.

Julio 15
Debo salir más a menudo de este motel. Como curioso
producto lateral de las ausencias, estoy perdiendo todo
sentido de la urgencia. Me he quedado aquí tres días
sentado, mirando tranquilamente cómo se me escapaba el
tiempo entre los dedos. Lo que casi me convence de que
las ausencias son buenas, signo de que está a punto de
producirse un inmenso salto biológico, provocado por los
vuelos espaciales. O simplemente se trata de que tengo
la mente paralizada por el miedo...
Esta mañana me obligué a salir a la luz del sol.
Anduve despacio en auto por Las Vegas, buscando a Marion
y pensando en los vínculos que existen entre el juego y
el tiempo. Uno podría imaginar un mundo en el que la
longitud de cada intervalo temporal dependiese del azar.
Tal vez los derrochadores que llegaban a Las Vegas
andaban más cerca de la verdad de lo que creían. El
"tiempo de reloj" es un invento neuropsicológico, una
vara de medir limitada al homo sapiens. El viejo perro
perdiguero del geólogo que vive en la puerta de al lado
tiene obviamente un sentido del tiempo diferente, lo
mismo que las cigarras de la orilla de la piscina. Hasta
los materiales de mi cuerpo y los niveles inferiores de
mi cerebro tienen un sentido del tiempo muy diferente
del que tiene mi corteza cerebral, ese huésped no
invitado que llevo dentro del cráneo.
¿Simultaneidad? Es posible imaginar que todo ocurre
al mismo tiempo, que todos los acontecimientos "pasados"
y "futuros" que constituyen el universo tienen lugar a
la vez. Quizá nuestro sentido del tiempo sea una
estructura mental primitiva que heredamos de nuestros
menos inteligentes antepasados. Para el hombre
prehistórico la invención del tiempo (un brillante salto
conceptual) fue una manera de clasificar y almacenar la
inmensa catarata de acontecimientos que le había abierto
su cerebro incipiente. Como a un perro que entierra un
hueso grande, la invención del tiempo le permitió
postergar el reconocimiento de un sistema de
acontecimientos tan grande que no lo podría entender de
un solo bocado.
Si el tiempo es una estructura mental primitiva que
hemos heredado, deberíamos recibir con alegría su
atrofia, abrazar las ausencias... Total de tiempo
perdido: 9 horas 15 minutos.

Julio 25
Todo anda cada vez más despacio, tengo que hacer un
esfuerzo para acordarme de comer y de ducharme. Es
bastante agradable, no siento miedo aunque me quedan
sólo seis o siete horas de tiempo consciente por día.
Marion va y viene, literalmente no tenemos tiempo para
conversar. Un día pasa con la rapidez de una tarde.
Durante el almuerzo miraba un álbum fotográfico de mi
madre y mi padre, y un retrato formal de bodas de Marion
y yo, y de pronto fue de noche. Siento una extraña
nostalgia por los amigos de la infancia, como si fuera a
verlos por primera vez, una premonición del pasado. Veo
cómo el pasado cobra vida en el polvo del balcón, en las
hojas secas del fondo de la piscina, parte de un inmenso
granero de tiempo pasado cuyas puertas podemos abrir con
la llave indicada. Nada es más viejo que lo muy nuevo:
un bebé al nacer, mientras le está saliendo la cabeza
del cuerpo de la madre, tiene los rasgos lisos, gastados
por el tiempo, de un faraón. Todo el proceso de la vida
consiste en descubrir el pasado inmanente contenido en
el presente.
Al mismo tiempo siento una creciente nostalgia por
el futuro, un recuerdo del futuro que ya he vivido pero
que de algún modo he olvidado. En nuestras vidas
tratamos de repetir esos acontecimientos significativos
que ya han ocurrido en el futuro. Al envejecer sentimos
cada vez más nostalgia de nuestras propias muertes, por
las que ya hemos pasado. Del mismo modo, tenemos una
premonición cada vez más fuerte de nuestros nacimientos,
que están a punto de producirse. En cualquier momento
podemos nacer por primera vez. Total de tiempo perdido:
10 horas 5 minutos.

Julio 29
Slade ha estado aquí. Sospecho que ha andado entrando al
departamento mientras yo sufría las ausencias. Esta
mañana tuve un misterioso recuerdo de alguien en el
dormitorio: cuando salí de la ausencia de las 11 había
una curiosa imagen residual, casi una presencia
pentecostal, una mancha vagamente biomorfa que flotaba
en el aire como una fotografía tomada con la cámara
perimetral. Habían sacado mi pistola del cajón de la
mesa del tocador y la habían puesto sobre mi almohada.
Hay un pequeño diagrama dibujado con pintura blanca en
el dorso de mi mano izquierda. Una especie de imagen
críptica, una clave geométrica.
Slade ¿habrá estado leyendo mi diario? Esta tarde
alguien pintó el mismo dibujo en el piso inclinado de la
piscina y en la grava del aparcamiento de autos. Tal vez
todo eso forme parte de los juegos serios que Slade
practica con el tiempo y el espacio. Está tratando de
reanimarme, de obligarme a salir del departamento, pero
las ausencias no me dejan más de dos horas seguidas de
tiempo consciente. No soy el único afectado. Las Vegas
está casi desierta, nadie sale de su casa. El viejo
geólogo y su mujer se pasan todo el día sentados en el
dormitorio, en sendas sillas de respaldo recto colocadas
a los lados de la cama. Les di una inyección de
vitaminas, pero están tan delgados que no durarán mucho
más. La policía y los servicios de ambulancias no
contestan. Marion ha salido otra vez, a recorrer los
hoteles del Strip en busca de señales de Slade. Sin duda
piensa que sólo él puede salvarla. Total de tiempo
perdido: 12 horas 35 minutos.

Agosto 12
Rachel Vaisey vino a verme hoy, preocupada por mí y
frustrada por no encontrar aquí a Marion. La clínica ha
cerrado, y ella está a punto de irse al este. Extraña
pantomima, caminamos tiesamente durante diez minutos.
Estaba evidentemente desconcertada por mi aspecto
tranquilo, a pesar de la barba y de los pantalones
manchados de café, y no dejaba de mirar el dibujo blanco
que yo tenía en la mano y las figuras similares que
había en el cielo raso del dormitorio, en el
aparcamiento de coches allá afuera y hasta en una parte
de un pequeño edificio de departamentos a medio
kilómetro de distancia. Ahora soy el foco de un inmenso
enigma geométrico que irradia de mi mano izquierda, sale
por la ventana abierta y se extiende sobre Las Vegas y
el desierto.
Sentí alivio cuando ella se fue. El tiempo común -
-llamado "tiempo real"-- parece ahora totalmente irreal.
Con su existencia discreta, su conciencia puntillosa,
Rachel me recordaba una figura animada de un cuadro del
Hombre Temporal en un museo antropológico del futuro. A
pesar de eso, cuesta ser demasiado optimista. Ojalá
estuviera aquí Marion. Total de tiempo perdido: 15 horas
7 minutos.

Agosto 21
Ahora sólo quedan unos pocos lapsos de conciencia que
apenas duran una hora como mucho. El tiempo parece
continuo, pero los días pasan en un borrón de amaneceres
y crepúsculos. Como casi sin pausa para no morirme de
hambre. Sólo espero que Marion pueda cuidarse sola,
aparentemente no ha andado por aquí durante semanas...

...la pluma chasqueó en la mano de Franklin. Cuando despertó
se encontró caído sobre el diario. En la alfombra, alrededor
de sus pies, había hojas arrancadas. Durante su ausencia de
dos horas había tenido lugar allí una lucha violenta, sus
libros estaban desparramados alrededor de una lámpara
volcada, había marcas de tacos en la ceniza de cigarrillo que
cubría la alfombra. Franklin se palpó los hombros lastimados.
Alguien lo había agarrado mientras él estaba allí sumido en
una ausencia, y tratando de hacerlo revivir le había
arrancado el reloj de la muñeca.
Del cielo llegó un ruido conocido. El motor de un avión
liviano martilleó por encima de los edificios más cercanos.
Franklin se levantó, protegiéndose los ojos del vívido aire
del balcón. Miró cómo el avión describía un círculo por
encima de las calles próximas y luego apuntaba hacia él. De
la hélice caían gotas de luz derretida que salpicaban el
motel con platino líquido, una tintura retiniana que
convertía en plata el polvo de la calle.
El avión pasó por delante de donde él estaba, rumbo al
norte de Las Vegas, y vio que Slade había reclutado un
pasajero. Detrás del piloto desnudo, rodeándole la cintura
con las manos, iba sentada una mujer rubia vestida con un
andrajoso abrigo de piel. La mujer miró a Franklin con cara
de soñadora asustada.
El avión microliviano se alejó y Franklin regresó al
cuarto de baño. Juntó coraje y miró la figura cetrina y
barbuda que había en el espejo, un fantasma de sí mismo.
Partes de su mente ya emigraban hacia la apacible geometría
de las paredes del cuarto de baño. Pero por lo menos Marion
estaba todavía viva. ¿Habría tratado de interceder mientras
Slade lo atacaba? Se percibía en el aire la débil imagen de
una mujer herida...
Las Vegas estaba desierta. De vez en cuando, mientras
iba en el auto, veía una cara gris asomada a una ventana, o
una manta colocada sobre dos pares de rodillas en un balcón.
Todos los relojes se habían detenido, y si no fuera por el
que llevaba en la muñeca ya no podría enterarse de cuánto
habían durado las ausencias, o en qué momento empezaría la
siguiente.
Conduciendo a la prudente velocidad de quince kilómetros
por hora, Franklin se detenía cada siete u ocho kilómetros y
esperaba hasta que se descubría allí sentado con el motor
frío. El dial de la temperatura era ahora su reloj. Llegó a
la base aérea casi al mediodía. La clínica estaba en
silencio, el sitio de aparcamiento vacío. A través de las
borrosas líneas demarcatorias crecían las malezas, una vacía
hoja de informes abandonada por esos desdichados psiquiatras
y sus ahora desaparecidos pacientes. Franklin entró en el
edificio y caminó por las salas y los laboratorios desiertos.
El equipo de los colegas había sido despachado, pero cuando
abrió la puerta de su propio laboratorio descubrió las cajas
de mudanza donde las había dejado.
Delante de la cámara perimetral, sobre el disco
giratorio, había un colchón de goma. Al lado, un cenicero
desbordado de colillas que habían quemado las planchas de
madera.
Era evidente que Slade había empleado su talento en un
tipo especial de fotografía: la pornografía circular. Detrás
de la cámara se veía una galería de inmensas copias
fotográficas clavadas a las paredes. Esos extraños paisajes
parecían imágenes aéreas de un desierto convulsionado por una
serie de terremotos titánicos, como si una era geológica
estuviese pariendo otra nueva. Surcaban las fotos zanjas y
grietas alargadas; los contornos eran muy parecidos a los que
habían subsistido en el departamento después de las duchas de
Marion.
Pero una segunda geometría cubría la primera, una
musculatura curtida y agresiva que él había visto sostenida
por el viento. El avión estaba aparcado delante de la
ventana, la cabina y el asiento del pasajero vacíos a la luz
del sol. Detrás del escritorio de la oficina de Franklin
estaba sentado un hombre desnudo, los anteojos de volar sobre
la frente. Mientras lo miraba, Franklin entendió por qué
Slade había aparecido siempre desnudo.
--Entre, doctor. Dios es testigo de todo lo que ha
tardado usted en llegar aquí.
Slade sopesó en una mano el reloj de pulsera de
Franklin, evidentemente decepcionado por la figura andrajosa
que tenía delante. Había sacado el cajón central del
escritorio, y jugaba con el altar de Franklin. A los objetos
originales Slade había agregado una pequeña pistola cromada.
Descartó el reloj de pulsera y lo arrojó en el cesto de los
papeles.
--No creo que eso siga siendo verdaderamente parte de
usted. Usted es un hombre sin tiempo. Me he mudado a su
oficina, Franklin. Véala como mi centro de control de
misiones.
--Slade... --De pronto Franklin sintió náuseas, el aviso
de que estaba a punto de embestirlo la siguiente ausencia. El
aire pareció cerrarse a su alrededor. Sosteniéndose con las
manos del marco de la puerta, resistió la tentación de
abalanzarse sobre el cesto de los papeles.-- Marion está aquí
con usted. Necesito verla.
--Pues véala... --Slade señaló las fotografías
perimetrales.-- Estoy seguro de que la reconoce, Franklin. La
ha usado durante los últimos diez años. Por eso ha entrado
usted en la NASA. Usted ha estado hurtando de la misma manera
a su mujer y a la agencia, robando las piezas para su máquina
espacial. Hasta yo le he ayudado.
--¿Ayudado...? Marion me contó que...
--¡Franklin!
Slade se levantó furioso, haciendo caer la pistola
cromada al suelo. Se pasó las manos con torpeza por las
costillas cubiertas de cicatrices, como si se estuviera
obligando a respirar. Mientras lo miraba, Franklin llegó casi
a creer que Slade había contenido las ausencias mediante un
simple esfuerzo de voluntad, una ira sostenida contra las
mismísimas dimensiones del tiempo y el espacio.
--Esta vez, doctor, no podrá usted atarme a la tierra.
¡Si no fuera por usted habría caminado por la luna!
Franklin miraba la pistola tirada al lado de sus pies,
sin saber cómo calmar a ese maníaco.
--Slade, si no fuera por mí usted estaría como los
demás. Si hubiera volado con las tripulaciones espaciales
estaría como Trippett.
--Estoy como Trippett. --Tranquilo de nuevo, Slade se
acercó a la ventana y miró hacia las pistas de aterrizaje
vacías.-- Me llevo al viejo, Franklin. Irá conmigo al sol. Es
una pena que usted no venga. Pero no se preocupe, ya
encontrará la manera de salir de las ausencias. Cuento con
eso, en realidad.
Fue del otro lado del escritorio y levantó la pistola
del suelo. Mientras Franklin se ladeaba, Slade le tocó la
frente cada vez más fría con el arma.
--Voy a matarlo, Franklin. No ahora sino al final,
cuando entremos en esa última ausencia. Trippett y yo
estaremos viajando al sol, y usted... usted morirá para
siempre.

Pasaron quince minutos, a lo sumo, antes de la siguiente
ausencia. Slade había desaparecido, llevándose el avión al
cielo. Franklin miró el laboratorio silencioso, escuchando el
aire vacío. Recogió el reloj de pulsera del cesto de los
papeles y salió. Cuando llegó al aparcamiento, buscando su
coche entre el laberinto de líneas diagonales, el paisaje
desértico que rodeaba la base aérea se parecía a las
fotografías perimetrales de Marion y Slade. Las colinas
ondeaban y resplandecían, ecos excitados de ese singular acto
sexual, remedando cada caricia.
El sol ya le estaba evaporando la humedad del cuerpo. Le
picaba la piel, en un ataque de urticaria. Salió de la
clínica y atravesó en auto el pueblo, aminorando la velocidad
para esquivar al propietario de la gasolinera, la mujer y el
hijo, que estaban en el centro de la carretera. Miraban como
ciegos hacia la bruma, como quien espera el último coche del
mundo.
Partió hacia Las Vegas, tratando de no mirar las colinas
circundantes. Las barrancas se acariciaban unas a otras, las
torres de piedra ondulaban como si la propia tierra estuviese
en el lecho nupcial. Exacerbado por su propia transpiración y
por las exudantes colinas, Franklin apuró el acelerador,
llevando la velocidad del auto a sesenta kilómetros por hora.
Todo el mundo mineral parecía resuelto a vengarse de él. La
luz que salía de las vetas de cuarzo expuestas y de los
oxidados cuencos de radar instalados en las cimas de las
colinas le apuñalaban las retinas. Franklin clavó los ojos en
la línea divisoria de la carretera, que cada vez se perdía a
mayor velocidad entre las ruedas del auto, soñando con Las
Vegas, esa polvorienta Samarkanda.
Entonces el tiempo, delante de sus ojos, volvió a dar un
paso al costado.

Al despertar se encontró tendido bajo el tapizado roto del
techo interior del auto volcado, asomando las piernas por el
parabrisas destrozado. Quebradas las cerraduras, las puertas
abiertas colgaban sobre su cuerpo en una nube de polvo
perezoso. Franklin apartó los asientos arrancados que le
habían caído encima y salió del auto. Del radiador fracturado
salía una débil columna de vapor, y las últimas gotas del
refrigerante se derramaban en la alcantarilla del viejo
sistema de irrigación donde había caído el auto. El líquido
azul formó un pequeño charco y, mientras lo miraba, se hundió
en la arena.
En el cielo, sobre su cabeza, giraba una cometa
solitaria, pero el paisaje estaba vacío. A menos de un
kilómetro de distancia se extendía la cinta alquitranada de
la carretera. Al sufrir él la ausencia el coche se había
salido de la ruta, describiendo un amplio círculo entre los
matorrales y volcando al saltar sobre la primera zanja de
irrigación. Franklin se limpió la arena del rostro y de la
barba. Había estado inconsciente durante casi dos horas, en
parte a causa del golpe y en parte a causa de la ausencia, y
la luz áspera del mediodía había echado a todas las sombras
de la tierra arenosa. Los suburbios del norte de Las Vegas
estaban a quince kilómetros de distancia, demasiado lejos
para ir caminando, pero las cúpulas blancas de Soleri II se
alzaban al pie de las montañas al oeste de la carretera, a
poco más de tres kilómetros del otro lado del desierto. La
luz del sol tocó uno de los cuencos inclinados, y vio el
parpadeo metálico de los espejos solares.
Aturdido todavía por el choque, Franklin dio la espalda
a la carretera y echó a andar por la calzada entre las zanjas
de irrigación. Había avanzado sólo cien metros cuando se
hundió hasta las rodillas. La arena se licuaba alrededor de
sus pies, le chupaba los zapatos como si ansiara arrancarle
las ropas de la espalda y exponerlo al sol.
Entreteniéndose en un juego personal con Franklin, el
sol cambiaba de lugar en el cielo. Las ausencias se
presentaban ahora a intervalos de quince minutos. Se encontró
apoyado contra una oxidada bomba de agua. Del suelo olvidado
brotaban unas tuberías enormes. Su propia sombra se escondía
detrás de él, refugiándose bajo sus talones. Franklin rechazó
con un ademán la cometa que giraba allá arriba. No le
resultaba nada difícil imaginar al pájaro posado en su hombro
y merendándole los ojos mientras él estaba perdido en una
ausencia. Le quedaban todavía casi dos kilómetros para llegar
a los espejos solares, pero la luz potente le hería las
retinas. Si pudiera llegar a la torre, subir algunos
escalones y hacer señas con un trozo de vidrio, tal vez
alguien...
...el sol trataba otra vez de engañarlo. Más confiada
ahora, su sombra había salido de abajo de sus talones y
resbalado con suavidad por el suelo pedregoso, sin temer a
ese vacilante espantapájaros que vivía cada paso como una
ordalía. Franklin se sentó en el polvo. Se tendió de costado
y se palpó las ampollas de los párpados, bolsas de linfa que
casi le habían cerrado las órbitas. Unas ausencias más y
moriría allí mismo, perdería simultáneamente la sangre, la
vida y el tiempo.
Se levantó y buscó el equilibrio contra el aire. Las
montañas ondulaban a su alrededor, todos los cuerpos de mujer
que había conocido copulando y concibiendo juntos ese mundo
mineral a donde él iría a morir.
A trescientos metros de distancia, entre él y los
espejos solares, una palmera solitaria inclinaba su verde
parasol. Franklin se adelantó con cautela a través de la
extraña luz, nervioso ante ese espejismo. Mientras avanzaba
apareció una segunda palmera, luego una tercera y una cuarta.
Había un resplandor de aguas azules, la tranquila superficie
del charco de un oasis.
Su cuerpo se había entregado, los pesados brazos y
piernas que le salían del tronco se habían metido en la
ausencia siguiente. Pero su mente había luchado hasta
liberarse dentro del cráneo. Franklin sabía que aunque ese
oasis fuese un espejismo, era un espejismo que él podía ver,
y que por primera vez estaba consciente durante una ausencia.
Se impulsaba por ese suelo arenoso como quien maneja un
autómata torpe, un sonámbulo a medio despertar que se
aferraba al charco azul que tenía delante de los ojos. Habían
aparecido más árboles, bosquecillos de palmeras que bajaban
las frondas hasta la superficie vítrea de un lago serpentino.
Franklin avanzó cojeando, sin prestar atención a las dos
cometas que flotaban en el cielo sobre su cabeza. El aire
estaba henchido de luz, a su alrededor se apiñaba un diluvio
de fotones. Apareció una tercera cometa, a la que se
agregaron casi instantáneamente media docena más.
Pero Franklin miraba el valle verde que se extendía allí
delante, el bosque de palmeras que daba sombra a un
archipiélago de lagos y charcos alimentados por arroyos
frescos que bajaban de las colinas circundantes. Todo parecía
sereno y al mismo tiempo vívido, la tierra joven vista por
primera vez, un sitio donde las dulces aguas calmarían y
mitigarían los males de Franklin. Dentro de ese valle fértil
todo se multiplicaba sin esfuerzo. Abrió los brazos y cayeron
de ellos una docena de sombras, proyectadas por los doce
soles que tenía sobre la cabeza.
Hacia el final, mientras intentaba por última vez llegar
al lago, vio que se acercaba una joven caminando. Avanzaba
entre las palmeras con ojos preocupados, ciñéndose la cintura
con las manos, como quien busca a un niño o a un padre
anciano que se ha extraviado en el desierto. Mientras
Franklin le hacía señas con la mano apareció al lado de ella
la hermana gemela, otra joven de rostro serio que caminaba
con la misma cautela. Detrás de las dos aparecieron otras
hermanas que caminaban entre las palmeras como escolares que
acaban de salir de clase, concubinas de un pabellón
refrescado por el lago. Franklin se arrodilló ante ellas y
esperó a que esas mujeres lo encontrasen y lo sacasen del
desierto y lo llevasen a los prados del valle.

El tiempo, en un fugaz acto de bondad, regresó a Franklin. Él
estaba en una habitación abovedada, detrás de una galería
oscurecida por un techo de vidrio. Por entre las rejas veía
las torres y las terrazas de departamentos de Soleri II, cuya
arquitectura de cemento se alzaba ante la luz como un hombro
tranquilizador. Del otro lado de la plaza había un viejo
sentado en una terraza. El viejo, aunque profundamente
dormido, se mantenía alerta por dentro, y movía rítmicamente
las manos dirigiendo con alegría una orquesta de piedras y
matas de creosota.
Franklin se alegró de ver al viejo astronauta. Trippett
se pasaba todo el día sentado en la silla, dirigiendo el
desierto según un invisible repertorio de música. De vez en
cuando sorbía un poco de agua que le llevaba Ursula, y luego
volvía a su coloquio con el sol y con el polvo.
Vivían los tres solos en Soleri II, en esa vacía ciudad
de un futuro sin tiempo. Sólo el reloj pulsera de Franklin y
su incansable segundero los unía al mundo del pasado.
--Doctor Franklin ¿por qué no lo tira? --preguntó Ursula
mientras le daba de comer en la boca la sopa que preparaba
todas las mañanas en el hogar solar de la plaza--. Ya no lo
necesita. No hay tiempo que medir.
--Lo sé, Ursula. Supongo que es una especie de vínculo,
una línea telefónica abierta a un mundo que estamos
abandonando. Por las dudas...
Ursula le levantó la cabeza y le limpió la arena de la
almohada. A la muchacha le quedaba ahora una sola hora
diaria, y el trabajo doméstico tenía muy poca importancia en
su vida. A pesar de eso, su cara ancha y su cuerpo abundante
expresaban todos los mitos de la niña maternal. Había visto a
Franklin vagando por el desierto mientras sufría una ausencia
en la galería, en las primeras horas de la tarde.
--Lamento no haberlo encontrado, doctor. Había cientos
de usted, el desierto estaba cubierto de moribundos, una
especie de ejército perdido. No supe a cuál escoger.
--Me alegro de que hayas venido, Ursula. Te vi como una
multitud de escolares soñadoras. Hay tanto que aprender...
--Usted puso las cosas en marcha, doctor. Lo supe hace
meses, cuando trajimos aquí a papá en auto. Hay tiempo
suficiente.
Los dos rieron, mientras del otro lado de la plaza el
viejo dirigía las arenas orquestales. Tiempo suficiente,
cuando de lo que más deseaban escapar era del tiempo.
Franklin tomó a la joven de la muñeca y le midió el pulso
sereno, esperando impaciente la siguiente ausencia. Miró
hacia el valle árido que se extendía allá abajo, los espejos
poblados de nubes de la granja solar y la torre tan oxidada
como su crujiente cuenco colector. ¿Dónde estaban esos
palmares y esos lagos mágicos, los dulces arroyos y los
prados de donde habían salido las serias y hermosas mujeres
para salvarlo del peligro? Todo eso había comenzado a
regresar durante las ausencias posteriores a su recuperación,
pero no tan vívidamente como cuando lo había visto desde el
suelo del desierto en las horas posteriores al accidente. Sin
embargo, cada ausencia le había permitido vislumbrar ese
mundo verdadero, y los arroyos volvían a correr y a llenar
los lagos.
Desde luego, Ursula y el padre veían cómo florecía el
valle: una selva tan densa y tan vívida como la del Amazonas.
-Ursula, ¿tú ves los árboles, los mismos que vio tu
padre?
--Los veo a todos, y también veo millones de flores.
Nevada es ahora un jardín maravilloso. Nuestros ojos están
haciendo florecer todo el estado. Una flor hace florecer el
desierto.
--Y un árbol se convierte en una selva, y una gota de
agua en todo un lago. El tiempo nos quitó todo eso, Ursula,
aunque durante un breve período los primeros hombres y
mujeres tal vez vieron el mundo como un paraíso. ¿Cuándo
aprendiste a ver?
--Cuando traje aquí a mi padre, después que cerraron la
clínica. Pero todo empezó cuando veníamos en el auto. Luego
volvimos a donde están los espejos. Me ayudaron a abrir los
ojos. Papá ya los tenía abiertos.
--Los espejos solares... yo también tendría que haber
vuelto allí.
--Slade lo esperó, doctor. Lo esperó durante meses.
Ahora a él casi se le ha acabado el tiempo: creo que sólo le
alcanza para un vuelo más. --Ursula limpió la arena de la
sábana. A pesar de la llamarada amazónica durante las
ausencias, entraban en el departamento nubes de polvo,
arenoso recuerdo de un mundo diferente. La muchacha escuchó
el viento silencioso.-- No importa, doctor, hay tantas
puertas. Para nosotros fueron los espejos, para usted fue esa
extraña cámara y el cuerpo de su mujer durante el acto
sexual.
Ursula se calló, y miró la galería con ojos
repentinamente vacíos de tiempo. Tenía la mano abierta, y
dejaba caer la arena entre los dedos separados como un niño
que trata de atrapar el aire brillante. Sonriendo a todo lo
que la rodeaba, intentó hablar con Franklin, pero los sonidos
que emitía se parecían a los gorjeos de un bebé.
Franklin le tomó las manos frías, contento de estar con
ella durante la ausencia. Le gustaba oír esos murmullos. El
llamado "lenguaje articulado" era un artefacto del tiempo.
Pero el bebé que balbuceaba, y esa joven, hablaban con la
lucidez de lo intemporal, la misma lucidez que otros trataban
de alcanzar mediante el delirio o el daño cerebral. Los
bebés, en su media lengua, les hablaban a las madres de ese
reino de maravillas del que acababan de ser expulsados.
Ansioso por entender a Ursula, la alentaba. Pronto entrarían
juntos en la luz, en esa última ausencia que los libraría del
mundo de las apariencias.
Esperó a que las agujas se multiplicasen en la esfera de
su reloj, segura señal de la próxima ausencia. En el mundo
verdadero, fuera del reloj, la simultaneidad sustituía al
tiempo consecutivo. El ojo, como una cámara con el obturador
indefinidamente abierto, percibía un objeto en movimiento
como una serie de imágenes separadas. La figura de Ursula
caminando mientras buscaba a Franklin, había dejado atrás un
ciento de réplicas de ella misma, había sembrado el aire con
una multitud de gemelas idénticas. Vistas desde el coche en
movimiento, las pocas palmeras deshilachadas de la orilla de
la carretera se habían multiplicado sobre la pantalla de la
mente de Trippett, la misma selva de palmeras que Franklin
había percibido al atravesar el desierto. Los lagos habían
sido las imágenes multiplicadas del agua de aquella tibia
piscina de motel, y los arroyos azules eran el refrigerante
de motor que salía del radiador de su coche volcado.
Durante los días siguientes, después que dejó la cama y
empezó a moverse por el departamento, Franklin abrazó las
ausencias con alegría. Cada día perdía otros dos o tres
minutos. En unas pocas semanas el tiempo dejaría de existir.
Pero ahora se mantenía despierto durante las ausencias, y
podía explorar ese suburbio vacío de la ciudad radiante. Lo
había liberado el sueño ambiguo que lo había sustentado
durante tanto tiempo, la visión de su mujer con Slade, luego
copulando con las colinas circundantes en esa última
infidelidad con el reino mineral y hasta con el tiempo y el
espacio.
Por las mañanas miraba cómo se bañaba Ursula en la
plaza, debajo de su balcón. Mientras ella se paseaba
alrededor de la fuente, secándose bajo una docena de soles,
Soleri II parecía colmada de mujeres desnudas que se bañaban
en una ciudad de cascadas, un harén que superaba todas las
fantasías infantiles de Franklin.
Al mediodía, durante unos pocos minutos finales de
tiempo, Franklin se miró en el espejo del armario. Lo
perturbó la continua presencia de su cuerpo, los brazos y las
piernas como varas, una colección de huesos descartados al
pie del reloj. Al comenzar la ausencia, alzó los brazos y
llenó la habitación de réplicas de sí mismo, una procesión de
hombres alados, todos vestidos con sus armaduras de
coronación. Libre del tiempo, la luz se fortaleció y le
cubrió la piel con láminas y láminas de oro. Confiado, sabía
ahora que la muerte era nada más que una falla del tiempo, y
que si moría sería sólo de una manera pequeña e
insignificante. Mucho antes de que muriesen, él y Ursula se
convertirían en los habitantes del sol.

Era el último día del tiempo pasado, y el primer día de la
eternidad.
Franklin despertó en la habitación blanca sintiendo en
los hombros los golpes de Ursula. La muchacha exhausta estaba
tendida sobre su pecho, sollozando con la cara apoyada en los
puños. Levantó el reloj pulsera de Franklin y lo apretó
contra la frente de él.
--...despierte, doctor. Vuelva aunque sea una vez...
--Ursula, me estás cortando...
--¡Doctor! --Aliviada de verlo despierto, la muchacha se
estregó las lágrimas de la frente.-- Es papá, doctor.
--¿El viejo? ¿Qué pasa? ¿Ha muerto?
--No, no muere. --Ursula sacudió la cabeza y luego
señaló hacia la terraza vacía del otro lado de la plaza.-- Ha
estado aquí Slade. ¡Se ha llevado a papá!
La muchacha se inclinó contra el espejo mientras
Franklin se vestía y, tambaleante, buscaba un sombrero para
protegerse del sol, escuchando el ruidoso motor del avión
microliviano de Slade. El aparato estaba detenido en el
camino de mantenimiento cerca de la granja solar, y la luz
reflejada por la hélice llenaba el aire de cuchillos. Desde
su llegada a Soleri Franklin no había visto nunca a Slade, y
esperaba que se hubiese ido llevándose a Marion. Ahora el
ruido y la violencia del motor destrozaban el nuevo mundo que
había construido con tanto cuidado. En sólo unas pocas horas
él y Ursula escaparían del tiempo para siempre.
Franklin se apoyó en el borde del lavatorio, sin poder
reconocer la figura monástica que lo miraba fijamente desde
el espejo. Ya se sentía agotado por el esfuerzo de enfrentar
ese pequeño segmento de tiempo consciente, un adulto obligado
a entretenerse con un frenético juego infantil. Durante las
últimas tres semanas el tiempo se le había estado reduciendo
con rapidez creciente. Todo lo que quedaba era un único y
breve período de unos pocos minutos diarios, útil solamente
para alimentarse él y la muchacha. Ursula había perdido
interés en cocinar para ellos, y se dedicaba a pasear por las
galerías y las terrazas de la ciudad, profundamente sumida en
sus ausencias.
Consciente de que ambos perecerían si él no vencía las
ausencias, Franklin se obligaba a meterse en la cocina. En
las tardes cálidas el vapor que salía de la sopera pronto
transformaba la ciudad solar en una isla de nubes. Poco a
poco le enseñaba a Ursula a comer, a conversar y a
responderle incluso durante las ausencias. Había un nuevo
idioma que aprender, oraciones cuyos sustantivos y verbos
estaban separados por días, sílabas donde las vocales eran
señaladas por las fases del sol y de la luna. Ése era un
idioma ajeno al tiempo, a cuya gramática daban forma los
pechos de Ursula que él sostenía en las manos, la geometría
del departamento. El ángulo entre dos paredes se convertía en
un mito homérico. Él y Ursula se comunicaban por balbuceos,
amantes que conversaban entre los tránsitos lunares en el
idioma de los pájaros, de los lobos y de las ballenas. Desde
el principio, la relación sexual de ellos había alejado todos
los temores de Franklin. La amplia figura de Ursula se puso a
prueba finalmente en las ausencias. La naturaleza la había
preparado para un mundo sin tiempo, y él descansaba entre
esos pechos como Trippett cuando dormía en sus propios
prados.
Ahora estaba de vuelta en un reino de luz áspera y
pespectivas rígidas, el reloj de pulsera en la mano, la marca
de ese reloj en la frente.
--Ursula, trata de no seguirme.
En la entrada de la ciudad, la tranquilizó contra el
pórtico, frotándole en las manos cada vez más frías unos
segundos adicionales. Si los dos salían al desierto, pronto
sucumbirían bajo el calor de aquel sol colérico y solitario.
Como todas las cosas, el sol necesitaba sus acompañantes,
necesitaba deshacerse del tiempo...
Cuando Franklin comenzaba a atravesar el desierto, el
motor del avión microliviano comenzó a barrenar el aire con
toda su potencia, se ahogó y tartamudeó hasta enmudecer.
Slade bajó de la cabina, sin mostrar interés en la proximidad
de Franklin. Seguía desnudo, excepto por los anteojos, y
tenía la piel blanca cubierta de cardenales y llagas
producidas por el sol, como si el propio tiempo fuese una
plaga contagiosa de la que ahora intentaba escapar. Hizo
girar la hélice, gritándole al motor ahogado. Sujeto al
asiento del pasajero había un viejo canoso, un espantapájaros
metido dentro de una chaqueta de aviador demasiado grande.
Evidentemente sin ver el vívido relámpago de la hélice,
Trippett subía y bajaba las manos, un prestidigitador que
manipulaba trozos de luz y de aire.
--¡Slade! ¡Suelte al viejo!
Franklin corrió hacia el sol. Su próxima ausencia
comenzaría en unos minutos, dejándolo expuesto a la hipnótica
violencia de la hélice de Slade. Cayó de rodillas contra el
espejo más cercano mientras el motor arrancaba con estruendo.
Satisfecho, Slade se apartó de la hélice, sonriéndole al
viejo astronauta. Trippett se inclinó en el asiento, ansiando
que comenzase el vuelo. Slade le palmeó la cabeza, y luego
estudió el paisaje circundante. En su rostro enjuto había por
primera vez una expresión serena, como si él aceptase ahora
la lógica del aire y de la luz, de la hélice vibrante y el
viejo feliz que llevaba en el asiento del pasajero. Mientras
lo miraba, Franklin supo que Slade estaba retrasando el vuelo
hasta último momento, para que él despegase rumbo a su propia
ausencia. Cuando volasen hacia el sol, él y el viejo
astronauta regresarían al espacio en su eterno viaje a las
estrellas.
--¡Slade, queremos que el viejo se quede aquí! ¡Usted no
lo necesita ahora!
Slade arrugó el ceño al oír el grito de Franklin, esa
voz ronca que salía de los espejos vacíos. Se alejó de la
cabina y rozó el ala de estribor con el hombro quemado por el
sol. Retrocedió, y se le cayó en la arena la pistola cromada.
Antes de que pudiese recogerla, Franklin se levantó y
corrió entre las hileras de espejos. Vio allá arriba su
propio reflejo en el cuenco colector, un inválido tambaleante
que acababa de robar el cielo. Hasta Trippett lo había
advertido, y retozaba en el asiento, alentando a ese
equilibrista lunático. Franklin llegó al último de los
espejos, pasó a horcajadas por encima de la plancha metálica
y caminó hacia Slade limpiándose el polvo de los pantalones.
--Ha llegado tarde, doctor. --Slade sacudió la cabeza,
impaciente con el aspecto de abandono que mostraba Franklin.-
- Toda una vida tarde. Vamos a partir ahora mismo.
--Deje a Trippett... --Franklin trató de hablar, pero se
le trababa la lengua.-- Yo ocuparé su lugar...
--No estoy de acuerdo, doctor. Además, anda por ahí
Marion. --Señaló hacia el desierto.-- La dejé en las pistas
para usted.
Franklin se tambaleó en el aire cada vez más brillante.
Trippett seguía dirigiendo la hélice, impaciente por unirse
al cielo. Las sombras se duplicaban saliendo de los talones
de Slade. Franklin se apretó la herida de la frente,
obligándose a permanecer en el tiempo lo suficiente como para
llegar al avión. Pero ya estaba comenzando la ausencia, la
luz barnizaba todo lo que lo rodeaba. Slade era un ángel
desnudo, sujeto al vidrio coloreado del aire.
--¿Doctor? Conseguí salvar... --Slade lo llamó por
señas, y el brazo se fabricó una réplica alada. Mientras
caminaba hacia Franklin su cuerpó comenzó a desarmarse. Unos
ojos aislados miraban a Franklin, unas bocas gesticulaban en
la luz vívida. Las pistolas plateadas se multiplicaban.
Como libélulas, flotaron en el aire alrededor de
Franklin hasta mucho después de haberse elevado el avión en
el cielo.

El cielo se llenó de hombres alados. Mientras Franklin andaba
entre los espejos el avión se multiplicó en el aire y pobló
el cielo de flotas interminables. Ursula se acercó a
buscarlo, atravesando el desierto desde las puertas de la
ciudad solar acompañada por todas sus hermanas. Franklin
esperó a que ella llegase hasta donde estaba él, alegrándose
de que hubiese aprendido a alimentarse. Sabía que pronto
tendría que abandonarla a ella y a Soleri II, y partir en
busca de su mujer. Contento ahora de haberse librado del
tiempo, abrazó la gran ausencia. Toda la luz del universo
había llegado allí para saludarlo, una inmensa congregación
de partículas.
Franklin gozaba con la luz, como gozaría cuando
regresase a la clínica. Después del largo viaje a pie a
través del desierto, llegó finalmente a la base aérea vacía.
Por las noches se sentaba en el techo, sobre las pistas, y
recordaba su viaje en auto con el viejo astronauta. Allí
descansaba, aprendiendo el lenguaje de los pájaros, esperando
a que su mujer saliese de las pistas y le llevase noticias
del sol.


Título original: "News from the Sun"
Del libro Myths of the Near Future
(c) J. G. Ballard 1982
Traducción de Marcial Souto


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