EL NIÑO QUE FUE A MENOS por Alejandro Dolina






La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
-¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
-Tissot.
-No sé, señorita.
-Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó
aquello el día anterior.
-Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales.
Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algún modo misterioso. Es extraño el
camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se piensa.
-Núñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manyaorejas,
piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñaz y pronuncia el nombre amado. Frezza
está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar.
De pronto, la maestra lo mira.
-Frezza.
Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira
hacia el banco y de la morocha y dice casi triunfal:
-No lo sé.
Si es que nadie lo sabe, estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye
entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
-¡Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto
elegante y generoso.
Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá
un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.

Ahora me enganché, mando la siguiente :-)

UNA PELEA
Me empujaron a la salida. Hubo un tumulto blanco y después de una rápida
investigación, quedé frente a frente con Carlos.
-¿Qué empujás?
Se formó una rueda. Alguien gritó:
-Fajálo...
Niñas aterrorizadas se sumaron al grupo.
Carlos se puso muy colorado. Manos crueles lo empujaron hacia mí.
Tito, falso caudillo y sujeto temido, me dijo:
-Dale... ¿O le tenés miedo?
Entonces le acomodé una piña y ahora ya sé que soy cobarde.

Saludos de Diego Papic...



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