La arquitectura de los moteles por J. G. BALLARD
La sospecha de que había alguien oculto en el solarium
coincidió con la llegada de la joven mecánica de
reparaciones. La presencia de esa chica elegantemente
uniformada pero aburrida, que le hacía resonar la maleta
metálica alrededor de la silla de ruedas, le alteraba tanto
los nervios que al principio no intentó buscar al intruso. El
comportamiento agresivo de ella, los interminables silbidos
que profería mientras limpiaba las pantallas de los
televisores, y el creciente interés que demostraba hacia él,
diferían de todo lo que Pangborn había tenido que enfrentar
hasta ese momento.
Las mujeres uniformadas enviadas por la empresa para
mantener los servicios del solarium se habían destacado por
el silencio y la eficiencia. Haciendo un balance de los doce
años que había pasado en el solarium, a Pangborn le costaba
recordar un rostro. En realidad, era la ausencia de todo tipo
de identidad personal lo que les permitía a las jóvenes
realizar esas tareas íntimas. Pero antes que se cumpliese una
hora de su primera visita, la nueva recluta había conseguido
dañar el control de sintonía de la pantalla principal y
alterar a Pangborn con su mirada taciturna. Si no fuera por
esa censura vaga y perturbadora Pangborn habría identificado
mucho antes al intruso, y eludido las extrañas consecuencias
posteriores.
Había estado sentado en la silla en el centro del solarium,
bañándose en la cálida luz artificial que caía por las
aberturas del cielo raso y mirando la escena de la ducha de
la película Psicosis en la pantalla principal. La maestría de
ese tour de force nunca dejaba de asombrar a Pangborn. Había
proyectado la secuencia cientos de veces, detenido cada
cuadro para explorarlo de cerca, grabado por separado partes
de la acción para verlas en la docena de pantallas menores
que rodeaban la pantalla principal. La extraordinaria
correspondencia entre la geometría de la ducha y la anatomía
del cuerpo de la mujer asesinada parecía contener la clave
del verdadero significado de todo lo que había en el mundo de
Pangborn, de la relación no declarada entre su propia
musculatura y el inmaculado universo de cromo y cristal del
solarium. En los momentos más impetuosos Pangborn se
convencía de que ese trozo de película que repetía sin cesar
contenía en algún sitio las fórmulas secretas de su
inquilinato del espacio y el tiempo.
Tan absorto había estado en el misterioso clímax de la
secuencia --la cara de la actriz apretada contra la
cuadrícula rectilínea del suelo embaldosado-- que al
principio no prestó atención al ruido leve de una respiración
cercana, al olor casi conocido de un ser humano.
Pangborn giró en la silla de ruedas, esperando encontrar
a alguien detrás, tal vez a uno de los repartidores que
abastecían la cocina y los tanques de combustible del
solarium. Después de vivir doce años totalmente solo Pangborn
había descubierto que sus sentidos eran suficientemente
agudos como para detectar la presencia de una mosca
solitaria.
Congeló la película en las pantallas de los televisores
e hizo girar la silla, dándoles la espalda. La habitación
circular estaba vacía, lo mismo que el baño sin cortina y la
cocina.
Pero el aire se había movido, allí detrás había latido
un corazón, habían respirado unos pulmones.
En ese momento giró una llave en el vestíbulo, la puerta
de vidrio fue cerrada de golpe por una aspiradora llevada
torpemente, y Vera Tilley hizo su primera aparición.
A pesar de toda esa intimidad con la imagen electrónica de la
actriz cinematográfica desnuda, hacía más de diez años que
Pangborn no miraba a la cara a una mujer verdadera. Alterado
todavía por el sospechado intruso, miró cómo la joven
uniformada dejaba caer la aspiradora en la alfombra y se
ponía a hurgar en la caja de herramientas. Apenas si tendría
veinte años, con el pelo rubio desordenado metido debajo de
la gorra y un maquillaje excéntrico aplicado a una boca y a
unos ojos que ya de por sí eran grandes. Llevaba en la solapa
una placa identificatoria: bajo el emblema de la empresa
estaba el nombre "Vera Tilley" y una fotografía de ella
mirando la cámara mientras hacía un puchero descarado.
Ahora miraba a Pangborn y el solario de la misma manera
provocativa.
--Cuando esté preparada puede continuar --le dijo
Pangborn--. Estoy ocupado por el momento.
--Ya veo. --La muchacha observó el conjunto de las
pantallas, las inmensas ampliaciones de los ojos muertos de
la actriz rodeados como un retablo electrónico por las partes
cuantificadas del cuerpo en las pantallas menores. Echó una
ojeada irónica a la acolchada silla anatómica de Pangborn y
dijo:-- ¿Está cómodo ahí arriba? ¿No puede hacer algo por
ella? --Golpeteó con una uña sucia en el tablero de mandos
del brazo de la silla.-- Tiene botones suficientes para parar
el mundo.
Sin prestarle atención, Pangborn hizo girar la silla y
volvió a concentrarse en las pantallas. Durante la hora
siguiente, mientras seguía analizando la secuencia de la
ducha, no dejó de pensar en el intruso. Era evidente que
ahora no había nadie oculto en el solarium, pero la presencia
de ese visitante misterioso podía estar de algún modo
relacionada con la extraña joven. Casi estaba dispuesto a
creer que ella era un nuevo tipo de terrorista urbano.
Escuchó cómo se movía en la cocina, reparando el equipo y
volviendo a poner las provisiones en los distribuidores
automáticos de alimentos. De vez en cuando modulaba sus
silbidos una nota irónica.
Cuando terminó de limpiar el baño regresó al solarium y
se interpuso entre Pangborn y las pantallas. Pangborn le olió
su propia colonia en las muñecas.
--Hora de apagar el sistema de vida asistida --dijo de
buen humor--. ¿Puede sobrevivir cinco minutos sin aparatos?
Pangborn esperó impaciente mientras ella sacaba uno por
uno los televisores de la pared y les afinaba los controles.
Mientras observaba a esa joven trabajando, arrodillada
delante de él en la alfombra, se sintió extrañamente
vulnerable. La respiración, las pantorrillas rollizas, la
tosca vitalidad de ese cuerpo le hicieron desear que no fuese
necesario el mantenimiento del solarium. Había sido célibe
durante los últimos quince años, y esos sentimientos confusos
lo perturbaban. Prefería las seguras realidades de las
pantallas de los televisores a las ficciones incesantemente
raras de la vida cotidiana. Al mismo tiempo Vera Tilley lo
intrigaba. Volvió a pensar en el intruso.
--Hasta la semana próxima -- dijo la muchacha mientras
él le firmaba la planilla de trabajo. Ella cerró la maleta
mirándolo con cierta preocupación--. ¿No se cansa nunca de
ver esas viejas películas? Debería salir de vez en cuando. Si
alguna vez lo necesita, mi hermano tiene un taxi.
Pangborn la despidió con un ademán, los ojos fijos en la
imagen ampliada del suelo del baño y los extraños contornos
de las mejillas de la actriz. Pero al abrirse la puerta
gritó: --Oiga, quiero hacerle una pregunta... cuando usted
llegó, ¿había alguien esperando afuera?
--Sólo si era invisible. --Desconcertada por el tono de
Pangborn, deliberadamente casual, Vera Tilley sopesó la
maleta en la mano robusta, como si fuera a sacar el
destornillador y ajustarle el control de imagen excesivamente
activo.-- Aquí está usted solo, señor Pangborn. Quizá vio un
fantasma...
Después que ella se fue Pangborn se recostó en la silla y
recorrió los programas vespertinos de la televisión pública.
Con ese estilo chapucero, la muchacha había sintonizado mal
la pantalla principal, moteada ahora por una interferencia
intermitente, pero esta vez Pangborn consiguió no prestarle
atención. Apagó el sonido y observó las docenas de programas
que pasaban en silencio.
De nuevo, inconfundiblemente, volvió a sentir la
presencia de alguien cerca. En el aire flotaba la voz tenue
de otro ser humano, el rastro de un cuerpo desconocido. En el
solarium había un olor raro pero no desagradable. Pangborn
dejó las pantallas y recorrió con la silla de ruedas la
habitación, inspeccionando la cocina, la sala y el baño. Veía
que no había nadie en el solarium, pero al mismo tiempo
estaba convencido de que alguien lo observaba.
La chica, Vera Tilley, lo había perturbado de un modo
inesperado. Toda la experiencia de Pangborn, los años pasados
delante de las pantallas de los televisores, no lo habían
preparado ni siquiera para el más breve de los encuentros con
una mujer verdadera. Lo que en otra época habría recibido el
nombre de mundo "real", las tranquilas calles allá afuera,
las propiedades privadas de cientos de solariums similares,
no hacía ningún esfuerzo por inmiscuirse en su mundo privado,
y nunca había sentido la necesidad de defenderse de él.
Al mirarse el cuerpo se dio cuenta de que había estado
desnudo durante la visita de la muchacha. Bañado en la
incesante luz del solarium, hacía años que había dejado de
usar hasta el slip. Tan distantes y anónimas eran las
mecánicas que habitualmente enviaba la empresa que no sentía
pudor cuando ellas andaban cerca.
Pero Vera Tilley le hizo tomar conciencia de sí mismo
por primera vez. Ella sin duda se había dado cuenta de cómo
lo había excitado. Tratando de no pensar en ella, Pangborn
enderezó el respaldo de la silla y se concentró en las
pantallas de televisión que tenía delante. Tranquilizado por
la luz cálida que le recorría el cuerpo bronceado, apagó los
canales públicos y volvió al análisis de Psicosis. La
geometría de la actriz desnuda desplomada en el suelo de la
ducha, resultaba una inagotable fuente de interés, como la
más abstracta de todas las músicas, y en unos pocos minutos
pudo inclinar el respaldo de la silla: había olvidado a Vera
Tilley y al misterioso intruso.
Durante los doce años que llevaba viviendo en el
solarium Pangborn nunca había salido de la habitación
inundada de luz, y últimamente casi ni siquiera había salido
de la silla. En los breves minutos diarios que se veía
obligado a pasar de pie en el baño se sentía extrañamente
pesado e incómodo: su cuerpo era una desgarbada masa de
musculatura superflua, suspendida en la débil armadura de sus
huesos como por obra de un mal escultor. Recostado en la
silla, le costó creer que la figura elegante y bronceada
proyectada por la cámara monitor en las pantallas que tenía
delante era el mismo inválido tembloroso que lo había mirado
desde el espejo del baño. En lo posible, Pangborn no salía de
la silla; se impulsaba hasta la cocina y se preparaba las
comidas sentado, rehaciedose de algún modo un pequeño mundo
dentro del universo privado del solarium.
Ese ámbito esférico en el que parecía haber pasado toda
la vida, dormido y despierto, le colmaba ahora todas las
necesidades, tanto físicas como psicológicas. La habitación
era al mismo tiempo gimnasio y dormitorio, biblioteca y lugar
de trabajo (nominalmente Pangborn era crítico de televisión,
virtualmente la única ocupación, fuera de la de ingeniero de
mantenimiento, en una sociedad en la que todo lo demás lo
hacían las máquinas). Instalados en la pared trasera del
solarium había una serie de aparatos para hacer gimnasia que
Pangborn utilizaba durante una media hora diaria sin bajarse
de la silla.
El baño estaba también equipado con un gabinete especial
que contenía una variedad de aparatos sexuales, pero hacía
años que a Pangborn le repugnaba la idea de utilizarlos: lo
comprometían de un modo demasiado perturbador con las
realidades de su propio cuerpo. Sentía la misma resistencia
hacia los programas de mantenimiento psicológico que a todo
el mundo le aconsejaban poner en las pantallas de los
televisores durante por lo menos una hora diaria:
confrontaciones y reconciliaciones simuladas con los padres,
tests de inteligencia y de personalidad, y toda una serie de
juegos psicológicos, dramas de bolsillo en los que uno podía
interpretar el papel protagónico.
Pero Pangborn pronto se había aburrido del limitado
repertorio de esas charadas. La fantasía y la imaginación
siempre habían desempeñado un papel muy poco importante en su
vida, y sólo se sentía cómodo dentro de un marco de absoluto
realismo. El solarium era un estudio de televisión totalmente
equipado, en el que Pangborn era simultáneamente el
protagonista, el guionista y el director de una interminable
serie doméstica infinitamente más interesante que los
programas que ofrecían los canales públicos. Los boletines de
noticias se referían ahora de sus propios procesos
corporales, el ritmo cardíaco nocturno, las curvas de su
temperatura. Entre esas imágenes y el análisis de ciertos
pasajes fundamentales contenidos en su filmoteca, parecía
haber una relación profunda aunque misteriosa. La extraña
geometría que presidía a la actriz metida en la ducha
suministraba una clave de esa absoluta abstracción de sí
mismo que había buscado desde la llegada al solarium, la
construcción de un mundo formado totalmente con los
materiales de su propia conciencia.
Durante los días siguientes, la creciente percepción del
intruso que había entrado en el solarium interrumpió la paz
mental de Pangborn. Al principio atribuyó sus sospechas a la
llegada de Vera Tilley. Los cosméticos poderosamente
perfumados que usaba la joven habían liberado un recuerdo
reprimido de su madre y de su hermana, y de su breve y
fracasado matrimonio. Pero mientras estaba recostado en la
silla, analizando las ampliaciones cada vez más grandes de la
cara de la actriz apretada contra las baldosas del baño,
volvió a sentir la presencia, allí detrás, de un visitante
que nadie había invitado. Al bajar el sonido oía la
respiración irregular, hasta algún suspiro, como si ese
misterioso intruso se hubiese cansado de su vigilia secreta.
De vez en cuando Pangborn oía un crujido metálico a sus
espaldas, la tensión de un arnés de cuero, y detectaba el
tenue olor de otro cuerpo.
Dejando por una vez de prestar atención a las pantallas
de televisión, Pangborn inició una cuidadosa inspección del
solarium, comenzando por la sala y las alacenas de depósito.
Sacó las estanterías de cassettes, las cajas llenas de trajes
que no usaba desde hacía diez años. Satisfecho de no
encontrar ningún escondite en la sala, fue en la silla de
ruedas al baño y a la cocina, registró el botiquín y la
ducha, los estrechos espacios detrás del refrigerador y del
horno. Se le ocurrió que el intruso podía ser un pequeño
animal que se había metido en el solarium durante la visita
de una de las limpiadoras. Pero mientras estaba allí inmóvil,
en el silencio iluminado, oyó la respiración regular de un
ser humano.
Para el momento de la segunda visita de Vera Tilley
Pangborn estaba esperando en la puerta del solarium. Tenía la
esperanza de vislumbrar a alguien haraganeando allí afuera,
tal vez un cómplice del intruso. Ya sospechaba que podían ser
miembros de una pandilla dedicada a manipular las encuestas
de audiencia de la televisión.
--¡Me está pisando, señor Pangborn! ¿Qué ocurre? ¿No
quiere que venga hoy? --Empujando la puerta contra la silla
de ruedas, Vera miró a Pangborn desde arriba.-- En qué estado
está usted.
Pangborn dio marcha atrás hasta el centro del solarium.
El maquillaje de la muchacha parecía menos exagerado, como si
ella hubiese decidido mostrarle más de sí misma. De pronto,
al darse cuenta de que estaba desnudo, Pangborn sintió que la
piel le picaba incómodamente.
--¿Vio a alguien afuera? ¿Esperando en un coche o
mirando la puerta?
--Ya me preguntó eso mismo la semana pasada. --Sin hacer
caso del estado de agitación de Pangborn, Vera abrió la caja
de las herramientas y empezó a empalmar las partes de la
aspiradora.-- ¿Espera que venga alguien a quedarse?
--¡No! --La idea lo asombró. Lo agotaba hasta la
presencia de la joven. Recordó los ruidos de la respiración
detrás de la silla, y trató de tranquilizarse.-- Deje la
limpieza para más tarde y eche un vistazo a las antenas. Creo
que uno de los aparatos está sintonizando una extraña banda
de sonido, tal vez del estudio de al lado.
Pangborn esperó mientras ella trabajaba en los
televisores. Después la siguió por el solarium en la silla de
ruedas, mirando como limpiaba el baño y la cocina. Espió
entre las piernas de ella la ducha y el conducto de
eliminación de residuos, confirmando por sí mismo que no
había nadie escondido allí.
--Usted está completamente solo, señor Pangborn. Sólo
están usted y las pantallas de televisión. --Vera lo miró
preocupada mientras cerraba la maleta.-- ¿Ha estado usted
alguna vez en el zoológico, señor Pangborn?
--¿Qué...? Hay programas de vida silvestre que veo a
veces... --Pangborn esperó con impaciencia la partida de
Vera, aliviado de poder seguir con su trabajo. Al observar la
docena de pantallas de televisión, que la muchacha había
sintonizado con milimétrica precisión, se convenció de pronto
de que la idea del intruso había sido una ilusión generada
por la perturbadora presencia de esa joven.
Pero sólo unos pocos minutos después de la partida de la
muchacha Pangborn volvió a oír los sonidos del intruso a sus
espaldas, y el ruido de la respiración del hombre, que ahora
era más fuerte, como si hubiera decidido no ocultarle más su
presencia a Pangborn.
Dominándose, Pangborn hizo un inventario del solarium. Una
luz inmutable caía por las aberturas de vidrio en ese mundo
sin sombras, bañando la habitación en un resplandor casi
submarino. Había estado viendo de nuevo un programa de
películas dobladas: existía ahora un inmenso repertorio de
clásicos adaptados, en los que ni el argumento ni el diálogo
tenían nada que ver con los originales. Pangborn había estado
mirando una versión coloreada y doblada de Casablanca, ahora
una nueva película de enseñanza --en un curso de dirección de
hoteles-- sobre los escollos y las satisfacciones que ofrecía
la explotación de un club nocturno en el extranjero. Sin
prestar atención al diálogo trivial, Pangborn disfrutaba de
la elegante dirección, para la que no pasaba el tiempo,
cuando una falla en la pantalla principal comenzó a poner
verdes las caras de los personajes.
Pangborn apagó las pantallas de la pared, e iba a llamar
a la empresa de mantenimiento cuando oyó con nitidez los
sonidos de una respiración. Se quedó inmóvil en la silla,
escuchando el ritmo característico del aliento humano. Como
si se hubiera dado cuenta de que Pangborn lo estaba
escuchando, el intruso comenzó a respirar más pesadamente: la
respiración áspera y profunda de un hombre asustado.
Fríamente, Pangborn siguió dándole la espalda al
intruso, que estaba escondido en la sala o en el cuarto de
baño. No sólo oía sino que olía el miedo de ese hombre, el
olor vagamente conocido que había notado la semana anterior.
Por algún motivo estaba casi seguro de que el hombre no tenía
intención de atacarlo, y que sólo estaba tratando de escapar
del solarium. Quizá era un exhausto fugitivo de un acto de
justicia errónea, un paciente mental encarcelado sin razón.
Durante el resto de la tarde Pangborn simuló mirar las
defectuosas pantallas de televisión mientras planeaba
sistemáticamente un método para enfrentar al intruso. Ante
todo necesitaba establecer la identidad del hombre. Encendió
la cámara monitor que inspeccionaba el solarium y la programó
para que recorriese continuamente el baño, la cocina y la
sala.
Luego Pangborn se dedicó a prepar una serie de trampas.
Abrió la cerradura del botiquín del baño, marcando las
posiciones de la crema antiséptica y los apósitos. Luego de
una cena deliberadamente temprana dejó intactos un pequeño
bistec y un cuenco de ensalada. Puso una nueva pastilla de
jabón en la bandeja de la ducha y esparció una fina nube de
talco en la alfombra del baño.
Satisfecho, regresó a las pantallas de televisión y se
quedó despierto a medias hasta la madrugada, escuchando esa
débil respiración a sus espaldas mientras llevaba a cabo su
interminable análisis de la secuencia del crimen en Psicosis.
La muda e inmaculada unión de la piel de la actriz con los
blancos azulejos del baño, ampliada en un enorme primer
plano, contenía las fórmulas secretas que unían en alguna
parte a su propio cuerpo con la tela blanca y el cromo suave
de su cama anatómica.
Cuando despertó a la mañana siguiente volvió a oír la
respiración del intruso, tan descansada que ese misterioso
visitante parecía parte de la vida cotidiana en el solarium.
Desde luego, y tal como Pangborn esperaba, todas las modestas
trampas habían funcionado. El hombre se había lavado las
manos con la nueva pastilla de jabón, faltaba parte del
bistec y de la ensalada, en el talco del cuarto de baño se
veía la marca de una extraña pisada.
Pangborn miró la huella, perturbado por esa prueba
tangible de que no estaba solo en el solarium. El pie del
hombre era casi del tamaño del suyo, con el mismo dedo gordo
excesivamente grande y explorador. Había algo en esa
similitud que le produjo un arrebato de exasperación. Tuvo
una repentina sensación de desafío, provocada por ese
sentimiento de identidad con el hombre.
Esa estrecha relación con el intruso se intensificó
cuando Pangborn descubrió que el hombre había sacado un libro
de su biblioteca: el texto casi inhallable del diálogo
original de El tercer hombre, ahora un cuento aleccionador
sobre los peligros de la barrera de los idiomas preparado por
la autoridad turística mundial. Pangborn hojeó las páginas
del guión, casi con la esperanza de encontrar otra pista de
la identidad del hombre. Volvió a colocar con cuidado el
libro en el estante. Esos primeros indicios de la naturaleza
del intruso --los gustos literarios compartidos, la forma de
los pies, los sonidos de la respiración y los olores
corporales-- lo intrigaban y lo provocaban.
Mientras pasaba a alta velocidad las horas de película
que había grabado la cámara del solarium, pescaba lo que
parecían imágenes fugaces del intruso: el destello de un codo
detrás de la puerta del baño, un hombro enmarcado contra el
botiquín, la parte posterior de una cabeza en la sala.
Pangborn miró esas ampliaciones, poniéndolas al lado de las
imágenes de Psicosis, los sistemas de dos geometrías
paralelas pero coincidentes.
El duelo entre ellos, nunca explícito pero civilizado,
continuó durante los días siguientes. A veces Pangborn sentía
que era parte de un ménage … deux. La verdad era que cocinaba
para ambos; por fortuna, el intruso aprobaba sus gustos en
cuanto al vino, y a veces reforzaba la noche con pequeñas
cantidades del brandy de Pangborn. Sobre todo coincidían en
los gustos intelectuales: el interés por el cine, por la
pintura abstracta, y por la arquitectura de grandes
estructuras. En realidad, Pangborn casi los veía compartiendo
abiertamente el solarium, embarcándose juntos en el rechazo
del mundo y en la exploración de sus individualidades
absolutas, su tiempo y espacio únicos.
Tanto más amargas fueron entonces las reacciones de
Pangborn cuando descubrió que el intruso había intentado
asesinarlo.
Demasiado aturdido para tomar el teléfono y llamar a la
policía, Pangborn se quedó mirando el frasco de tabletas
somníferas. Escuchó la débil respiración que venía de algún
sitio a sus espaldas y que ahora sonaba todavía más baja,
como si el intruso estuviese conteniendo el aliento,
esperando la respuesta de Pangborn.
Diez minutos antes, mientras tomaba el café de la
mañana, Pangborn había empezado pasando por alto el gusto
ligeramente acre, probablemente una nueva especia o
conservador. Pero después de unos pocos sorbos más casi había
sentido náuseas. Vació la taza con cuidado en el lavabo y
descubrió los restos medio disueltos de una docena de
cápsulas plásticas.
Pangborn fue al botiquín y abrió el frasco de las
tabletas somníferas, ahora vacío. Escuchó la tenue
respiración en el solarium. En algún momento, mientras él
estaba de espaldas, el intruso le había deslizado todo el
contenido en el café.
Se obligó a vomitar en el lavabo, pero todavía sentía
náuseas cuando llegó Vera una hora más tarde.
--Parece que está harto --dijo ella, muy alegre. Miró
los libros desparramados por todas partes y movió la cabeza
con aprobación--. Veo que ha estado leyendo otra vez.
--Le voy a prestar algunos libros a un amigo --Pangborn
dio marcha atrás con la silla, apartándose de la muchacha que
andaba por toda la habitación con la maleta. Bajo el asiento
de la silla empuñaba el mango de un cuchillo de cocina.
Mirando el maquillaje excesivamente brillante y los ojos
cándidos de Vera costaba creer que estuviese confabulada con
el intruso. Al mismo tiempo se sorprendía de que ella no
oyese los ruidos obvios de esa respiración. Pangborn volvió a
asombrarse de la agilidad del hombre, de su habilidad para
pasar de un extremo del solarium al otro sin dejar más que
unos pocos fragmentos de su presencia en la película del
monitor. Suponía que el hombre había encontrado un escondite
seguro, tal vez en un pozo de servicio que Pangborn no
conocía.
--¡Señor Pangborn! ¿Está usted despierto?
Pangborn se reanimó con esfuerzo. Levantó la mirada y
encontró a Vera arrodillada delante de él. Ella se había
echado el gorro hacia atrás y le estaba sacudiendo las
rodillas. Pangborn buscó el mango del cuchillo.
--Señor Pangborn... todas esas píldoras que hay en el
baño. ¿Qué hacen ahí?
Pangborn hizo un ademán vago. Preocupado solamente por
encontrar un arma, se había olvidado de deshacerse de las
cápsulas.
--Se me cayó la botella en el lavabo... tenga cuidado de
no cortarse las manos.
--Señor Pangborn... --Confundida, Vera se levantó y se
acomodó el gorro. Miró con desaprobación las inmensas
ampliaciones de Psicosis que aparecían en las pantallas de
los televisores, y los borrosos fragmentos de un hombro y de
un codo grabados por la cámara del solarium.-- Es como un
rompecabezas. ¿Quién es? ¿Usted?
--Otra persona... un amigo que vino a visitarme.
--Ya me parecía... esto está todo revuelto. La cocina...
¿Ha pensado alguna vez en casarse, señor Pangborn?
La miró fijamente, sabiendo que ella estaba siendo
deliberadamente coqueta, tratando de perturbarlo por su
propio bien. Su piel comenzó otra vez a gritar.
--Debería salir de aquí con más frecuencia --le decía
ella, sensatamente--. Visite a su amigo. ¿Quiere que venga yo
mañana? Me queda en camino. Sé que sus antenas necesitan un
ajuste.
Pangborn pasó por delante de ella marcha atrás,
vigilando el baño y la cocina. Vera vaciló antes de irse,
buscando un pretexto para quedarse algún tiempo más. Pangborn
estaba seguro de que esa amistosa cabeza de chorlito no era
cómplice del intruso, pero si él divulgaba la presencia del
hombre, y no digamos el intento de asesinato, ella
probablemente se aterraría y tal vez provocaría un franco
ataque homicida.
Dominando su mal genio, esperó hasta que se fue la
muchacha. Pero pronto se olvidó de sus iras cuando atentaron
por segunda vez contra su vida.
Como para el primer ataque, Pangborn notó que el método
elegido era tan tortuoso como torpe. Ya fuese porque estaba
semiadormecido por las píldoras somníferas, o por puro alarde
físico, no sentía pánico, sino una serena decisión de
derrotar al intruso en su propio juego. Entre ellos se
desarrollaba un complejo duelo, cuyo curso fragmentario se
exhibía en las pantallas en una alargada serie de
ampliaciones gigantescas: sus propias manos sospechosas a
poca distancia de la cámara, el hombro anguloso del intruso
perfilado contra la puerta de la cocina, hasta un pedazo de
una oreja reflejado en el espejo del botiquín. Sentado en la
silla, comparando partes de ese rompecabezas visual con los
elementos de la secuencia de la ducha en Psicosis, Pangborn
sabía que tarde o temprano armaría una imagen completa del
intruso.
Mientras tanto, la presencia del hombre se hizo todavía
más evidente. El olor de ese cuerpo llenaba el solarium e
impregnaba las toallas del baño. Se servía abiertamente la
comida del refrigerador, desparramando pizcas de ensalada en
el piso. Incansable, Pangborn mantuvo su vigilancia día y
noche, tratando de librarse de los efectos de las píldoras
somníferas. Tan decidido estaba a vencer al intruso que dio
por sentado que el agua del tanque del baño había sido
contaminada con lejía. Luego, en la cocina, mientras se
lavaba la urticante piel de la cara con agua mineral, oyó la
vanidosa respiración del intruso, que celebraba otro pequeño
engaño.
Más tarde, esa noche, mientras estaba amodorrado ante
las pantallas de televisión, despertó sobresaltado sintiendo
en la cara el aliento caliente del intruso. Alarmado, miró a
su alrededor en la luz vacilante y encontró el cuchillo de
cocina en la alfombra y una pequeña herida en la rodilla
derecha.
Por primera vez un olor pestilente saturaba el solarium, una
desagradable mezcla de desinfectante, excremento y rabia
física, como la atmósfera de un establecimiento psiquiátrico
mal atendido.
A punto de vomitar sobre la alfombra, al lado de la
silla, Pangborn dio la espalda a las pantallas de televisión.
Empuñando el cuchillo de cocina con el brazo extendido
delante del cuerpo, fue hacia la sala. Abrió la cerradura de
la puerta principal, y esperó a que el aire nocturno
invadiese el solarium. Dejando la puerta abierta, fue en la
silla de ruedas hasta el teléfono, al lado de las pantallas.
Mientras sostenía en las manos el cable cortado, oyó que
la puerta de la sala se cerraba silenciosamente. Así que el
intruso había decidido irse, retirándose del duelo aunque
ahora Pangborn no podía comunicarse con el mundo exterior.
Pangborn miró las pantallas, lamentando no poder
completar nunca el rompecabezas. El olor pestilente seguía
flotando en el aire, y Pangborn decidió tomar una ducha antes
de salir a llamar desde la casa de algún vecino.
Pero al entrar en el baño vio claramente las rayas de
sangre en la cortina de la ducha. La corrió y reconoció el
cuerpo de la joven mecánica tendida boca abajo en el suelo
embaldosado, y las posturas conocidas que él había analizado
en mil ampliaciones.
Asombrado por la serena expresión de los ojos de Vera,
como si la muchacha hubiera sabido perfectamente qué papel le
adjudicaban, Pangborn fue marcha atrás hasta el solarium.
Empuñó el cuchillo, sintiendo las heridas de ella en el dolor
de la pierna, y percibiendo de nuevo, a su alrededor, esa
respiración profunda.
Ahora, en esa fase final, todo estaba en primer plano.
Después de filmar la posición del cuerpo de la muchacha con
la cámara portátil --la película sería una prueba esencial
para los investigadores policiales--, Pangborn se sentó
delante de la pared de pantallas. Tenía la certeza de que
estaba a punto de producirse el último enfrentamiento entre
él y el intruso. Esperó el ataque con el cuchillo en la mano.
Los sonidos del solarium parecían amplificados, y oía cómo
bombeaban esos pulmones, y sentía que ese pulso aterrorizado
tamborileaba llegando por el suelo y subiendo hasta los
brazos de la silla.
Pangborn esperó la llegada del intruso sin apartar la
mirada de la pantalla, ante la cámara monitor que lo enfocaba
directamente. Miró los enormes primeros planos de su propio
cuerpo, de la actriz de cine tendida en el suelo del baño, y
de la desparramada figura de Vera enredada en las cortinas
blancas de la ducha. Mientras ajustaba los controles,
buscando una definición cada vez mayor de esas zonas de
azulejo y carne, Pangborn sintió que pasaba de la rabia a un
deseo casi sexual de la muerte del intruso, el primer impulso
erótico que conocía desde que había empezado a mirar esas
pantallas de televisión hacía tantos años. El olor del cuerpo
de ese hombre, su ritmo cardíaco y su respiración caliente
parecían avanzar hacia un clímax orgástico. El choque, cuando
ocurriese en los minutos siguientes, sería una cópula, y le
proporcionaría al fin la clave que necesitaba.
Empuñando el cuchillo, Pangborn miró las pantallas cada
vez más blancas, rectángulos anónimos de piel lisa que
formaban un cielo fragmentado. En algún sitio, entre ellos,
persistían los elementos de la figura humana, un nexo
residual de contornos y texturas en el que Pangborn percibió
finalmente el inconfundible perfil de la cara del
desconocido.
La mirada clavada en las pantallas, esperó a que el
hombre lo tocase, convencido de que había hipnotizado al
intruso con esas imágenes obsesivas. No sentía enemistad
hacia el hombre, y sabía ahora que en esos años que había
pasado en el solarium se había apartado tanto de la realidad
exterior que hasta él mismo se había transformado en un
extraño. Los olores y los sonidos que tanto lo asqueaban
pertenecían a su propio cuerpo. Desde el principio, el
intruso del solarium había sido él mismo. En su búsqueda de
paz absoluta había encontrado un último obstáculo limitativo:
el impertinente hecho de su propia conciencia. Sin eso se
fundiría para siempre en el universo del infinito primer
plano. Lamentaba lo de la muchacha, pero era ella quien lo
había provocado y llevado a sentir ese asco de sí mismo.
Ansiando ahora fundirse con el cielo blanco de la
pantalla, encontrar esa muerte en la que se libraría para
siempre de sí mismo, de la mente y el cuerpo tan molestos,
alzó el cuchillo y se apuntó alegremente al corazón.
Título original: "Motel Architecture"
Del libro Myths of the Near Future
(c) J. G. Ballard 1982
Traducción de Marcial Souto