Mitos del futuro próximo por J. G. BALLARD







Al anochecer Sheppard seguía sentado en la cabina del avión
varado, indiferente a la marea vespertina que avanzaba por la
playa hacia él. Las primeras olas ya habían llegado a las
ruedas del Cessna, arrojando contra el fuselaje aguijones de
espuma. Infatigables, las aguas nocturnas regaban con
efervescencia luminosa la costa de la Florida, como tratando
de despertar a los moradores espectrales de los bares y los
moteles abandonados.
Pero Sheppard estaba tranquilamente sentado ante los
mandos del aparato, pensando en su mujer muerta y en todas
las piscinas secas de Cocoa Beach, y en el extraño club
nocturno que había vislumbrado esa tarde a través del dosel
del bosque que cubría ahora el viejo Centro Espacial. En
parte casino de Las Vegas con la llamativa fachada de neón,
en parte Petit Trianon --un elegante frontón clásico sostenía
el techo de cromo--, el club nocturno se había materializado
de repente entre las palmeras y los robles tropicales, más
irreal que cualquier estudio cinematográfico. Mientras volaba
por encima, a sólo veinte metros del techo espejado, Sheppard
casi había esperado ver a la mismísima María Antonieta con un
vestido Pepita de Oro, haciendo de lechera ante un público de
caimanes inquietos.
Antes del divorcio, curiosamente, Elaine siempre había
disfrutado de las expediciones de fin de semana que hacían
desde Toronto hasta Algonquin Park, llevando una orgullosa
vida silvestre en el lujo cromado de la casa rodante, tan
incongruente entre los pinos y los abedules plateados como
ese fragmento moderno de un Versailles de neón. Sin embargo,
la escena del fantástico club nocturno oculto en el fondo de
los bosques de Cabo Kennedy, y la curiosa conducta de sus
ocupantes, convencieron a Sheppard de que Elaine estaba aún
con vida, y muy probablemente prisionera de Philip Martinsen.
El club nocturno de cromo, construido hacía tal vez unos
treinta años por algún ejecutivo de Disneylandia con
mentalidad clásica, excitaría el sentido de lo absurdo del
joven neurocirujano: un clímax de apropiado mal gusto para
los desafortunados sucesos que los habían juntado en los
bosques sombríos de la península de la Florida.
Pero Martinsen era tan retorcido que podía haber elegido
el club nocturno deliberadamente, como parte de su estudiado
esfuerzo para atraer a Sheppard al aire libre. Hacía semanas
que rondaba los moteles abandonados de Cocoa Beach,
remontando cometas y planeadores, ansioso por hablar con
Sheppard pero temeroso de acercarse a él. Desde la seguridad
de su dormitorio oscurecido en el Starlight Motel --un grupo
de cabañas polvorientas en la costanera-- Sheppard lo miraba
por una rendija en las persianas dobles. Martinsen esperaba
todos los días a que Sheppard apareciese, pero siempre se
cuidaba de que hubiese entre ambos una piscina vacía.
Al principio esa obsesión del joven doctor por los
pájaros había irritado a Sheppard: todo, desde las cometas-
cóndores de cartón hasta las interminables palomas de Picasso
dibujadas con tiza en las puertas de las cabañas mientras
Sheppard dormía. Incluso ahora, mientras estaba en la playa,
en el Cessna lamido por las olas, veía el perfil de una
cabeza de serpiente grabado en la arena húmeda, parte de un
enorme pájaro azteca sobre el que había aterrizado hacía una
hora.
Los pájaros... Elaine se había referido a ellos en la
última de sus cartas desde la Florida, pero ésas eran
criaturas que volaban dentro de su propia cabeza, mucho más
exóticas que cualquier invento de un neurocirujano, quimeras
emplumadas y enjoyadas salidas de los paraísos de Gustave
Moreau. No obstante, Sheppard había terminado mordiendo el
anzuelo, aceptando que Martinsen quería hablar con él, y en
sus propios términos. Se obligó a salir del motel,
ocultándose detrás de los anteojos de sol más grandes que
encontró entre los cientos que cubrían el suelo de la
piscina, y fue en auto hasta el aeropuerto de Titusville.
Durante una hora voló en el Cessna alquilado por encima del
dosel del bosque, explorando todo Cabo Kennedy en busca de
señales de Martinsen y de sus cometas.
Tentado de regresar, voló de un lado a otro por encima
de la abandonada zona espacial, tan perturbadora con esas
inmensas rampas que no conducían a ningún cielo imaginable, y
las plataformas oxidadas como otras tantas muertes
apuntaladas dentro de féretros andrajosos. Allí en Cabo
Kennedy había muerto una pequeña parte del espacio. Una
potente luz esmeralda atravesaba el bosque, como si hubieran
encendido un inmenso farol en el corazón del Centro Espacial.
Esa aureola sonora, tal vez la fosforescencia de algún
extraño hongo de las hojas y de las ramas, se propagaba hacia
afuera, y había llegado ya a las calles del norte de Cocoa
Beach y atravesado el Indian River hasta Titusville. Incluso
los destartalados negocios y casas vibraban con esa misma luz
excesiva.
A su alrededor los vientos brillantes eran como las
quijadas abiertas de un pájaro de cristal, entre cuyos
dientes fulguraba la luz. Sheppard se aferró a la seguridad
del dosel del bosque, ladeando el Cessna entre las enormes
bandadas de flamencos y oropéndolas que se dispersaban a su
paso. En Titusville un patrullero oficial bajaba por uno de
los pocos tramos de calle despejada, pero nadie más se sentía
tentado de salir de la casa: los pocos habitantes descansaban
en los dormitorios mientras el bosque subía por la península
de la Florida y los cercaba.
Entonces, casi en la sombra de la plataforma de Apolo
12, Sheppard había visto el club nocturno. Sobresaltado por
la fachada de neón, redujo la velocidad del Cessna. Las
ruedas rasparon las frondas de las palmeras mientras daba un
impulso salvador a la máquina e iniciaba una segunda vuelta.
El club nocturno estaba en un claro del bosque a orillas de
un estuario poco profundo del Banana River, cerca de un
ruinoso fortín al final de una pista de cemento. El bosque
empujaba hacia el club nocturno desde tres lados, una
brillante pajarera de pericos y guacamayos, el paraíso de fin
de semana de un magnate desaparecido hacía mucho tiempo.
Mientras los pájaros pasaban como balas por delante del
parabrisas, Sheppard vio a dos figuras que corrían hacia el
bosque, una mujer calva vestida con el sudario gris de la
túnica de un hospital seguida por un hombre conocido de tez
oscura y el paso firme de un guardián de una cárcel privada.
A pesar de la edad, la mujer se movía ágilmente, y casi
parecía que estaba tratando de volar. Aturdida por el ruido
del Cessna, envió con las manos blancas una señal distraída a
los espantados guacamayos, como si esperara que le prestasen
ese plumaje fantástico para cubrirse la piel desnuda del
cráneo.
Tratando de reconocer a su mujer en esa figura
trastornada, Sheppard giró iniciando otra vuelta, y perdió el
rumbo en el laberinto de estuarios y calzadas de cemento que
asomaban por debajo del dosel del bosque. Cuando volvió a
encontrar el club nocturno redujo la velocidad y se elevó por
encima de los árboles, sólo para encontrar el camino
bloqueado por una máquina voladora de propulsión a pedal que
se había alzado en el aire desde el claro del bosque.
Con el doble del tamaño del Cessna, esa crujiente
armazón de película plástica y alambre de piano se balanceaba
a derecha e izquierda delante de Sheppard, haciendo todo lo
posible por distraerlo. Encandilado por su propia hélice,
Sheppard ladeó el aeroplano y se adelantó al planeador, y
entrevió por última vez al barbinegro Martinsen pedaleando
muy resuelto dentro de esa envoltura transparente, un pez
desesperado suspendido del cielo. Entonces, al exceder el
Cessna la corriente de aire producida por la hélice, la rama
de un roble del bosque le cortó el fuselaje. Las afiladas
astas rasgaron el ala de estribor y arrancaron la puerta del
acompañante. Aturdido por el aire rugiente, con esfuerzo,
Sheppard llevó el aparato de vuelta a Cocoa Beach, y lo hizo
aterrizar pesadamente en la arena húmeda dentro del diagrama
de la inmensa ave de rapiña que Martinsen había grabado para
él esa mañana.

Las olas entraban en la cabina abierta del Cessna, arrojando
contra los tobillos de Sheppard una espuma fría. Se acercaron
unos faros por la playa, y un jeep oficial corrió hacia la
orilla del agua a cien metros del aeroplano. La joven
conductora, de pie, apoyada en el parabrisas, le gritó a
Sheppard por encima de los faros.
Sheppard soltó el arnés, resistiéndose todavía a dejar
el Cessna. La noche había llegado desde el mar, y cubría
ahora el ruinoso pueblo costero, pero todo estaba todavía
encendido por esa luminiscencia que había visto desde el
aire, un diluvio de fotones que salía del pabellón del bosque
donde mantenían prisionera a su mujer. Millones de luces en
miniatura, señales que definían los perfiles de un nuevo
reino preparado para reorganizarse a su alrededor, decoraban
las olas que mojaban la hélice del Cessna, los bares y los
moteles vacíos a lo largo de la playa, y las silenciosas
plataformas del Centro Espacial. Pensando en el club
nocturno, Sheppard miró la oscuridad de luciérnagas que
envolvía a Cabo Kennedy. Ya sospechaba que ésta era una
primera imagen de un pequeño rincón de la ciudad magética, un
suburbio del mundo intemporal que lo envolvía y lo habitaba.
Reteniendo esa imagen en la mente, forzó la puerta
contra la corriente y saltó a las aguas, que lo envolvieron
hasta la cintura mientras la noche terminaba de llegar en las
olas. A la luz de los faros sintió en los hombros las manos
furiosas de Anne Godwin, y cayó de cabeza en el agua. La
falda flotándole alrededor de las caderas, Anne lo llevó como
un piloto ahogado hasta la playa y lo tendió en la arena
cálida mientras el mar embestía los surcos plateados del
inmenso pájaro que los abrazaba con las alas.

Pero a pesar de las confusiones del vuelo había al menos
podido salir. Tres meses antes, al llegar a Cocoa Beach,
Sheppard había forzado la puerta del primer motel que
encontró y se había encerrado para siempre en la seguridad de
un dormitorio oscurecido. El viaje desde Toronto había sido
una sucesión de escalas pesadillescas, largas demoras en
estaciones de autobuses semiabandonadas y oficinas de
alquiler de automóviles, tediosos viajes en taxi hundido en
el asiento trasero protegido por dos pares de anteojos
oscuros, la chaqueta echada sobre la cabeza como un fotógrafo
victoriano temeroso de su propia lente. A medida que viajaba
hacia el sur, internándose en la luz creciente, los paisajes
de New Jersey, Virginia y las Carolinas parecían cada vez más
fantásticos y opacos, pueblos semideshabitados y carreteras
vacías percibidos por un par de retinas descarnadas,
inflamadas por el ácido lisérgico. A veces, a través de un
aire que parecía un cristal encendido a punto de derretir las
polvorientas ventanillas del taxi, tenía la sensación de
estar mirando el interior del sol desde una góndola precaria
suspendida en el centro del astro.
Ni Toronto, ni su rápida declinación después de
divorciarse de Elaine, le habían llamado la atención sobre la
verdadera magnitud de su refugio detrás de las propias
terminaciones nerviosas. Rodeado por la ciudad abandonada,
Sheppard se sorprendió de ser uno de los últimos afectados:
arquitecto de apariencia fría, escondía en realidad una
fuerte empatía por las enfermedades psicológicas de otras
pesonas. El dolor de cabeza de una secretaria lo llevaba a
recorrer, impaciente, los estudios de diseño. A menudo tenía
la sensación de que había inventado ese mundo agonizante que
lo rodeaba.
Veinte años antes habían aparecido los primeros síntomas
de ese extraño malestar, la llamada "enfermedad espacial".
Afectando al principio sólo a una pequeña minoría de la
población, echó raíces lentas en los intersticios de las
vidas de las víctimas, en los menores cambios de las
costumbres y el comportamiento. Se repetía invariablemente el
mismo recelo a salir de las casas, el abandono del trabajo,
la familia y los amigos, la aversión por la luz del día, una
pérdida gradual de peso y el refugio en un yo vegetativo.
Cuando la enfermedad se extendió más, afectando a uno de cada
cien habitantes, la culpa pareció recaer en la destrución de
la capa de ozono que había continuado aceleradamente durante
la década del ochenta y la del noventa. Quizá esos síntomas
de timidez ante el mundo exterior, y el encierro, no fuesen
más que una respuesta de autoprotección frente a los riesgos
de la radiación ultravioleta, el equivalente psicológico de
los anteojos para sol que utilizan los ciegos.
Pero siempre estaba esa reacción exagerada frente a la
luz del sol, las jaquecas intermitentes y las córneas
doloridas que insinuaban que la enfermedad tenía un origen
nervioso. Estaba el gusto por pasatiempos caprichosos y
compulsivos, como el subrayado de palabras obsesivas en una
novela, la construcción de poblemas aritméticos inútiles en
la calculadora de bolsillo, el acopio de fragmentos de
programas de televisión en un grabador de video, y las horas
dedicadas a proyectar ciertas muecas faciales o tomas de
escaleras.
Fue otro síntoma de la "enfermedad espacial", que
aparecía en las etapas terminales, el que le dio el nombre
popular y ofreció las primeras pistas sobre la naturaleza del
mal. Casi sin excepción, las víctimas se convencían de que
alguna vez habían sido astronautas. Miles de enfermos yacían
en oscurecidas salas de hospital, o en sucios dormitorios de
hoteles de segunda, ajenos al mundo que los rodeaba pero
seguros de que alguna vez habían viajado por el espacio a
Marte y Venus, y caminado junto a Armstrong por la luna.
Todos, en los últimos segundos de lucidez, se ponían
tranquilos y serenos y murmuraban como pasajeros amodorrados
en el comienzo de una nueva travesía, el viaje de regreso al
sol.
Sheppard recordaba el encierro final de Elaine, y su
última visita a la clínica de paredes blancas junto al río
St. Lawrence. Sólo se habían visto una vez en los dos años
que siguieron al divorcio, y él no estaba preparado para la
transformación de esa dentista atractiva y segura en una
adolescente soñadora que visten para el primer baile. Elaine
le sonrió alegremente desde la camilla anónima, una mano
blanca tratando de atraerlo a la almohada.
--Roger, pronto nos marcharemos. Nos iremos juntos...
Mientras se alejaba por las calles oscuras, escuchando
el murmullo de voces, los fragmentos de una jerga espacial
casi olvidada sacada de un centenar de series de televisión,
Sheppard sintió que toda la raza humana comenzaba a
embarcarse, preparándose para repatriarse al sol.
Recordó su última conversación con el joven director de
la clínica, y el cansado gesto de fastidio del médico,
dirigido menos a Sheppard que a sí mismo y a su profesión.
--¿Una técnica radical? ¿Acaso pensará en algo parecido
a la resurrección? --Al ver el tic de sospecha que cruzaba la
mejilla de Sheppard, Martinsen lo había tomado del brazo en
muestra de comprensión.-- Lo siento... era una mujer
extraordinaria. Hablamos durante horas, de usted ante todo...
--En ese rostro menudo, tan intenso como el de un niño
desnutrido, brotó una sonrisa fría.
Antes que Sheppard saliese de la clínica el joven médico
le mostró las fotografías que le había sacado a Elaine
sentada en la silla plagadiza en el jardín del personal de la
clínica a principios de ese verano. En esos labios vívidos
aparecían ya los primeros indicios de un radiante buen humor,
como si esa dentista insolente hubiera estado probando
tranquilamente su propio gas hilarante. Era evidente que
Elaine había impresionado mucho a Martinsen.
Pero ¿se habría equivocado él de camino, como toda la
profesión médica? El tratamiento con electroshocks y la
deprivación sensorial, las lobotomías parciales y las drogas
alucinatorias, nada de eso parecía dar en el blanco. Siempre
era mejor tomar a los locos tal cual eran. Lo que Elaine y
las demás víctimas trataban de hacer era explorar el espacio,
usando su enfermedad como una metáfora extrema que les
serviría para construir un vehículo espacial. La clave estaba
en su obsesión por los astronautas. Resultaba curiosa la
similitud del mal con los síntomas de introspección que
mostraban los astronautas originales en las décadas que
siguieron al programa Apolo, el refugio en el misticismo y el
silencio. ¿Sería que el viaje al espacio exterior, hasta el
hecho de pensar en él y mirarlo en la televisión, resultaba
un paso evolucionario forzado de consecuencias imprevisibles,
el equivalente de comer un tipo muy especial de fruto
prohibido? Quizá, para el sistema nervioso central, el
espacio no era de ningún modo una estructura lineal, sino un
modelo de una condición temporal avanzada, una metáfora de la
eternidad que ellos equivocadamente intentaban comprender...
Mirando hacia atrás, Sheppard se dio cuenta de que
durante años había estado esperando que lo afectase el mal,
que estaba muy ansioso por que lo alistasen en el inmenso
viaje hacia el sol. Durante los meses anteriores al divorcio
había observado cuidadosamente los signos característicos: la
pérdida de peso y de apetito, el altivo desdén tanto por el
personal como por los clientes de su estudio de arquitecto,
la resistencia creciente a salir de la casa, las erupciones
alérgicas cutáneas que aparecían con sólo estar unos pocos
segundos a la luz del sol. Seguía a Elaine en las
expediciones a Algonquin Park, y pasaba los fines de semana
enteros encerrado en el útero cromado del Airstream, tan
parecido a la cápsula de un astronauta.
¿Elaine estaría tratando de provocarlo? Ella odiaba sus
distracciones finguidas, su interminable jugueteo con relojes
extraños y tonterías arquitectónicas, y especialmente su
interés por la pornografía. Ese pasatimepo siniestro había
nacido de su peculiar obsesión por los surrealistas, una
escuela de pintores que toda su educación y formación mental
le habían negado hasta entonces. Por algún motivo se
descubría mirando durante horas reproducciones del Turín de
Chirico, con sus columnatas vacías y perspectivas invertidas,
sus presagios de partida. Luego estaban las dislocaciones de
tiempo y espacio de Magritte, los cielos transformados en una
serie de bloques rectilíneos, y las anatomías biomorfas de
Dalí.
Estas últimas lo habían llevado a esa obsesión por la
pornografía. Sentado en el dormitorio oscurecido, las
cortinas corridas para detener la luz ponzoñosa del sol que
se pegaba a los balcones del condominio, miraba todo el día
las películas de video de Elaine en el tocador y en el baño.
Interminablemnte repetía los primeros planos de ella sentada
en el bidet, secándose en el borde de la bañera, examinando
con una mueca de esperanza la geometría del pecho derecho.
Las imágenes ampliadas de ese enorme hemisferio, las
curvaturas achatadas entre los dedos de Sheppard, brillaban
contra las paredes y el techo del dormitorio.
Finalmente hasta la tolerante Elaine se rebeló. --Roger,
¿qué te haces... y qué me haces a mí? Has convertido a este
dormitorio en un cine pornográfico, conmigo como estrella.
--Le asió el rostro, comprimiendo entre las manos
desesperadas veinte años de afecto.-- ¡Por Dios, anda a ver a
alguien!
Pero Sheppard ya lo había hecho. De cualquier modo, tres
meses más tarde era Elaine quien se había marchado.
Aproximadamente en el mismo momento en que él despedía
sumariamente a su cansado personal ella hacía sus maletas y
se mudaba a la dudosa seguridad de la brillante luz del sol.
Poco después el trauma espacial reclutó a otra pasajera.
Sheppard la había visto por última vez en la clínica de
Martinsen, pero sólo seis meses después tuvo noticias de su
notable recuperación, sin duda una de esas remisiones
transitorias que a veces liberaban a los casos terminales del
lecho del hospital. Martinsen había abandonado su puesto en
la clínica, ante la censura abierta de sus colegas y
acusaciones de mal desempeño. Él y Elaine habían dejado
Canadá y se habían mudado al sur, al cálido invierno de la
Florida, y vivían ahora cerca del viejo Centro Espacial de
Cabo Kennedy. Ella andaba levantada, y salía de la casa,
milagrosamente liberada de esas ausencias profundas.
Al principio Sheppard era escéptico y tenía la impresión
de que el joven neurocirujano se había obsesionado con Elaine
y estaba probando algún tratamiento peligroso y radical en un
esfuerzo equívoco por salvarla. Imaginaba a Martinsen
raptando a Elaine, levantando de la cama del hospital a esa
mujer amodorrada pero todavía hermosa y llevándola al auto y
partiendo hacia la luz áspera de la Florida.
Pero Elaine parecía gozar de buena salud. Durante ese
período de aparente recuperación le escribió varias cartas a
Sheppard, describiendo la belleza oscura, enjoyada, del
bosque exuberante que rodeaba ese vacío hotel con vista al
Banana River y a las plataformas oxidadas del abandonado
Centro Espacial. Mientras leía la última carta en la
inexorable luz primaveral de Toronto, Sheppard tuvo la
sensación de que toda la Florida se estaba transformando para
Elaine en una inmensa réplica de las grutas cavernosas de
Gustave Moreau, una región de palacios opalescentes y
animales heráldicos.

"...Ojalá pudieses estar aquí, Roger, este bosque se ha
colmado de una intensa luz marina, casi como si las lagunas
oscuras que alguna vez cubrieron la península de la Florida
hubiesen salido del pasado y nos hubiesen sumergido otra vez.
Hay por aquí criaturas extrañas que parecen haber bajado de
la superficie del sol. Mientras miraba hacia el río esta
mañana, vi efectivamente un unicornio caminando sobre las
aguas, las pezuñas con herraduras de oro. Philip ha puesto mi
cama junto a la ventana, y aquí estoy sentada todo el día,
seduciendo a los pájaros, especies que nunca había visto y
que parecen venir de algún extraordinario futuro. Ahora tengo
la seguridad de que nunca me iré de aquí. Ayer mientras
cruzaba el jardín descubrí que estaba vestida de luz, una
envoltura de escamas doradas que salían de mi piel y caían en
la hierba resplandeciente. La luz potente del sol hace trucos
extraños con el tiempo y el espacio. Estoy verdaderamente
segura de que hay aquí una nueva clase de tiempo, un tiempo
que de alguna manera viene del viejo Centro Espacial. Cada
hoja y cada flor, hasta la pluma que tengo en la mano y las
líneas que te escribo, están rodeadas por aureolas propias.
"Ahora todo se mueve muy despacio, pareciera que un
pájaro tarda todo el día en atravesar el cielo, comienza como
un pequeño y simple gorrión y se transforma en una criatura
extravagante tan emplumada y adornada como un pájaro lira. Me
alegro de haber venido, aunque Philip estaba atacado en ese
momento. Sostiene que venir aquí era mi última oportunidad,
recuerdo que decía que debíamos apresar la luz, no temerla.
Sin embargo, pienso que ha conseguido más de lo que
pretendía, está muy cansado, pobre muchacho. Le asusta que yo
me duerma, dice que cuando sueño trato de convetirme en un
pájaro. Desperté esta tarde junto a la ventana y él me estaba
sosteniendo, como si yo fuese a salir volando para siempre
rumbo al bosque.
"Ojalá estuvieses aquí, querido, este es un mundo que
los surrealistas podrían haber inventado. Sigo pensando que
te veré en algún lugar..."

Junto con la carta había una nota de Martinsen, diciéndole
que Elaine había muerto al día siguiente, y que cumpliendo
con su voluntad había sido enterrada en el bosque cerca del
Centro Espacial. El certificado de defunción estaba
refrendado por el cónsul canadiense en Miami.
Una semana más tarde Sheppard cerró el departmento de
Toronto y salió hacia Cabo Kennedy. Durante el último año
había esperado con impaciencia que lo atacase la enfermedad,
dispuesto a llevar a cabo su desafío. Como todos los demás,
rara vez salía durante el día, pero cuando veía a través de
las persianas esa ciudad vacía, iluminada por el sol, que
sólo cobraba vida al anochecer, Sheppard se sentía empujado a
realizar toda clase de actividades nerviosas. Salía al
resplandor de mediodía y caminaba entre los bloques de
oficinas abandonadas, adoptando poses estilizadas entre las
paredes silenciosas. Unos cuantos policías y conductores de
taxi muy encapuchados lo miraban como espectros en el piso de
un horno. Pero a Sheppard le gustaba jugar con sus propias
obsesiones. Siguiendo un impulso corría de un lado a otro en
el departamento y levantaba las persianas, transformando las
habitaciones en una serie de cubos blancos, otras tantas
máquinas para crear una nueva clase de tiempo y espacio.
Pensando en todo lo que había dicho Elaine en la última
carta, y decidido a no llorarla todavía, inició ansioso el
vije al sur. Demasiado excitado para conducir él mismo, y
cauteloso ante esa luz creciente, se trasladó en autobús, en
lomousine alquilada y en taxi. Elaine había sido siempre una
observadora precisa, y él estaba convencido de que una vez
que llegase a la Florida pronto la rescataría de Martinsen y
encontraría una tregua para los dos en la eterna quietud del
bosque esmeralda.
En realidad sólo encontró un mundo descuidado y ruinoso,
en el que no había más que polvo, piscinas secas y silencio.
Al terminar la Era Espacial, hacía treinta años, los pueblos
costeros cerca de Cabo Kennedy fueron abandonados a la
pujanza de los bosques. Titusville, Cocoa Beach y las viejas
plataformas de lanzamiento constituían ahora un área de
desastre psíquico, una zona de mal agero. Hileras de bares y
moteles abandonados se asentaban entre el calor, detrás de
letreros que parecían juguetes oxidados. Junto a las casas
elegantes, en otro tiempo propiedad de controladores de vuelo
y de astofísicos, las piscinas vacías servían como lugar de
descanso para insectos muertos y anteojos de sol rotos.
La chaqueta echada sobre la cabeza para protegerse,
Sheppard le pagó al intranquilo conductor del taxi. Mientras
hurgaba en la billetera estalló a sus pies la maleta sin
cerrar, exponiendo el contenido a la mirada burlona del
conductor: una reproducción enmarcada de La marcha del verano
de Magritte, un proyector portátil de video, dos latas de
sopa, una ajada colección de seis números de la revista
Kamera Klassic, un puñado de cassettes de video rotulados
Elaine/Ducha I-XXV, y una selección de Cronogramas de Marey
en edición de bolsillo.
El conductor asintió pensativo. --¿Muestras? ¿Qué es
todo eso, exactamente... un equipo de supervivencia?
--De un tipo especial. --Ajeno a la ironía en la voz del
hombre, Sheppard explicó:-- Es la mecha de una máquina del
tiempo. Le fabricaré una...
--Demasiado tarde. Hijo... --Esbozando una sonrisa, el
conductor subió las ventanillas coloreadas y arrancó hacia
Tampa en una nube de polvo vítreo.
Sheppard escogió al azar el Starlight Motel y se instaló
en una cabaña intacta que daba sobre la piscina seca, único
huésped aparte del viejo perro perdiguero que dormitaba en
las escaleras de la recepción. Bajó las persianas y pasó los
dos días siguientes descansando en la oscuridad sobre la cama
mohosa, con la maleta al lado, el "equipo de supervivencia"
que le ayudaría a encontrar a Elaine.
El segundo día, al anochecer, salió de la cama y fue a
la ventana a echar una primera mirada atenta a Cocoa Beach.
Entre las láminas de plástico de la persiana observó las
sombras que bisecaban la piscina vacía, trazando una diagonal
irregular en el suelo inclinado. Recordó las pocas palabras
que le había dicho al conductor del taxi. La compleja
geometría de ese reloj de sol tridimensional parecía contener
los códigos operativos de una máquina del tiempo primitiva,
repetida cien veces en todas las piscinas secas de Cabo
Kennedy.
Rodeando el motel estaba el ruinoso pueblo costero,
donde los parasoles color flamenco de las palmeras que
brotaban en las calles y en las aceras rotas protegían del
crepúsculo subtropical a los bares y las tiendas abandonadas.
Más allá de Cocoa Beach estaba el Centro Espacial, las
plataformas oxidadas como viejas heridas en el cielo.
Mientras las miraba a través del vidrio arenoso, Sheppard
tuvo conciencia por primera vez de la curiosa ilusión de que
en alguna época había sido astronauta, sentado en el sillón
anatómico en la cima del inmenso cohete, vestido con un traje
plateado... una idea absurda, pero de algún sitio había
venido el recuerdo. A pesar del temor que infundía, el Centro
Espacial era atractivo.
Pero ¿dónde estaba el mundo visionario que había
descripto Elaine, un mundo colmado de pájaros enjoyados? El
viejo perdiguero dorado que dormía debajo del trampolín de la
piscina no caminaría nunca por el Banana River con pezuñas de
oro.
Aunque rara vez salía de la habitación durante el día
--el sol de la Florida le resultaba todavía demasiado fuerte
para ensayar un enfrentamiento directo-- Shappard se obligó a
reunir los elementos de una vida organizada. Primero, comenzó
a cuidar mejor su propio cuerpo. Había estado perdiendo peso
durante años, parte de una larga declinación que nunca había
tratado de revertir. Delante del espejo del baño se miró el
reflejo insípido: los hombros consumidos, los brazos pálidos
y las manos inertes, y también el rostro de fanático, con la
piel sin afeitar estirada sobe los huesos de la mandíbula y
de las mejillas, las órbitas de los ojos como entradas a
túneles olvidados dentro de los cuales brillaban dos luces
penetrantes. Todo el mundo llevaba una imagen propia que
tenía diez años de antigedad, pero Sheppard sintió que se
estaba volviendo viejo y joven al mismo tiempo: sus
individualidades pasadas y futuras se habían dado una
misteriosa cita en ese dormitorio de motel.
No obstante se obligó a tomar la sopa fría. Necesitaba
estar fuerte para manejar un auto, hacer mapas de los bosques
y las pistas de Cabo Kennedy, tal vez para alquilar un avión
liviano y hacer un reconocimiento aéreo del Centro Espacial.
Al anochecer, cuando el cielo pareció inclinarse y, por
fortuna, volcó su carga de nubes ciclamínicas en el Golfo de
México, Sheppard salió del motel y fue a buscar alimentos en
los supermercados y tiendas abandonados de Cocoa Beach.
Algunos de los pobladores más viejos seguían viviendo en las
calles laterales cubiertas de hierba, y había todavía un bar
abierto a los visitantes infrecuentes. En los autos oxidados
dormían las personas indigentes, y de vez en cuando pasaba un
vagabundo como un Crusoe esquizofrénico entre las palmeras
salvajes y los tamarindos. Ingenieros retirados hacía mucho
tiempo del Centro Espacial, rondaban andrajosamente vestidos
de blanco las tiendas abandonadas, eternamente vacilando
antes de cruzar las calles umbrías.
Mientras salía con un cargador de baterías de un negocio
de aparatos eléctricos Sheppard casi chocó contra un antiguo
director de misiones que había aparecido con frecuencia en la
televisión durante la campaña para impedir la dispersión de
la NASA. El rostro embotado, los ojos atravesados por
recuerdos de trayectorias olvidadas, parecía uno de esos
maniquíes de Chirico que tienen dubujadas en la cara fórmulas
matemáticas.
--No... --Se apartó tambaleante, y le hizo una mueca a
Sheppard, formando con las feroces líneas de fractura del
rostro el álgebra de un futuro irrealizable.-- Otra vez...
diecisiete segundos... --Se alejó vacilando en el anochecer,
tocando las palmeras con una mano, preocupado por su cuenta
regesiva personal.
En general preferían la soledad, huéspedes crepusculares
de los moteles abandonados donde nadie les cobraría nunca un
alquiler ni les devolvería los recuerdos. Todos eludían el
centro de socorro gubernamental instalado junto a la estación
de autobuses. Esa unidad, atendida por una psicóloga de la
Universidad de Miami y dos estudiantes graduados, distribuía
paquetes de alimentos y de medicinas a los pobladores viejos
que dormían en los porches cada día más deteriorados. También
tenían la tarea de recoger a los vagabundos y convencerlos de
que ingresasen en el hospicio estatal de Tampa.
La tercera tarde, mientras saqueaba el supermercado
local, Sheppard notó que esa alerta y joven psicóloga lo
miraba por encima del polvoriento parabrisas del jeep.
--¿Necesita ayuda para violar la ley? --La mujer se
acercó y husmeó en la bolsa de Sheppard.-- Soy Anne Godwin,
hola. Puré de palta, budín de arroz, anchoas, va usted
preparado para una fiesta de medianoche. Pero ¿qué tal le
caería un bistec? De veras parece que no le vendría mal.
Sheppard trató de hacerse a un lado. --No tiene de qué
preocuparse. Estoy aquí en vacaciones de trabajo... un
proyecto científico.
La mujer lo miró con perspicacia. --Sólo otro visitante
veraniego... aunque todos tienen un doctorado, los mantenidos
de la Era Espacial. ¿Dónde se hospeda usted? Lo llevaremos de
vuelta.
Mientras Sheppard luchaba con el pesado paquete, la
psicóloga les hizo una seña a los estudiants graduados, que
se acercaron atravesando el pavimento oscurecido. En ese
momento un herrumbroso Chevrolet giró entrando en la calle,
con un hombre barbudo de sombrero blando al volante.
Bloqueado por el jeep, el hombre se detuvo para dar marcha
atrás con el pesado sedán, y Sheppard reconoció al joven
médico que había visto por última vez en las escaleras de la
clínica de orillas del St. Lawrence.
--¡Doctor Martinsen! --gritó Anne Godwin soltando el
brazo de Sheppard--. Quería hablar con usted, doctor.
¡Espere...! Por esa prescripción que me dio, supongo que ha
entrado usted en la menopausia.
Golpeando la palanca de los cambios trabada, Martinsen
sólo parecía interesado en eludir a Anne Godwin y sus
preguntas. Entonces vio los ojos alerta de Sheppard que lo
miraban por encima de la bolsa. Se detuvo y le devolvió la
mirada, con la expesión franca y casi impaciente de un viejo
amigo que hace tiempo se ha reconciliado con un acto de
traición. Se había dejado crecer la barba, como para ocultar
alguna enfermedad de la boca o de la mandíbula, pero el
rostro parecía casi adolescente y al mismo tiempo envejecido
por una fiebre extraña.
--Doctor... he informado...--Anne Godwin llegó junto al
auto de Martinsen. El médico intentó, sin demasiado
entusiasmo, esconder un manojo no muy bien atado de varillas
de bronce para cortinas que llevaba en el asiento de al lado.
¿Estaría planeando adornar el bosque con telas inapreciables?
Antes de que Sheppard pudiera preguntar, Martinsen hizo
engranar la palanca de cambios y se alejó velozmente,
golpeando la mano extendida de Anne Godwin con el espejo
lateral.
Pero al menos ahora sabía que Martinsen estaba allí, y
ese breve encuentro le permitió a Sheppard escabullirse sin
que Anne Godwin se diese cuenta. Seguido por el viejo
perdiguero, Sheppard llevó las provisiones al motel, y los
dos saborearon la comida en la oscuridad junto a la piscina
vacía.
Ya se sentía más fuerte, confiado en que pronto
descubriría el escondite de Martinsen y rescataría a Elaine.
La semana siguiente durmió por las mañanas y pasó las tardes
reparando el viejo Plymouth que había sacado de un garaje
local.
Como suponía, Martinsen pronto hizo otra aparición. Una
pequeña cometa, con forma de ave, inició una serie de vuelos
regulares en el cielo por encima de Cocoa Beach. La línea
plateada desaparecía en algún sitio del bosque al norte del
pueblo. La siguieron otras dos en el aire, y el trío se meció
en el cielo sereno, manejado dede el bosque por algún
fanático.
En los días siguientes comenzaron a aparecer en las
calles de Cocoa Beach otros emblemas ornitológicos, toscas
palomas de Picasso dibujadas con tiza en los frentes de
madera de las tiendas, en los techos polvorientos de los
autos, en el frondoso limo del suelo seco de la piscina del
Starlight, todos ellos, presumiblemente, mensajes secretos de
Martinsen.
¿El neurocirujano estaría entonces tratando de atraerlo
al bosque? Finalmente, cediendo a la curiosidad, Sheppard
salió en auto, en las últimas horas de una tarde, hacia el
aeropuerto de Titusville. Poco tráfico visitaba esa pista
gastada, y un piloto comercial retirado dormitaba en la
oficina polvorienta debajo de un cartel aque anunciaba viajes
de placer por el Cabo.
Tras un breve regateo Sheppard alquiló un Cessna
monomotor y despegó hacia el crepúsculo cada vez más suave.
Hizo un reconocimiento cuidadoso del viejo Centro Espacial, y
finalmente vio el extraño club nocturno en el bosque, y
vislumbró dolorosamente ese horripilante espectro calvo que
corría entre los árboles. Entonces Martinsen lo sorprendió
con el planeador de propulsión a pedal, claramente decidido a
emboscar a Sheppard y obligarlo a aterrizar violentamente en
el bosque. Pero Sheppard escapó, y logró llegar de algún modo
a Cocoa Beach y a la marea ascendente. Anne Godwin
virtualmente lo sacó a la rastra del avión empantanado, pero
él se las arregló para tranquilizarla y escabullirse hasta el
motel.
Esa noche descansó en la silla junto a la piscina vacía,
mirando los videocassettes de su mujer proyectados en la
pared del fondo. En algún sitio de esas conjunciones íntimas
de carne y geometría, de recuerdos, ternura y deseo, estaba
la llave del aire brillante, del tiempo y el espacio nuevos
que los astronautas sin saberlo habían revelado allí en Cabo
Kennedy, y que él mismo había vislumbrdo esa noche desde la
cabina del avión sumergido.

Al amanecer Sheppard se durmió, pero dos horas más tarde lo
despertó un repentino cambio de luz en el dormitorio
oscurecido. Se estaba produciendo un eclipse de sol en
miniatura. La luz parpadéo, temblando contra la ventana.
Acostado en la cama, Sheppard vio, proyectado contra las
persianas de plástico, el perfil de una cara de mujer de pelo
empenachado.
Preparándose para resistir la impaciente luz del sol
matutino, y un desagradable ataque fóbico, Sheppard separó
las cintas de la persiana. A menos de cien metros de
distancia, suspendida sobre las sillas del otro lado de la
piscina, flotaba una cometa enorme, capaz de sostener a una
persona. Contra el disco del sol se veía la silueta pintada
de una figura femenina alada, los brazos abiertos sobre los
paneles de lona. La sombra tocaba la persiana plástica a sólo
centímetros de los dedos de Sheppard, como si estuviera
pidiendo que la dejasen entrar a la seguridad del dormitorio
oscurecido.
¿Estaría Martinsen ofreciéndole un vuelo en esa cometa
gigante? Protegiéndose los ojos con los anteojos de sol más
gruesos, Sheppard salió del cuarto y caminó bordeando la
piscina vacía. Era hora de hacerle un modesto desafío al sol.
La cometa colgaba por encima de su cabeza, meciéndose
suavemente; el cable plateado desaparecía en la playa, detrás
de un cobertizo para botes, a un kilómetro de distancia.
Seguro de sí mismo, Sheppard echó a andar por la
costanera. Durante la noche el Cessna había desaparecido,
barrido por las olas. Detrás del cobertizo, el que manejaba
la cometa estaba recogiendo el cable, y la sombra de la mujer
acompañaba a Sheppard, arrastrando a sus pies la larga
cabellera emplumada. Ya estaba seguro de que encontraría a
Martinsen entre las lanchas abandonadas, retirando el mensaje
ambiguo que había enviado al aire feroz.
Casi tropezando en la sombra de la mujer, Sheppard se
detuvo para mirar alrededor. Después de tantas semanas y
meses eludiendo la luz del día, se sentía indeciso ante esas
perspectivas demasiado iluminadas, el mar que le lamía las
orillas de la mente chasqueando sobe la playa con lenguas de
animal pérfido. Sin prestarle atención, echó a correr por la
calle. El que manejaba la cometa había desaparecido,
internándose en las calles repletas de palmeras.
Sheppard arrojó los anteojos de sol y miró hacia el
aire. Lo sorprendió que el cielo estuviese mucho más cerca de
lo que recordaba. Casi parecía vertical, construido con
bloques cúbicos de un kilómetro de ancho, la pared de una
inmensa pirámide invertida.
Las olas se metían en la arena húmeda a sus pies,
cortesanas lisonjeras en ese palacio de luz. La playa pareció
inclinarse, la calle invirtió la curva. Se apoyó contra el
techo de un auto abandonado para recuperar el equilibrio. Le
dolían las retinas, picadas por miles de agujas. De los
techos de los bares y moteles abandonados, de los oxidados
letreros de neón y del polvo cristalino que había a sus pies
salía un resplandor febril, como si todo el paisaje estuviera
al borde de la combustión.
El cobertizo para botes se mecía acercándose, inclinando
el techo a un lado y a otro. Las puertas cavernosas se
abrieron bruscamente, como las paredes de una montaña vacía.
Sheppard dio un paso atrás, cegado durante un momento por las
tinieblas, mientras brotaba de las sombras, hacia la arena,
la figura de un hombre alado que corrió pasándole por
delante, rumbo a la seguridad del bosque cercano. Sheppard
vio un rostro barbudo debajo de la cofia emplumada, alas de
lona montadas sobre un armazón de madera sujeto a los brazos
del hombre. Agitándolas hacia arriba y hacia abajo como un
aviador excéntrico, corría entre los árboles, más estorbado
que ayudado por esas alas desmañadas, una de las cuales se le
rompió a la altura del hombro al atascarse entre las
palmeras. Desapareció en el bosque, todavía saltando en un
esfuerzo por ascender en el aire con esa única ala.
Demasiado sorprendido para reírse de Martinsen, Sheppard
echó a correr detrás de él. Siguó el cable metálico que se
desenroscaba detrás del neurocirujano. La enorme cometa había
caído sobre el techo de una farmacia cercana, pero Sheppard
no le prestó atención y continuó corriendo por las calles
estrechas. El cable terminaba bajo la rueda trasera de un
camión abandonado, pero Martinsen ya no estaba.
En todas partes había signos de pájaros, dibujados con
tiza en las cercas y los troncos de los árboles, centenares
de figuras que formaban una pajarera amenazante, como si
Martinsen estuviese tratando de intimidar a los moradores
originales del bosque y echarlos del Cabo. Sheppard se sentó
en el estribo del camión, sosteniendo entre los dedos el
extremo roto del cable de la cometa.
¿Por qué usaría Martinsen esas alas ridículas, tratando
de convertirse en un ave? Hasta había construido, al final
del camino, una tosca trampa para pájaros, suficientemente
grande como para encerrar a un cóndor, o a un pequeño hombre
alado, una jaula del tamaño de un cobertizo de jardín
levantado de un lado con varas de bambú.
Protegiéndose los ojos del resplandor, Sheppard subió a
la tapa del motor y trató de orientarse. Había entrado en una
parte desconocida de Cocoa Beach, un laberinto de calles
invadidas por el bosque. Se había internado bastante en esa
zona de luz vibrante que había visto desde el Cessna, el
velado farol que parecía expandirse desde el Centro Espacial,
iluminando todo lo que tocaba. La luz era más intensa pero
más sonora, como si cada hoja fuera la ventana de un horno.
Frente a él, en la hilera de bares y tiendas ruinosos,
había una curiosa lavandería automática. Apretada entre un
maltrecho bazar y una cafetería abandonada, parecía un templo
en miniatura, con un techo de tejas doradas, puertas cromadas
y ventanas de vidrios delicadamente grabados. Una intensa luz
interior bañaba toda la estructura, que parecía una gruta
iluminada por lámparas en una calle de santurarios.
La misma arquitectura fantástica se repetía en las calles
cercanas que se perdían en el bosque. A la luz del sol
brillaban una tienda de ramos generales, una gasolinera y un
lavadero de autos, aparentemente diseñados por un grupo de
entusiastas del espacio llegados de Bangkok o de Las Vegas.
Cubiertas por los tamarindos y el musgo negro, las torres
doradas y las ventanas metalizadas formaban un suburbio
enjoyado en el bosque.
Sheppard abandonó la búsqueda de Martinsen, que a esa
altura podía estar escondido en la cima de una plataforma de
lanzamiento de las naves Apolo, y decidió regresar al motel.
Se sentía agotado, como si llevase el cuerpo metido en una
pesada armadura. Entró en el pabellón al lado de la
cafetería, sonriéndole al extravagante interior de esa
modesta lavandería automática. Las máquinas de lavar estaban
dentro de glorietas de herraje y cristal lustrado, una serie
de capillas laterales reservadas para la adoración de la
vestimenta de los técnicos espaciales.
Una luz rubí centelleaba alrededor de Sheppard, como si
un leve terremoto hiciera vibrar al pabellón. Sheppard tocó
la pared vítrea con una mano, y descubrió sorprendido que la
palma parecía fundirse con la superficie, como si ambas
fuesen imágenes proyectadas en una pantalla. Le temblaban los
dedos, un centenar de contornos superpuestos unos sobre
otros, le tamborileaban los pies en el suelo, transmitiendo
las mismas ondas rápidas por las piernas y las caderas, como
si estuviera transformándose en una imagen holográfica, un
número infinito de réplicas de sí mismo. En el espejo encima
de la mesa metálica de la cajera, ahora un trono bizantino,
resplandecía como un arcángel. Levantó de la mesa un
pisapapeles de vidrio, joya trémula de vibrante coral que se
derramó dentro de su propio mar rojo. El mismo torrente
sanguíneo de Sheppard, al fundirse en ese parpadeo de
imágenes múltiples, alimentaba la luz rubí que emitían todas
las superficies dentro del lavadero automático.
Mirándose las manos translúcidas, Sheppard salió del
pabellón y echó a andar por la calle, bajo el sol intenso.
Tras las cercas ladeadas veía las piscinas secas de Cocoa
Beach, fórmulas geométricas de luz y sombra, pisos oblícuos
que cifraban las puertas secretas de otra dimensión. Había
entrado en una ciudad de yantras, diales cósmicos hundidos en
la tierra delante de cada casa y motel para provecho de
devotos viajeros del tiempo.
Las calles estaban vacías, pero oyó detrás unos pasos
laboriosos que le resultaron conocidos. El viejo perdiguero
se afanaba por la acera, derramando una trémula pelambre
dorada. Sheppard lo miró con atención, seguro por un momento
de que estaba viendo el unicornio que Elaine le había
descripto en la última carta. Se miró las muñecas, los dedos
incandescentes. El sol le fijaba en la piel láminas de luz
cobriza, le vestía los brazos y los hombros con una armadura
de gala. El tiempo se condensaba a su alrededor, mil réplicas
de sí mismo salidas del pasado y del futuro habían invadido
el presente y le ceñían el cuerpo.
De los hombros le colgaban alas de luz, cubiertas por un
plumaje dorado arrancado del sol, espectros renacidos de sus
individualidades pasadas y futuras, reclutadas para unirse a
él allí en las calles de Cocoa Beach.
Asustada, una vieja miró a Sheppard desde la puerta de
una casucha junto al cobertizo de los botes. Se llevó las
manos frágiles al pelo teñido de azul, y se encontró
transformada de vejestorio arrugado y andrajoso en una
potente belleza surgida del olvidado Versailles de su
juventud, las mil individualidades de cada día de su vida
pasada alegremente alistadas a su lado, encendiéndole las
mejillas marchitas y calentándole las manos resecas. Su viejo
marido la miró desde la mecedora, reconociéndola por primera
vez en décadas, transformado él mismo en un conquistador
adormecido a orillas de un océano mágico.
Sheppard saludó con la mano, a ellos y a los mendigos y
vagabundos que salían a la luz del sol desde las cabañas y
las habitaciones de los moteles, ángeles soñolientos que
despertaban entrando cada uno en su propia juventud. El
torrente de luz que atravesaba el aire era ahora más lento,
las capas de tiempo se superponían unas a otras, las láminas
de pasado y futuro se fundían en una sola. Pronto se
detendría la marea de fotones, tiempo y espacio quedarían
inmóviles para siempre.
Ansiando formar parte de ese mundo magnético, Sheppard
alzó las alas y se volvió hacia el sol.

--¿Trataba de volar?
Sheppard estaba sentado contra la pared, al lado de la
cama, rodeando las rodillas con brazos que parecían alas
mutiladas. A poca distancia, en el dormitorio en penumbras,
estaban los muebles conocidos, las reproducciones de Marey y
Magritte fijados en el espejo del tocador, el proyector
preparado para ampliar en la pared, encima de su cabeza, el
negro rollo de celuloide.
Pero la habitación parecía extraña, un camarote que
alguien le había asignado en un misterioso crucero, con esa
joven psicóloga tan interesada sentada a los pies de la cama.
Recordó el jeep en la calle polvorienta, los trompetazos del
altavoz dirigiéndose a la pareja de ancianos y a los otros
vagabundos en el momento en que iban a subir en el aire, una
bandada de ángeles. Bruscamente había retornado un mundo
aburrido, sus individualidades pasadas y futuras habían
huido, se encontró de pie en una calle de bares y casuchas
desvencijadas, un espantapájaros con un perro viejo.
Aturdidos, los vagabundos y la pareja de viejos se habían
pellizcado las mejillas resecas y desaparecido en los
dormitorios oscuros.
Entonces esto era tiempo presente. Sin darse cuenta,
había pasado toda su vida en esa zona gris y atormentada.
Pero aún tenía el pisapapeles en la mano. Aunque inerte
ahora, al alzarlo a la luz comenzaba a brillar de nuevo,
convocando a su lado su breve pasado y su ilimitado futuro.
Sheppard esbozó una sonrisa, recordando las alas
translúcidas: una ilusión, desde luego, esa vibración de
individualidades múltiples que resplandecía saliéndole de los
brazos y de los hombros, como un inmenso plumaje eléctrico.
¿Acaso en algún momento del futuro llegaría a ser un hombre
alado, un pájaro de cristal listo para caer en manos de
Martinsen? Se vio enjaulado en la trampa para cóndores,
soñando con el sol...
Anne Godwin movía la cabeza en silencio. Había dejado de
mirar a Shepard y estudiaba con evidente disgusto las
fotografías pornográficas clavadas en las puertas del
armario. Sobre esas copias lustrosas había unos diagramas
geométricos que ese extraño inquilino del motel había trazado
con un lápiz, atravesando los cuerpos de las mujers que
copulaban, una anatomía secundaria.
--¿Así que esto es su laboratorio? Hace días que lo
estamos observando. De todos modos, ¿quién es usted?
Sheppard dejó de mirarse las muñecas, recordando el
fluido dorado que había corrido por esas venas ahora
apagadas.
--Roger Sheppard. --De pronto agregó:-- Soy astronauta.
--¿De veras? --Como una enfermera preocupada, la
psicóloga se sentó en el borde de la cama, tentada de tocar
la frente de Sheppard.-- Es sorprendente cuántos vienen a
Cabo Kennedy... considerando que el programa espacial terminó
hace treinta años.
--No ha terminado. --Tranquilamente, Sheppard hizo todo
lo posible por corregir a esa mujer atractiva pero
confundida. Quería que se fuera, pero ya empezaba a darse
cuenta de que podía ser útil. Además, estaba ansioso por
ayudarla, y liberarla de ese mundo gris.-- En realidad, hay
miles de personas involucradas en un nuevo programa... somos
el comienzo de la primera y auténtica Era Espacial.
--¿No será la segunda? ¿Acaso los vuelos Apolo
fueron...?
--Mal interpretados. --Sheppard señaló con un ademán los
cronogramas de Marey en el espejo del tocador, las fotos
borrosas que mostraban el paso del tiempo, tan parecidas a
las imágenes de sí mismo que había visto antes de la llegada
de Anne Godwin.-- La exploración del espacio es una rama de
la geometría aplicada, y tiene muchas afinidades con la
pornografía.
--Eso suena siniestro. --La sacudió un leve
estremecimiento.-- Esas fotografías suyas parecen la receta
de un tipo especial de locura. No debería salir durante el
día. La luz del sol le inflama los ojos... y la mente.
Sheppard apretó la cara contra la pared fría, pensando
en cómo deshacerse de esa joven psicóloga demasiado
interesada. Sus ojos recorrieron las rayas de luz entre las
perianas de plástico. Ya no temía el sol, y ansiaba salir de
ese cuarto oscuro. El sitio de su individualidad verdadera
estaba en el brillante mundo exterior. Allí sentado, se
sintió como una imagen estática dentro de un solo cuadro de
la película colocada en el proyector que tenía en la mesa de
noche. Había una sensación de cuadro fijo en todo lo que
tenía que ver con su vida pasada: la infancia y la época de
la escuela, McGill y Cambridge, la sociedad de Vancouver, el
noviazgo con Elaine parecían otras tantas secuencias pasadas
a una velocidad incorrecta. Los sueños y ambiciones de la
vida diaria, las pequeñas esperanzas y fracasos, eran
esfuerzos por volver a integrar esos elementos separados en
un todo único. Las emociones eran las líneas de tensión de
esa estirada red de acontecimientos.
--¿Está usted bien? Pobre hombre, ¿no puede respirar?
Sheppard tomó conciencia de la mano de Anne Godwin que
tenía en el hombro. Había cerrado los dedos con tanta fuerza
sobre el pisapapeles que el puño se le había puesto blanco.
Aflojó la mano y le mostró a la psicóloga la flor vítrea.
--Hay aquí una arquitectura curiosa --dijo con
naturalidad--; gasolineras y lavanderías automáticas como
templos siameses. ¿Los ha visto usted?
Anne eludió su mirada. --Sí, al norte de Cocoa Beach.
Pero no me acerco a ese lugar. --De mala gana, agregó:-- Hay
una luz extraña junto al Centro Espacial, una no sabe si dar
crédito a lo que ven los ojos. --Sopesó la flor en la mano
pequeña, los dedos todavía magullados por el espejo lateral
del auto de Martinsen.-- ¿Fue allí donde encontró esto? Es
como un fósil del futuro.
--Lo es. --Sheppard tendió la mano y lo recogió.
Necesitaba la seguridad de la pieza, le recordaba el mundo
luminoso del que lo había arrancado esa joven. ¿Estaría ella
dispuesta a seguirlo? Le miró la frente firme y la nariz de
caballete alto, una proa que vencería los vientos del tiempo,
los hombros anchos, capaces de sostener un plumaje dorado.
Sintió una necesidad repentina de examinarla, de utilizarla
como estrella de su nueva película de video, de explorarle
los planos del cuerpo como un piloto que toca los alerones y
el fuselaje de un avión desconocido.
Se levantó y fue hasta el ropero. Sin pensar, empezó a
comparar la figura desnuda de su mujer con la anatomía de la
joven sentada en la cama, los contornos de los pechos y los
muslos, los triángulos del cuello y del pubis.
--Oiga, ¿me permite? --La psicóloga se interpuso entre
Sheppard y las fotografías.-- No me va a agregar a ese
experimento suyo. De todos modos, ya viene la policía a
investigar lo del avión. Pero ¿qué es todo esto?
--Lo siento. --Sheppard comprendió. Modestamente, señaló
los elementos de su "equipo", películas, cronogramas y fotos
pornográficas, la reproducción de Magritte.-- Es una especie
de máquina. Una máquina del tiempo. Funciona con la energía
de esa piscina vacía que está ahí afuera. Estoy tratando de
construir una metáfora para resucitar a mi mujer.
--Su mujer... ¿cuándo murió?
--Hace tres meses. Pero está aquí, en el bosque, en
algún lugar cercano al Centro Espacial. El que vio usted el
otro día era su médico. Está tratando de convertirse en un
pájaro. --Antes que Anne Godwin pudiese protestar Sheppard la
tomó del brazo y la llevó a la puerta de la habitación.--
Venga, le mostraré cómo funciona la piscina. No se preocupe,
sólo estará afuera diez minutos... el sol nos ha asustado
mucho a todos.
Ella lo tomó del codo cuando llegaron al borde de la
piscina vacía, mostrando en el rostro los primeros signos de
irritación producida por la luz áspera. El suelo de la
piscina estaba sembrado de hojas y anteojos de sol
descartados; entre todo eso se veía claramente el diagrama de
un pájaro.
Sheppard respiraba libremente en el aire dorado. No
había cometas en el cielo, pero vio hacia el norte de Cocoa
Beach la máquina voladora de propulsión a pedal, alas
frágiles que flotaban sostenidas por las corrientes termales.
Bajó por la escalera cromada hasta el fondo seco de la
piscina, luego ayudó a bajar a esa joven nerviosa.
--Esto es la clave de todo --explicó, mientra ella lo
miraba atentamente, protegiéndose los ojos del terrible
resplandor. Él se sentía casi atolondrado, señalando
orgulloso la geometría angular de azulejos blancos y de
sombra--. Es un motor, Anne, de características únicas. No es
ninguna coincidencia que el Centro Espacial esté rodeado de
piscinas vacías. --Consciente de una repentina intimidad con
esa joven psicóloga, y seguro de que no lo denunciaría a la
policía, decidió tomarla por confidente. Mientras bajaban por
el suelo inclinado le rodeó los hombros con el brazo. Bajo
sus pies crujían las lentes negras de docenas de anteojos de
sol descartados, parte de los millares arrojados en las
piscinas secas de Cocoa Beach como monedas en una fuente
romana.
--Anne, en esta piscina hay una puerta de salida, y
estoy tratando de encontrarla, una puerta lateral por la que
podremos escapar todos. Esa enfermedad espacial... en
realidad tiene que ver con el tiempo, no con el espacio,
igual que todos los vuelos Apolo. La vemos como un tipo de
locura, pero puede tal vez ser parte de un plan de salvación
elaborado hace millones de años, un verdadero programa
espacial, una oportunidad para huir a un mundo más allá del
tiempo. Hace treinta años abrimos una puerta en el
universo...
Estaba sentado en el suelo de la piscina vacía entre los
anteojos de sol rotos, la espalda apoyada en la alta pared
del fondo, hablando solo mientras Anne Godwin corría subiendo
por el piso inclinado a buscar el botiquín que tenía en el
jeep. En las manos blancas Sheppard sostenía el pisapapeles
de vidrio, cuya flor, alimentada por su sangre y por el sol,
ardía en una llamarada roja.

Luego, mientras descansaba con ella en su dormitorio del
motel, y durante los días que pasaron juntos en la semana
siguiente, Sheppard le habló de su esfuerzo por rescatar a su
mujer, por encontrar la clave de todo lo que sucedía
alrededor.
--Anne, tira el reloj. Levanta las persianas. Piensa en
el universo como una estructura simultánea. Todo lo que ha
sucedido alguna vez, todos los hechos que sucederán alguna
vez, ocurren al mismo tiempo. Nuestro sentido de la propia
identidad, la corriente de cosas que nos rodea, son una
especie de ilusión óptica. Nuestros ojos están demasiado
juntos. Esos extraños templos en el bosque, los maravillosos
pájaros y animales...tú también los has visto. Todos debemos
abrazar el sol, quiero que tus hijos vivan aquí, y Elaine...
--Roger... --Anne le apartó las manos del pecho
izquierdo. Durante minutos, mientras hablaba, Sheppard le
había estado palpando obsesivamente las curvaturas, como un
ladrón que trata de encontrar la combinación de una caja
fuerte. Ella miró el cuerpo desnudo de ese hombre obsesivo,
la piel blanca que alternaba en los codos y en el cuello con
zonas oscuras, tostadas por el sol, una geometría de luz y
sombra tan ambigua como la de la piscina vacía.
--Roger, hace tres meses que murió. Me mostraste una
copia del certificado de defunción.
--Sí, murió --dijo Sheppard--. Pero sólo en un sentido.
Ella está aquí, en algún lugar, en el tiempo total. Nadie que
haya vivido alguna vez puede verdaderamente morir. Voy a
encontrarla, sé que me espera aquí para que la resucite...
--Señaló modestamente las fotografías del dormitorio.-- Quizá
no impresione mucho, pero esto es una metáfora que
funcionará.
Durante una semana, Anne Godwin ayudó en lo posible a
Sheppard a construir su "máquina". Todo el día se entregaba a
la cámara Polaroid, a las películas de su cuerpo que Sheppard
proyectaba en la pared encima de la cama, a las interminables
posiciones pornográficas en que colocaba los muslos y el
pubis. Sheppard miraba durante horas por el ocular de la
cámara, como si buscase entre esas imágenes una puerta
anatómica, una de las claves en una combinación cuyos otros
elementos eran los cronogramas de Marey, las pinturas
surrealistas y la piscina vacía allí afuera, al sol cada vez
más brillante. Al anochecer, Sheppard la sacaba de la
habitación y la hacía posar junto a la piscina vacía, desnuda
desde la cintura, una mujer de sueños en un paisaje de
Delvaux.
Mientras tanto, el duelo de Sheppard con Martinsen
continuaba en los cielos de Cabo Kennedy. Después de la
tormenta las olas depositaron en la playa el Cessna hundido,
secciones del ala y del estabilizador de cola, partes de la
cabina y del tren de aterrizaje. La reaparición del aparato
empujó a los dos hombres a una actividad frenética. Los
dibujos de pájaros se multiplicaron en las calles de Cocoa
Beach, pintados con aerosol en los descascarados frentes de
las tiendas. Esbozos de aves gigantescas cubrían la playa,
sosteniendo en los talones los fragmentos del Cessna.
Y la luz seguía volviéndose cada vez más brillante,
saliendo de las plataformas del centro espacial, encendiendo
los árboles y las flores y sembrando en las aceras
polvorientas una alfombra de diamantes. Para Anne, esa
aureola siniestra que flotaba sobre Cocoa Beach parecía a
punto de perforarle las retinas como un hierro candente.
Temerosa de acercarse a las ventanas, se sometió a Sheppard
durante esos últimos días. Sólo cuando él intentó asfixiarla,
en un esfuerzo confuso por liberarle de la prisión las
individualidades pasadas y futuras, huyó del motel y fue a
buscar al sheriff a Titusville.

Mientras la sirena del auto de la policía se perdía en el
bosque, Sheppard descansó contra el volante del Plymouth.
Había llegado a la vieja calzada de la NASA, del otro lado
del Banana River, con el tiempo justo para doblar y meterse
en un camino lateral abandonado. Aflojó los puños,
incómodamente consciente de que las manos todavía le dolían a
causa de la pelea con Anne Godwin. Ojalá hubiera tenido más
tiempo para advertir a la joven que estaba tratando de
ayudarla, de liberarla de esa carne transitoria y temporal
que había acariciado con tanto afecto.
Volvió a poner en marcha el motor y arrancó por el
camino, que ya se había transformado en un sendero selvático
e irregular. Allí en Merrit Island, casi al alcance de las
arrolladoras sombras de las enormes plataformas, el bosque
parecía incendiado de luz, un mundo submarino en el que cada
hoja y cada rama colgaba ingrávida a su alrededor. Reliquias
de la primera Era Espacial brotaban de la maleza como
espectros excesivamente iluminados: un tanque de combustible
esférico metido dentro de una chaqueta de lianas en flor,
dispositivos de lanzamiento de cohetes caídos al pie de
plataformas abandonadas, un inmenso vehículo con cadenas, de
seis pisos de altura, como un hotel de hierro, cuyas huellas
formaban dos caminos metálicos dentados que atravesaban el
bosque.
Quinientos metros más adelante, cuando el sendero
desapareció bajo una caída empalizada de troncos de palmera,
Sheppard apagó el motor y salió del auto. Ahora que estaba
bien dentro del perímetro del Centro Espacial descubrió que
el proceso de fusión temporal estaba aún más avanzado. Las
palmeras podridas yacían allí en el suelo, pero vivas otra
vez, las intensas volutas de la cáscara encendidas por los
años de jade de la juventud, brillando con los tintes
cobrizos de su madurez selvática, elegantes dentro de ese
mosaico que vestía su avanzada decadencia.
Por una abertura en el follaje Sheppard vio la
plataforma de la Apolo 12 que subía entre los robles altos
como la hoja de un giantesco reloj solar. La sombra caía
sobre un estuario plateado del Banana River. Recordando el
vuelo en el Cessna, Sheppard calculó que el club nocturno
estaba a poco más de un kilómetro y medio hacia el noroeste.
Echó a andar por el bosque, saltando de un tronco al
siguiente, eludiendo las cortinas de musgo negro que exhibían
seductores frescos. Atravesó un pequeño claro junto a un
arroyo poco profundo, donde tomaba sol tranquilamente un
enorme caimán, rodeado por un resplandor que él mismo
generaba, sonriendo satisfecho mientras las quijadas de oro
hocicaban sus propias individualidades pasadas y futuras. Del
humus mojado brotaban helechos vívidos, hojas adornadas
estampadas en metal, capas y capas de cobre y verdín fijadas
en un mismo proceso. Hasta la modesta hiedra terrestre
parecía haberse cebado con los cadáveres de los astronautas
desaparecidos hacía mucho tiempo. Ese era un mundo alimentado
por el tiempo.
En los árboles había dibujos de signos ornitológicos,
palomas de Picasso garabateadas en cada tronco como si un
laborioso empresario de mudanzas estuviera preparando a todo
el bosque para el vuelo. Había trampas enormes, tendidas en
los claros estrechos y evidentemente calculadas para cazar
algo que no era un pájaro. De pie junto a uno de esos cestos
sostenidos por varitas, descubrió que todos miraban hacia las
plataformas de Apolo. Así que ahora Martinsen no estaba
asustado de Sheppard sino de una criatura aérea a punto de
salir del corazón del Centro Espacial.
Sheppard arrojó una rama suelta al sensible soporte de
la trampa. La varita de bambú saltó como un resorte, y el
pesado cesto cayó al suelo en una nube de hojas, despidiendo
una onda luminosa que reverberó entre los árboles. Casi al
mismo tiempo se produjo una ráfaga de actividad en un
matorral de palmitos resplandecientes a cien metros de
distancia. Mientras Sheppard esperaba, oculto detrás de la
trampa, se acercó una figura corriendo, un hombre barbudo
vestido con un andrajoso disfraz de pájaro, una mezcla de
Crusoe y guerrero indio, plumas brillantes de guacamayo
atadas a las muñecas y gafas de aviador en la frente.
Se acercó de prisa a la trampa y la miró como aturdido.
Aliviado de encontrarla vacía, se apartó de los ojos las
plumas harapientas y observó las copas de los árboles, como
si esperase ver a su presa posada en una rama cercana...
--¡Elaine...!
El grito de Martinsen fue un quejido patético. Sin saber
bien cómo calmar al neurocirujano, Sheppard se puso de pie.
--Elaine no está aquí, doctor...
Martinsen dio un paso atrás, el rostro barbudo tan
menudo como el de un niño. Miró a Sheppard, casi sin poder
controlarse. Sus ojos recorrían en suelo y el follaje
incandescentes, y se sacudía nerviosamente los bordes
borrosos de los dedos, aterrorizado sin duda por esos
fantasmas de sus otras individualidades que ahora llevaba
adheridas. Le hizo un gesto de advertencia a Sheppard,
señalando los perfiles múltiples de sus brazos y piernas que
formaban una armadura resplandeciente.
--Sheppard, no se detenga. Oí un ruido... ¿ha visto
usted a Elaine?
--Está muerta, doctor.
--¡Hasta los muertos pueden soñar! --Martinsen asintió
con la cabeza; el cuerpo le temblaba como si tuviera fiebre.
Señaló las trampas para pájaros.-- Sueña con volar. Las he
puesto aquí para atraparla si intenta huir.
--Doctor... --Sheppard se acercó al exhausto médico.--
Déjela volar, si ella quiere, déjela soñar. Y déjela
despertar...
--¡Sheppard! --Martinsen retrocedió, espantado de la
mano eléctrica que Sheppard tendía hacia él.-- ¡Está tratando
de volver de la muerte!
Antes que Sheppard pudiese alcanzarlo, el neurocirujano
dio media vuelta. Se acomodó las plumas y se lanzó entre las
palmeras, y con un grito de dolor y de rabia desapareció en
el bosque.
Sheppard dejó que se fuera. Ahora sabía por qué
Martinsen había remontado esas cometas, y llenado el bosque
con imágenes de aves. Había estado preparando todo el Centro
Espacial para Elaine, transformando la selva en una pajarera
donde ella pudiese sentirse cómoda. Aterrorizado por la
visión de esa mujer aparentemente alada que despertaba del
lecho de muerte, abrigaba ahora la esperanza de poder
mantenerla de algún modo dentro del reino mágico del bosque
de Cabo Kennedy.
Sheppard dejó las trampas y echó a andar entre los
árboles, los ojos clavados en las enormes plataformas que
ahora estaban a sólo unos pocos cientos de metros de
distancia. Sentía los vientos del tiempo rozándole la piel,
fijándole las otras individualidades en los brazos y los
hombros, la transformación de sí mismo, otra vez, en aquel
ser angelical que se paseaba por las calles ruinosas de Cocoa
Beach. Atravesó una rampa de cemento y entró en una zona más
densa del bosque, un mundo esmeralda decorado con frescos
extravagantes, un palacio sin muros.
Casi había dejado de respirar. Allí, en el centro del
área espacial, sentía que el tiempo se engullía rápidamente a
sí mismo. Los infinitos pasados y futuros del bosque se
habían fundido. Un perico de cola larga se detuvo entre las
ramas sobre su cabeza, un emblema eléctrico de sí mismo más
espléndido que un pavo real. Una serpiente enjoyada colgaba
de una rama, reuniendo sobre el cuerpo todas las pieles
bordadas que había mudado alguna vez.
Un estuario del Banana River se deslizaba entre los
árboles, una lengua de plata que descansaba pasivamente a sus
pies. En la orilla, a cincuenta metros de distancia, estaba
el club nocturno que había visto desde el Cessna, la fachada
luminosa encendida contra el follaje.
Sheppard vaciló en la orilla del agua, y luego pisó la
superficie dura. Sentía bajo los pies las arrugas faágiles,
como si caminara por un piso de cristal escarchado. Sin
tiempo, nada podía perturbar el agua. En la hierba de cuarzo
al pie del club nocturno había comenzado a levantarse del
suelo una bandada de oropéndolas. Estaban silenciosamente
suspendidas en el aire, los abanicos de oro iluminados por el
sol.
Sheppard saltó a tierra y subió por la cuesta hacia
ellas. Una mariposa gigante desplegaba contra el aire las
alas de arlequín, detenida en pleno vuelo. Sheppard la eludió
y caminó a pasos largos hacia la entrada del club nocturno,
donde estaba posado en la hierba el planeador de propulsión a
pedal, la hélice como una espada brillante. Un pájaro
desconocido se agazapaba en el follaje, una rara especie de
quetzal o de tucán que hasta hacía poco había sido un modesto
estornino. Miraba la presa, un pequeño lagarto subido en los
escalones, transformado ahora en una confiada iguana
acorazada por la suma de sus individualidades. Como todo el
bosque, ambos animales eran ahora criaturas ornamentales
vaciadas de toda malignidad.
Por las ventanas de cristal Sheppard espió el interior
de la glorieta resplandeciente del club nocturno. Era
evidente que ese exótico pabellón no había sido en otro
tiempo más que la casa del guardabosque, el escondite de fin
de semana de algún aficionado a las aves, transformado por la
luz de la suma de sus identidades en ese casino en miniatura.
Las mágicas puertas ventanas permitían ver una sala pequeña
pero opulenta, un círculo de sillas muy bien tapizadas junto
a una cocina que parecía la capilla lateral de una catedral
de cromo. Contra la pared del fondo había una hilera de
jaulas en desuso, abandonadas allí hacía años por un
ornitólogo local.
Sheppard abrió las puertas y entró en ese ambiente
viciado. A su alrededor flotaba un olor rancio y
desagradable, no el olor de pájaros sino el del cadáver de
algún animal guardado demasiado tiempo al sol.
Detrás de la cocina, y parcialmente oculta en las
sombras que arrojaban las pesadas cortinas, había una jaula
grande de bruñidos barrotes de bronce. Se apoyaba en una
plataforma estrecha, y tenía un extremo tapado por un paño de
terciopelo, como si un prestidigitador distraído hubiese
estado a punto de realizar un complejo truco con la ayuda de
la asistente y de una bandada de palomas.
Sheppard atravesó la habitación, cuidando de no tocar
las sillas resplandecientes. La jaula encerraba un estrecho
catre de hospital, y los paneles laterales estaban ajustados
y asegurados con cerrojos. Acostada en el colchón raso había
una mujer vieja vestida con una bata. La mujer miraba con
ojos débiles las barras que tenía por encima de la cara, el
pelo oculto dentro de una toalla blanca firmemente envuelta
alrededor de la frente. Una mano artrítica había asido la
almohada, de manera que la barbilla le resaltaba como un
cincel. La boca estaba abierta en un bostezo de muerte, un
feo rictus que le descubría los dientes sorprendentemente
uniformes.
Mientras miraba la piel cerosa de ese rostro en otra
época tan conocido, parte de su vida durante tantos años,
Sheppard pensó primero que estaba viendo el cadáver de su
madre. Pero al retirar el paño de terciopelo la luz del sol
tocó las fundas de porcelana de aquellos dientes.
--Elaine...
Ya había aceptado que ella estaba muerta, que había
llegado tarde a ese mausoleo provisorio donde el
apesadumbrado Martinsen había conservado el cuerpo,
encerrándolo en esa jaula mientras se esforzaba por atraer a
Sheppard al bosque.
Metió la mano entre los barrotes y le acarició la frente.
Los dedos nerviosos desajustaron la toalla, descubriendo la
cabeza calva. Pero antes de que pudiese reacomodarle en el
cráneo esa tela gris, sintió que algo le asía la muñeca. La
mano derecha de Elaine, una garra de palillos nudosos en los
que había expirado toda sensibilidad hacía mucho tiempo, se
movió y le tomó la suya. Los ojos débiles miraron serenamente
a Sheppard, reconociendo sin ninguna sorpresa a ese joven
marido. Los labios descoloridos se movieron sobre los
dientes, examinando las superficies pulidas, como si
estuviera identificándose cautamente.
--Elaine... he venido. Te llevaré... --Al intentar
calentarle la mano, Sheppard sintió un enorme alivio, la
seguridad de que todo el dolor y la incertidumbre de los
últimos meses, la búsqueda de la puerta secreta, no habían
sido vanos. Sintió una corriente de afecto por su mujer, una
necesidad de dar salida a todas las emociones guardadas que
no había podido expresar desde la muerte de ella. Había allí
mil y una cosas para contarle, acerca de sus planes para el
futuro, de su salud irregular y, sobre todo, la larga
búsqueda de ella a través de todas las piscinas vacías de
Cabo Kennedy.
Veía el planeador afuera, el extraño pájaro que
custodiaba la ahora resplandeciente cabina, una aureola en la
que podrían volar juntos. Tanteó la puerta de la jaula,
confundido por el fulgor casi fúnebre que había comenzado a
emanar del cuerpo de Elaine. Pero cuando ella se movió y se
tocó la cara una luz cálida le cubrió la piel gris. Se le
estaba ablandando el rostro, las puntas huesudas de la frente
desaparecieron bajo sienes lisas, la boca perdió la mueca de
muerte y se transformó en el arco reluciente de la joven
estudiante que él había visto por primera vez hacía veinte
años, sonriéndole desde el otro lado de la piscina del club
de tenis. Volvía a ser una niña, el cuerpo reseco inundado e
irrigado por las individualidades anteriores, una escolar
vivaz animada por las imágenes de su pasado y de su futuro.
Elaine se incorporó, sacándose con dedos fuertes el
gorro mortuorio que llevaba en la cabeza, y con un movimiento
se soltó las trenzas húmedas de cabello plateado. Tendió las
manos hacia Sheppard, tratando de abrazar al esposo a través
de los barrotes de la jaula. Ya tenía los brazos y los
hombros vestidos de luz, ese plumaje eléctrico que él mismo
llevaba ahora puesto, amante alado de esa alada mujer.
Mientras sacaba los cerrojos de la jaula, Sheppard vio
que las puertas del pabellón se abrían al sol. Martinsen
estaba de pie en la entrada, mirando el aire brillante con la
expresión átona de un sonámbulo despertado de un sueño
oscuro. Se había quitado las plumas, y ahora tenía el cuerpo
vestido con una docena de imágenes fulgurantes de sí mismo,
refracciones del pasado y el presente vistas a través del
prisma del tiempo.
Gesticulaba tratando de advertirle a Sheppard que se
alejase de su mujer. Sheppard estaba ahora seguro de que el
médico había vislumbrado el tiempo de los sueños, mientras
lloraba a Elaine en las horas que siguieron a su muerte. La
había visto revivir entre los muertos, mientras las imágenes
de su pasado y de su juventud acudían a rescatarla,
convocadas por las fuerzas invisibles del Centro Espacial.
Temía la jaula abierta, y el espectro de esa mujer alada que
se alzaba de sus propios sueños en el borde de la tumba,
llamando a la legión de sus individualidades pasadas para que
la resucitasen.
Confiado en que Martinsen pronto entendería, Sheppard
abrazó a su mujer y la levantó del lecho, ansioso por dejar a
esa joven huir a la luz del sol.

¿Podría todo eso haber estado esperándolos a la vuelta de las
invisibles esquinas de sus vidas pasadas? Sheppard se quedó
junto al pabellón, mirando hacia ese mundo silencioso. Un mar
de ámbar, casi tangible, flotaba sobre los bancos de arena de
Cabo Kennedy y Merrit Island. Un dosel de aire diamantino
colgaba de las plataformas Apolo, cubriendo el bosque.
En el río, allá abajo, centellearon unos movimientos.
Una mujer joven corría por la superficie del agua, y el pelo
plateado le flotaba detrás como alas que empiezan a
desplegarse. Elaine estaba aprendiendo a volar. La luz de los
brazos abiertos brillaba en el agua y moteaba las hojas de
los árboles que pasaban a su lado. Llamó a Sheppard por
señas, invitándolo a acompañarla, una niña que era tanto su
madre como su hija.
Sheppard caminó hacia el agua. Pasó entre la bandada de
oropéndolas suspendidas encima de la hierba. Cada uno de los
pájaros inmóviles se había transformado en una joya apretada,
deslumbrada por su propio reflejo. Tomó uno de los pájaros en
el aire y le alisó el plumaje, buscando la misma clave que
había tratado de encontrar cuando acariciaba a Anne Godwin.
Sintió las palpitaciones del ave en las manos, un universo
emplumado que temblaba alrededor de un solo corazón.
El pájaro se estremeció y se animó, como una flor
liberada de las cápsulas. Le saltó de los dedos, un torrente
de imágenes de sí mismo entre las ramas. Contento de
liberarlo, Sheppard tomó las oropéndolas del aire y las
acarició una por una. Liberó la mariposa giante, el quetzal y
la iguana, las polillas y los insectos, los helechos y los
palmitos de la orilla, congelados, encerrados en el tiempo.
Por último liberó a Martinsen. Abrazó al desvalido
doctor, buscando los músculos fuertes del joven estudiante y
los huesos sabios del viejo médico. En un repentino instante
de reconocimiento, Martinsen se encontró a sí mismo, la
juventud y la vejez fundidas en las geometrías abiertas del
rostro, esa cita feliz de sus individualidades pasadas y
futuras. Dio un paso atrás, apartándose de Sheppard, las
manos alzadas en un saludo generoso, luego corrió por la
hierba hacia el río, ansiando ver a Elaine.
Satisfecho, Sheppard fue a unirse a ellos. El bosque
pronto volvería a cobrar vida, y podrían regresar a Cocoa
Beach, a ese motel donde Anne Godwin yacía en el dormitorio
oscurecido. De allí seguirían, a los pueblos y ciudades del
sur, a los niños sonámbulos de los parques, a los padres y
madres que soñaban embalsamados en las casas, esperando que
los despertasen del presente y los llevasen al reino infinito
de sus individualidades repletas de tiempo.


Título original: "Myths of the Near Future"
Del libro Myths of the Near Future
(c) J. G. Ballard 1982
Traducción de Marcial Souto


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