Las 10 idioteces más ilustres de la década Escrito por Alejandro Dolina
Extraído de la revista "Humo(r)" n° 6, de noviembre de 1978
Transcripto por Diego Papic
No hay nada más difícil en estos tiempos que encontrar a un señor dispuesto
a admitir su ignorancia. Todo el mundo cree que es obligación el tener opinión
formada sobre cada uno de los aspectos del universo. Por eso no es raro
encontrar en cada pizzería muchachones que -entre porción y porción- cuestionan
las teorías de Darwin con la misma autoridad con que podrían juzgar las últimas
actuaciones de Mastrángelo. Cualquiera opina sobre cualquier cosa. Todos son
entendidos.
Y si alguien comienza su discurso con un humilde "Yo de esto no entiendo
nada", no tardará en agregar un "pero" para luego despacharse con el muestrario
completo de sus ideas sobre la inmortalidad del cangrejo. Uno se pregunta
entonces, ¿cómo se hace para abarcar tanto? ¿Cómo se consiguen opiniones tan
surtidas?
Hay dos procedimientos. El primero consiste en dedicar treinta o cuarenta
años a la tarea de adquirir sabiduría. Los resultados de este método son, hay
que reconocerlo, inciertos. El segundo procedimiento es repetir lo que uno
escucha por ahí. De este modo cualquiera puede adueñarse de los pensamientos
que más le gusten, sin tomarse el trabajo de pensar, que es lo que mata. El
mundo moderno -ya se sabe- pone a nuestra disposición una amplísima gama de
opiniones sueltas. Están en los diarios. Se repiten por radio. Florecen en las
charlas de café. Y uno puede elegir la que quiera y repetirla como propia. Aquí
conviene detenerse un instante. Es evidente que en inmenso stock queropia.
mencionábamos hay de todo. Desde verdades irrefutables hasta estupideces
monumentales. Pero a la hora de elegir, la gente se decide por los juicios más
llamativos y detonantes. Y la verdad suele ser austera y sencillita. Todo esto,
la costumbre de repetir lo que se oye, el ansia de sorprender y la pereza
mental, han cimentado el éxito y la consagración de un sinnúmero de disparates
que andan de boca en boca, como si fueran la flor del pensamiento moderno.
Estas pavadas son ya lugares comunes. Pero sus propagandistas las recitan
como si acabaran de inventarlas. El propósito de este trabajo es presentar una
colección incompleta de idioteces prestigiosas e intentar una somera refutación
de cada una de ellas.
1. Ay, todo es política
Argumento que suelen usar los señores politizados cuando uno les confiesa
que la política no le interesa. Sus sostenedores explican que todas las cosas
se interaccionan y que hasta los hechos más baladíes tienen su connotación
política. Por ejemplo, comer un helado puede ser un hecho político si se piensa
que quienes no tengan el dinero para comprarlo pueden sentirse víctimas de una
injusticia. Este mismo razonamiento puede servir también para demostrar que
todo es zoología o que todo es aritmética o que cualquier cosa es cualquier
cosa y viceversa. No hay que llevar la metáfora hasta sus últimas consecuen-
cias. Hay cosas que son política y otras que no lo son. Por ejemplo, el tango
"El taita del arrabal" no es política.
2. Ay, todo es psíquico
Proposición que atribuye todos los males del cuerpo a los desórdenes
mentales que padecemos. ¿Le duele a uno la cabeza?: son los nervios. ¿Le pica a
uno la nuca?: es la ansiedad. ¿Vomita uno como un cerdo?: está somatizando.
Refutación: conozco centenares de personas de mente sana que sufren dolores
en los lugares más destacados del cuerpo humano. No es necesario estar loco
para apestarse.
3. Ay, en el fútbol ya no hay equipos chicos
Refutación: vaya a ver un partido entre All Boys y Platense en la cancha de
Argentinos Juniors y después me cuenta.
4. Ay, nadie es imprescindible
Frase que le sueltan a uno cada vez que abandona una empresa, un trabajo o
un cumpleaños. Parece significar que todas las personas son la misma cosa y que
cualquiera puede ocupar los lugares vacantes.
Refutación: siempre hay algo para lo cual solamente sirve una determinada
persona. Por ejemplo, para protagonizar el show de Frank Sinatra, es indispen-
sable Frank Sinatra.
5. Ah, el público es exitista. Cuando uno ganan lo aplauden y cuando pierde
lo silban
Y está muy bien. De lo contrario no existirían diferencias entre los genios
y los troncos. Peor sería que siempre aplaudieran. O que siempre silbaran. O lo
que es peor: que aplaudieran al que pierde y silbaran al que gana.
6. Si de noche lloras por el sol, las lágrimas te impedirán ver las
estrellas.
Frase que han consagrado los posters y que se pronuncia contra el llanto y
la tristeza.
Hace milenios, en Grecia, un pedante vio a Solón llorar amargamente por su
hijo muerto.
-¿Por qué lloras -le dijo- si de nada te servirá?
-Por eso -contestó Solón- porque de nada me servirá.
Hay que aprender a llorar y a comprender que la vida no es una kermesse.
7. Gardel murió justo a tiempo
Opinión que parece reducir las virtudes gardelianas a una muerte oportuna.
La refutación corre por parte del propio Gardel en cualquiera de sus discos.
8. Hay que tomar las derrotas con filosofía
Cuando uno oye esto, supone que después de perder al truco, es necesario
leer a Spinoza o meditar la posibilidad del conocimiento. Sin embargo, lo que
en realidad quiere decirse es que hay que consolarse ante el infortunio.
Con lo cual viene a descubrirse que para algunas personas la filosofía es el
consuelo. Yo pienso más bien lo contrario.
9. Sobre gustos no hay nada escrito
Refrán lamentable que suelen utilizar los amantes del naranjín con cerveza y
las camisas con lentejuelas.
En realidad sobre gustos se ha escrito mucho. Y hasta hay escritores que no
han abordado jamás otro tema. Es cuestión de leer, nada más.
10. Hay que ser amigo de los hijos
Disparate que tiene su origen en un cierto verso del Martín Fierro, cuya
negligente lectura puede sugerir que un amigo es más que un padre. En verdad
cuesta trabajo imaginar a un señor que sale junto a su hijo a tocar timbres y
patear tachos de basura.
Creo que lo mejor es ejercer la alta dignidad de padre o de madre, con toda
la jerarquía que esto presupone. Los amigos pueden fallar. Los padres no.
Hay más tonterías ilustres: "Yo tengo mi propio código moral". "El que va al
hipódromo por primera vez, gana". "Castillo con Tanturi cantaba bien". "Los
norteamericanos tiene un plato volador con los cadáveres de sus tripulantes".
"Los humoristas son gente triste".
Todas estas cosas se oyen mil veces por día. Es un buen momento para empezar
a combatirlas.
Para eso es necesario sacudir las telarañas de los sesos y pensar bien lo
que uno dice. Y cuando se da el frecuente caso de no tener nada que decir, a
callar. Que siempre es mejor visto un pajarón silencioso que un vivo
macaneando. Buen provecho.