La amenaza del jean Escrito por Alejandro Dolina
Extraído de la revista "Humor" n° 9, de febrero de 1979
Transcripto por Diego Papic
Los espíritus sensibles de este mundo viven -ya se sabe- amenazados
permanentemente por las fuerzas del mal. A veces estas fuerzas vienen de frente
y uno puede reconocerlas enseguida. Tal es el caso de los criminales,
estafadores, atorrantes, malandrines y compadritos.
Pero también suele ocurrir que las filas infernales cobren formas de
increíble belleza para engañarnos.
Hay señoritas hermosas que son en realidad el diablo, aunque nosotros no lo
sepamos ni ellas tampoco.
Hay caballeros de sonrisa amplia y gestos amables que se comen los niños
crudos.
El mal puede estar en cualquier parte, señores.
Y hoy, con vuestro permiso, quisiera hacer una advertencia a nuestros
lectores bondadosos e inocentes: ¡araca! ¡guarda! ¡cuidado!... Un grave peligro
se cierne sobre todos nosotros. Los jóvenes están decididos a conquistar el
mundo. Nada los detendrá. Se avecina la increíble y espantosa tiranía del jean.
La conspiración ya está en marcha. Ustedes no querrán creerlo, pero es
cierto.
¿No lo ven? ¿No se dan cuenta? Todas las cosas que se hacen están destinadas
a la juventud. Discos, libros, zapatillas, poesías, helados, balnearios. Todo.
Usted me dirá que los mercaderes no son tontos y que los jóvenes siempre
están dispuestos a comprar cualquier pavada.
Es cierto. Siempre es más razonable venderle una bicicleta a un muchacho que
a un viejo amarrete.
Pero hay algo que no entiendo. ¿Es necesario hablar de "nuestra maravillosa
juventud" para venderle una tricota a un pajarón?
Los comerciantes han desatado una campaña de adulación del borrego que ya
alcanza límites demenciales.
Y así pueden verse comerciales de televisión en los que se discurre
torpemente sobre el papel de los jóvenes en la vida, con el pretexto de que se
les quiere hacer tomar naranjín.
¿Qué tendrá que ver -digo yo- el candor de los romances quinceañeros con la
resistencia que tiene un pantalón ordinario en los fondillos?
Algo debe estar ocurriendo. No sé bien qué. Pero debe ser algo malo. Los
chocolatineros disfrazan sus comprensibles apetencias mercantiles bajo la forma
de cruzadas en favor de la dulzura, la ingenuidad y los nuevos vientos. Y yo sé
bien que cuando un chocolatinero filosofa, algo malo sucede.
Pero no son sólo los comerciantes los que adulan a la juventud. Todos se han
inscripto de un modo u otro en esta corriente.
-Quiero que mi música llegue a los jóvenes -declara el bandoneonista Anselmo
Graciani, al frente de su sexteto típico.
-El mío es un arte joven -confiesa el pintor Fabio Llobregat.
-Es conmovedor ver cómo los jóvenes se acercan al teatro -solloza el primer
actor Lucio del Sur.
-Este libro está dedicado a todos los jóvenes -ruge el poeta Australio
Godoy.
-Mentira, mentira -contesta el simpático autor de esta nota. Esta
obsecuencia es parte de un complot gigantesco. El más grande que se haya visto
jamás.
"Yo con los pibes aprendo mucho"
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Es una frase que suelen soltarnos los señores modernísimos de quienes
hablábamos el mes pasado (1).
Es verdad, la compañía de personas muy jóvenes suele ser más alegre que
esclarecedora. Porque la sabiduría es una fruta de invierno.
Uno puede reunirse con los adolescentes para muchas cosas: para cantar, para
bailar, para jugar al fútbol, para referir historias chuscas, para tirar
piedras a los faroles.
Pero difícilmente para instruirse. Por eso los que dicen aprender con los
chicos se me antojan hipócritas o pelafustanes.
En realidad, mucho mejor que aprender con los jóvenes es enseñarles.
Y al respecto pueden decirse algunas cosas: ¿qué es lo que sabe nuestra
juventud? ¿Será cierto que los chicos de hoy son más instruidos que los de
antes?
Quién sabe. Algunos profesores me cuentan que sus alumnos saben tanto de
historia argentina como un refugiado birmano llegado hace cinco días.
Una revista de Buenos Aires ha recorrido todo el país visitando escuelas. Y
parece que para encontrar un chico que pueda escribir su nombre y dirección sin
faltas hay que andar leguas y leguas.
También es posible que los jóvenes de hoy en día lean menos, a favor del
auge de otras actividades menos frecuentes hace algunos años. Lo mismo pasa con
las inquietudes artísticas. Hay menos mozos guitarreros o pianistas.
Pero no quiero ser injusto ni caer en el deplorable vicio de argir con
ejemplos. Si yo le cuento que un vecino mío tiene 17 años y no sabe cruzar la
calle, usted me contará que su cuñado, a los 12, ya pelaba naranjas solo.
Entonces yo sacaré a colación un primo chitrulo para que usted me retruque con
un sobrino genial.
Habrá jóvenes brillantes como siempre los hubo. Pero esto no autoriza a
nadie a creer que todos los jóvenes lo son. Como tampoco los giles a rayas que
uno encuentra por ahí alcanzan para sustentar la afirmación de que las nuevas
generaciones están compuestas solamente por vichenzos, mamertos y bobetas.
Lo que me gusta de los jóvenes
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Cuando se aborda este tema muchas personas suelen referirse a "la frescura"
de la juventud.
¿Qué quiere decir esto? No lo sé. Yo pensaba que un tipo fresco era más bien
una especie de caradura.
Sin embargo algunos amigos me han explicado que fresco es un señor
espontáneo que se tira a la pileta vestido, que sonríe siempre y que corre por
el parque tomado de la mano de su novia.
Yo lo que más admiro de la juventud es la belleza, que es su indiscutido
patrimonio.
Y la inmortalidad. Ningún joven es mortal. Tienen la muerte demasiado lejos.
Un hombre empieza a pensar en eso después, cuando -como dice Bustos Domecq- uno
no puede darse vuelta sin que alguien caiga redondo.
También me maravilla la esperanza. En los sueños de los chicos cabe todo.
Uno a los quince años puede pensar que va a hacer todas las cosas de este
mundo: dar conciertos de piano, jugar en Boca, actuar en Hollywood, explorar el
delta del Indo.
Después nos invade el nunca más. Y como la piel de onagro, el universo se
nos achica. Cada día de nuestra vida es una elección. Y toda elección es una
renuncia. El que elige ser cantor de tangos no podrá comandar un ballenero. El
que elige casarse con Carolina de Mónaco deberá renunciar para siempre a
Marcela López Rey. Por eso admiro a los chicos. En su futuro están -boca abajo-
todas las cartas de la vida. Ya tendrán tiempo para el desengaño, cuando al
orejear vean que el as que palpitaban era un miserable cuatro de copas.
Admirable es también el amor juvenil. Sin los presentimientos que señalaba
Discépolo. Sin temores y sin cálculos, aunque también sin piedad.
Lo que no me gusta
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Odio su música. No sólo la música de estos jóvenes de hoy. La música juvenil
de todas las épocas fue deplorable. Donna Summer es horrible, como era horrible
Bill Haley.
Odio sus hábitos de imitación. Y su soberbia.
Y su ignorante obstinación: uno discute con un chico y sostiene puntos de
vista opuestos a los suyos. Inmediatamente el tipo sospecha que uno piensa como
piensa porque no está al tanto de ciertos hechos que él conoce. Y no se le pasa
ni un segundo por la sesera la idea de que uno no sólo está al tanto de tales
hechos sino también de otros que él ni siquiera se sueña y que son los que
determinan nuestra opinión final. De cualquier modo, cabe reconocer que este
defecto no es exclusivo de los chicos. Aparece también en un número prodigioso
de grandulones.
Me molesta también su egoísmo. Y sus quejas por la incomprensión de los
mayores. Todas las revistas fomentan tales lamentos.
"Hablan nuestros jóvenes" se titula una nota cualquiera.
-Ay, mis padres no me entienden.
-Ay, el diálogo con mi padre no me satisface.
-Ay, jamás hemos tenido una charla sobre temas sexuales.
Es cierto que hay padres que son unos verdaderos ogros. Pero es innegable
que el diálogo que con tanta inocencia desean estos chicos es un tanto
ridículo. ¿Alguien pensó alguna vez cómo sería?
Llega el padre a su casa y llama a su hijo.
-Roberto, Roberto... ¿Cómo anda ese sexo?
-Bien, papá... ¿Qué te parece si me contás algunas porquerías?
-Con mucho gusto, hijo mío... Cierta vez estaba yo en un lupanar de San
Fernando...
Es grotesco, señores. Por otra parte, es bien sabido que las relaciones
entre padres e hijos se componen de un sinfín de matices que abarcan el amor,
la envidia, el resentimiento, la ternura, la abnegación. Los choques son
inevitables. Hasta parece haber algo biológico que en ciertos momentos de
nuestra vida nos separa de nuestros padres. Estos conflictos se superan con el
tiempo. El amor triunfa. Pero entonces lo peor ya ha pasado. Uno ya tiene
treinta años y puede llegar a su casa en cualquier hora y juntarse con quien
desee.
Juventud implacable, descortés, intolerante. Me doy cuenta que lo que más
detesto en ella es aquello que yo también compartí. Y -como en aquel verso de
Manzi- siento que el chico que llevo en mi hombría quisiera estrangular al
hombre que hubo en mi adolescencia.
Consideraciones finales
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Ser joven no es ninguna virtud. No es el resultado de un gran esfuerzo, ni
el colofón de una empresa titánica.
Cualquier desgraciado puede ser joven en algún momento.
Entonces, ¿por qué enorgullecerse? ¿Por qué tanto escombro?
No es bueno ser sectario. El mundo no es -no debe ser- de los jóvenes, sino
de todos.
Sin embargo, en todos los países del mundo se repite a cada momento que
debemos construir un mundo mejor para las generaciones futuras. ¿Por qué no nos
apuramos un poco y tratamos de ligar algo nosotros?
Unamuno vio mejor que nadie este asunto.
Esta generación -decía- se sacrifica en aras de la felicidad de la próxima.
Y la próxima lo hace pensando en la siguiente. Y así siglo tras siglo, hasta
que una catástrofe destruya el linaje humano para siempre.
La adoración de la juventud y la adoración del futuro se parecen. Y tienen
sus mismos feligreses. Yo ya he aprendido a desconfiar del futuro.
Y siento que por pertenecer a esta sufrida estirpe de los hombres, tengo mis
obligaciones para con los que serán. Pero también para con los que son y los
que han sido. Esto nos coloca en las mismas puertas de la metafísica y el
macaneo. Pero, reculando humildemente, hay que apresurarse a advertir que si la
rebeldía de los jóvenes es inevitable, lo peor que puede hacerse es fomentarla
con adulaciones y festejos. Y nosotros, los criollos, menos que nadie.
Porque todavía estamos en la peliaguda tarea de afirmar nuestra
personalidad, como quien dice. Y entonces debemos cuidar muchísimo nuestros
incipientes rasgos distintivos.
La tradición no es jugar a la sortija y bailar el pericón. La tradición es
la transmisión que una generación hace a otra de sus costumbres y su sabiduría.
Y cuando una generación se rehúsa a aceptar el legado hay algo que se
interrumpe, hay un camino cortado.
Por eso me alarma que muchos de nuestros chicos se parezcan más a un joven
de Birmingham que a un pibe de Santos Lugares. Que reconozcan como suyos los
modelos extranjeros. Que con el pretexto de sus arrebatos juveniles pierdan su
escencia criolla.
Y mucho más me alarma que haya grandulones que les fomenten sus delirios y
aún los imiten. Como esos pelados que andan con camisolas sueltas o esos
veteranos que dicen que se sienten jóvenes y frecuentan la caterva de otarios
que ronda la Recoleta.
O los músicos de tango que se ponen remeras negras y se cuelgan
escapularios.
Basta de mentir.
Dejemos ya de aplaudir defectos. Recordemos por un momento qué es lo
verdaderamente deseable en este mundo: la bondad, la sabiduría, el buen gusto,
la templanza.
Imitemos al virtuoso. Joven o viejo. Y tratemos de ser capitanes de nuestro
barco, sin preocuparnos por las motos japonesas, los ritmos de moda o los
idiotismos del lenguaje que más se usan.
Sé que de ahora en adelante seré perseguido por hordas de menores que
tratarán de lapidarme. Sé que las Kawasakis se me tirarán encima. Pero hay algo
que me salvará de las sanciones juveniles. Los indignados lectores de este
opúsculo buscarán a un viejo pelado y barrigón. Jamás sospecharon que su autor
es un muchacho joven. Aunque su juventud -impaciente- ya está mirando el reloj
y la puerta.
Buenas noches.
(1) Se refiere a la nota "Conviértase en un señor modernísimo", publicada en la
revista "Humo(r)" n° 8, de enero de 1979.