Una hueste de fantasías furibundas por J. G. BALLARD








No mires ahora, pero detrás de nosotros están sentados una
joven extraña y su compañero, un hombre mayor. Todos los
jueves por la tarde salen del casino y vienen aquí al café
del Hotel de París, y escogen las mismas dos mesas cerca del
quiosco de revistas. Si te inclinas hacia adelante podrás
verla a ella en el espejo, la muchacha alta y elegante de
mirada imperturbable y ese andar característico de las
jóvenes ricas que han sido criadas por monjas.
El hombre está detrás, ese sujeto de aspecto ruinoso y
cara que alguna vez fue atractiva, por lo menos veinte años
mayor que ella, aunque quizá te parezcan treinta. Lleva el
mismo traje gris y la misma corbata plateada, caros pero
inadecuados, como si acabaran de dejarlo salir de una clínica
para asistir a una boda. Sus ojos siguen a las secretarias
que vuelven del almuerzo, evidentemente soñando con una fuga.
Si uno observa su mirada triste, en la que no falta cierta
dignidad, sólo puede llegar a la conclusión de que Montecarlo
es un tipo especial de cárcel.
¿Ahora los has visto? Entonces coincidirás en que cuesta
creer que esos dos estén casados, y hayan incluso alcanzado
una unión estable, aunque bastante especial y gobernada por
una serie de rituales complejos. Una vez a la semana ella lo
lleva de Vence a Montecarlo en la limousine, ese Cadillac
dorado estacionado del otro lado de la plaza. Después de
media hora salen del Casino, donde él ha jugado a la ruleta
los pocos francos que le han dado. En el quiosco de este café
ella le compra siempre la misma revista barata, una de esas
horrendas publicaciones sensacionalistas sobre criadas y sus
Príncipes Azules, y luego, sentados en mesas separadas, ella
se queda sorbiendo su limón exprimido. Mientras tanto él
devora la revista como un niño. Los ademanes de ella son el
epítome de una tranquila seguridad interior, de la más
vigorosa salud mental.
Pero hace sólo cinco años, como médico responsable de su
caso, la vi de una manera muy diferente. En verdad, es casi
inconcebible que ésta sea la misma joven que conocí en el
hospicio de Nuestra Señora de Lourdes, en un estado de
completa degeneración mental. Que yo pudiese curarla después
que tantos otros fracasaron lo atribuyo a un extraordinario
trabajo de detección psiquiátrica, del tipo que yo
generalmente desapruebo. Pero por desgracia ese éxito tuvo un
precio, que pagó cien veces el viejo triste de poco más de




cuarenta y cinco años que se babea mirando una revista barata
unas pocas mesas detrás de nosotros.
Quiero, antes que se vayan, contarte el caso...

La enfermedad de un colega me llevó por casualidad a ponerme
en contacto con Christina Brossard. Después de diez exitosos
años de práctica en Mónaco como dermatólogo yo había aceptado
una consultoría en la Clínica Americana de Niza. Mientras
miraba la lista de pacientes externos de un colega
indispuesto su secretaria me informó que una paciente de
diecisiete años, una tal mademoiselle Brossard, no había
llegado para la consulta. En ese momento una de las hermanas
enfermeras del Hospicio de Nuestra Señora de Lourdes en Vence
--donde la muchacha estaba en tratamiento desde hacía tres
años-- llamó por teléfono para anular la cita.
--La Madre Superiora me pide que le transmita sus
disculpas al profesor Derain. La muchacha, sencillamente,
vuelve a estar muy alterada.
En ese momento no me llamó la atención, pero por algún
motivo --tal vez el nombre de la muchacha o el uso, por la
monja, de la palabra "vuelve"-- pedí la ficha clínica.
Descubrí que ésta era la tercera consulta que cancelaba en un
año. Huérfana, Christina Brosssard había ingresado en el
Hospicio a la edad de catorce años, después del suicidio del
padre, que era la única persona que la cuidaba después de la
muerte de la madre en un accidente aéreo.
Al llegar a ese punto recordé toda la tragedia. Antiguo
alcalde de Lyon, Gaston Brossard era un próspero empresario
de la construcción e íntimo del presidente Pompidou, varias
veces millonario. En la cumbre del éxito este hombre de
cincuenta y cinco años se había casado por tercera vez. Para
la joven novia, una hermosa ex actriz de la televisión de
apenas veinte años, había construido una suntuosa mansión en
las afueras de Vence. Pero, por desgracia, sólo dos años
después del nacimiento de Christina la joven madre había
muerto cuando el avión de la empresa que la llevaba a
reunirse con su marido en París se estrelló en los Alpes
Marítimos. Desgarrado, Gaston Brossard dedicó entonces los
restantes años de su vida a cuidar de la pequeña hija. Todo
había andado bien, pero doce años después, sin motivo
aparente, el viejo millonario se disparó un tiro en el
dormitorio.
Los efectos sobre la hija fueron inmediatos y
desastrosos: postración nerviosa total, estado catatónico y
una recuperación lenta pero dolorosa en el cercano Hospicio
de Nuestra Señora de Lourdes, al que Gaston Brossard había
hecho una generosa donación en memoria de su joven esposa.
Los escasos apuntes clínicos, realizados por un joven colega
de Derain que responsablemente había viajado hasta Vence,
describían una dermatitis recurrente, complicada por anemia y
anorexia crónicas.
Sentado en mi cómodo consultorio, detrás de una sala de
espera repleta de pacientes adinerados y maduros, me
sorprendí pensando en esa huérfana de diecisiete años perdida




en las montañas de Niza. Tal vez mi formación anticlerical --
mi padre había sido caricaturista de un periódico de
izquierda, mi madre funcionaria militante y feminista
temprana-- me hizo sospechar del Hospicio de Nuestra Señora
de Lourdes. Hasta el propio nombre sugería una combinación
siniestra de curación por la fe y charlatanería religiosa,
casi expresamente calculada para aprovecharse de una heredera
con desequilibrios mentales. Albaceas perezosos y tutores
indiferentes prepararían el camino para la explotación de la
niña, mientras su enfermedad, cuidadosamente preservada,
garantizaría la afluencia de los fondos asignados al Hospicio
en el testamento de Gaston Brossard. Yo sabía muy bien que la
dermatitis, la anorexia y la anemia denunciaban claramente,
muchas veces, falta de higiene, desnutrición y abandono.

El fin de semana siguiente, mientras salía en auto para Vence
--el profesor Derain había sufrido un infarto leve y estaría
ausente durante un mes-- imaginé a esa niña dolorida,
encarcelada en lo alto de las brillantes colinas por monjas
ignorantes y maquinadoras que habían deliberadamente
hambreado a una criatura tan atormentada mientras de untaban
las manos con el oro dedicado a la memoria de la madre.
Por supuesto, me equivocaba totalmente, como pronto
descubrí. El Hospicio de Nuestra Señora de Lourdes resultó
ser un sanatorio flamante y especializado, con habitaciones
bien iluminadas, jardines soleados y un evidente aire de
prácticas médicas modernas y celo por el bienestar de los
pacientes, a muchos de los cuales vi sentados afuera en el
espacioso césped, hablando con amigos y parientes.
La propia Madre Superiora, como todas sus colegas, era
una mujer educada e inteligente de rostro enérgico, abierto,
y modales simpáticos, y manos --siempre lo noto
inmediatamente-- que no rehuían el trabajo duro.
--Es muy importante que usted haya venido, doctor
Charcot. Hace algún tiempo que todas estamos preocupadas por
Christina. Sin querer faltar de ninguna manera al respeto de
nuestros médicos, se me ha ocurrido más de una vez que
convendría probar un método nuevo.
--Tal vez se refiera usted a la quimioterapia
--sugerí--. O al tratamiento radiológico. Pronto instalarán
en la Clínica uno de los pocos betatrones que hay en toda
Europa.
--No me refiero a eso exactamente... --La Madre
Superiora fue pensativa detrás del escritorio, como si ya
estuviese reconsiderando la utilidad de mi visita.-- Pensaba
en algo menos físico, doctor Charcot, algo que calmase los
fantasmas del espíritu tanto como los del cuerpo. Pero deberá
verla usted con sus propios ojos.
Me tocó ahora a mí mostrarme escéptico. Desde los
primeros tiempos de estudiante yo había sido hostil a todas
las pretensiones de la psicoterapia, el feliz coto de caza de
chiflados pseudocientíficos de un tipo especialmente
peligroso.





Salimos del Hospicio y subimos en auto por las montañas hacia
la mansión de los Brossard, donde le permitiían a la joven
pasar unas pocas horas diarias.
--Es extremadamente activa, y tiende a alterar a los
demás pacientes --explicó la Madre Superiora mientras
entrábamos en la larga calzada de la mansión, cuya fachada
paladiana presidía ahora una silenciosa galería de fuentes--.
Parece más feliz aquí, entre los recuerdos de su padre y de
su madre.
Una de las dos monjas jóvenes que acompañaban en las
salidas a la heredera huérfana nos hizo pasar a la imponente
sala. Mientras ella y la Madre Superiora trataban el caso de
una paciente que sería dada de alta esa tarde caminé por la
sala y miré los magníficos tapices que colgaban de las
paredes jaspeadas. Sobre los tramos semicirculares de la
escalera había un inmenso reloj veneciano de manecillas y
números adornados como armas extrañas, guardianas de un
tiempo fugitivo.
Detrás de la biblioteca cerrada se entraba al comedor
por una puerta con columnatas. Las sillas y la mesa estaban
enfundadas, y junto a la chimenea la segunda de las monjas
supervisaba a una criada que limpiaba la parrilla. Un
guardían o un rematador había hecho hacía poco una pequeña
fogata de escrituras y catálogos. La muchacha, con un
anticuado delantal de cuero, trabajaba duramente, arrodillada
y con las manos, barriendo meticulosamente las cenizas antes
de fregar las losas sucias.
--Doctor Charcot... --La Madre Superiora señaló el
comedor. La seguí entre los muebles enfundados.
--Hermana Julia, veo que volvemos a estar muy ocupadas.
Doctor Charcot, no dudo que le agradará ver tanta
laboriosidad.
--Naturalmente... --Miré a la muchacha, pensando por qué
a la Madre Superiora le parecía que yo podía estar interesado
en la limpieza de una chimenea. La criada era poco más que
una niña, pero sus brazos, largos y delgados, trabajaban con
voluntad propia. Había raspado la pesada parrilla de hierro
forjado con un cuidado obsesivo, poniendo las cenizas en
bolsas de plástico transparente. Sin mirar a las tres monjas,
hundió un cepillo ordinario en el balde de agua jabonosa y
comenzó a fregar furiosamente las losas, decidida a borrar
hasta el último rastro de suciedad. La chimenea ya estaba
blanqueada por el jabón, como si la hubieran restregado una
docena de veces.
Supuse que la muchacha estaba cumpliendo alguna
penitencia reiteradamente impuesta por la Madre Superiora.
Aunque sin querer interferir, noté que las manos y las
muñecas de la muchacha mostraban los signos característicos
de un eczema enzimosensible. En un tono de ligero reproche,
dije: --Podrían al menos darle un par de guantes de goma.
Ahora ¿puedo ver a la señorita Brossard?
Ni las monjas ni la Madre Superiora contestaron, pero la
muchacha levantó la mirada de las baldosas enjabonadas. Noté
inmediatamente la boca decidida en un rostro pálido que




alguna vez había sido atractivo, el cabello atado
fanáticamente detrás de un pescuezo delgado, una musculatura
facial átona a la que deliberadamente se le había sacado toda
expresión. Sus ojos miraron los míos con una intensidad casi
enervante, como si me hubiera identificado rápidamente y
estuviera ya considerando qué papel iría a jugar en su vida.
--Christina... --La Madre Superiora habló con suavidad,
incitando a la muchacha a levantarse.-- El doctor Charcot ha
venido a ayudarte.
La muchacha apenas asintió con la cabeza, y volvió al
fregado, interrumpiéndolo solamente para alejar de nuestro
alcance las bolsas plásticas llenas de cenizas. La observé
con ojo profesional, recordando el diagnóstico de dermatitis,
anorexia y anemia. Christina Brossard era delgada pero no
estaba desnutrida, y su palidez se debía quizá a toda esa
actividad compulsiva dentro de la sombría mansón. En cuanto a
la dermatitis, se trataba de esa clase especial causada por
un lavado de manos obsesivo.
--Christina... --La hermana Louise, una joven agradable
de mejillas redondas, se arrodilló en las baldosas mojadas.--
Querida, descansa un momento.
--¡No! ¡No! ¡No! --La muchacha golpeó las baldosas con
el cepillo enjabonado. Comenzó a retorcer el estropajo, las
manos furiosas como manojos de palitos excitados.-- ¡Quedan
tres parrillas más para limpiar esta tarde! Usted me dijo que
las limpiara, ¿no es así, Madre?
--Sí, querida. Pareciera que es lo que más te gusta
hacer. --La Madre Superiora dio un paso atrás con una sonrisa
de frustración, cediéndome el lugar.
Miré a Christina, que continuaba con ese trabajo
aparentemente interminable. Estaba claramente desequilibrada,
pero de algún modo también dramatizaba, como si la dominara
del todo esa compulsión pero fuera al mismo tiempo muy
consciente de sus posibilidades de maniobra. Me impresionó su
autocompasión, y la mirada dura que de vez en cuando les
lanzaba a las tres monjas, como si deliberadamente se
degradara ante esas mujeres amables y cariñosas para
descargar el odio que sentía por ellas.
Desistí por el momento, y la dejé lavando las baldosas y
volví a la sala con la Madre Superiora.
--Bueno, doctor Charcot, estamos en sus manos.
--Yo diría... francamente no estoy seguro que yo sea el
más indicado para tratar este caso. Dígame... ¿se pasa todo
el tiempo limpiando esas parrillas?
--Todos los días, desde hace dos años. Hemos tratado d
impedírselo, pero entonces vuelve a entrar en el estupor del
comienzo. Sólo nos queda pensar que cumple algún papel
importante para ella. Hay una docena de chimeneas en esta
casa, todas tan inmaculadas como una sala de operaciones.
--¿Y las cenizas? ¿Las bolsas llenas de cenizas? ¿Quién
enciende esos fuegos?
--La propia Christina, desde luego. Quema sus libros
infantiles, decidida por algún motivo a destruir todo lo que
leyó cuando era niña.




Me llevó a la biblioteca. Faltaban casi todos los
libros, y una hilera de cabezas de ciervos miraban desde los
estantes vacíos. Sólo un mueble contenía una fila corta de
libros.
Abrí la vitrina de vidrio. Había unas pocas historias
escolares, cuentos de hadas y varios clásicos infantiles.
La Madre Superiora los miró con tristeza. --Al principio
había cientos, pero cada día Christina quema unos pocos
más... bajo nuestra atenta supervisión, no hace falta
decirlo, pues no quiero verle incendiar la mansión. Tenga
cuidado de no tocarla, pero sólo se ha salvado una historia.
Señaló un libro grande y gastado, con ilustraciones,
colocado solo en un estante. --Como usted ve, la elección no
es inadecuada... la historia de Cenicienta.

Mientras regresaba a Niza, dejando atrás aquella extraña
mansión con sus monjas bondadosas y su heredera obsesiva, me
descubrí revisando mi opinión de la Madre Superiora. Esa
mujer sensata tenía razón al pensar que ni todos los
dermatólogos del mundo podrían liberar a Christina Brossard
de su obsesión. Evidentemente la muchacha se había adjudicado
el papel de Cenicienta, y se había rebajado al más pobre
nivel de servidumbre. Pero ¿qué culpa estaría tratando de
lavar? ¿Habría desempeñado una función todavía desconocida
pero vital en el suicidio de su padre? Toda esa fantasía
¿sería un esfuerzo por liberarse de la sensación de culpa?
Pensé en las bolsas transparentes llenas de cenizas,
restos todas de cuentos de hadas infantiles. Las
correspondencias eran extraordinariamente claras, pensadas
con la lógica cruel de la locura. Recordé el odio en aquellos
ojos mientras miraban a las monjas, imponiéndoles a esas
mujeres pacientes y cariñosas el papel de hermanastras feas.
Hasta había una madrastra malvada, la Madre Superiora, cuyo
Hospicio se había beneficiado con la muerte de los padres de
esa huérfana.
Por otra parte, ¿dónde estaban el Príncipe Azul, el hada
madrina y su calabaza, la fiesta de la que habría que huir al
dar las doce, y sobre todo el zapatito de cristal?
Pero no tuve oportunidad de probar mi hipótesis. Dos
días más tarde, cuando llamé al Hospicio para concertar una
nueva cita con Christina Brossard, la secretaria de la Madre
Superiora me informó cortésmente que los servicios de la
Clínica, del profesor Derain y los míos no volverían a ser
solicitados.
--Le estamos agradecidas, doctor, pero la Madre
Superiora ha decidido probar un nuevo método de tratamiento.
La distinguida psiquiatra doctora Valentina Gabor ha aceptado
hacerse cargo del caso... tal vez usted conozca su
reputación. En realidad ya ha comenzado el tratamiento, y le
alegrará a usted saber que Christina está haciendo progresos
inmediatos.
Mientras colgaba el teléfono, una poderosa jaqueca me
atacó la sien izquierda. La doctora Valentina Gabor... claro
que sabía quien era, el miembro más notorio de la nueva




escuela de los autotitulados antipsiquiatras, que dedicaban
el poco tiempo que les quedaba después de las interminables
apariciones en la televisión a la práctica de una
psicoterapia totalmente espuria, una elegante mezcla de
vocabulario post-psicoanalítico, elevación moral y misticismo
católico. Era esta última vena la que probablemente le había
ganado la aprobación de la Madre Superiora.
Cada vez que veía a la doctora Valentina la sangre me
empezaba a hervir. Esa rubia encantadora de charla sedante y
ojos de cajera aparecía constantemente en programas de
televisión, proponiendo la paradójica noción de que las
enfermedades mentales no existían pero eran sin embargo
creación de la familia del paciente, de sus amigos y hasta
(aunque parezca increíble) de sus médicos. Para mayor
indignación, la doctora Valentina había conseguido anotarse
una serie de éxitos legítimos, facilitados sin duda por su
reciente y muy publicitada audiencia con el Papa. Sin
embargo, yo estaba seguro de que recibiría su merecido. Ya se
habían presentado pedidos dentro de la profesión médica para
realizar una discreta investigación de su presunto uso de LSD
y otras drogas alucinógenas.
No obstante, me aterró que alguien tan profundamente
enfermo y tan vulnerable como Christina Brossard tuviera que
caer en manos de esa charlatana oportunista.

Me entenderás muy bien, entonces, si te digo que sentí una
cierta satisfacción, por no decir beneplácito, cuando recibí
una urgente llamada telefónica de la Madre Superiora tres
semanas más tarde.
Mientras tanto no había tenido noticias ni del Hospicio
ni de Christina. La doctora Valentina Gabor, sin embargo,
había aparecido con descarada frecuencia en Radio Montecarlo
y los canales de televisión locales, difundiendo ese producto
tan singular de misticismo psicoanalítico, y exaltando todas
las virtudes del hecho de "renacer".
Fue precisamente mientras miraba, en el informativo de
la noche, una entrevista con la doctora Gabor grabada esa
tarde en el Aeropuerto de Niza, antes de volar ella de
regreso a París, cuando me llamó la Madre Superiora.
--¡Doctor Charcot! ¡Gracias a Dios que está usted en su
casa! Aquí ha ocurrido un desastre... ¡Christina Brossard ha
desaparecido! Tenemos miedo de que haya tomado una
sobredosis. He tratado de ponerme en contacto con la doctora
Gabor, pero ha regresado a París. ¿Podría usted venir al
Hospicio?
La tranquilicé lo mejor que pude y salí. Pasaba de
medianoche cuando llegué al sanatorio. Los reflectores
inundaban la calzada con un resplandor áspero, a los
pacientes se los veía nerviosos, espiando por las ventanas,
las monjas exploraban infructuosamente el parque con
antorchas. La hermana Louise me llevó nerviosa a la Madre
Superiora, que me tomó las manos con alivio. Su rostro
enérgico estaba cargado de tensión.




--¡Doctor Charcot! Le estoy muy agradecida... sólo
lamento que sea tan tarde...
--No importa. Dígame qué sucedió. ¿Christina estaba en
tratamiento con la doctora Gabor?
--Sí. Cómo lamento la decisión. Tuve la esperanza de que
Christina pudiese encontrarse a sí misma mediante un viaje
espiritual, pero no tenía idea de que el tratamiento
implicaba el uso de drogas. Si lo hubiera sabido...
Me entregó un frasco vacío. Sobre la etiqueta se veía la
florida firma de la doctora Gabor.
--Encontramos esto en la habitación de Christina hace
una hora. Aparentemente se inyectó toda la dosis y luego,
descontrolada, se perdió en la noche. Sólo nos queda suponer
que lo robó del maletín de la doctora Gabor.
Estudié la etiqueta. --Psilocibina... una poderosa droga
alucinógena. Todavía la pueden usar legalmente algunos
médicos calificados, aunque casi todos los profesionales la
desaprueban. Es algo más que un juguete peligroso.
--Ya lo sé, doctor Charcot. --La Madre Superiora hizo un
ademán con manos cansadas.-- Temo por el alma de Christina,
créame. Aparentemente estaba trastornada del todo: cuando
huía en nuestro camión de lavandería más viejo, lo describió
como su "carroza de oro".
--¿Ha llamado a la policía?
--Todavia no, doctor. --Una sombra de turbación atravesó
el rostro de la Madre Superiora.-- Al salir, Christina le
dijo a una de las asistentes que iba "al baile". Me dicen que
el único baile que se celebra esta noche es la gran gala del
príncipe Rainiero en Mónaco, en honor del presidente Giscard
d'Estaing. Supongo que habrá ido allá, tal vez confundiendo
al Príncipe Rainiero con el Príncipe Azul del cuento, y con
la esperanza de que la rescate. Sería muy embarazoso para el
Hospicio si crease una escena, o incluso si intentase...
--¿Matar al presidente? ¿O a los Rainiero? Lo dudo. --Ya
se me estaba formando una idea en la mente.-- No obstante,
para mayor seguridad, iré a Mónaco inmediatamente. Con suerte
estaré allí antes de que pueda hacerse daño.
Perseguido por las bandiciones de la Madre Superiora,
regresé al auto y me interné en la noche. Es innecesario
decir que no pensaba viajar a Mónaco. Estaba bastante seguro
de saber a dónde había huido Christina Brossard: a la mansión
de su padre en las afueras de Vence.

Mientras iba por el camino de montaña pensé en todas las
pruebas reunidas: la fantasía de ser una sirvienta, la
psiquiatra cargada de promesas, la droga alucinógena. Esa
heredera trastornada representaba, tal vez inconscientemente,
toda la historia de la Cenicienta. Si ella misma era
Cenicienta, la doctora Valentina Gabor era el hada madrina, y
la varita mágica la jeringa hipodérmica que blandía tan
espectacularmente. El papel de la calabaza lo desempeñaba el
"hongo sagrado", la planta alucinógena de la que se extraía
la psilocibina. Bajo su influencia hasta un viejo furgón de
lavandería parecería una carroza de oro. En cuanto al




"baile", evidentemente no era otra cosa que el viaje
psicodélico.
Pero ¿quién era entonces el Príncipe Azul? Al llegar al
final del camino de entrada de la enorme mansión se me
ocurrió que yo podía estar cumpliendo ese papel sin saberlo,
colmando una fantasía exigida por esa muchacha desdichada.
Apretando con fuerza el maletín atravesé la grava oscura
hasta la entrada abierta, donde el furgón de la lavandería
había concluido su viaje en el centro de un cantero de
flores.
Allá arriba, en una de las amplias habitaciones que
daban al mar, parpadeaba una luz, como si estuviesen quemando
algo en la chimenea. Me detuve en la sala para acostumbrar
los ojos a la oscuridad, pensando en cuál sería la mejor
manera de acercarse a esa joven demente. Entonces vi que el
macizo reloj veneciano que había en las escaleras estaba
salvajemente mutilado. Algunos de los adornados números
estaban flojos, sostenidos apenas por los engastes. Las
agujas se habían detenido a medianoche, y alguien había
tratado de arrancarlas de la esfera.
A pesar de mi resistencia a esa pseudociencia, se me
ocurrió que una explicación psicoanalítica volvía a ser el
vehículo más apto para abarcar esos hechos extraños y la
fábula de la Cenicienta que los apuntalaba. Subí las
escaleras y pasé por delante del reloj desmembrado. A pesar
del ataque irracional que habían sufrido, las agujas seguían
en posición vertical, señalando la medianoche: la hora en que
terminó el baile, la hora en que se acabaron los galanteos y
las frivolidades de la fiesta y comenzó el asunto serio de
una auténtica relación sexual. Espantada por esa erección
masculina, Cenicienta siempre huía a medianoche.
Pero ¿de qué habría huido Christina Brossard en esa
mansión paladiana? Supongamos que el Príncipe Azul que la
galanteó tan peligrosa pero atrayentemente fuese en verdad su
padre. ¿Habría habido algún acto incestuoso entre el
industrial viudo y su hija adolescente, tan misteriosamente
parecida a la esposa muerta? La repugnancia, el asco de
Gaston Brossard por haber cometido incesto explicaría su
suicidio aparentemente inmotivado y la culpa de su hija:
sabía perfectamente, por mis comparecencias en la corte como
testigo experto en medicina, que las hijas a las que los
padres obligaban a cometer incesto, lejos de odiarlos
aparecían invariablemente plagadas de poderosos sentimientos
de culpa por su responsabilidad en el encarcelamiento del
padre. Entonces, después de la muerte de Gaston Brossard era
natural que ella regresase a la casa e intentase expiar esa
culpa adoptando el papel de criada. Y ¿qué mejor modelo para
una heredera que el de la propia Cenicienta?
Atraído por las llamas distantes, atravesé la sala
superior y entré en el dormitorio. Estaba repleto de pinturas
de jóvenes desnudas retozando con centauros, evidentemente el
dormitorio principal, tal vez el sitio donde se había
consumado el incesto.




Las llamas subían desde la chimenea, iluminando el
rostro ceniciento de Christina. La muchacha estaba
arrodillada junto a la parrilla, cantando mientras echaba en
el fuego las últimas páginas arrancadas de un conocido libro
de cuentos infantiles. La cabeza ladeada, miraba fijamente la
suave fogata con ojos demasiado brillantes, acariciando las
toscas costuras de la túnica de hospital que llevaba sobre
las piernas desnudas.
Supuse que estaba en plena alucinación, y que se veía
con un vestido resplandeciente. Pero sus ojos errantes se
alzaron y me miraron con una expresión de calma casi sabia,
como si me reconociera y esperase de algún modo que yo
desempeñase mi papel en la fábula y la llevase a su debida
conclusión. Pensé en las agujas mutiladas del reloj de la
escalera. Todo lo que faltaba era devolverle el zapatito de
cristal a su legítima dueña.
¿Tendría yo ahora que desempeñar el papel de salvador?
Recordando el conocido simbolismo sexual del pie, sabía que
el zapato de cristal no era más que una vagina transparente y
por lo tanto libre de culpa. Y en cuanto al pie que entraría
en él, naturalmente no se trataría del de la muchacha sino
del de su verdadero amante, el órgano sexual masculino erecto
del que ella había huido.
Christina estiró el brazo, agregó la tapa del cuento de
hadas al fuego moribundo y luego me miró con ojos
expectantes. Por un momento vacilé. Intoxicada por la
psilocibina, no conseguiría distinguir la verdad de la
fantasía, y yo podría desempeñar mi papel y llevar ese drama
psicoanalítico a su conclusión sin temor a la censura
profesional. Mi acción no se desarrollaría en el mundo real
sino dentro del reino donde se representaba la fábula de la
Cenicienta.
Conociendo ahora mi papel, y el objeto que tendría que
meter en aquel zapato de cristal, la tomé de las manos, la
hice levantarse y la llevé hacia la cama del padre.
--Cenicienta... --murmuré.

Pero espera: están a punto de irse del café. Ahora puedes
mirarlos, todos los demás observan francamente a esa joven
atractiva y su compañero decrépito. Sentados aquí en el
centro de Montecarlo en un magnífico día de primavera, cuesta
creer que alguna vez hayan ocurrido esos hechos extraños.
Es casi aterrador: me mira directamente. Pero ¿me
reconoce, el dermatólogo que la liberó de la obsesión y le
devolvió la salud?
Su compañero, desgraciadamente, fue la única víctima de
esa terapia radical. Sentado ahí a la mesa como lo ves,
encorvado y moviéndose desmañadamente como un viejo, te diré
que hace unos años fue un elegante médico que ella conoció
poco antes de que le dieran el alta en el Hospicio. Se
casaron tres meses más tarde, pero el matrimonio distó mucho
de ser un éxito. De alguna manera, tal vez utilizando métodos
propios, lo transformó en ese viejo.




Pero ¿por qué? Simplemente porque para que su fantasía
incestuosa sea creíble, el hombre con el que se case, por
joven y principesco que sea, por encantador que sea, deberá
volverse tan viejo como para que pudiera ser su padre.
¡Espera! Ella viene hacia esta mesa. ¿Acaso necesitará
mi ayuda? Se detiene delante del espejo del restaurante
mirando su imagen y la de su viejo marido, a quien le pone
una mano en el hombro.
Ese rostro elegante de sonrisa sabia. Déjame quebrar
tanta compostura, y susurrar el título de esta revista barata
que tengo en el regazo.
--LA CENICIENTA...
La mano de la muchacha me palmea el hombro con
indulgencia.
--Padre, es hora de volver al Hospicio. Le prometí a la
Madre Superiora que no te fatigaría demasiado.
Sabia, elegante y completamente dueña de sí misma.
--Y deja de jugar a eso contigo mismo. Sabes que sólo a
ti te excita.
Y muy vengativa.


Título original: "A Host of Furious Fancies"
Del libro Myths of the Near Future
(c) J. G. Ballard 1982
Traducción de Marcial Souto


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