DIECINUEVE EL CATALOGO DE HORRORES Por Alejandro Dolina






Cien veces se ha dicho que casi todos los libros de Flores se han perdido.
Los pocos textos que aún pueden conseguirse corresponden a breves fragmentos
citados de segunda mano o a melancólicos retazos de páginas salvadas de
catástrofes desconocidas.
Que tantas obras hayan sufrido igual destino es cosa que despierta sospechas.
El libro perdido es quizá un género literario, y bien puede pensarse que
todos los textos del barrio nacieron como se nos presentan ahora: mutilados,
incompletos, descalabrados, asolados de interpolaciones.
Nadie puede negar las ventajas de un arte que no produce obras, sino
recuerdos (y olvidos) de obras.
El artista sensible nos deja siempre la sensación de haber perdido algo
(el amor, la juventud, la ilusión, la inmortalidad); en los libros de
Flores esa sensación se multiplica: la página que se duele por la ausencia
está también ausente. La lágrima corre la misma suerte que aquello que
llora.
Tal vez las bibliotecas del Angel gris se fundaron ya incendiadas o
saqueadas. Gracias a tan sabia medida, los volúmenes faltantes pueden
imaginarse a capricho. Todas las posibilidades artísticas y científicas
caben en ellos. En realidad, la aparición de un libro perdido es siempre un
desengaño. Con parecido criterio, los Hombres Sensibles decían que siempre
es preferible estar ausente.
El Catálogo de Horrores, que ahora examinaremos, es también un libro
despedazado por el tiempo o por la voluntad de su autor. Las páginas
extraviadas conceden la posibilidad de capítulos superiores, períodos
geniales, un orden revelador o un sorpresivo final que justifique la obra.
Lo que queda es apenas un registro de presencias extraordinarias o
sobrenaturales en las calles del barrio.
Temo que su estilo se proponga el susto antes que la persuasión. Sin
embargo, ciertas minuciosidades impiden su inclusión en el género
fantástico.
Los seres y lugares espantosos descriptos en el Catálogo no parecen
existir: Pero no por tratarse de invenciones caprichosas, sino tal vez por
haberse perdido ellos también en la misma niebla que borró a los Hombres
Sensibles, sus libros, sus recuerdos y el recuerdo de sus recuerdos.
Sin más reflexiones, pasemos a nuestra modesta transcripción.

LA SERPIENTE DEL ARROYO MALDONADO

Hace muchos años, los Brujos de Chiclana engendraron una serpiente
gigantesca y la arrojaron al Maldonado. El arroyo tiene ahora una
avenida como lápida, pero la criatura permaneció oculta en el cieno
y siguió creciendo.
Algunos dicen que su cola está en Liniers y su cabeza en la vecindad del
Hipódromo. Otros le adjudican un sentido inverso. Lo cierto es que cuando
llueve, cabeza y cola suelen asomar por las bocas de tormenta. La serpiente
se alimenta de las inmundicias que arrastran las cloacas. Pero su manjar
preferido lo constituyen los pelirrojos. Muchos de ellos desaparecen a
través de las alcantarillas, especialmente los que salen de las pizzerías
cercanas al puente de Pacífico.
Tal vez la serpiente tenga colas más pequeñas o quizá existan serpientes
subordinadas, pues hay quienes la han visto recorriendo desages laterales
bajo las calles estrechas y hasta en las rejillas de los patios sombríos.
Como la J”rmungandr boreal, su destino es crecer hasta rodear el mundo, o
- por lo menos - el barrio de Flores.

LA VITROLA DEL TANGO FATAL

En un bar cercano a la plaza hay un pasadiscos mecánico que funciona con
monedas. Los parroquianos eligen inocentemente sus canciones preferidas,
sin conocer el horrible secreto que encierra el artefacto.
Ha de saberse que en su interior se oculta un perverso enano, esclavo de
los demonios, que hace funcionar los mecanismos. entre todas las piezas
musicales que se postulan al oído, hay un tango fatal que causa la perdición
de quien lo elige. Se discute si ese tango es El entrerriano o Noches de
Colón. Tampoco está muy claro el carácter de las desgracias dispensadas.
Es innegable - eso sí - que casi todos los clientes de este bar han padecido
algún infortunio, con la excepción de unos pocos, que seguramente no gustan
de El entrerriano o Noches de Colón.

EL ARREBATADOR DE SOMBRAS

El gigante Gorrindo se presenta ante los peregrinos y, utilizando un facón
luminoso, les corta las sombras y se las apropia.
A la hora del último sol, Gorrindo proyecta al mismo tiempo todas las
sombras robadas, y es entonces cuando cae la noche en Flores.
Con los años, el gigante ha perdido algo de su vista. Esto es muy grave
porque a veces se equivoca y se apodera de las personas, dejando las
sombras abandonadas.
Los damnificados suelen intentar una razonable defensa con fuertes voces
de aviso:
- ¡Gorrindo, las sombras no gritan!
Pero el gigante no hace mucho caso de estos argumentos, porque se está
volviendo un poco sordo o un poco cruel.


LAS BARRERAS DE LA MUERTE O LAS SIMPLEGADAS DE FLORES.

Cuando los Argonautas viajaban rumbo a Cólquide a buscar el vellón de oro
que colgaba de un árbol, encontraron unas rocas siniestras llamadas
Simplégadas, o Planctai, o Cianeas. Envueltas perpetuamente en la niebla
marina, defendían la entrada del Bósforo. Cuando un navío trataba de pasar
entre ellas, se unían y lo aplastaban.
Así, el paso a nivel de la calle Granaderos custodia el ingreso al Norte
de Flores.
Cuando un automóvil adverso está cruzando las vías, las barreras se cierran
instantáneamente y lo dejan atrapado. Pronto aparecen trenes mortales que
destrozan los vehículos y a los ocupantes que no tuvieran la prudencia de
huir.
Ciertos astutos conductores de camionetas emplean la siguiente estratagema:
envían delante suyo una carretilla que es arrollada por el tren. Saciado por
un instante el infernal apetito, los sagaces choferes aprovechan para pasar
a toda marcha.
Existen en el barrio otras barreras demoníacas que se cierran cuando no hay
peligro y conceden el paso un segundo antes de la irrupción de horribles
locomotoras asesinas.

EL BESO INVISIBLE

En las tinieblas de la calle Bacacay acecha un beso malvado.
Esto es lo que sucede: el joven paseante siente de pronto que lo besan en
la boca. Sin embargo, no ve a nadie. Este beso es el último que recibirá en
su vida.
Las viejas dicen que una Dama Invisible prodiga los besos de clausura.
Las personas instruidas prefieren imaginar un beso suelto.
Los muchachos timoratos se tapan la boca con pañuelos y bufandas.
Unos vivillos del barrio pretenden haber descubierto un contrahechizo que
consiste en besar inmediatamente a una mujer de carne y hueso.
Los mozos arremetedores recorren a la calle Bacacay, fingen ser besados y
se abalanzan sobre las niñas más cercanas en busca de un beso redentor.
Por cierto, ninguna se niega.

LA ESFINGE CANTORA

Rostro de mujer, alas de águila, cuerpo de león, cola de serpiente. Clásica
en su estampa, la Esfinge de Flores se distingue por preferir los enigmas
musicales.
En las noches oscuras, sale al paso de los viajero y les canta fragmentos
de tangos, valses, estilos y pasodobles. La víctima debe identificar cada
pieza. Al que no acierta, la Esfinge lo devora. nadie consigue pasar la
prueba, pues el monstruo elige canciones olvidadas y es capaz de cantar
durante horas hasta provocar el error que justifique su crimen.
NOTA: Manuel Mandeb se jactaba de haber vencido a la Esfinge. Según su
dudoso testimonio, una noche fue capaz de reconocer obras tales como
"Milonga Fina", "La Montonera", "La Canguela", "Llueve" y "Recordar".
Después cantó él mismo. La horrible criatura no conocía el estilo
"Palanganeando" y, en consecuencia, se suicidó.

EL GATO INSPIRADOR

Los artistas de barrio son visitados a veces por un gato barcino que los
ayuda en su creación, o redondamente les ordena obras a su antojo.
La intervención de este animal no es para nada beneficiosa. Sea por un
criterio estético equivocado o por pura malevolencia, ocurre que el gato
inspira creaciones lamentables.
Algunos críticos son capaces de descubrir hasta sus influencias más
insignificantes. El gato produce metáforas, alegorías, hipálages, catacresis,
anadiplosis, epanalepsis, apóstrofes, y parisosis con la misma torpeza.
También pinta o compone música.
Suele presumirse la existencia de más de un animal, debido a la formidable
cantidad de obras que presentan huellas de sus indicaciones. Al parecer es
muy difícil o imposible ahuyentarlo. En verdad, hay quienes piensan que el
gato es genial y por eso lo invocan e imitan. Los racionalistas juzgan que
todo el asunto es una farsa urdida por artistas mediocres para disimular
sus desaciertos.
En general, se admite que el gato ocasiona un estilo artificioso y rebuscado.
Si esta página hubiera sido inspirada por él, sería francamente alegórica y
el gato representaría la tentación de ser original.
Una modesta paradoja: bien puede el gato dictar un texto que niegue su
intervención.

EL TREN DEMASIADO LARGO.

Las autoridades del ferrocarril han armado un tren colosal. Lo forman
miles y miles de vagones. El furgón está contra los paragolpes de la
estación Once y la locomotora al fin del ramal de Ingeniero Luiggi.
Su destino es la inmovilidad. Nadie sabe si todavía no ha partido o
si ya ha llegado.
Se trata de un tren inútil.


Más vale prevenir contra los espantos, el Catálogo de Horrores atrae hacia
ellos.
Este que escribe halla infinitamente más pavorosas las implacables
descripciones cósmicas de los manuales de divulgación. Difícilmente la
fantasía pueda concebir entidades más crueles que ese Universo indiferente
e impenetrable que a nadie saluda.
No hay nada peor que la nada.


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