ONCE - HISTORIAS DE AMOR por Alejandro Dolina





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El universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia.
Uno no está en casi ninguna parte.
Sin embargo, en medio de las infinitas desolaciones hay una buena noticia: el
amor.
Los Hombres Sensibles de Flores tomaban ese rumbo cuando querían explicar el
cosmos. Y hasta los Refutadores de Leyendas tuvieron que admitir, casi sin
reservas, que el amor existe.
Eso sí, nadie debe confundir el amor con la dicha. Al contrario: a veces se
piensa que el amor y pena son una misma cosa. Especialmente en el barrio del
Angel Gris, que es también el barrio del desencuentro.
Las historias amorosas de los tiempos dorados son casi siempre tristes.
Eso no basta para afirmar que todos los romances fueron desdichados: sucede -
tal vez - que el arte necesita nostalgia. No se puede ser artista si no se ha
perdido algo. Los poemas de amor satisfecho aparecen como una compadrada de
mercaderes afortunados. Por eso los poetas de Flores buscaban el desengaño,
porque pensaban que cerca de él andaba el verso perfecto. Casi todos quedaban en
la mitad del camino.
Manuel Mandeb veía las cosas de un modo más complicado. Admitía que la pena
de amor conducía al arte. Pero también sostenía que el propósito final del arte
es el amor. La recompensa del artista es ser amado.
Así parecía opinar Ives Castagnino, el músico de Palermo, quien componía
valses melancólicos al solo efecto de seducir señoritas. Cuando no lo lograba,
su tristeza le dictaba otras canciones que más tarde le servían para deslumbrar
señoritas nuevas, y así recomenzaba el círculo.
Algunos muchachos sin vocación artística trataban de merecer a las damas
cultivando las ciencias, la bondad, el coraje, la riqueza o la extorsión. Los
autores de aforismos extrajeron de estas realidades una conclusión modesta: si
no fuera por el amor, nadie haría gran cosa.
Las muchachas beligerantes podrán objetar que estos pensamientos parecen
reservados a la conducta masculina. Al respecto, mandeb creía que las mujeres
hacían de ellas mismas un hecho artístico.
El polígrafo de Flores, en un rapto de arbitrariedad, llegó a establecer un
orden de cualidades, según su eficacia para enamorar.
Colocó en primer lugar la belleza y luego la juventud, aclarando que estas
dos virtudes son tal vez una sola.
Después ubicó las condiciones espirituales: inteligencia y bondad. En último
término, el poder y el dinero.
Muchedumbres de feos de cierta edad polemizaron con Mandeb reclamando el
derecho a ser amados por su limpieza, trayectoria comercial o apellido ilustre.
De todos modos, para este oscuro pensador, el amor era una flor exótica cuyo
hallazgo ocurría muy pocas veces.
- De cada mil personas que pasen por esa puerta - decía - acaso nos conmueva
solamente una. Del mismo modo, quizá sólo una entre las mil tenga a bien
impresionarse con nosotros. La cuenta es sencilla: sin contar percepciones
engañosas y desiluciones posteriores, la posibilidad de un amor correspondido es
de una en un millón. No está tan mal después de todo.
Pero dejemos la pura especulación de los espíritus obtusos de Flores. Mucho
más interesante es saber cómo amaron realmente. Para ello habremos de
transcribir algunas historia que presumen de veraces y que han llegado hasta
nosotros por avenidas literarias o por oscuros atajos confidenciales.


HISTORIA DEL QUE ESPERO SIETE AÑOS

Jorge allen, el poeta, amaba a una joven pechugona de los barrios hostiles.
Según supo después, alcanzó a ser feliz. Una noche de junio, la chica
resolvió abandonarlo.
- No te quiero más - le dijo.
Allen cometió entonces los peores pecados de su vida; suplicó, se humilló,
escribió versos horrorosos y lloró en los rincones.
La pechugona se mantuvo firme y rubricó la maniobra entreverándose con un
deportista reluciente.
El poeta recobró la dignidad y empleó su tiempo en amar sin esperanzas y en
recordar el pasado. Su alma se retempló en el sufrimiento y se hizo cada vez más
sabio y bondadoso. Muchas veces soñó con el regreso de la muchacha, aunque tuvo
el buen tino de no esperar que tal sueño se cumpliera.
Más tarde supo que jamás habría en su vida algo mejor que aquel amor
imposible.
Sin embargo, una noche de verano, siete años y siete meses después de su
pronunciamiento, la pechugona apareció de nuevo.
Las lágrimas le corrían por el escote cuando confesó al poeta:
- Otra vez te quiero.
Allen nunca pudo contar lo que sintió en aquellas horas.
El caso es que volvió a su casa vacío y desengañado. Quiso llorar y no pudo.
Nunca más volvió a ver a la pechugona. Y lo que es peor, nunca más, nunca más
volvió a pensar en ella ni a soñar su regreso.


HISTORIA DEL QUE SE ENAMORO DE UNA NIÑA DEMASIADO JOVEN

Manuel Mandeb supo tener amores con una niña muy joven de la calle Páez. La
muchacha no hizo cuestión por la diferencia de edades y además es cierto que
Mandeb era un hombre de aspecto soberbio, dentro de su sombrío estilo.
Pero pronto empezaron las dificultades.
Un día, Manuel insistió en caminar bajo un aguacero mientras recitaba a los
gritos un soneto flamante.
Una noche le hizo el amor en una casa embrujada de la calle Campana para
espantar a los demonios.
A veces, en la madrugada, se trepaba hasta la ventana de la niña, en el
tercer piso, y dejaba prendida una flor roja.
Una tarde de invierno le hizo probar el licor del olvido y el vino del
recuerdo.
En verano, le sacaba la blusa en las calles oscuras y le ponía alguna de
sus gastadas camisas azules.
Para su cumpleaños le reagaló una sombra robada en Villa del Parque que
había encerrado en una caja de cristal.
Después enseñó a todos los pájaros de Flores a cantar el nombre de la
muchacha en su ventana.
Entonces la niña abandonó a Mandeb y comentó luego a sus amistades en una
pizzería:
- No éramos de la misma generación.

HISTORIA DEL QUE SE DESGRACIO EN EL TREN

Jaime Gorriti tomaba todos los días el tren de las 14.35.
Y todos los días se fijaba en una estudiante morocha. Con prudente astucia
trataba de ubicarse cerca de ella y - a veces - ligaba una mirada prometedora.
Una tarde empezó a saludarla. Y algunos días después tuvo ocación de hacerse
ver, ayudándola a recoger unos libros desbarrancados.
Por fin, un asiento desocupado les permitió sentarse juntos y conversar.
Gorriti aceleró y le hizo conocer sus destrezas de picaflor aficionado. No
andaba mal. La morocha conocía el juego y colaboraba con retruques adecuados.
Sin embargo, los demonios resolvieron intervenir.
Saliendo de Haedo, la chica trató de abrir la ventanilla y no pudo. Con gesto
mundano, Gorriti copó la banca.
- Por favor...
Se prendió de las manijas, tiró hacia arriba con toda su fuerza y se
desgració con un estruendo irreparable.
Sin decir palabra, se fue pasillo adelante y se largó del tren en Morón.
Desde ese día empezó a tomar el tren de las 14.10.


HISTORIA DEL QUE PADECIA DOS MALES

En la calle Caracas vivía un hombre que amaba a una rubia.
Pero ella lo despreciaba enteramente.
Unas cuadras más abajo dos morochas se morían por el hombre y se le ofrecían
ante su puerta. El, las rechazaba honestamente.
El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos
ama y ser amados por quien no podemos amar.
El hombre de la calle Caracas padeció ambas desgracias al mismo tiempo y
murió una mañana ante el llanto de las morochas y la indiferencia de la rubia.


HISTORIA DEL QUE NO PODIA OLVIDAR

El ruso Salzman tuvo muchas novias. Y a decir verdad solía dejarlas al
poco tiempo. Sin embargo, jamás se olvidaba de ellas.
Todas las noches sus antiguos amores se le presentaban por turno en forma
de pesadilla. Y Salzman lloraba por la ausencia de ellas.
La primera novia, la verdulera de Burzaco, la pelirroja de Villa Luro, la
inglesa de La Lucila, la arquitecta de Palermo, la modista de Ciudadela. Y
también las novias que nunca tuvo: la que no quiso, la que vio una sola vez en
el puerto, la que le vendió un par de zapatos, la que desapareció en un zaguán
antes de cruzarse con él.
Después Salzman lloraba por las novias futuras que aún no habían llegado.
Los hombres sabios no se burlaban del ruso pues comprendían que estaba poseído
del más sagrado berretín cósmico: el hombre quería vivir todas las vidas y es-
taba condenado a transitar solamente por una. Aprendan a soñar los que se con-
tentan con sacar la lotería...

LA CALLE DE LAS NOVIAS PERDIDAS

Hay una calle en Flores en la que viven todas las novias abandonadas. Al
atardecer salen a la vereda y miran ansiosas hacia las esquinas para ver si
vuelven los novios que se fueron. A veces conversan entre ellas y rememoran
viejos paseos al Rosedal.
Por las noches se encierran a releer cartas viejas que guardan en cajitas
primorosas o a mirar fotografías grises.
Los domingos se ponen vestidos floreados y se pintan los labios. Algunas
escriben diarios íntimos con letra prolija.
Dicen que no es posible encontrar esa calle. Pero se sabe que algún día
desembocará en la esquina el batallón de novios vencedores de la muerte para
rescatar a las novias perdidas y llevarlas de paseo al Rosedal. Esto será dentro
de mucho tiempo, cuando endulce sus cuerdas el pájaro cantor.


Existen por ahí infinidad de personas confiables que juran que el amor es
posible en todos los barrios. No habrá de discutirse semejante tesis. Pero el
que quiera vivir pasiones locas, es mejor que no pierda el tiempo en rumbos
equivocados. Una historia terrible está esperando en Flores.

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