Oliverio Girondo









                        Yo   no   se   nada
                        Tu  no  sabes  nada
                        Ud.  no  sabe  nada
                        Ellos no saben nada
                        Ellas no saben nada
                        Uds.  no saben nada
                     Nosotros no sabemos nada
         La desorientacin de mi generacin tiene su expli-
         cacin en la direccin de nuestra educacin,  cuya
         idealizacin de la accin,  era  -sin discusin!-
                una mistificacin, en contradiccin
                 con nuestra  propensin a la me-
                  ditacin, a la contemplacin y
                   a la masturbacin. (Gutural,
                      lo ms guturalmente que
                       se pueda).   Creo que
                        creo en lo que creo
                         que no creo.Y creo
                          que no creo en lo
                          que creo que creo
                      "Cantar   de   las   ranas"
                    Y     Y    A A   Y      Y
                   su     ba    ll ll   su      ba
                  bo     jo    es     es   bo      jo
                 las    las   t?      t?  las     las
                es     es    A          A   es      es
               ca     ca    qu           c   ca      ca
              le     le    no              no   le      le
              ras    ras    es              es  ras     ras
             arri   aba     ta               t  arri   aba
            ba!... jo!...   !...              !... ba!... jo!...




Del libro Espantapájaros, 1932, el texto 14


Mi abuela -que no era tuerta- me decía:

"Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena. ¡Puebla tu sueño
con las que te gusten y serán tuyas mientras descansas!
"No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehúye,
dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna vez necesitas
optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no trepides un solo instante:
¡El mercurio es mucho menos pesado que la abstinencia!
"Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los gatos. Recuerda que
nunca encontrarás un sitio mejor donde meter la lengua que tu propio bolsillo, y
que vale más un sexo en la mano que cien volando"

Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme que le buscara
los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba con voz de daguerrotipo:

"La vida -te lo digo por experiencia- es un largo embrutecimiento. Ya ves en
el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela. ¡Si no fuese por
la esperanza de ver un poco mejor después de muerta!...
"La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas. Poco a poco
nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y aunque los mosquitos vuelen tocando
la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos
lleva de visita, saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergenza de
estrecharle la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de viajar,
tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de metamorfosear una silla
en un transatlántico.
"Por eso -aunque me creas completamente chocha- nunca me cansaré de repetirte
que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El dolor de muelas, las
estadísticas municipales, la utilización del aserrín, de la viruta y otros
desperdicios, pueden proporcionarnos uyna satisfacción insospechada. Abre los
brazos y no te niegues al clarinete, ni a las faltas de ortografía.
Confecciónate una nueva virginidad cada cinco minutos y escucha estos consejos
como si te los diera una moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad
que ofrece tan poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie
ni tan siquiera tu propia sombra.
"¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de corbata!"

OLIVERIO GIRONDO



Del Libro "Persuación de los días", Capítulo 1, "Vuelo sin orillas"


Abandoné las sombras,
las espesas paredes,
los ruidos familiares,
la amistad de los libros,
el tabaco, las plumas,
los secos cielorrasos;
para salir volando,
desesperadamente.

Abajo: en la penumbra,
las amargas cornisas,
las calles desoladas,
los faroles sonámbulos,
las muertas chimeneas,
los rumores cansados;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Ya todo era silencio,
simuladas catástrofes,
grandes charcos de sombra,
aguaceros, relámpagos,
vagabundos islotes
de inestables riberas;
pero segui volando,
desesperadamente.

Un resplandor desnudo,
una luz calcinante
se interpuso en mi ruta,
me fascinó de muerte,
pero logré evadirme
de su letal influjo,
para seguir volando,
desesperadamente.

Todavía el destino
de mundos fenecidos,
desorientó mi vuelo
-de sideral constancia-
con sus vanas parábolas
y sus aureolas falsas;
pero seguí volando,
desesperadamente.

Me oprimía lo flúido,
la limpieza maciza,
el vacío escarchado,
la inaudible distancia,
la oquedad insonora,
el reposo asfixiante;
pero seguía volando,
desesperadamente.

Ya no existía nada,
la nada estaba ausente
ni oscuridad, ni lumbre,
-ni unas manos celestes-
ni vida, ni destino,
ni misterio, ni muerte;
pero seguía volando,
desesperadamente.



De "Espantapájaros"


21

Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria
se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas
alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al
espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que el fanatismo
irresistible te obligue a posternarte ante los tachos de basura y que todos los
habitantes de la ciudad te confundan con un meadero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor", digas: "Pescado frito"; que tus manos
intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú
el que te arrojes a las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que al acostarse junto a tí, se
metamorfosee en sanguijuela, y después de parir un cuervo, alumbre una llave
inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los espejos, al
mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en
instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfazado de cocodrilo, y que
te enamores, tan locamente, de una caja de hierro, que no puedas dejar, ni un
solo instante, de lamerle la cerradura.



Capítulo 18 de Espantapájaros


18

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el
sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de
amarillo.
Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la
camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro
llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños
familiares, llorando. Atravezar el Africa, llorando.
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo ... si es verdad que los cacuies y
los cocodrilos no dejan nunca de llorar.
Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo, por la boca.
Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de
flacura. Llorar improvisado, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!




12

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfantean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acomenten, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resusitan, se buscan, se refriegan,
se rehúyen, se evaden y se entregan.

OLIVERIO GIRONDO
"Espantapájaros (al alcance de todos)". (1932).
(c) Editorial Losada S.A.




1

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos
como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de
papel de lija. Le doy importancia igual a cero, al hecho de
que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento
insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz
que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar
¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Esta fue -y no otra- la razón de que me enamorase, tan
locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos
sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y
sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa. Volando se preparaba el
baño, la camisa. Volando realizaba las compras, sus
quehaceres...
¡Con qué impaciencia esperaba que volviese, volando, de
algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las
nubes, un puntito rosado. "¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a
los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos
anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en
tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un
espasmo.
¡Que delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque
nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Que
voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes... la de
pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos
alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no
hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca que con una
mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del
suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción
de una mujer pedreste, y por más empeño que ponga en
concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que
pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo.
Capítulo 1 de "Espantapájaros (al alcance de todos)" (1932)
Tomado de "Obras de Oliverio Girondo"
Copyright Ed.Lozada.
Buenos Aires, 1991



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