textos por Eduardo Galeano
LA BUROCRACIA/1
En tiempos de la dictadura militar, a mediados de 1973, un preso político
uruguayo, Juan José Noueched, sufrió una sanción de cinco días: cinco días sin
visita ni recreo, cinco días sin nada, por violación al reglamento. Desde el
punto de vista del capitán que le aplicó la sanción, el reglamento no dejaba
lugar a dudas. El reglamento establecía claramente que los presos debían caminar
en fila y con ambas manos en la espalda. Noueched había sido castigado por poner
una sola mano en la espalda.
Noueched era manco.
Había caído preso en dos etapas. Primero había caído su brazo. Después, él.
El brazo cayó en Montevideo. Noueched venía escapando a todo correr cuando el
policía que lo perseguía alcanzó a pegarle el manotón, le gritó: ¡Dése preso! y
se quedó con el brazo en la mano. El resto de Noueched cayó un año y medio
después, en Paysandú.
En la carcel, Noueched quizo recuperar el brazo perdido:
-Haga una solicitud - le dijeron.
El explicó que no tenía lápiz:
-Haga una solicitud de lápiz - le dijeron.
Entonces tuvo lápiz, pero no tenía papel:
-Haga una solicitud de papel - le dijeron.
Cuando por fin tuvo lápiz y papel, formuló su solicitud de brazo.
Al tiempo, le contestaron. Que no. No se podía: el brazo estaba en otro
expediente. A él lo había procesado la justicia militar. Al brazo, la justicia
civil.
EL ARTE DESDE LOS NIÑOS
Mario Montenegro canta los cuentos que sus hijos le cuentan.
El se sienta en el suelo, con su guitarra, rodeado por un círculo de niños, y
esos niños o conejos le cuentan la historia de setenta conejos que se subieron
uno encima del otro para besar a la jirafa, o le cuentan la historia del conejo
azul que estaba solo en medio del cielo: una estrella se llevó al conejo azul a
pasear por el cielo, y visitaron la luna, que es un gran país blanco y redondo y
todo lleno de agujeros, y anduvieron girando por el espacio, y brincaron sobre
las nubes de algodón, y después la estrella se cansó y se volvió al país de las
estrellas, y el conejo se volvió al país de los conejos, y comió maíz y cagó y
se fué a dormir y soñó que era un conejo azul que estaba solo en medio del
cielo.
EDUARDO GALEANO
"El Libro de los Abrazos" (1989)
EDITORIAL SIGLO VEINTIUNO EDITORES
LA NOCHE/1
No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera,
le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.
LA NOCHE/2
Arránqueme, señora, las ropas y las dudas. Desnúdeme, desnúdeme.
LA NOCHE/3
Yo duermo a la orilla de una mujer; yo duermo a la orilla de un abismo.
LA NOCHE/4
Me desprendo del abrazo, salgo a la calle.
En el cielo, ya clareado, se dibuja, finita, la luna.
La luna tiene dos noches de edad.
Yo, una.
EDUARDO GALEANO
"El Libro de los Abrazos" (1989)
(c) Siglo XXI de España Editores.
LOS NADIES
SUEÑAN las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de
pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a
cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni
mañana, ni nunca, ni en llovisnita cae del cielo la buena suerte, por mucho que
los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el
pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la
vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesania.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la
prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
EDUARDO GALEANO
"El Libro de los Abrazos" (1989)
(c) Siglo Veintiuno Editores.
Teología/1
(El Libro de los Abrazos, Eduardo Galeano,
pág. 74)
El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia
y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me
amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía.
Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si
merezco ser asado en la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me
salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de la clase
media; y al fin y al cabo, se hará justicia.
Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero
ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa
los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de
mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención,
la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: No
codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno... Y por si
fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el
noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal
está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.