TREINTA Y TRES EL CLUB DE LOS FALSIFICADORES De 'cronicas del Angel Gris', por Alejandro Dolina
Hace bastante tiempo que nadie habla del Club de los Falsificadores. En una
época, sus hazañas eran tema frecuente entre los Narradores de Historias.
Pero -con los años- la gente se olvidó del asunto.
Esto no significa que los Falsificadores hayan abandonado su actividad. En
todo caso, puede sospecharse que se hayan vuelto mas sigilosos.
Algunas personas decentes han llegado a sostener que el silencio del
periodismo es solventado con módicos sobornos del Club. Es posible.
Como ya se sabe, esta publicación ejerce la fácil virtud de resistir a
las tentaciones que no se le presentan. Por eso se atreve a sacar de las
tinieblas este informe, menos interesante que confidencial, cuya poca
consistencia ya se irá palpitando hasta el lector mas obtuso.
Según los expertos en cuestiones policiales, la primera noticia de la
existencia de los Falsificadores se remonta a 1902. Los archivos mencionan
a un señor de apellido Aréjula, que fue procesado por acuñar moneda fenicia.
Un opúsculo aparecido en la década de 1950 insiste en que hubo un solo
falsificador y no revela su nombre.
Pero el criterio mas difundido es el que afirma que el Club de Falsificadores
existe desde hace muchos siglos y que infinidad de objetos que hoy nos
sorprenden no son mas que falsificaciones de otros objetos que se han
perdido o se encuentran ocultos.
Sin duda, todo aquel que desse profundizar en esta cuestión no podrá
evitar la consulta del célebre *catálogo˙de˙falsificaciones˙mundiales*
que se publicó anualmente hasta 1964. En estos anuarios el lector paciente
puede encontrar no solamente las insoportables listas de objetos falsos,
sino también algunos datos que ayudan a comprender el verdadero propósito
de la organización. En la contratapa del catálogo de 1945 figuran estas
reflexiones:
"... Hay tres clases de falsificación. La falsificación horizontal, la
descendente y la ascendente.
" Por falsificación horizontal entendemos la multiplicación pura del
objeto original, sin añadidos ni supresiones.
"Falsificación descendente es la que se realiza -por lo general- con
fines de lucro. Aquí los objetos falsos son peores que el original:
vidrios tallados como diamantes, relojes impuntuales con marcas famosas,
licores deplorables que se fingen whisky.
"Finalmente está la falsificación ascendente, en la que el objeto falso
supera al original. Esta falsificación es una alta y noble tarea. Podríamos
decir que la falsificación ascendente es un género artístico, pero tal
expresión sería demasiado pobre. En realidad, todo hecho artístico es una
falsificación ascendente."
Mas apasionante aún es este recuadro de 1956:
"Muchos críticos apresurados se han pronunciado en contra de las
falsificaciones. Opinan estos caballeros que una copia de La Gioconda es
peor que la Gioconda. Alguien objeta entonces que la copia y el original
son idénticos. Entonces los críticos contestan que es cierto, pero que
Leonardo la pintó primero. De este razonamiento se desprende que lo que
confiere valor a una obra es la circunstancia en la que fue realizada. Es
decir un hecho en verdad ajeno a la obra misma.
Esto no es todo: muchas veces ignoramos todo acerca del momento y situación
que fue creada una obra. ¿Cómo proceder entonces? Imaginemos que un cataclismo
destruye nuestra civilización. Milenios mas tarde un grupo de arqueólogos
descubre La Gioconda original y también un cierto número de copias. ¿Ante
cuál se posternarán? ¿Ante la que pintó Leonardo o ante las tapas del dulce
de batata?"
Los anuarios del *catálogo˙de˙falsificaciones* son hoy en día difíciles de
conseguir, pero uno puede conformarse con ediciones falsas, mas baratas y
mejores que las verdaderas.
Es hora de declarar de una vez que el Club de los falsificadores siempre
practicó la falsificación ascendente. Hay creaciones que han sido festejadas
por todos los públicos. Los billetes de un peso veinte de 1942 eran mucho mas
delicados -y algo mas valiosos- que el modelo impreso por el Banco Central.
Nadie olvida la falsa lluvia del 2 de marzo de 1960, que hasta mojaba.
La edición de boletos del Ferrocarril Pacífico de 1940 es simplemente
soberbia, mas aun si se la compara con la realizada por el propio ferrocarril,
bastante pobre por cierto. También es famosa la falsificación del disco
*Pepitas˙de˙oro* por la orquesta de Xavier Cugat, tarea que demandó semanas
y semanas de arduos ensayos y grabaciones con treinta y dos músicos, once mas
de los que tocaron con Cugat.
Pero además de los éxitos consagratorios hubo un gran número de recreaciones
que no alcanzaron tanta difusión.
Podemos recordar, sin ir mas lejos, la falsificación de un boliviano, que se
perpretó en 1954 con la complicidad de un japonés.
O la minuciosa duplicación de la estación La Paternal, que tantos peregrinos
utilizaron sin sospechar el engaño.
Todas estas empresas, lejos de proporcionar ganancias, ocasionaron gastos a
los Falsificadores.
Ahora bien, ¿quién corría con tales gastos?, Y lo que es mas inquietante,
¿para qué? Manuel Mandeb expuso sus ideas al respecto en un pequeño libro
titulado "El beso de Judas".
Allí el filósofo de Flores desliza una ponencia alarmante: el propósito final
de los miembros del Club es falsificarlo todo. Llegará un día en el que nada
de lo que veamos será real. Ni las montañas ni los ríos ni la mujer amada ni
nuestra imagen en los espejos ni los espejos. Todo será obra de los
Falsificadores. Nosotros mismos seremos nuestra propia copia y no lo
sabremos, pues los Falsificadores trabajan con sutileza.
"Tal vez ese día -sigue Mandeb- ha llegado ya. Pero aunque así no fuere, es
seguro que el número de cosas falsas es ya considerable. Quién sabe si mucha
gente no se estará jugando la vida por causas de cartón pintado".
Mandeb no aclara que es lo que ocurre con los originales. Solamente una
oscura frase parece orientarnos:
"A veces se me hace que este mundo es falsificación barata de otro. Nada
sale nunca del todo bien. La vida es hermosa pero uno se mueve el amor
tiene un precio altísimo, el vino ocasiona dolor de cabeza. Siempre falta
algún detalle y ese detalle es decisivo."
El hombre de Flores no duda jamás de la victoria de los Falsificadores, lo
cual resulta coherente con el pensamiento general que puede observarse en
toda su obra.
Lejos de estas suposiciones apocalípticas, otra obra de Mandeb hace
referencia a las falsificaciones. Se trata del ensayo "Caras y gestos
una visión del arte moderno". En el capítulo cuarto nos topamos con una
deliciosa observación:
"...La falsificación de una obra artística es una cosa enteramente distinta
a dicha obra. No digo que sea mejor ni peor; digo que es distinta. No crean
que acudiré al sencillo expediente de indicar que la copia ve la luz, en un
universo ya modificado por la presencia del original. La cosa es mucho mas
evidente. Expresémoslo así: puede ocurrir que la falsificación de un cuadro
impresionista sea un cuadro naturista. Y no es que el falsificador haya
fallado. Simplemente, el cuadro real toma como modelo un objeto real (un
zapallo, por ejemplo) y lo desarrolla siguiendo las pautas que llamamos
impresionismo. La falsificación, en cambio, toma como modelo el cuadro
original y lo representa no de un modo impresionista, sino de un modo
minucioso y realista. Así, cuanto mas perfecta sea la copia de un cuadro
impresionista, menos impresionista será".
Pero volvamos al Club de los Falsificadores.
Es necesario reconocer, que en algunos casos los resultados no han sido del
todo felices. La falsificación de un autógrafo de Laura Hidalgo inventada en
1956 fracasó por completo. Los comentaristas complacientes aducen que el Club
en realidad no se proponía lograr una firma igual a la de la actriz. Pero la
experiencia enseña siempre a desconfiar de juicios como este: cada vez que
un artista, una escuela o una época no consiguen algo, aparece alguien
diciendo que no se lo proponían. Tal condescendencia nos ha obligado a la
admiración de mas de un tosco.
Pero la rusticidad es casi inconcedible entre los artistas del Club. Sean
cuales fueren sus objetivos, los Falsificadores prefieren la terminación a
la concepción. El virtuosismo barroco, al genio montaraz.
Pocas o ninguna de estas encrucijadas estéticas ha desvelado a la policía
en su implacable persecución de los Falsificadores. Inútiles han sido las
innumerables solicitadas que con firmas falsas hizo publicar el Club. Jamás
se pudo lograr que la autoridad permita y menos aun que auspicie a las
inquietudes artísticas de esta institución.
A los Hombres Sensibles no les gustaban demasiado los Falsificadores. A
este columnista tampoco. Cada vez que alguien me muestra una copia y trata
de convencerme de que es mejor que el original, me niego a creerle.
Los libros que cuentan la historia de los Falsificadores los presentan como
hombres de ingenio y talento. Pero bien sabemos que tales libros son
falsificados.
Tratemos de investigar con agudeza. Si sabemos ver lo qye es cierto entre
las falsificaciones de lo falso, tal vez podamos un día desenmascarar para
siempre a los escurridizos miembros del Club de los Falsificadores. Busquemos
la verdad. ¿Para que otra cosa sirve la inteligencia?