Un crujido en la silla del otro lado del escritorio. Alcé los ojos y ahí estaba, otra vez:
El Eternauta, mirándome con esos ojos que habían visto tanto.
Durante un largo rato se quedó ahí, mirando sin ver el tintero, los libros, los papeles
desordenados sobre el escritorio.
_Te conté de Hiroshima... _ dijo y apoyó la cabeza ya blanca sobre la mano_. Te
conté de Pompeya...
Hizo una pausa, me miró sin verme; de pronto sonrió.
_Ni yo mismo sé por qué te hablo de todo eso... _ y la voz le venía de quién sabe qué
eternidad de espanto, de quién sabe qué inmensidad de dolor y angustia_. Quizá te hablo de
todo esto para borrar con otro horror el horror que trato de olvidar. Mientras cuento vuelvo a vivir
lo que cuento... Y si hablo de Hiroshima, si hablo de Pompeya, olvido el horror máximo que me
tocó vivir.¿Qué fue Pompeya, qué fue Hiroshima al lado de Buenos Aires arrasado por la
nevada?
Volvió a callar. En el cuarto vecino, alguna de mis hijitas se revolvió en la cama. Me
estremecí. ¡Qué desnudos estamos en el mundo, qué blanco fácil somos!
_Ya te conté... _El Eternauta vacilaba en reanudar su relato_ cómo me separé de
Elena y de Martita. Ya te conté cómo, buscándolas, quedé perdido en el espacio y en el
tiempo... Lo que no te conté todavía es cómo siguió la invasión de los Ellos.
_¿Cómo? _lo interrumpí_. ¿Sabes acaso cómo terminó la invasión?
_Por supuesto que lo sé...
Los ojos se le redondearon de espanto y por un momento creí que iba a gritar.
_Por supuesto que lo sé...- repitió-. Yo volví a la Tierra poco después de que tratara
de escapar metiéndome con Elena y Martita en la cosmonave de los Ellos... Yo se lo pedí, y el
Mano me ayudó a volver. Fue él quien me llevó a una extraña gruta abierta en la roca, una gruta
con paredes de cristal con luces extrañas que saltaban de una pared a la otra. Era como estar
en el centro de un endiablado fuego cruzado de ametralladoras luminosas que no hacían daño,
que no hacían más que encandilar, aturdir con tanto destello multicolor. Allí creo que me
desvanecí. Recuerdo sólo el rostro del Mano, iluminado por los destellos que le irisaban los
cabellos, mirándome con ojos que sonreían tristes. Sí, debí desvanecerme. Y la gruta de los
cristales debió ser otra máquina del tiempo.

Cuando volví en mí, cuando volví a ser dueño de mis sentidos, me encontré en el lugar
menos esperado: estaba en el agua, nadando. Un agua bastante fría, color marrón. Un río
ancho aunque no demasiado, pero muy caudaloso. Sauces en las orillas, un árbol de flores
rojas: seguro que un ceibo.
Orillas familiares, muy familiares... Comprendí en seguida que eso era el Tigre. Y
cuando reconocí un chalet supe que estaba en el río Capitán, no lejos del recreo "Tres Bocas".
La corriente era fuerte. Yo había dejado de luchar contra ella y me dejaba llevar, nadaba
oblicuamente hacia la orilla con los sauces verdes y los ceibos de flores rojas... Una "golondrina
de agua" me pasó por delante, con chirrido leve, y se alejó rozando el agua. Seguí nadando. El
corazón me latió con renovado ímpetu. Y no era por el frío del agua. Era la golondrina lo que me
reanimaba...
La golondrina, las rojas flores del ceibo, significaban que todo vivía en aquel lugar, que
estaba en una zona donde no había caído la nevada mortal. Un lugar donde no hacían falta los
trajes espaciales, donde se podía mirar el cielo azul y hasta había olor a madreselvas en el
aire...
Un dedo del pie se me endureció; comprendí que empezaba a acalambrarme. Me di
cuenta de que me estaba extenuando y no podría seguir en el agua mucho más. Lo
mejor sería nadar cuanto antes hacia la orilla.
Redoblé el vigor de las brazadas. Me fui quedando sin aliento pero avancé
apreciablemente; dejé la parte donde la corriente era más fuerte y me encontré por fin cerca de
la orilla. Me dejé llevar hasta un muelle que penetraba varios metros en el río, me tomé de uno
de los troncos que lo sostenían y, aliviado, traté de normalizar el ritmo de la respiración.
Dejé el tronco, pasé a otro y casi me enredé en el hilo de un espinel. Fue absurdo, pero
se me antojó un disparate que alguien hubiera tendido un espinel... Sin embargo, nada era más
natural que aquellas pequeñas boyas de corcho pintadas de blanco y de rojo que subían y
bajaban por el oleaje.
Por fin pude asirme a la escalera.Tanteé con los pies buscando el primer escalón.
Estaba roto. Traté de encaramarme, y recién entonces me di cuenta hasta qué punto estaba
fatigado.
"Tranquilo, Juan... ¿Qué apuro tienes?", traté de serenarme. "Descansa un poco, ya te
vendrán las fuerzas para subir".
Para distraerme del cansancio miré el río. Un paisaje familiar, que me recordaba tantos
domingos de remo, tantas madrugadas de pesca recorriendo algún espinel tendido durante la
noche entre los juncos...
Allá enfrente había otro muelle con un letrero, uno de esos pequeños carteles de casi
patético optimismo: "Los tres amigos"...
Un ruido fuerte, casi sobre mi cabeza. Y otro más, en seguida.
Miré, y allá arriba, sobre el muelle, lo vi: un hombre vestido con campera, sin afeitar, de
edad indefinible, corpulento. Me miraba con ojos serios, como pensando si convenía salvarme o
si era preferible dejarme llevar por la corriente.
De pronto se decidió: bajó los escalones, haciendo mover el maderamen, y me tendió la
mano.
Me dejé ayudar. No estaba tan cansado después de todo y pude subir bastante bien.
Pero fue bueno sentir aquel brazo que se estiraba en mi ayuda...
Ya los dos arriba del muelle, el hombre se presentó:
_Soy Pedro Bartomelli...
_Juan Salvo _repliqué, estrechándole la mano ancha y fuerte, algo callosa_. Suerte
que me ayudó a subir, amigo _empecé a tiritar por el frío, traté de moverme para hacer escurrir
el agua_. Me cansé nadando contra la corriente, casi me había quedado sin fuerzas para subir.
_La verdad que tuvo suerte. Lo vi de casualidad; por un momento me pareció que era
un tronco... Me acerqué pensando que estaría estorbando el espinel. Fue por eso que lo vi.
_¿Usted sabe algo de lo que pasa? _ dije no bien me recobré.
Es que de pronto volvía a recordarlo todo: la nevada de la muerte, la invasión de los
Ellos, la enorme desolación tendida como un invisible pero abominable sudario sobre todo
Buenos Aires, los combates contra los Gurbos, mi desesperado reencuentro con Martita y con
Elena, la carrera hacia el interior, los hombres-robots persiguiéndonos... Recordé a Favalli, a
los demás amigos, todos ya convertidos en hombres robot... Es curioso, pero en aquel
momento no recordé para nada mi entrada a la cosmonave de los Ellos ni el encuentro con el
Mano, allá en su planeta... Sin embargo, me parecía lo más natural haber aparecido de pronto
allí, nadando en medio de un brazo del Paraná...
_La verdad es que no sé lo que pasa..._ dijoel hombre perplejo, meneando la
cabeza_. No termino de entender nada... Fui en bote hasta el Tigre, pero no llegué al Luján: al
entrar al arroyo del Gambado lo encontré totalmente bloqueado por botes atravesados, algunos
medio volcados: todos con los ocupantes muertos, cubiertos por una sustancia blanquecina...
La misma sustancia estaba en las plantas, en todas partes. Todo parecía muerto, como
quemado por una gran helada...
Ya sabía lo que era aquello: quería decir que la nevada de la muerte había llegado hasta
poco más al sur del Tigre. Era posible que el resto del Delta se hubiera salvado.
_¿Y usted? _. Sobresaltado, descubrí que el hombre me miraba con ojos
entrecerrados, cargados de recelo_. ¿Tiene armas usted?
_No... _ y entreabrí los brazos como invitándolo a registrarme.
De todos modos, aunque hubiera tenido algún un arma de muy poco me hubiera podido
servir, empapado como estaba.
_¿De dónde viene?_ Pedro Bartomelli siguió mirándome con mirada llena de
sospecha.
¿Cómo contestarle? Ni yo mismo lo sabía. Hice un gesto vago hacia Buenos Aires.
Traté de inventar una excusa:
_Estaba en una canoa... Me distraje, se me volcó...
_Venga, no se preocupe más... - dijo finalmente.
Después hombre rió, me palmeó con fuerza y empezamos a caminar hacia la casa
pintada de rojo, con techo de cinc a dos aguas, construida sobre pilotes de madera.
Era un chalet parecido a muchos otros... La isla misma era igual a tantas otras que yo
conociera... Tan parecida a la "Alicia", la isla donde pasé algunos de los días más dichosos de
mi vida... Por un momento me pareció estar viendo a los amigos, trabajando con palas junto a
un gran fuego -demasiado grande, como siempre- para el asado que debíamos preparar...
Pero el frío, los músculos acalambrados y el cuerpo que tiritaba me recordaron por qué
estaba allí. Duele, a veces, volver al presente.
Ya estábamos muy cerca de la casa cuando se abrió una puerta. Allí, en una especie de
balcón, apareció una mujer. Joven -no tendría más de veinticinco años-, de pulóver y vaqueros,
con un rostro que en otro tiempo habría sido quizá dulce y alegre pero ahora estaba transido. No
había lágrimas en él, pero cuando se ha llorado mucho, ahí quedan las marcas. Al lado, medio
escondido, se le apretaba un chico con el pelo rubio que le caía hasta los ojos.
_¡Adentro! ¡Ya te dije que adentro!
Pedro Bartomelli pareció ladrar la orden.Fue un grito tan súbito que me hizo sobresaltar.
Debí mirarlo sorprendido, porque me sonrió:
_Venga, amigo Salvo. Buscaremos un poco de vino bajo la casa. Ahí lo guardo, para
que esté más fresco. Celebraremos el encuentro...
Me agaché para pasar entre los pilares: había allí las consabidas cañas de pescar,
algunos cajones vacíos, canastos de mimbre desvencijados, latas, botellas vacías...
_¿Dónde está el vino? _pregunté, por decir algo; la verdad es que no tenía ningún
deseo de beber. Era algo caliente lo que yo necesitaba.
_Debajo de esa pila de cajones vacíos _me explicó el otro, señalando a un lado_. Lo
guardo allí, así nadie me lo encuentra.
Me incliné, traté de apartar el cajón vacío de más abajo. Hice un esfuerzo, la pila era
mucho más pesada de lo que parecía, apenas lo moví.
Fue entonces cuando vi una sombra que se movía detrás de mí. No sé por qué, pero me
encogí.
Y eso me salvó: el tremendo golpe dado con la barreta de hierro no me dio de lleno en el
cráneo porque el hombro amortiguó parte del impacto que pudo ser fatal.
Aturdido, con la cabeza que me quemaba, me di vuelta, medio cayendo contra los
cajones. Pero ya Pedro Bartomelli levantaba el brazo para repetir el golpe, me miraba
enloquecido de rabia.
No sé qué hice, pero el hierro me silbó junto al oído, se estrelló contra uno de los
cajones. Hubo ruido de maderas rotas. Traté de asirle el brazo, forcejeé, traté de darle un
rodillazo pero la cabeza se me iba: estaba completamente "groggy". El hombre me sacudió, me
empujó a un lado, y no pude seguir sujetándolo.
Como en una pesadilla, lo vi que volvía a alzar la barreta. Ahora no tenía escapatoria: me
tenía prácticamente "clavado" contra los cajones.
Alcé la mano, en inútil ademán de defensa...

La detonación pareció estallarme dentro del cráneo.
Por un instante creí que era el hierro que me había golpeado pero no: había sido un
balazo disparado a un par de metros.
Pedro Bartomelli, enderezándose, trataba de volverse. Finalmente el brazo armado con
la barreta se abatió y el hierro cayó con ruido sordo sobre el piso de tierra. Después las rodillas
de Pedro Bartomelli se aflojaron y se derrumbó hecho un ovillo.
Allí quedó, con una mano moviéndose espasmódicamente, en saludo absurdo...
Entonces la vi: allí estaba la mujer, con la pistola humeante en la mano. Me apuntaba a
mí...
_Pero... _ dije cuando creí que ya me disparaba.
_No se preocupe... _bajó el arma, se pasó la mano cansada por el rostro_. Entre él y
yo no había nada... Llegué hace menos de una hora en un bote y prometió ayudarme; a mí y a
Bocha... ¡Pero era un monstruo!
Con un estremecimiento, la mujer miró a un lado, hacia el cuerpo caído, y retrocedió
como si el muerto pudiera hacerle algo todavía.
_Allí... _ y señaló hacia una espesura de plantas de hojas anchas_. Allí, en esa zanja,
hay por lo menos cinco personas muertas... A todos los mató él: él mismo me lo dijo, como
vanagloriándose... Parece que era la familia de los dueños del chalet. Dijo que si no le obedecía,
me mataría como a ellos: fue por eso que me los mostró. Suerte que llegó usted...
_Pero... ¿por qué los mató?
_Dijo que era la ley de la jungla... Que todavía tendría que matar a muchos más, hasta
sentirse bien seguro. A usted lo recibió y le conversó hasta que averiguó si podía serle útil o
no...
Miré al caído, de bruces, con el brazo estirado: ya no saludaba más...
No era culpable de lo ocurrido, ¿cómo culparlo por haber reaccionado con tanta violencia
ante una situación tan inesperada como la de la nevada mortal? Era un hombre de acción, y
había reaccionado ante la emergencia de la única forma a la que estaba acostumbrado.
_Atención... Atención... _una voz metálica, allá arriba, dentro del chalet, me sacudió
como un latigazo. ¿Pedro Bartomelli tendría compañeros, ocultos dentro de la casa? Pero no,
aquello sería absurdo...
_Es la radio _la mujer sonrió débilmente, al advertir mi sobresalto_. Una radio a pilas
secas... Debe haberla encendido el Bocha. Lo encerré con llave cuando bajé: debe estar
asustadísimo. Voy con él.
La seguí, totalmente aturdido, más por el brusco cambio de la situación que por el
golpazo que recibiera en la nuca.
_Atención... Atención... _la radio seguía.
EL "speaker" debía ser mejicano o centroamericano por la forma de pronunciar.
Entramos a la habitación. El chico se incrustó literalmente en la madre, llorando.
_Oí el tiro... _fue todo lo que atinó a decir. La mujer lo abrazó, trató de calmarlo.
Yo, lo confieso, me procupé poco por ellos; todo lo que me interesaba era la radio.
Hasta entonces no había oído ningún mensaje del mundo exterior... Ni siquiera sabía con
certeza si había algún mundo exterior al área de la invasión. Los únicos mensajes que había
captado antes, con Favalli y los otros, habían resultado trampas tendidas por los mismos Ellos.
_Volvemos a trasmitir ahora para América del Sur... Queda confirmado que la invasión,
aunque muy extendida en el continente, abarca sólo áreas reducidas. Es muy grande la
superficie que no ha sido afectada por la invasión, y es mucho más numerosa de lo que se creía
en un primer momento la cantidad de sobrevivientes... Se aconseja a todos la mayor calma y
también la mayor prudencia: por el momento es inútil pensar en ataques aislados contra el
invasor: sus armas son demasiado poderosas. Y volvemos a destacar el enorme peligro de los
hombres robots: es por eso que conviene mantenerse alejado de los invasores, para no ser
apresados y convertirse en instrumentos del enemigo. Cada persona, cada familia debe
quedarse en su casa ocultándose lo mejor que pueda. Deben tener completa fe de que muy
pronto llegará el contraataque que, tal vez en cuestión de horas, aniquilará la invasión. Como
informáramos anteriormente, los gobiernos de los Estados Unidos, de Rusia, Inglaterra y
Francia, ya están completamente de acuerdo para una acción conjunta contra el invasor: se ha
designado comandante supremo... _un zumbido, un ruido áspero, la pequeña radio de
fabricación japonesa no fue de pronto otra cosa que una pequeña cajita de material plástico
llena de zumbidos...
_Han interferido la transmisión... Siempre ocurre lo mismo... _la mujer recorrió todo a
lo el largo del dial, pero fue inútil_. Por suerte alcanzamos a escuchar algo. ¡Hay esperanzas,
todavía!
_No... No se haga ilusiones _.Para qué dejarla soñar; de todos modos pronto se
enteraría de la realidad_. Ya escuché antes esas transmisiones. Son todas trampas. Terminan
dando instrucciones para que todos se reúnan en ciertos lugares... Los sobrevivientes obedecen
y, cuando quieren acordarse, ya se encuentran rodeados de hombres robots... Es inútil luchar:
pronto están ellos mismos, todos convertidos en hombres robots... Yo lo he visto, y no hace
mucho... Me salvé apenas.
La mujer me miró desconcertada, creo que con rabia porque le quitaba aquella última
luz de esperanza. El chico seguía apretándose contra ellas desesperadamente.
_¿Hombres robots? No entiendo lo que son...- dijo la mujer-. Varias veces oí hablar de
ellos en la radio.
_Los Ellos, los jefes de la invasión a los que nadie, que yo sepa, ha podido ver todavía,
tienen bajo sus órdenes a unos seres inteligentísimos, con manos de dedos múltiples... Son los
manos. Estos, a su vez, manejan a los hombres robots: son hombres capturados a los que les
insertan en la base del cráneo, en la nuca, un aparato especial provisto de muchas lengüetas
que se clavan en el sistema nervioso... Por medio de ese aparato convierten al cautivo en un
verdadero autómata, capaz de recibir órdenes transmitidas desde muy lejos y de obedecerlas
sin chistar, aun a costa de la propia vida...
No seguí explicándole porque ocultó el rosto entre las manos, juntó la cabeza contra la
del chico y allí quedó, sacudida por enormes e incontrolables sollozos.
Miré por la ventana. Había sol, el río seguía corriendo igual que siempre, el verde de las
plantas lucía lujoso. Estábamos en invierno pero era un día hermoso: un día como tantos
domingos del recuerdo, con el río lleno de botes, de lanchas colectivas, de cruceros suntuosos y
envidiables... Pero era inútil dejar de pensar en el drama que nos rodeaba:
_La transmisión de la radio era una trampa... _ reiteré.
Aunque, si era una trampa, ¿quién la había interferido? Era algo para pensarlo; quizá
después de todo la transmisión era auténtica... Las transmisiones trampas que yo oyera antes
no habían sido interferidas nunca... Clñaro que también podía ser sólo un defecto de la
transmisión... ¿Para qué ilusionarse?
Sacudí la cabeza y traté de concentrarme en la situación en que me encontraba: de
pronto, como una gran ola, me llenó toda la angustia de la separación, todo lo que me había
ocurrido hacía tan poco tiempo... Martita... Elena...¿Volvería a verlas alguna vez?
Miré otra vez el río. Ya no me pareció hermoso ni nostálgico: de pronto volvió a ser lo
que era, una vía de comunicación, un camino para la fuga o para el reencuentro: "El hombre
dijo que la nevada había llegado hasta el Gambado... Tendría que tomar un bote, salir al Paraná
y probar de desembarcar a la altura de Campana o de Zárate... Así podría volver al lugar
adonde dejé a Martita y a Elena...".
Un rugido inconfundible, totalmente inesperado aunque nada podía ser más lógico que
oírlo allí, me llegó de pronto.
_¡Una lancha!
También la mujer lo había oído y se precipitó a la ventana, a mi lado
_ Por el ruido, debe ser una lancha colectiva.
Era incongruente, costaba creer que todavía podía correr una lancha. Sin embargo era
imposible dudar: sí, del lado del Tigre venía una lancha a toda velocidad.
Antes de que pudiera contenerlos, la mujer y el chico se lanzaron afuera, bajaron la
pequeña escalera, corriendo hacia el muelle. Tuve que seguirlos, a pesar de que era una
imprudencia enorme: ¿y si eran hombres robots?
Allí, en el codo, abriéndose bastante porque el río estaba en bajante, apareció la lancha.
Sí, era una colectiva.
_¡No deben vernos! ¡No les haga señas! _ grité.
Llegué por fin junto a la mujer, traté de tomarla por el brazo. Pero era tarde: ya había
hecho señas. Y ya la lancha torcía el rumbo, enderezaba hacia nosotros.
_¿Por qué no hemos de avisarles? _la mujer me miró sorprendida_. ¡Es la primera
lancha que veo en días!
_Pueden ser hombres robots _expliqué con rudeza, tomándolos a los dos por el brazo
y tratando de alejarlos del muelle.
Pero me contuve: ya la lancha esta muy cerca, podía ver con toda claridad a los
ocupantes, al hombre que, a popa y con un cabo en la mano, se aprestaba a la maniobra del
atraque. Ninguno de ellos tenía el fatídico instrumento en la nuca.... Desistí de escapar.
La popa de la lancha dio contra el muelle. El hombre del cabo se asió a un poste, ayudó
a la mujer y al chico a subir. En seguida salté yo.
_¿Adónde vamos, señor? _pregunté.
_Al Paraná. A La Cruz _el hombre era un isleño de rostro requemado por el sol.
_¿A La Cruz? _nunca había oído ese nombre.
_Sí... Allí se está reuniendo toda la gente de la zona... Ya hay dos mil, por lo menos...
_¿Quién los manda?
_El capitán Rupertino... Un capitán retirado. Un hombre muy ducho en manejar gente,
se ve a la legua. Desde hace tres días estamos fortificando una isla.
_¿Contra quién?
_Contra los hombres robots, pues. ¿Contra quién había de ser?
Me gustó la manera de mirar del isleño. Seguro que se sentía un poco padre de todos
los que había recolectado con la lancha.
Me senté junto a la mujer y el chico. Miré al resto del pasaje, una veintena de personas.
Podrían ser los pasajeros de un domingo cualquiera si no fuera por los rostros sin afeitar con las
facciones hundidas, como comidas por el espanto. ¡Quién sabe qué experiencias había vivido
cada uno!...
Otro muelle, con un hombre haciendo señas.
Medio viejo, rubio, con grandes bigotes manchados de tabaco. Un italiano del norte,
seguro, rodeado por media docena de perros pomerania.
Subió a la lancha, se sentó a mi lado.
_Menos mal que vinieron _me sonrió con la boca y los ojos azules_. Ya creía que
tendría que quedarme para siempre. El patrón tuvo que irse con el "fuera de borda" _siguió
contando más para él que para mí_. La lancha no le arrancaba. Demasiado cargado el bote,
con la mujer y los chicos.
_Y a vos no te llevó, claro... Te dejó para que te pudrieras... _el isleño de rostro
requemado escupió a un lado.
_¡Eso sí que no! El patrón y la señora quisieron llevarme, hicieron de todo. Pero yo no
les hice caso, sabía que iban demasiado cargados. Me escondí en el monte y tuvieron que irse
sin mí. Habrán creído que estaba loco... Pero no, no lo estaba. Me gustó oír al chico del patrón,
llamándome cuando ya el bote estaba lejos... Los miré por entre los juncos hasta que dieron la
vuelta al codo.
Calló el hombre, y sólo se oyo el rugir del motor.
Martita... Elena... La mujer y el chico... El italiano de los bigotes que había querido
contar la salvación de sus patrones, que lo eran todo para él.
Era para abrumar, para desesperar. Pero el espíritu tiene una capacidad insospechada
para soportar la congoja. Podría haber enloquecido, pero el cerebro me siguió funcionando,
ocupándose de cosas mínimas. Por ejemplo, todavía no sabía el nombre de la mujer que tenía
al lado.
_Todavía no sé cómo se llama _la miré, y supe que el rostro ya no estaba
acostumbrado a la sonrisa.
_Amelia... Amelia de Herrera. Este es el Bocha.
Ya lo sabía, pero acaricié la cabeza del chico. Sonreí, adiviné que éramos amigos.
Ya estábamos en pleno Paraná, bastante picado. Había viento fresco. Iba a preguntar si
faltaba mucho cuando el hombre de la popa anunció:
_La Cruz. Ya llegamos.

Era una isla como tantas, con una buena casa al fondo y un muelle nuevo, sólido,
recién pintado. Habían levantado una gran cruz de troncos, desproporcionada. Debía de
haberles costado mucho plantarla allí.
Estaban en pleno trabajo de fortificación: centenares de hombres, ayudados por mujeres
y por chicos, cavaban una gran zanja y echaban la tierra que sacaban sobre un gran terraplén
que ya circundaba la isla hasta donde se podía ver.
Otros hombres plantaban estacas, para darle mayor solidez. Recordé algunas de las
fortificaciones de la Edad Media que viera en la Histoia de Malet. Y pensé en las defensas de
barro de la primera ciudad de Buenos Aires...
Bajamos, cruzamos la zanja por dos tablones, hombres armados nos dieron paso.
_Más reclutas, mi capitán _el isleño nos presentó, orgulloso de su trabajo.
El capitán, un hombre de uniforme indefinible, tenía pantalones color caqui, chaqueta de
la gendarmería, botas altas; la gorra dorada le quedaba rara sobre aquel conjunto que era y no
era marcial.
_Al terraplén _nos ordenó casi sin separar los labios_. ¡Hay palas de sobra allí: a
trabajar!
_Ya lo oyeron _el sargento nos hizo una seña con la cabeza, marchó con nosotros
hasta que llegamos al terraplén.
_Aquí tienen palas de sobra.
Sí, había una increíble cantidad de palas y de picos.
"Asaltarían un almacén de ramos generales" pensé.
Nos pusimos a cavar. Los hombres dándole a la pala, las mujeres cargando la tierra en
cestas de mimbre, de las que se usaban para la fruta.
_Trabajen... No hay tiempo que perder...
Cada tanto el capitán hacía una gira de inspección. Se golpeaba las botas con un junco;
su presencia era un estímulo indudable, pues todos aceleraban las paladas apenas lo veían.
_Trabajen... Cuando esté listo el terraplén empezaremos la instrucción militar con
ustedes también... Cada hombre debe poder luchar como un veterano... Trabajen... No se
paren... Trabajen...
Por fin tuve que descansar: los brazos, la espalda no me daban más. Aproveché que el
sargento se enfrascaba en conferencia con el teniente y me dejé caer contra el terraplén.
"¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Tiene algún sentido todo esto? Las defensas que
preparamos son nada contra las armas de los Ellos..."
_¿Un matecito? _el italiano de los bigotes había encontrado tiempo para encender un
fuego. Vaya uno a saber de dónde había sacado la pava, el mate y la yerba.
Se lo acepté, me hizo mucho bien el trago estimulante. Comencé a ver todo lo que me
rodeaba con un poco más de tranquilidad.
Hasta ese momento había estado verdaderamente idiota, me había dejado manejar
como una criatura. Tenía que explicarle al capitán lo que en realidad eran los Ellos. Era muy
posible que ninguno en toda la isla tuviera la menor idea del poderío de invasión. Pretender
defendernos con los pocos rifles, winchesters y escopetas que teníamos era como pelear con
arcos y flechas contra la bomba atómica.
Me separé de los que trabajaban en el terraplén y caminé hacia la casa.
Pasé entre dos escuadras de hombres que hacían ejercicios militares a las órdenes de
otro "sargento", un absurdo suboficial con pulóver, "breeches" y botas.
_¿Dónde está el capitán? _pregunté a un viejo que, olvidado de todos, estaba sentado
en la escalera de madera que subía a la casa.
No me contestó. Se limitó a señalarme con el pulgar a un lado, debajo de la casa.
Allí encontré al capitán: sentado ante una mesa con una botella de whisky al lado,
miraba un tosco plano de la isla con las dos fortificaciones que se estaban construyendo.
_Con su permiso... _empecé.
Pero no me dejó seguir:
_Aquí tiene _me tendió una bandeja_; llévele la comida al perro.
Perplejo, miré lo que contenía: un plato con carne fría, papas, una botella de cerveza y
un atado de cigarrillos.
_Pero...
_¡Haga lo que le digo!
Tomé la bandeja y busqué la casilla. Mejor obedecer que llevarle la contra. Era capaz de
hacerme castigar.
_¡Allí! _el dedo imperioso del capitán señaló al otro lado de la casa.
En ese lugar, el espacio entre los pilotes de cemento que sostenían la construcción
estaba cerrado con chapas; sólidas maderas las sostenían en su lugar.
Llegué con la bandeja, busqué la entrada. La encontré: una pequeña puerta. Habían
cortado la chapa, abajo, para dejar pasar la comida.
Desde adentro alguien debió oirme llegar, porque sentí golpes fuertes contra las chapas.
Miré al capitán y lo vi concentrado nuevamente en su mapa. Miré a los hombres que,
más allá, trabajaban febrilmente en el terraplén. Miré la bandeja con la absurda comida para el
"perro".
Me decidí: dejé la bandeja en el suelo y corrí el improvisado cerrojo que mantenía en su
lugar la chapa que hacía de puerta.
Adentro había un hombre. Maniatado, amordazado.
Lo desaté de prisa; el capitán no debía darse cuenta.
_Por fin... _el prisionero se frotó las muñecas. Era un hombre maduro, de rostro
fresco, casi rosado, ojos miopes a los que le hacían falta los anteojos...
_No entiendo... ¿Por qué lo ataron? _me acordé de preguntar mientras le desataba
los pies.
Quizá estaba haciendo mal en soltarlo. Pero no: aquel hombre no podía haber hecho
nada malo, no tenía aspecto de malhechor.
_Tenemos que escaparnos, amigo... No lo conozco a usted, pero veo que se dio
cuenta. El capitán Roca está loco... Ni siquiera es capitán, es un abogado... Yo soy su médico,
lo estaba por traer de Rosario por barco, para internarlo en un sanatorio de Buenos Aires,
cuando ocurrió la nevada...
_¿También nevó en Rosario?
_También...
Una gritería allí afuera: el "capitán" había descubierto la puerta abierta de la "casilla".
_¡Vámonos!
Corrí detrás del médico, que tropezó, entumecido aún por el largo tiempo que había
permanecido atado.
Subimos con trabajo el terraplén.
_¡Atrápenlos! _tronó a nuestras espaldas la voz del "capitán" _. ¡Tírenles!
Bajamos al otro lado del terraplén.
Vi a Amelia y al Bocha acarreando tierra con las cestas.
_¡Vengan! _les grité.
Sin más explicaciones los llevé conmigo. Corrimos, nos metimos entre las cortaderas.
Nos detuvimos a cosa de un par de cuadras, sin aliento: el médico jadeaba, creí que se
descomponía.
_No nos persiguen... _dijo. Y no siguió porque apenas si podía respirar.
Fue entonces cuando sonó la descarga, del lado del río.
Me di cuenta que desde hacía unos momentos habíamos estado oyendo el motor de una
lancha.
Otra descarga, gritos...
Empezaba el ataque de los hombres robots.
Me asomé por sobre las cortaderas, miré hacia el terraplén: había humo azulado,
chisporroteaban los fusiles, rugía el motor de la lancha que maniobraba para ponerse paralela a
la costa.
_¡Reserven las municiones! ¡El asedio puede ser largo! _oí gritar al "capitán"
Disparos.
El motor rugía más fuerte: la lancha daba ya de flanco contra el terraplén, los hombres
robots saltaban a tierra.
El fuego de los defensores se hizo intensísimo.
Cayeron varios hombres robots. Pero siguieron saliendo de la lancha; algunos llegaban a
tierra al saltar, otros vadearon hasta recostarse contra el terraplén y desde allí disparaban sus
armas hacia arriba...
Por un instante me sorprendí tratando de identificar los rostros de los hombres robots:
¿estarían entre ellos Favalli y algunos de los otros? Pero no, no reconocí a ninguno...
_¿Qué hacemos? _murmuró el médico a mi lado, despavorido.
_Mejor irnos _dije, obligando a agacharse al Bocha, que se empeñaba en asomarse
por sobre las cortaderas para ver mejor_. Los hombres robots vencerán de todas maneras...
Aunque éstos sean rechazados, vendrán muchos más...
_No...
El médico meneó la cabeza. Su rostro era de facciones pequeñas y había ahora una
rara nobleza en él. Recordé, no sé por qué, a un profesor de anatomía que había tenido hace
mucho tiempo, en el Nacional.
_No puedo irme... _el médico se incorporó_. Hago falta allí.
Y señaló el terraplén donde ya los hombres robots se encaramaban, baleando a quienes
lo defendían mientras comenzaban a huir,
_¡Es inútil! ¡Los defensores ya están siendo vencidos! _lo tomé por el brazo y luchó
por soltarse.
_¡Hago falta allí! ¡Déjeme!
_Olvídese de ese loco, doctor... Ya hizo demasiado por él...
Se me escapó con un violento arrancón y corrió por las cortaderas hacia el terraplén.
_No pienso en el "capitán" _alcanzó a gritar_. ¡Pienso en los heridos!
Me agaché, avergonzado.
Pero ya los hombres robots se atrincheraban en el terraplén, del lado del río, y lo usaban
como parapeto para diezmar a balazos a los defensores.
El médico no dio siquiera veinte pasos.
Tres hombres robots lo vieron venir, dispararon: el doctor cayó como si le hubieran
hecho un "tackle" bajo.
Volví a agacharme. Amelia temblaba a mi lado; el Bocha tenía lágrimas en los ojos pero,
a la vez, apretaba con fuerza los puños. La sangre le hervía, quería pelear... "¿Cómo sería el
padre?", me sorprendí pensando.
Gritos, balazos, allá en en el campamento. Los hombres robots ya dominaban la
situación, perseguían a los defensores. Muchos de éstos se rendían, tiraban las armas y
alzaban los brazos.
_¡Vámonos! _ordené.
Y nos alejamos agazapados por entre las cortaderas.

Avanzamos así durante varios minutos. Cruzamos zanjas, algún arroyo. Dolía pasar los
pequeños puentes pintados por los dueños de las casitas, pintados para otros días, para otras
vidas de un tiempo muy diferente... Tiempo sin "nevadas", tiempo sin Ellos, tiempo con vida en
todas partes...
Los tiros se fueron apagando a lo lejos.
_¡Un bote! _y el Bocha me señaló un chinchorro islero, atado a la escalera de un
muelle.
Había visto otras embarcaciones antes y no me había atrevido a detenerme porque
quizá algún hombre robot nos seguía. Pero ya estábamos lejos. Nadie había notado nuestra
fuga.
Subimos al chinchorro.
Tomé los remos, empecé a darle; la corriente era a favor. Traté de mantenernos junto a
la orilla; los sauces nos ocultarían.Orillé un árbol caído a un costado del río. Apuré la remada.
Allá lejos vi la lancha de los hombres robots que se apartaba de la costa.
¡Nos habían visto!
No tuve tiempo de dudar: la lancha viró, aceleró, se vino a gran velocidad.
Aceleré la remada y oculté el bote al otro lado del árbol caído.Nos quedamos ahí.
_¿Por qué deja de remar? _Amelia, asustada, había visto también la lancha.
_Es inútil continuar, nos alcanzarían en seguida... Quiero ver si nos descubrieron o
no...
No, no venían por nosotros. La lancha iba ahora a lo largo del juncal de la otra orilla.
Varios hombres robots saltaron de pronto al agua, se hundieron hasta el pecho y vadearon con
los fusiles en alto. Subieron a la orilla y pronto oímos tiros, tierra adentro.
_Están cazando fugitivos...
_Sigamos... _suplicó Amelia.
No le pude contestar porque la maleza, a mi lado, pareció explotar.
Dos hombres, con las ropas destrozadas y los rostros desencajados surgieron como
fieras perseguidas, manotearon el chinchorro, casi lo tumban...
_¡No podemos llevarlos!¡No hay lugar!- grité.
No me hicieron caso, Uno pasó la pierna, el bote se inclinó aún más y empezamos a
hacer agua.
Levanté un pie y empujé. Le di en el pecho, cayó hacia atrás.
El otro trató también de subir, pero ya Amelia, con fuerte envión, apartaba el chinchorro
del borde. El hombre midió mal la distancia y cayó al agua.
Bufaron los dos, bracearon desesperados hacia el bote.
Si trataban de subir, nos hundiríamos todos.Y allá lejos, volvía a tronar el motor de la
lancha de los hombres robots, acercándose...
Una mano muy blanca, con mucho vello, se aferró a la borda.
Saqué un remo y golpeé, de punta, directamente a la cabeza. Le di de lleno, vi sangre
en la sien del hombre antes de que se soltara y medio desapareciera bajo el agua.
El otro ya se aferraba a la proa, pero no le di tiempo para más: alcé el remo y golpeé de
nuevo, apoyando el golpe con todo el peso del cuerpo.
Se soltó; la corriente lo llevó.
_¡Vámonos! _Amelia estaba aterrada.
Pero no le hice caso. Por entre las ramas del árbol caído vi acercarse la lancha. Seguro
que los hombres robots habían visto nuestra lucha y se venían a toda marcha.
_¡Abajo del bote! _ordené_. ¡Tenemos que volver a escapar!


Otra vez en tierra, metiéndonos entre las cortaderas. Con el motor de la lancha cada vez
más fuerte en los oídos.
_¡Párense! _grité, tomando al Bocha por el brazo_. Nos esconderemos aquí, en esa
zanja.
Ya la lancha debía de estar frente a nosotros.
Con el agua al pecho nos agazapamos en la zanja, medio nos incrustamos debajo de
una espesura de hortensias y madreselvas.
La lancha se detuvo.
Dejamos de respirar. ¿Era posible que nos hubieran visto?
Voces, gritos, disparos...
Comprendí: habían visto a los dos hombres que se llevaba la corriente y pensarían que
trataban de escapar a nado.
Terminaron los disparos, volvió a rugir el motor.
Me asomé con cuidado y respiré: la lancha se alejaba.
Seguimos escondidos un poco más hasta que el motor se oyó apenas.
_Sigamos tierra adentro _ordené_. Demasiado peligroso seguir por el río.
Bordeamos la zanja, cruzamos con gran trabajo una enorme espesura de madreselvas
y zarzamora, salimos a los fondos de otro lote. Un naranjal, pomelos, un chalet más atrás.
Pero no pudimos acercarnos. Algo me zumbó junto a la cabeza y una ramita cayó: la
detonación de un rifle.
_¡Quietos! _una voz fuerte hizo eco al estampido.
Por fin lo vimos.
Un hombre grande, de rostro gordo, blando, sin afeitar. Vestía vaqueros; demasiado
maduro para vestir así.
_A la casa _ordenó, apoyando las palabras con un movimiento enérgico del rifle, un
Halcón calibre 22.
_¿Y si no vamos?
No sé por qué pero algo se me revelaba allá adentro. Estaba harto de que me
manejaran...
_Te quemo, si no vienen... ¡Vamos, moviéndose! _insistió, ampliando aún más el
movimiento con el rifle.
Eso lo perdió.
Apenas vi el rifle de costado me le abalancé. Conseguí aferrar el caño; lancé la cabeza
hacia adelante y debí darle en el mentón, porque me dolió atrozmente.
Me enderecé, sin soltar el rifle. Tampoco el lo soltó. Sentí el puño golpeándome en las
costillas, otro golpe a la cabeza.
No sé bien lo que hice: debí soltar el rifle, porque estoy seguro de que le pegué con la
derecha, un golpe corto, furioso, que lo calzó bajo el oído. Vaciló, se me prendió, quiso
abrazarse; le sacudí al estómago, erré un par de golpes en el afán de terminarlo. Cayó a un
lado, me arrastró consigo, rompimos algo que debió ser un rosal porque pinchaba, me hundí.
Luchábamos en el borde de una zanja.
No sé dónde estaba el rifle; él se agachó, buscando algo, y se enderezó de pronto
armado con una navaja.
El acero terminó de enceguecerme: lo tome por la muñeca, golpeé y golpeé. Pero siguió
forcejeando, no podía acertarle ningún golpe de "knock out" y me estaba cansando: cada vez
me era más difícil sujetarle la mano armada.
Le hice una zancadilla mientras le sujetaba el cuello y terminamos de caer los dos en la
zanja, yo encima.
No me levanté, seguí apretando, no le dejé sacar la cabeza del agua...
Forcejeó, convulso, manoteó ya sin la navaja, pero no lo solté.
Hasta que dejó de moverse.
Me enderecé. Quedó flotando con la camisa a rayas rota a lo largo de la espalda.
"Otra muerte más", pensé "¿Qué me está pasando? Me estoy convirtiendo en una
fiera.."
Pero no era tiempo para reflexiones absurdas.
Sin embargo Amelia y el Bocha me miraban con ojos agrandados. También ellos,
seguro, estaban pensando lo mismo que yo: ¿con qué fiera andaban?
Recordé que en realidad también ella tenía una muerte. Aunque aquello había sido
diferente: no había matado como yo, tan de a poco. Es distinto matar de un balazo que matar
con las propias manos...
Sacudí la cabeza.
_Vámonos a la casa _ordené_. Pueden vernos los hombres robots desde el río.
Me siguieron.


Una casita blanca moderna, una galería con enrejado de madera verde, un cartel muy
pintado: "Las Hortensias".
_Tengo hambre _dijo el Bocha apenas entramos en el comedor, un cuarto grande y
casi vacío de muebles.
_También yo _y traté de sonreir.
Pero no había nada en el aparador. Ni platos, ni vasos: nada.
_Mejor se quedan aquí, ustedes dos _dije_. Trataré de buscarles algo para comer.
Seguro que algo encontraré. Descansen, que les hace falta, y traten de no asomarse.
No me contestaron, pero obedecieron y se sentaron.
_Lo esperaremos _dijo Amelia.
Pero seguro que se estaba acordando del otro hombre, el que "coleccionaba muertos en
la zanja". Y yo ya tenía uno en mi haber... ¿Le resultaría como el otro?
Quise preguntarle qué pensaba, pero me contuve. Total, ¿para qué?
Salí, busqué el rifle Halcón y tomé por un sendero que supuse llevaría a lo largo de los
lotes. Tuve que pasar junto a la zanja. Allí seguía la espalda con la camisa a rayas, rota.
Seguí de largo.
Una plantación de álamos, talados hacia poco; una cerca de ligustros mal cortados, un
montón de cajones rotos, casi negros de tan podridos. Viejos letreros rotos de Coca Cola y La
Superiora. Y botellas. Una enorme cantidad de botellas...
"La espalda de un almacén", pensé.
Sí, era un almacén; allí se alzaba la vieja construcción de barro blanqueado y techo de
paja. Uno de los pilotes estaba torcido y toda la casa se ladeaba un poco.
"Puede haber gente. Debo andar con cuidado".
Me acerqué por atrás, procurando no hacer ruido.Un barril. Me subí y llegué a la
ventana. Empujé: estaba abierta.
"Tengo suerte", sonreí. Era, sí, un almacén islero con las estanterías llenas de cosas.
Busqué una bolsa en la penumbra. "A ver qué llevo. No debo cargarme con cosas inútiles. Para
empezar..."
La puerta se abrió de un golpe.
Dos hombres armados, de rostros torvos, me apuntaban.
Podían ser isleros. O podían ser los dueños del almacén o...
Hubo dos fogonazos. Algo me golpeó en la camisa. Me agaché y me hice a un lado,
tratando de evitar los disparos; caí entre un montón de latas de conserva, a un lado del
mostrador.
_Le erré _dijo uno, dando un salto hacia adelante.
Alcanzó a tirar otra vez pero con demasiado apuro: el fogonazo me encegueció. Sin
embargo yo también pude disparar. Mi fogonazo lo iluminó y vi, neto, el agujero de la bala en la
campera negra, en medio del pecho.
Se encogió, cayó hacia adelante.
El otro quizá chocó contra él. O quiso flanquearme o no supo dónde había caído yo. No
lo sé: de pronto lo vi tropezar y sentí que un par de sacos de yerba se deslizaban sobre mí.
Semicaído, quise incorporarme. Vi un tobillo, más allá de los sacos; manoteé, y lo hice
caer a la vez que apretaba el gatillo del rifle.
Pero le erré y medio se me cayó encima. Nos dimos un cabezazo. Me encontré tratando
de que no me apretara el cuello.
Vio que no me podría estrangular porque me había agarrado mal y quiso pegarme.
Aproveché para torcer el cuello, zafándome.
Entonces se tiró al otro lado. Me sorprendió el movimiento pero lo comprendí en
seguida: estaba manoteando el cuchillo que el otro tenía en la cintura.
Me tiré sobre él antes de que terminara de aferrarlo, se lo hice caer, y volvimos a
forcejear, sin golpes netos, los dos jadeando como desesperados, tratando de llegar hasta el
arma.
Otra vez la astucia de animal salvaje. No sé cómo se me ocurrió pero apenas tuve la
idea la ejecuté: lo dejé estirar la mano hasta el cuchillo y entonces le tomé el brazo estirado;
hice fuerza con mi otra mano debajo de su codo y le retorcí el brazo a la espalda. Seguí
haciendo fuerza hasta que gritó de dolor. Otro esfuerzo más, con todo el cuerpo como resorte, y
sentí que le zafaba la articulación del hombro.
Dio un grito.
Lo vi vencido y lo solté, agotado por el tremendo esfuerzo. Pero, con el hombro
dislocado y todo, volvió a manotear el cuchillo.
Entonces me abalancé sobre él, le pegué tras la oreja y de pronto me sorprendí ya con
el cuchillo en la mano, ya clavándoselo hasta el mango en la espalda.
Me levanté, aterrado.
Lo había muerto.
Igual que al otro.
Igual que al anterior, al que ahogara en la zanja.
Tres muertos, en cuestión de minutos.


La mujer y el Bocha.
Suerte que los tenía a ellos para pensar. No sé dónde encontré la bolsa, pero la cargué
con cuanta cosa pude, hasta que ya no cabía más.
Me eché la bolsa al hombro, salí de la casa.
Un puente sobre el arroyo, una lancha mal cubierta con lona.
Miré: era una "cris-craft" moderna. El motor relucía, había estopa sucia de aceite,
herramientas; comprendí que los dos hombres la habían estado acondicionando cuando yo
llegué.
"Nos vendría bien para seguir huyendo", pensé.
Con la bolsa al hombro volví de prisa a la casa donde habían quedado Amelia y el
Bocha.
Subí la escalera.
Pero no abrí en seguida la puerta.
"No les contaré lo que pasó en el almacén... No entenderían... Pensarían demasiado mal
de mí".
Abrí, entré.
Quedé clavado en el umbral.
El cuarto estaba vacío. Vacíos también los dos dormitorios.
Amelia y el Bocha habían desaparecido.
"Quizá creyeron que no volvería... Se cansaron de esperar... Quizá se los llevó algún
otro... Quizá vinieron los hombres robots en mi ausencia... "
Pensé esperarlos, pero, no sé por qué, yo sabía que la separación era definitiva: habían
aparecido de pronto en mi camino, y ahora, de pronto también, desaparecían...
Y yo sin saber siquiera quiénes eran...


Salí de la casa, me hundí en un pajonal.
Abrí una lata de sardinas. La devoré...
"Como un animal, ocultándome en la espesura".
Me estremeció lo exacto de la comparación: sí, me estaba convirtiendo en un animal...
Comí, devoré las conservas, y después, agazapado, mirando con recelo a cada paso,
troté de vuelta hacia la casa donde habíamatado a los dos hombres.
No me acerqué al destartalado almacén. Fui directamente hasta el zanjón donde poco
antes viera la lancha.
Ella sí estaba allí todavía, tapada a medias por una lona.
Hice un rápido inventario: nafta, agua, aceite... Había cantidad de todo. Los dos
hombres la habían estado equipando para un largo viaje. Latas de conserva para por lo menos
quince días; dos rifles, uno de calibre 44... Sumados al winchester que ya tenía era un
armamento más que formidable para un hombre solo. Había cajas de proyectiles como para
sostener todo un combate.
Puse en marcha el motor. Me costó: era un "krisler" último modelo, algo raro para mí.
Por suerte el agua estaba alta y lentamente fui moviéndome por el zanjón.
Y salí al río.
Aceleré, tomé hacia el norte.


"Rosario fue arrasada por la nevada" me habían dicho poco antes. "Pero más al norte
alguna ciudad tiene que haberse salvado: Paraná, quizá, o Santa Fe" pensé."No es posible que
todos los lugares estén dominados por los Ellos. En algún sitio habrá una radio que funcione,
podré saber lo que pasa en el mundo..."
Navegar hacia el norte era alejarse definitivamente de Elena, de Martita. Pero ya sabía
yo hasta qué punto era un suicidio intentar hacer algo solo, por mi cuenta. Mi única oportunidad
de volver a verlas alguna vez era unirme a quienes combatían contra los Ellos; si al final la
Tierra triunfaba, era posible que nos reuniéramos de nuevo. Si la Tierra era derrotada, ¿qué
importaba ya nada entonces? Yo estaría muerto o, lo que era lo mismo, convertido en un
hombre robot como Favalli, como Franco, como Mosca...
Pero no tuve mucho tiempo para pensar en planes: no llevaba más de cinco o diez
minutos de navegar a unos cincuenta kilómetros por hora cuando, al doblar un codo del río, vi
una lancha colectiva detenida junto a un muelle.
Hombres armados se estaban embarcando en la lancha. Me bastó un vistazo para saber
quiénes eran: hombres robots.
La lancha pareció saltar; se despegó del muelle y viró hacia mí.
Pero yo no la esperé y aceleré a fondo; no me alarmé demasiado porque la mía era
mucho más veloz que una lancha colectiva.
Pero hubo chisporroteo de fogonazos en el flanco de la lancha, algo como insectos
furiosos silbó en el aire y sentí dos o tres chicotazos contra el casco: me estaban baleando.
Un golpe de volante a la derecha, otro a la izquierda, hice un rápido zigzag y aceleré aún
más. En el siguiente recodo los había perdido de vista.
Seguí a velocidad máxima. Otro recodo. Me metí por el primer brazo lateral que
encontré y por fin reduje un poco la velocidad: tenía combustible de sobra pero mejor no
derrocharlo, no podía adivinar cuántas carreras como aquélla me esperaban todavía...
Continué navegando, bien alerta, mirando constantemente a los lados y hacia atrás.
Y de pronto lo vi.
Apareció sobre los álamos de una isla, como si los saltara por encima con tremendo
impulso.
Un avión Corsair, de los usados por la marina.
Se vino en línea recta hacia mí, volando cada vez más bajo.
El instinto me hizo virar, apartándome. Por suerte allí el río era muy ancho.
Dos destellos en las alas del aparato y dos cohetes que pasaron junto a la lancha: uno
estalló en el agua, el otro rebotó y se perdió no sé dónde.
Como un trueno, el avión me pasó por encima, hizo un viraje cerrado y en seguida lo
tuve otra vez atacándome, ahora por la proa...
Nuevos destellos en las alas, pero ahora era el inconfundible chisporrotear de las
ametralladoras. Hice otro zigzag a tiempo. Hubo latigazos furiosos en un costado de la lancha, vi
hervir el agua...
Otra vez el trueno indescriptible pasándome por encima: creí que me abrasaría el chorro
de fuego...
"Si no pierdo la cabeza puedo torearlo..", pensé. "Todo consiste en maniobrar la lancha
en el último instante, cuando empieza a disparar... Suerte que la lancha es agilísima..."
' Pero no me dio nueva oportunidad de seguir probando mis habilidades: con la misma
presteza con que apareciera se perdió allá en el fondo, tras un monte de casuarinas.
No lo vi más. El río y la tarde siguieron calmos, llenos de sol, como si nunca la muerte
hubiera bajado del cielo buscándome...
Pero estuve lejos de sentirme aliviado: el ataque del Corsair demostraba que los
hombres robots -o mejor dicho los Ellos que los dirigían-, estaban estrechamente ligados entre
sí por comunicaciones radiales. La lancha colectiva había avisado mi fuga y en seguida habían
lanzado un avión en mi persecución...
Viendo la inutilidad del ataque aéreo, ¿con qué se vendrían ahora?
"O mucho me equivoco, o aquí termina mi investigación... Si me atacan con aviones, no
podré eludirlos indefinidamente... Lo mejor será dejar la lancha en la costa y seguir escapando
por tierra..."
Sí, quizá era eso lo que tendría que hacer. Aunque seguir por tierra significaría tardar
semanas, afrontando quien sabe qué penurias y peligros para recorrer lo que, con la lancha, me
insumiría no más de dos o tres días...
Antes de que lo hubiera resuelto, ellos mismos dieron un corte al problema, cuando otra
vez apareció algo por encima de los árboles... Algo que volaba muy bajo, que casi tocó con las
ruedas los sauces de la orilla, que se me vino con las palas girando lentamente: un helicóptero.
"Claro", pensé mientras volvía a acelerar a fondo. "Se dieron cuenta de que un Corsair es
demasiado rápido... Con un aparato lento como el helicóptero podrán cazarme sin mayor
problema... "
Mi lancha era velocísima: el helicóptero aceleró también pero le costó mucho ir
descontando la ventaja que le llevaba.
Pero no me hice ilusiones porque poco a poco los tenía cada vez más cerca. Y en la
"ampolla" entreví la silueta de tres hombres. Uno de ellos tenía un arma grande, un fusil
ametralladora por lo menos...
"Siguen acercándose. Es inútil, no tengo más velocidad. Por más que maniobre, por
más que zigzaguee, por más que traté de eludirlos, les será muy sencillo acribillarme... No hay
caso: ahora sí que tengo que embicar la lancha... ¡Y pronto!"
La lancha, lanzada a toda velocidad, planeaba casi enteramente sobre el agua. Los
árboles de las orillas huían, eran una sola franja verde, y de pronto daba lo mismo torcer a la
derecha o a la izquierda.
Como un absurdo halcón que se precipita ya sobre su presa, el helicóptero se me venía
encima; pronto empezarían a buscarme las ráfagas del fusil ametrallador.
"A la izquierda".
Tomé la decisión pero no alcancé a virar.
Con un arrancón violento, torciendo de pronto el rumbo, el helicóptero pareció saltar
hacia adelante y a un lado: muy inclinado por un momento, pareció zambullirse entre los
árboles. Antes que me diera cuenta de nada ya no lo veía más...
Aturdido, sin saber aún bien lo que pasaba, mantuve el rumbo por un tiempo; poco a
poco fui reduciendo la velocidad cuando se me hizo certeza que el helicóptero, vaya uno a saber
por qué, había abandonado de pronto la persecución.
"Quizá se le acabó el combustible... Quizá recibió orden de atacar algún blanco más
importante... "
Pero tampoco entonces pude reflexionar mucho: el río se ensanchó de pronto y cuando
quise acordarme me encontré en la inmensa llanura líquida del río Paraná. Había algo de
neblina y apenas si se alcanzaba a ver la orilla opuesta.
"¡Ahora sí que puedo escapar! Cruzaré lo más rápido que pueda y tomaré rumbo al norte
pegado a la orilla opuesta... Ellos no podrán saber para dónde fui, si para el norte o para el sur...
Pero... "
Había hecho mal en entregarme al optimismo. Ahora las veía: como si hubieren estado
esperándome a los lados del río, dos lanchas colectivas me cerraban el paso, y un crucero
blanco, de líneas aerodinámicas, se apartaba ya de una orilla y maniobraba como para cerrarme
el paso si quería escapar por aquel lado... En los tres barcos vi hombres robots, todos
armados... A un lado del crucero blanco dos de ellos me apuntaban con una ametralladora
liviana.
No vacilé un instante: imprimí al volante un giro rapidísimo. Creo que jamás lancha
alguna viró con tanta presteza. Acelerando a fondo, volví a meterme en el río de donde viniera.
Pero no había terminado de enderezar la lancha cuando el pulso se me detuvo: a velocidad
fantástica, desde el fondo del río, se me venía algo que por un instante creí que era un gran
cohete.
Era un Sabre, un jet de modelo desconocido para mí, de alas pequeñas, que de pronto
estaba en mi camino y ya tronaba a mis espaldas... Ni tiempo me dio casi de asustarme, de
esperar el disparo de los cohetes...
Me volví y una detonación violentísima me sacudió, creí por un momento que me había
lanzado una bomba.
"Tranquilo, Juan, tranquilo... No es más que el estampido causado al romper la barrera
del sonido... "
Sí, no había disparado bomba alguna, yo seguía entero, el motor de la lancha
funcionaba normalmente. Pero, entonces: ¿qué hacía ahora el jet?
Allá lo vi, sobre el Paraná, cómo daba un viraje cerrado, bajaba a ras del agua y se
ponía en posición para buscarme... Un potente, ultramoderno, agilísimo caza a chorro...
Pero no pude pensar siquiera si podría escaparle o no. En el momento siguiente el jet
ponía proa hacia el crucero blanco, algo fulguraba en sus alas y una explosión desintegraba
literalmente al barco. Otra rapidísima evolución, algo así como un salto de costado, y el jet
apuntaba ahora hacia una de las lanchas colectivas. Nuevos destellos. Otra explosión partió en
dos a la lancha.
No pude asistir al destino de la otra, pero no me quedó duda alguna al oír una nueva
explosión y ver la llamarada más allá de los árboles.
Quedé perplejo, mucho más que cuando viera aparecer el Sabre ¿Era posible que los
hombres robots se pelearan entre sí?¿Era posible que, de pronto el piloto del jet hubiera
decidido ayudarme?
"No... se habrá equivocado... Seguro que ahora me vuela a mí también..."
Sin embargo, no lo vi más. Por un momento lo entreví volando a ras del agua sobre el
Paraná pero en seguida la costa del brazo donde yo estaba me impidió seguir viéndolo.
Quedé solo, con la lancha en medio del río y el motor ronroneando en punto muerto...
"Quizá haya sobrevivientes" pensé por un momento. Pero, ¿de qué me valdría
buscarlos? Sería exponerme a un riesgo que nadie podría apreciar... Además, ¿qué diferencia
había para un hombre robot entre la vida y la muerte?
Hubo un movimiento raro, entre los árboles, allá, a mi derecha. Movimiento giratorio,
palas de helicóptero...
¡Sí! Volvía el helicóptero.
Iba a acelerar cuando algo me paralizó el brazo: desde la "ampolla" del helicóptero, una
mano agitaba un trapo blanco...
Quedé aturdido, sin saber qué hacer. ¿Se rendía?¿Trataba de demostrarme
amistad?¿Sería acaso el helicóptero el que había traído en mi ayuda al Sabre?
Entre tanto, el helicóptero seguía acercándose, ya lo tenía prácticamente encima.
¿Y si era una trampa?
Podían acribillarme cuando quisieran con el fusil ametralladora...
El helicóptero bajó aún más y, de pronto, vi a uno de los hombres... ¿Cómo no lo había
reconocido antes?
Miré, volví a mirar y por un largo instante seguí mirando, resistiéndome a creerlo.
Era como si una pesadilla se repitiera, como si de pronto me volviera una imagen
soñada tiempo atrás.
Pero inútil resistirme: allí estaba. Sí, allí estaba, mirándome desde los anteojos gruesos,
de armazón negro. El rostro ancho, cuadrado, el infaltable pulóver, la barba recia de varios días
que ocultaba mal una semisonrisa.
¡Era él, sí, él!
Favalli.


El loco impulso de alegría al reconocerle se me congeló al instante de nacer. Recordé:
"Favalli, y con él todos los demas, fueron capturados por los Ellos... Los Ellos le insertaron en la
nuca el dispositivo de telecomando... Favalli, junto con todos los otros, fue convertido en un
hombre robot. Favalli ya no es más Favalli, mi amigo de siempre... Favalli es un autómata que
obedece órdenes impartidas desde la distancia... ¡Favalli es un soldado más del enemigo!"
Con ojos que presentían ya el horror, traté de ver las nucas de Favalli y de sus dos
compañeros...
Sólo alcancé a ver la de uno de ellos, un hombre de expresión triste y mandíbula
maciza, que por un momento se volvió para mirar hacia el fondo del río.
Contuve el aliento.
¡No, aquél no era un hombre robot! No tenía en la nuca el siniestro aparato que delataba
a los hombres robots...
Todo esto que tardo tanto en contar transcurrió en no más de una fracción de segundo.
Favalli, que piloteaba el helicóptero, dijo algo al otro compañero, un hombre viejo, de
cabello y barba blanquecinos, con ojos grises de mirar terroso. Entonces el hombre me arrojó
una escala de cuerdas, sin dejar -no sé cómo se las arregló- de tener lista la metralleta por lo
que pudiera suceder...
Era evidente que ellos no se fiaban de mí como se fiaba Favalli...
Tomé la escala, hice un esfuerzo, empecé a trepar. Al principio me costó porque se
movía mucho, pero en seguida le encontré la vuelta y subí sin dificultad. Ni se me ocurrió mirar
la lancha, que seguía a la deriva, ni se me ocurrió pensar que abandonaba los rifles, que me
entregaba inerme, sin ofrecer resistencia. Pero, ¿por qué habría de pensar en la necesidad de
alguna precaución?¿Acaso no estaba allí Favalli? Si sus compañeros no eran hombres robots,
tampoco él podía serlo...
Alcancé por fin el aparato y me ayudaron a subir. La aprensión anterior me duraba
todavía. Lo primero que hice fue mirar las cabezas de Favalli y del otro hombre. Respiré,
aliviado: no, tampoco ellos tenían el telecomando.
Me senté junto a Favalli que me palmeó en el hombro, pero en seguida vovió a ocuparse
del manejo del helicóptero. Lo miré extrañado: era tan inesperado aquel encuentro, era tanto lo
que había ocurrido desde la última vez que nos viéramos, habían sido tan atroces las
circunstancias en que nos habíamos separado.... Pero, ¿cómo era posible tamaña indiferencia?
Acaso....
Pero no. Volví a cerciorarme. Favalli no tenía aparato alguno en la nuca....
"Debe de estar cansado, muy cansado... ¿Y quién no lo está? ¡Es tanto lo que ha
pasado!... ¿Qué puedo saber yo de sus experiencias como hombre robot?¿Qué puedo saber yo
de lo que pasó hasta poder liberarse del telecomando?"
_¿Y los otros, Fava? ¿Qué fue de los otros?¿También se liberaron? _Favalli me miró
con ojos ausentes.
Fue una mirada fugaz, cenicienta. Después volvió a ocuparse de los controles de la
máquina:
_Perdona si no te contesté, Juan. Pero estamos en guerra... Ya lo sabes, el peligro
acecha por todas partes... Estamos en guerra... No debo distraerme...
Lo miré espantado. No, aquél no era Favalli, el amigo de siempre, el hombre calmo,
seguro de sí aun en medio de las más difíciles emergencias; aquel no era el hombre que tanto
hiciera para que pudiéramos superar aquellos primeros terribles momentos cuando empezó la
nevada mortal...
_Fava... Fava... _Como en otros tiempos, lo palmeé en la espalda, aproveché para
tomarlo por el cuello, para palparle la nuca... Pero no, sólo encontré un pequeño círculo de
cicatrices...
"Ahora sí que no me quedan dudas. Favalli no es un hombre robot. Sí me parece otro
hombre, sí lo encuentro increíblemente cambiado, tiene que ser por la fatiga, por el desgaste de
tanta tragedia... ¡Quién sabe cómo me encuentra él a mí! ¡Quién sabe la impresión que le debo
causar yo!... ¿Cómo puedo imaginar las huellas que han dejado sobre mí mismo las muertes
que tuve que hacer?¿Qué puedo saber yo cuántos terrores, cuántas agonías vivió Favalli desde
la última vez que lo vi junto con los otros, marchando con los demás hombres robots,
obedeciendo las órdenes silenciosas pero ineludibles de algún Ello?"
El helicóptero, siempre a baja altura, volaba ahora a lo largo del río: a los lados veía las
masas de verdura, por allá espejaba el agua de algún otro brazo.
_¿Cómo hiciste para liberarte, Favalli? _tuve necesidad de volver a hablar, de romper
aquel cerco de mutismo que nos separaba. Nos habíamos encontrado y, a la vez, seguíamos
sin encontrarnos...
_Hay cosas de las cuales es mejor no hablar, Juan... _Favalli siguió mirando hacia
adelante, prestando atención excesiva a la maniobra del vuelo. Como para quitarme las ganas
de preguntar, agregó, señalando con el pulgar_: Este que está atrás se llama Galíndez. El otro
se llama Volpi.
Los miré de reojo. Apenas si el llamado Volpi, el hombre de la mandíbula cuadrada,
intentó una débil sonrisa. El y Galíndez, el más viejo, siguieron mirando hacia abajo, hacia el
río, lo mismo que Favalli, con desesperada atención.
_No te distraigas, Fava..._Volpi habló con voz gruesa_. No te distraigas, ya sabes lo
que pasa si lo haces...
_¿Qué es lo que pasa?
Pero ninguno oyó mi pregunta. Con maniobra violenta, Favalli hizo inclinar el
helicóptero, acelerando a la vez con inesperada agilidad. La pequeña máquina cambió de
rumbo: por un momento volamos sobre un largo y regular naranjal, en seguida estuvimos sobre
otro ancho río, casi igual al Capitán.
_Allí... _Volpi señaló a un lado, hacia abajo.
Doblando un recodo, lanzado a toda velocidad, apareció un moderno crucero de paseo,
de líneas aerodinámicas; alcancé a ver dos hombres a popa y debía haber más en la cabina.
Era un crucero velocísimo, "planeaba" con estupenda facilidad.
Otro viraje de Favalli, el helicóptero fue hacia el crucero.
_Listos para tirarles _la voz de Favalli sonó opaca, como si aquella fuera una orden
dicha muchas veces antes...
Me esforcé por mirar: ¿por qué los atacábamos?
_ ¿Son hombres robots?
Ninguno me contestó: abriendo paneles de la cobertura de plexiglás, Volpi y Galíndez
apuntaban ya hacia abajo con las metralletas.
No, no pude ver las nucas de los tripulantes del crucero: uno de ellos levantaba ya un
winchester; el otro sacaba una Pam de debajo de una lona y también nos encañonaba.
Restalló la metralleta de Volpi. Vi una hilera de puntos negros en el techo de la cabina
del crucero. Como si fuera un animal al que le tocan un nervio vital, el barco pareció saltar a un
lado, tan brusco fue el viraje. Siguió navegando en zigzag, tratando de eludir nuestros disparos.
Estaban usando la misma táctica que empleara yo hacia muy poco tiempo.
Volpi y Galíndez siguieron disparando hacia abajo. La cabina se llenó de humo acre.
Favalli mantuvo firme el helicóptero. Reguló la velocidad para que siguiéramos encima del
crucero, que continuaba lanzado en desesperada carrera.
Agujeros netos ahora en la cubierta de plexiglás. También era buena la puntería de los
tripulantes del crucero.
Una ráfaga breve en la metralleta de Volpi y en seguida una palabrota. Tenía que
cambiar el cargador. Galíndez siguió disparando, pero paró en seguida. Gruñó algo. Se apretó
el hombro.
_¿Te dieron? _preguntó Volpi, cambiando el cargador de la metralleta con movimiento
automático, sin mirar al compañero.
Más le preocupaba el crucero que la posible herida de Galíndez.
_No. Apenas un raspón. Creí que era más grave- Galíndez se miró por un momento la
manga quemada de la campera; en seguida cambió el cargador.
Nuevas ráfagas; nuevos agujeros en la cabina; astillas que saltaban a popa; un humo
azulado, blanquecino, envolviendo a los dos tripulantes que seguían disparando hacia nosotros.
Rápidos chicotazos pasaron a mi lado: alguna ráfaga de la Pam que acertaba y atravesaba el
piso del helicóptero.
Una explosión. Me pareció, por un instante, que la popa del crucero se partía en dos. Un
fogonazo; en seguida una gran humareda; otra explosión; más humo; un núcleo rojo en el
humo. El crucero desapareció por completo.
_¡Por fin! _Con voz cansada, indiferente, Volpi se enderezó, miró hacia Favalli. _Le
estalló la nafta.
No era necesario el dato. El crucero se detenía ya. No era más que una gran columna de
humo. Por un momento, no pudimos ver nada. Era que Favalli, para cerciorarse, viraba, y nos
metía directamente en medio de la humareda. Salimos y allá lo vimos, medio hundido,
escorándose rápidamente, con fuego por todas partes.
Un hombre intentaba romper con desesperación el parabrisas delantero y trataba de
salir. Las llamas parecieron buscarlo. Se agitó por un momento, en espasmo eléctrico. Quedo
tumbado hacia adelante.
No pude verlo bien. El humo volvió a entorpecerme la visual, pero juraría que no tenía en
la nuca ningún aparato de telecomando.
Otra maniobra de Favalli y desapareció el río allá abajo. Ahora había una fila de
casuarinas, en seguida un bañado, zanjas, un parque cuidado en torno a un pequeño chalet,
otro brazo de río...
_¿Adónde vamos ahora? _pregunté.
_Ya veremos, Juan. _Favalli habló con voz pareja, sosegada, como si nunca hubiera
vivido el breve combate con el crucero._Lo que sé, es que el helicóptero resultó averiado. El
motor de cola ratea algo. Habrá qe arreglarlo en seguida, si se puede...
Volpi y Galíndez estaban ya sentados. Volvían a reponer los cargadores en la metralleta.
Calmos -profesionales, diría-, como si su oficio de siempre hubiera sido cazar lanchas desde un
helicóptero...
Pero no me horroricé demasiado. ¿Acaso yo mismo no tenía ya varias muertes en mi
cuenta? A todo se habitúa uno: es tan fácil matar cuando la propia vida está dependiendo a
cada instante de una ráfaga disparada desde una maleza, desde los cañones de un caza a
chorro que aparece saltando por sobre los árboles; o del cuchillo de cualquier otro desesperado,
a quien ya tampoco le importa nada una muerte más o menos...
"Está visto que no quieren que les pregunte nada. O, quizá, Favalli estará esperando a
que quedemos solos, para poder explicarme... La presencia de Volpi y de Galíndez debe
molestarle. ¡Eso tiene que ser! ¿Cómo no lo pensé antes?."
Me alivió pensar aquello. Recordé a los sobrevivientes de la isla, obedeciendo las
órdenes de aquel extraño "capitán". Seguro de que Favalli había tenido que ingresar a un grupo
análogo. Quién sabe en qué terror se asentaría el poder de su líder.
"No todo estará perdido, mientras haya grupos que resistan. Por supuesto que en pleno
territorio dominado por los Ellos, los grupos de resistencia tendrán que ser, por fuerza, tan
disciplinados e implacables como bandas de pistoleros. No hay mucho que elegir: también yo,
dentro de poco, seré uno de ellos"...
Sauces llorones, allá abajo; algún muelle, un astillero con cascos viejos, un camino con
un colectivo atravesado. Dejábamos ya las islas para volar sobre la costa. Quizá estábamos
cerca ya de Campana, de Zárate. No reconocí el lugar ni pude verlo bien tampoco porque, con
más brusquedad de la debida, Favalli hizo tocar tierra al helicóptero.
_Llegamos _Favalli resopló._Llévenlo a Juan. Yo me quedaré con el helicóptero.
Tengo que ver lo que le pasa al motor de cola.
_Pero... _traté de oponerme.
Aquello retrasaba la posibilidad de explicarme a solas con Favalli, pero mi amigo ni me
miró siquiera. Con expresión cansada pero resuelta, saltó a tierra y nos dio la espalda. Sin
perder un instante empezó a destornillar algo en la cola del helicóptero.
_¡Vamos! _Volpi me puso la mano en el hombro.
Lo miré. El y Galíndez, por un momento, me parecieron dos policías arrestándome:
_¡Vamos!- repitió.
La mano que se apoyaba en mi hombro, me empujó ahora. La otra mano acomodó la
metralleta. No me apuntó, pero no era necesario: la energía del ademán me indicó que era
mejor obedecer. Y sin tardanza...
Atrás quedó Favalli, ocupado con sus herramientas. Siguiendo a Volpi y seguido por
Galíndez, tuve que avanzar a través del pastizal y los sauces.
"Si salto a un lado, puedo escapar. Galíndez está detrás mío; me soltará una ráfaga,
seguro, pero con un poco de suerte puedo eludir los tiros... Pero, ¿qué sacaría con huir? Está
visto que solo no puedo ir a ninguna parte. Mejor hacerme aceptar por el grupo. Ya habrá
ocasión de hablar con Fava; ya me explicará él la situación; ya resolveremos juntos lo que nos
conviene hacer".
El pastizal y los sauces dieron paso a un pajonal. Por un momento avanzamos a través
de una angosta picada abierta entre colas de zorro mucho más altas que nosotros.
Pero las colas de zorro terminaron pronto. Nos encontramos ante un gran espacio
abierto.
Contuve el aliento.
Nunca esperé encontrar aquello.
Una enorme estructura de acero, con algo de cañón, con ruedas en los lugares más
inesperados, con diales, con remaches, con una cantidad de instrumentos y antenas como no vi
jamás en ninguna revista de vulgarización técnica...

Había hombres armados en torno. Del otro lado del gigantesco aparato había una
cabina improvisada con chapas de cinc: la absurda estructura parecía armada de prisa, con
elementos reunidos de apuro, con lo primero que se pudo encontrar. Pero, a la vez, no sé por
qué, daba la impresión de una potencia desconocida e incontenible. Aunque ni idea tenía yo de
para qué servía, ni cómo funcionaba.
_¿Y eso? _me volví hacia Galíndez.
No sé si me contestó, porque no tuvo tiempo de hacerlo: en alguna parte sonó un silbato
agudísimo, Fue como una señal que electrizó a todos, incluso a Volpi y a Galíndez. Unos
corrieron hacia el aparato; otros se subieron a él, ocupando diferentes posiciones; otros más,
con una rara sensación de espanto y de calma a la vez, señalaron a lo alto, algo hacia el oeste.
Muy arriba, mucho más allá de los pocos cirros que blanqueaban el cielo, vi una finísima pero
muy nítida línea luminosa, algo así como el trazo de una estrella errante pero claramente visible
a pesar de que estábamos de día.
De horizonte a horizonte. La línea abarcaba el cielo todo. ¿Qué podría ser?
No había alcanzado a formularme siquiera el interrogante cuando, hacia el sur, en la
dirección de la capital, hubo un brevísimo destello, muy fugaz pero de gran intensidad. Por un
instante, los sauces, nosotros, el extraño aparato de acero y hasta los cirros allá arriba, fueron
iluminados por un esplendor espectral, azulado.
Pero no pude mirar más. El suelo retumbó. Zumbidos. Ahogadas explosiones
acompasadas hicieron vibrar la colosal armazón de acero. Los hombres se afanaban en torno a
ella: movían diales, manivelas; los otros, los que habían ocupado sus puestos, también parecían
entregados a una labor complicada y sincronizada. Los zumbidos crecieron en intensidad; cesó
la trepidación del suelo; las explosiones se hicieron más fuertes, más regulares.
"¿Qué puede ser? El grupo de Favalli está mucho más preparado para la resistencia de
lo que pensé. Un aparato así no se construye en un instante. Es posible que..."
No pude pensar más. Volpi señalaba algo hacia arriba, hacia el norte: allá, muy alto,
más allá de los cirros, se encendía una mancha luminosa, cada vez más intensa. Era como si
allá arriba se concentrasen los haces de varios reflectores.
Pero no, no eran reflectores: la mancha luminosa, allá en el cielo, era producida por el
aparato que yo tenía adelante. Ahora lo veía bien: en el centro tenía algo que podía ser una
lente, enorme y de contorno irregular. Ago irradiaba hacia lo alto, hasta producir en la
estratósfera la sorprendente mancha luminosa.
Y seguían los zumbidos; seguían las explosiones... Dispositivos y motores desconocidos
para mí generaban la energía necesaria para la irradiación, seguro....
Otra vez el zumbido agudísimo. Otra línea muy fina y muy luminosa, dibujándose,
velocísima, hacia el Norte.
Pero esta vez no llegó de horizonte a horizonte: la línea se interrumpió en la mancha
luminosa y no pasó de allí. Una luz cegadora pareció quemarme las pupilas. No vi ya nada: sólo
una noche roja. Me dolió dentro de los ojos, como si me hubieran clavado dos puñales. Se me
aflojaron las rodillas. Allí quedé, con la cara entre las manos, abatido por el dolor.
Pero no duró mucho: pronto se me alivió y me atreví a abrir los párpados. Poco a poco
fui recuperando la visión normal.
No me atreví a mirar a lo largo, pero los zumbidos y las explosiones continuaban. Por
dos veces más vi relampaguear contra el pasto una luz crudísima. Y oí truenos, muy vastos
pero sofocados como por una enorme distancia.
Me animé a mirar en torno: a mi lado, Volpi y Galíndez estaban medio arrodillados
esperando. Vi a los demás hombres armados en posiciones análogas. Era como si todos los
que no tuvieran nada que ver con la operación del aparato debieran quedarse en posición de
espera, aguardando nuevas órdenes.
Un silbato inesperado, simple, vulgar. Pareció el silbato de una fábrica a las siete y
cuarto de la mañana, llamando a los obreros...
Cesaron los zumbidos. No hubo más explosiones. Comprendí que había pasado un
peligro, que el aparato no volvería funcionar por un tiempo.
Y también con relampagueante claridad comprendí también otra cosa:
"Sé lo que son las líneas luminosas. Vinieron del norte. Proyectiles; quizá cohetes
intercontinentales. Proyectiles disparados no por los Ellos, pues los Ellos están en el sur, en
Buenos Aires. Son proyectiles disparados contra los Ellos... El aparato que tengo delante es
parte de una barrera de intercepción. El primer proyectil consiguió pasar: quizá hizo impacto o
quizá fue interceptado por alguna otra barrera. Pero los siguientes fueron destruidos en pleno
vuelo, interceptados por alguna irradiación que no conozco. Todo lo cual significa que Volpi,
Galíndez, todos estos hombres, desde los que miran hasta los que manejan el aparato, luchan a
favor de los Ellos... Sí, todos. ¡Y también Favalli! No tienen más los aparatos de telecomando.
Quizá ya no los necesitan. Son ya hombres robots perfectos, que no precisan de dispositivo
alguno para recibir las órdenes y obedecerlas".
Todo se me aclaraba. Desde la reticencia y el extaño comportamiento de Favalli, hasta el
monstruoso instrumento aquel, concebido quién sabe por qué cerebro extraterrestre.
Y también se me aclaró el tremendo peligro que estaba corriendo. Como una oveja, me
había dejado capturar. Me estaba dejando llevar, si no al matadero, al lugar donde yo también
pronto sería uno más entre tantos, un hombre robot como Favalli, como Volpi, como Galíndez...
Otra vez sentí una mano en el hombro. Volpi, de nuevo, me empujaba hacia adelante.
Volvía a ordenarme:
_¡Vamos!
Ni lo pensé: di un salto hacia atrás y doblado en dos me zambullí de cabeza entre las
colas de zorro. Sentí que las hojas me tajeaban las manos, el rostro, pero seguí corriendo.
La descarga de una metralleta y después ruido de malezas: Volpi y Galíndez, y quizá alguno
más, me perseguían.
Seguí corriendo, cayendo a veces, enredado por las cortaderas, levantándome en
seguida, cambiando de rumbo como un conejo acosado por perros... Hasta que di con el pie en
un tronco y caí de bruces, golpeándome con fuerza contra el suelo. Sin aliento, quedé quieto un
largo rato.
No más tiros. Pero sí ruido de malezas acercándose. Presté atención. El ruido no era
tanto, después de todo...
"Son dos, no más... Deben ser Volpi y Galíndez. Si sigo corriendo terminarán por
cazarme. Mejor los espero. Si pudiera quitarle a alguno la metralleta... "
Me acurruqué contra el tronco. Esperé.
Sí, eran sólo dos. Ahora podía distinguir bien los ruidos en el pastizal.
Y ya uno estuvo cerca; y ya se abrieron las cortaderas; y ya vi aparecer el rostro
ensangrentado de Galíndez. Venía furioso, rechinando los dientes, como torturado por atroz
desesperación. ¡Quién sabe qué latigazos estaba recibiendo para que me capturara!
Pero también yo estaba desesperado.
Me le abalancé, lo choqué de costado, le di con la frente en un lado de la cabeza y lo
tumbé. Caí sobre él. Me repuse primero. Le manoteé la metralleta. Se la quité.
Una ráfaga.
Quedó quieto, como clavado contra el suelo...
Salté a un lado. Esperé. La metralleta lista...
Se abrió otra vez el pastizal. Apareció el rostro de Volpi, los ojos desorbitados. Vio a
Galíndez. Trató de buscarme...
Pero yo ya estaba apretando el disparador. La ráfaga le dio en el cuerpo. Giró algo hacia
atrás y se derrumbó.
En seguida estuve a su lado. Le quité la ametralladora; me la eché a la espalda; le
saqué los cargadores del bolsillo y corrí escapando por entre el pastizal y los sauces...
No fui lejos. Allí, en el claro donde bajáramos, estaba el helicóptero, con Favalli,
desconcertado, mirando en mi dirección. Lo habían alarmado, sin duda, los disparos.
Debió verme, porque de pronto tiró la herramienta que tenía en la mano y, con agilidad
que nunca le imaginé, se metió en el helicóptero. Y antes de que yo atinara a nada, ya tenía la
hélice mayor en marcha. Ya empezaba a ganar altura.
"¿Le tiro? No me sería difícil cazarlo. No puedo errarle desde aquí... Pero..."
Antes de que terminara de decidirme, ocurrió lo impensado. Quizá por error de
maniobra, quizá porque el motor de cola todavía andaba mal, el helicóptero no terminó de
rebasar las copas de los árboles, se desplazó a un lado, tocó unas ramas, se ladeó y volvió a
tocar el suelo...
No había terminado aún de asentarse cuando ya Favalli saltaba a tierra, ya se me venía
a toda carrera como si hubiera recibido órdenes de capturarme de cualquier modo, sin medir los
riesgos.
"Viene desarmado. Quizá pueda dominarlo sin tener que herirlo"
Dejé a un lado las metralletas. Me agaché porque ya se me abalanzaba.
Más pesado que yo, con mucha más fuerza, me castigó al cuerpo con golpes abiertos,
me empujó y me tiró de un rodillazo.
Me dejé rodar, me incorporé y eludí una nueva embestida. Lo golpeé de izquierda, de
derecha...
"Pelea mal; demasiado desesperado... No se cuida, sólo piensa en aplastarme...
No es difícil derrotar a un adversario así, aunque sea mucho más pesado..."
Contragolpeé al cuerpo, al rostro, al cuerpo, eludiendo sin dificultad sus tremendos
manotazos y pude apuntar con comodidad un neto directo a la mandíbula. El golpe llegó justo y
se derrumbó.
"¡Por fin!... Lo cargaré y me lo llevaré... "
Busqué las metralletas, me las puse a la espalda, volví... Pero Favalli no estaba "knock-
out": se puso de pie de un salto en sorpresiva reacción y echó a correr a toda velocidad hacia el
helicóptero.
Desconcertado, tardé en reaccionar mientras ya estaba Favalli en el helicóptero, ya lo
volvía a poner en marcha, ya remontaba vuelo otra vez...
No volvió a chocar. Hizo una breve evolución y hubo un centello en la cabina: chicotazos
a mi alrededor. Comprendí que me estaba ametrallando. Salté a un lado, me escabullí entre los
sauces, corrí a todo lo que me daban las piernas.
Allí estaba el río. Juncos, más sauces, pero ningún lugar bueno como para protegerme.
El motor del helicóptero aturdiéndome; casi no oía las ráfagas de la metralleta, pero seguro que
me disparaba... Por fin, un tronco algo más grueso: me acurruqué contra él, sentí los
proyectiles golpeando rabiosos...
"Imposible seguir... Me cazará de un modo u otro... Debo defenderme..."
El helicóptero me pasó encima, viró, siempre a muy baja altura. Buscaba una posición
más favorable... Dejé el tronco, en un par de saltos estuve en otro pastizal junto a un sauce.
Me encaramé al horcón y afirmé la metralleta contra una rama.
Favalli me había perdido de vista, todavía me buscaba en torno al tronco anterior y pude
apuntarle con calma. No disparé contra él sino contra el tanque de combustible...
El helicóptero vaciló, algo humeó en el costado, una explosión sorda, llamas...
Una caída oblicua, un ruido violento, una llamarada, una gran humareda.
Corrí con el espanto atenazándome el pecho: no había pensado lograr tamaño efecto...


Un pequeño bulbo, arriba de la oreja.
Aparté el cabello, localicé un pequeño objeto metálico, algo muy parecido al dial de una
radio...
Busqué en el otro lado de la cabeza. Encontré otro objeto igual.
"Han perfeccionado el dispositivo de telecomando: ya no necesitan los aparatos tan
grandes y visibles, esos que injertaban al principio de la nuca de los prisioneros capturados para
convertirlos en hombres robots. O, quizá, Favalli es ya un hombre robot de categoría superior y
puede ser manejado por un dispositivo más simple, más pequeño..."
Favalli resopló, movió la cabeza de un lado al otro, manoteó con el brazo izquierdo.
"Está volviendo en sí. Tendría que golpearlo otra vez..."
Pensé en la reciente lucha. Pegarle a Favalli había sido lo mismo que pegarme a mí
mismo. Y ahora, si reaccionaba, volveríamos a combatir. Y él no escatimaría esfuerzos para
vencerme. Más que para vencerme, para matarme... Porque ésa era, no había por qué dudarlo,
la orden que le habían impartido: matarme apenas me encontrara.
"Le arrancaré "los botones" con que lo manejan...Pero....¿y si le hago un daño
irreparable?¿Y si lo mato al arrancárselos? Pero, si no se los arranco, Favalli seguirá siendo un
hombre robot. Es decir, prácticamente un muerto. O peor que un muerto, porque seguiría
sirviendo a los Ellos, seguiría luchando contra su propia especie, seguiría traicionando a los
hombres. Seguiría asesinando. Incluso a mí..."
Me decidí.
Tomé los dos "botones" y tiré con fuerza hacia los lados. No cedieron, pero el cuerpo
todo de Favalli se sacudió, como si hubiese recibido un golpe eléctrico.
Abrió los ojos; la sacudida lo hacía reaccionar.
Parpadeó, miró sin verme, pero pronto estaría totalmente recuperado.Un momento más
y estaríamos de nuevo trenzados en lucha.
Volví a tirar de los "botones", ahora con toda la fuerza de que era capaz.
Un quejido ronco y los "botones" se desprendieron. Un temblor espasmódico recorrió el
cuerpo de mi amigo.
Pero al instante siguiente Favalli estaba exánime, los ojos se le cerraban y entreabría la
boca.
_¡Lo maté! _grité espantado.
Pero no; en seguida la respiración se le hizo regular, las facciones se le distendieron,
una curiosa paz, casi una sonrisa, le calmó el rostro.
"Duerme..."
Respiré aliviado. Lo había hecho.
Favalli no era ya más un hombre robot. Favalli volvería a ser el de siempre; con él a mi
lado podría reanudar el viaje al norte, hacia la zona todavía no dominada por los Ellos.
Con él a mi lado volvería a intentar alguna vez la búsqueda de Elena, de Martita...
"Pero no podemos seguir así mucho tiempo más. Quisiera dejarlo descansar, pero debo
despertarlo..."
Antes de que pudiera hacer nada, llegó el ruido.
Ruido de helicóptero, fuerte, casi encima de mí.
Me aplasté junto a Favalli y miré por entre los juncos.
Sí, otro helicóptero con cuatro hombres robots, todos armados con metralletas y
pistolas.
El aparato descendió a un centenar de metros de donde estábamos.
No se había detenido aún el motor cuando ya los hombres robots saltaban a tierra.
"Van hacia el lugar donde yo estaba antes... Tendrán orden de reanudar la persecución
desde el punto donde cayeron los hombres robots anteriores..."
Uno de los cuatro era un viejo muy arrugado, de bombacha y alpargatas. Por unos
instantes miró el suelo con ojos vivaces, luego señaló hacia la espesura y echó a andar con
paso resuelto.
"Debe de ser un rastreador. Por lo que veo, están resueltos a todo con tal de que no me
escape..."
Un momento más y los hombres robots, trotando detrás del viejo, desaparecían en la
espesura.
Junto al aparato quedó uno como centinela.Un hombre de tricota, de cara colorada,
rubio; un alemán, seguro.
"Si me demoro, seguro que el rastreador termina por encontrarme... No será mucho lo
que podré hacer yo solo contra todos ellos. Si no aprovecho ahora, estaremos perdidos".
No vacilé. Muy agazapado, dejé a Favalli y casi a la rastrra avancé hacia el centinela.
No hice ruido alguno: el peligro y la muerte me habían enseñado a moverme. O, acaso, el
peligro y la muerte habían sacado de adentro de mí al hombre primitivo, al salvaje que duerme
en todo ser humano.
Pero el centinela me oyó cuando todavía estaba a unos diez metros de distancia.
Quizá si no hubiera sido un hombre robot me habría podido balear con comodidad.
Pero reaccionó tarde, y aunque no quise dispararle para no atraer la atención de los otros, me
dio tiempo para alcanzarlo con un furioso culatazo en el mentón. Cayó como fulminado, quedó
inmóvil.
Miré al interior del helicóptero; era grande. Y no había ningún otro adentro.
"Si andamos rápido todavía podremos escapar", pensé mientras trotaba hacia donde
dejara a Favalli.
Llegué en seguida.
Pero no lo encontré.
El espanto me petrificó.
Apenas había recuperado a Favalli, y ya lo perdía...
Miré alrededor; vi juncos doblados...
"Seguro que fue por allí"
Me lancé a la carrera pero no anduve ni siquiera un par de metros.
Un brazo grande, fuerte, me frenó de pronto.
¡Favalli!
Casi al mismo tiempo algo me estalló en la mandíbula, vi luces, caí de espaldas.
Aturdido, tardé en reaccionar, hasta que sacudí la cabeza y sentí sus manos
tanteándome ansiosamente la nuca, los lados del cráneo.
Lo miré. Pude por fin enfocar los ojos; ya desaparecía el efecto del puñetazo.
Me sonrió, aliviado.
_No tienes ningún telecomando... _habló como deslumbrado, como si le resultara un
sueño comprobar que yo no era un hombre robot.
_Tampoco tú lo tienes. Yo te lo saqué.
_Adiviné que habías sido tú _los ojos se le nublaron; la experiencia pasada como
hombre robot estaba demasiado fresca_. Desperté cuando te alejabas. Te vi atacar al hombre
robot junto al helicóptero. Pensé que tú no podías ser un hombre robot pero quise estar seguro.
Sacudí otra vez la cabeza; sí, ya estaba del todo despejado.
Pero el peligro en que estábamos me golpeó como una ola.
_Pronto, Favalli... ¡Al helicóptero! No tenemos un segundo que perder... En cualquier
momento los tendremos encima.
Me levanté y eché a correr hacia el helicóptero.
Favalli me siguió aunque el desconcierto se le pintaba claro en el rostro: él no conocía
enteramente la situación.
El hombre robot noqueado por mí no se había movido.
Le quité la metralleta, se la pasé a Favalli, y subí a la "burbuja" del helicóptero.
Favalli se sentó a mi lado.
_¡Pronto!¡Aparecerán en cualquier momento! ¿Qué esperas, Fava?
_Pero... _me miró sorprendido_¡Si yo nunca manejé un cacharro de éstos! ¡ Y tú bien
lo sabes!
Quedé helado. Tampoco yo sabía manejar helicópteros...Pero él, Favalli, había piloteado
el aparato que me persiguiera.
_Trata de acordarte...- lo apuré-. Nunca manejaste "antes", pero cuando eras hombre
robot lo hiciste... ¡Y muy bien!
Cerró los ojos, se le arrugó la frente, una expresión dolorosa le endureció la boca. Dolía,
sin duda, recordar.
Una conmoción, allá entre los juncos.
Los hombres robots que llegaban al lugar donde habíamos estado antes.
Un grito.
Nos habían visto.
Una descarga de metralla.
Vi los agujeros nítidos en el plexiglás.
Un rugido ensordecedor.
Favalli había puesto en marcha los motores, Favalli recordaba.
Más tiros.
Me agaché y apreté el disparador, sin apuntar, en la dirección general de los hombres
robots.
Alzamos vuelo, por fin, pero no todo lo rápido que hubiera deseado.
Más balazos perforando el plexiglás.
Los vi venir corriendo por entre los juncos y seguí disparando; el viejo, el rastreador,
tropezó con algo y cayó. O, quizá, alguno de mis proyectiles le alcanzó.
Ante una maniobra de Favalli, el helicóptero se torció, golpeó contra una rama; hubo
otro sacudón y, por fin, ya ganábamos altura.
No más nuevos agujeros en el "plexiglas".
Desaparecieron allá abajo los hombres robots; sólo quedaron juncos, sauces, el agua del
río...
_¿Y ahora?¿Para dónde vamos?
La voz de Favalli sonó lejana, muy cansada...
_Al norte, Fava... No sé si podremos ir muy lejos, todo depende del combustible. Pero
allá, hacia el norte, están los que resisten a los Ellos... De aquel lado, al menos, vi venir cohetes
a gran altura...
_Ya lo sé _asintió Favalli_. Cohetes intercontinentales que los Ellos inteceptan sin
mayor trabajo con el haz del "crucer".
_¿El "crucer"?
_Ahá... Así llaman al emisor de haces anticohetes. Un aparato sensacional. Me habría
gustado verlo por dentro, pero no nos permitían acercarnos a menos de cinco metros...Tampoco
se podía...
Al instante siguiente yo había quedado mirando al cielo: Favalli había hecho una
maniobra violentísima; casi había dado vuelta al helicóptero.
Consiguió enderezarlo pero por el plexiglás vi cerca, demasiado cerca, ramas de
araucaria.
_¿Qué haces? _grité.
No me contestó porque no hizo falta: allá, saltando a ras de los árboles, un "gloster" con
las insignias de la marina se venía oblicuamente hacia nosotros.
Seguimos bajando; volvimos a cortar ramas.
Un riacho. Favalli casi acostó el helicóptero contra el agua y en un pantallazo, por entre
los árboles, pasó el "gloster".
Favalli aceleró, pero sin subir. A todo lo que daba el helicóptero volamos siguiendo el
curso del río.
_Están organizando la cacería.
Favalli ya se estaba percatando de cuanto ocurría.
Huían las orillas a los lados. Era mucho lo que hubiera querido preguntar a Favalli, pero
imposible distraerlo; el río se angostaba, era sinuoso; debía volar con cuidado máximo para que
no termináramos estrellándonos contra algún sauzal.
Un par de lanchas, allá abajo; no pudimos ver si quienes las tripulaban eran hombres
robots o no; íbamos demasiado rápido.
Siempre a ras del agua salimos por fin a un río grande; ni idea tengo de cuál sería
porque ya estábamos en zona totalmente desconocida para mí.
El río aparecía extraño, totalmente vacío. Sólo entonces me di cuenta de hasta qué
punto el ir y venir de vapores, de lanchones, de botes isleros era parte infaltable del paisaje del
Delta.
Vimos allá abajo algún vapor encallado, escorado en ángulo imposible: quién sabe qué
drama le había llevado hasta aquel fin.
Sobrevolamos un par de botes de club; iban a la deriva, vacíos.
De pronto, no más el río: sauces, inacabables plantaciones de álamos.
_¿Por qué dejamos el río, Fava?
_No creo que nos persigan hasta aquí, Juan...
¿Por qué lo habrá dicho?

Un estallido, hacia la cola del helicóptero.
Una explosión violentísima.
Me sentí lanzado hacia adelante y estrellé mi cabeza contra el plexiglás; al instante
siguiente me vi cayendo entre ramas que se rompían, hojas, trozos de plexiglás, hierros
retorcidos. Y ya estábamos en el suelo...
Antes de que intentara levantarme, la mano de Favalli me arrancó de entre los restos del
helicóptero que empezaba a humear, anticipando el estallido de los tanques de combustible.
Tropezando por entre cortaderas y madreselvas, Favalli me arrastró unos cuantos
metros.
Un fogonazo, un estallido sordo y en seguida el rugir del incendio que devoraba el
helicóptero.
_Hay que seguir. _Hubo urgencia desesperada en la voz de Favalli._ Con el incendio
como señal, los que nos derribaron no tendrán dificultad en encontrarnos...
Me levanté; no tenía ningún hueso roto, aunque estaba cubierto de pequeños tajos y
magulladoras, y ya corrí detrás de Favalli, que prácticamente se lanzaba de cabeza entre la
espesura, como un toro embravecido.
No sé cuánto tiempo corrimos así. Por fin, chapoteamos en un pantano; el agua se hizo
más y más profunda; había muchas achiras, sagitarias, totoras.
De pronto Favalli se detuvo y choqué contra él; los dos perdimos pie. Quedamos
sentados en el fango, con el agua al pecho.
_¿Qué te pasó? _pregunté_.¿Por qué te paraste?
No me contestó, pero abrió la boca como un pescado sacado fuera del agua: comprendí
que había quedado sin aliento; simplemente por eso se había detenido.
_Tenemos que seguir corriendo._lo sacudí, hice un vano esfuerzo por ponerlo en
pie._ Todavía estamos demasiado cerca del helicóptero.
Era cierto: por sobre los árboles, a menos de un par de cuadras, se alzaba ya muy alta la
negra humareda del incendio. Por toda respuesta, Favalli me tiró del brazo; literalmente me
hundió en el fango.
Saqué la cabeza del agua, quise resoplar enfurecido, pero la mano de Favalli me apretó
la boca, impidiéndome respirar.
No me miraba: tenía los ojos, dilatados de terror, clavados en el otro extremo del
pantano.

Me retorcí, zafé de posición aunque no de la mano de Favalli y miré yo también.
Pude verlos, al fin.
Tres hombres en mangas de camisa, armados con carabinas cortas. Uno de ellos
llevaba una especie de tubo macizo, pesado, pero lo manejaba con gran soltura.
Los tres avanzaron con paso ágil, moviéndose con rara eficiencia, casi sin hacer ruido.
"Así avanzarían los mohicanos de Fenimoore Cooper" pensé absurdamente: uno asocia
las cosas más extrañas en el momento menos oportunos...
_Una bazooka de nuevo tipo... _murmuró Favalli.
Aludía, seguro, al tubo macizo que llevaba uno de los hombrs.
Pero ya los tres terminaban de pasar, mirando siempre a los lados. Nos buscaban a
nosotros, sin duda.
Por fin, Favalli aflojó la mano con que me apretaba.
_¿Quiénes serían?_pregunté respirando con trabajo.
_No lo sé... No pude verles bien la cabeza, pero parecían hombres robots...
Nos miramos. Ninguno de los dos quería esperanzarse demasiado. Si no eran hombres
robots, significaba que por fin una fuerza nueva, bien organizada, bien armada, estaba
enfrentando a los Ellos.
_¿Habrán sido ellos quienes nos derribaron?
_Seguro. Nos tirarían con esa bazooka.
Una rama se quebró, inesperadamente cerca.
Volvimos a sumergirnos hasta la nariz, nos apretamos aún más entre las sagitarias.
Pensé en un par de carpinchos heridos, guareciéndose en lo más intrincado del bañado...
El ruido se repitió, más cerca. Me apretó aún más contra los tallos verdes de la sagitaria,
tuve la cara contra un manchón de huevos de caracol, los veo aún hoy con una nitidez
sobrecogedora.
Más cerca, el ruido... Alguien venía a través del bañado.
_Estamos en su camino... Tropezará con nosotros...
Pero no era uno solo. Por los nuevos ruidos que ahora sentíamos debían de ser varios...
Ya los teníamos encima...Un golpe de agua me dio un bofetón y casi me tocaron al
pasar a mi lado...
Un hombre muy semejante a los tres de poco antes. Y en seguida otro, y otro.
Iban en fila, mirando a los lados, también ellos buscándonos. No se les ocurrió que podíamos
estar tan cerca; si se hubieran agachado nos habrían descubierto.
Las mismas ropas simples de los otros tres. Las mismas carabinas cortas, el mismo
andar suelto, ágil, decidido y...
Me costó contener la exclamación.
El horror casi me hace gritar.
La nuca...
La nuca de los hombres que seguían pasando a nuestro lado, pisándonos casi: nucas
con telecomandos... Nucas de hombres robots.
Seguimos inmóviles, sin respirar casi...
Hasta que pasaron todos, hasta buen rato después de que juncos y cortaderas quedaron
quietos, hasta que no oímos más el chapoteo que se alejaba.
_Hombres robots de nuevo tipo... _murmuró Favalli _. Nunca vi hombres robots así...
Se ve que éstos están muy bien adiestrados.
_La invasión estará formada por varios ejércitos... ¡Lo mismo que si fuera una invasión
terrestre!
_Sí, eso debe ser. El que maneja a estos hombres robots debe de ser un experto, algo
así como un militar de carrera...
Nos miramos, desalentados. En verdad, ¿qué importaban ahora las diferencias entre los
varios tipos de hombres robots? ¿Qué cambiaba para nosotros?
_Tenemos que hacer algo _Favalli fue el primero que reaccionó_. Si siguen buscando
terminarán por encontrarnos.
_¿Se te ocurre algo?
_Sí... Vamos a explorar en la dirección contraria... Si desandamos el camino que los
hombres robots siguieron hasta aquí terminaremos por llegar hasta el Ellos que los manda...
Adiviné el resto: localizado el Ellos que los mandaba, podríamos atacar, quizá vencer.
Quizá apoderarnos de alguno de sus aviones,,,
Era una esperanza insensata, pero...¿teníamos otra alternativa?
_Vamos _dije, moviéndome con trabajo.
Estaba aterido... Cortaderas, totoras, sagitarias... Con el agua a media pierna
avanzamos por el bañado, temiendo, a cada paso, que se abriera de pronto el telón verde y nos
topáramos con más hombres robots lanzados en nuesta persecución.
No fuimos lejos.
Una pequeña barranca, y allí terminaba el bañado. Una espesura de madreselvas y
zarzas nos cerraba el paso. Pudimos franquearla con esfuerzo, dejando girones de ropa.
Y de pronto, allí estaba: una vasta superficie pintada a manchones verdes y amarillos,
estirada entre los árboles.
_Parece una lona camuflada _murmuré en un hilo de voz.
_Es una lona camuflada... Una tienda: mira los tiros _Favalli tenía la cabeza más
fresca que yo, veía mejor las cosas.
Sí, era una tienda de campaña, baja.
Una antena metálica a un lado, camuflada con enredaderas. Desde arriba sería
imposible ver nada.
_Vamos a...
Me interrumpí: algo se había movido, allí a la izquierda.
Un hombre. Un hombre robot igual a los anteriores, armado también con la infaltable
carabina corta.
_Un centinela... _murmuré.
_Sí... en la tienda es posible que esté el Ellos que manda a los hombres robots que nos
buscan...
_No lo sé... Esa antena no se parece a las que vimos antes entre los Ellos...
_También estos hombres robots son diferentes a los otros.
Nos quedamos observando al centinela. Caminaba con cierto desgano. Claro, estaba en
un puesto que podía considerarse de retaguardia y no tenía por qué mantenerse muy alerta.
El centinela fue hasta el extremo del claro, se volvió. Le vimos entonces, también a él, el
telecomando plantado en la nuca.
Había que hacer algo; en cualquier momento podíamos tener encima a los hombres
robots que regresaban del helicóptero incendiado. Contuve el aire en los pulmones:
_Espérame aquí _dije_. Yo me encargo del centinela.
En otro tiempo lo habría pensado mucho antes de atreverme así, pero ahora estaba
acostumbrado a apostar todo, a apostarme a mí mismo en aquel desesperado juego: a la vida o
a la muerte.
Esperé que el centinela se diera vuelta y me le acerqué con paso rápido; había pasto
blando, no hice ruido alguno.
Lo golpeé con fuerza en la base del cuello y se le doblaron las rodillas. Busqué de repetir
el golpe, pero se agachó en el último momento: le erré. Golpeé otra vez y ahora se echó para
atrás: volví a errar. El me aferró de la muñeca, no soltó, me tiró del brazo... Me encontré
cayendo de cabeza hacia adelante.
"Jit-Jitsu" pensé, tratando de reponerme.
Pero ya se me tiraba encima.
Quise revolverme y me sacudió con todo: creí que me arrancaba el cráneo.
No sé cómo solté un brazo, traté de golpear , le di, no con mucha fuerza...
Me apartó la mano y tomó impulso para rematarme...
Al momento siguiente ya no estaba más allí: Favalli, con un tremendo golpe, me lo
había sacadode encima.
Y ahí estaba el hombre robot, entre el pasto, totalmente nocaut.
Durante un largo instante estuvimos allí, inmóviles, agazapados contra el caído, mirando
hacia la tienda.
Pero no, nadie salió: el ruido de la breve pelea había pasado inadvertido.
_¿Seguimos? _pregunté.
_Un momento... Si fuéramos tres podríamos hacer mucho más que si seguimos siendo
dos...
_No te entiendo, Fava...
Mi amigo señaló al caído:
_Le arrancaré el telecomando, como tú lo hiciste conmigo... Será un nuevo
compañero... Mostró que sabe pelear.
Mientras hablaba, Favalli dio vuelta al hombre robot, le tomó con fuerza el aparato
insertado en la nuca...
Y tiró.
Salió con inesperada facilidad.
_Pero...
Era para no creerlo: el aparato de telecomando no tenía lengüeta alguna.Tampoco en la
nuca del hombre había ninguna herida.
¡Estaba pegado! ¡Solamente pegado!
Miramos con más atención el pequeño aparato, nos miramos desconcertados.
_¡Es un simulacro!¡No es un aparato de telecomando! El hombre robot no es...
Algo se me incrustó entre los homóplatos.
Aguien, también detrás de Favalli, dominándolo...
Dos, cuatro, cinco hombres vestidos como los que viéramos en el bañado -quizás eran
los mismos-, nos rodeaban, apuntándonos con las carabinas cortas,
_No se muevan... Al menor movimiento en falso los acribillamos...
La energía de la expresión, la soltura con que manejaban la carabina, resultaron más
convincentes que la amenaza de las palabras. Favalli yo quedamos tal como nos encontraran,
completamente congelados.
Uno de los hombres, que debía de ser el jefe aunque vestía igual a los otros, se me
acercó y, con movimiento rápido, me pasó la mano por la nuca. En seguida me tanteó el
cráneo, buscando con especial cuidado en los parietales. Me pareció que, por un instante, la
sorpresa le redondeaba los ojos...
Un momento después Favalli se veía sometido a la misma operación.
El hombre que nos revisara miró a otro algo más bajo, de rostro rechoncho pero
vigoroso. No sé por qué me pareció que aquél sería el jefe de todos: rostro de párpados
hinchados, ojos rasgados, duros... Tenía algo de indio.
_No tienen aparatos directores... _dijo el primer hombre con curioso acento extranjero.
Me pareció estar oyendo a un locutor de noticiero cinematográfico.
El que parecía el jefe se adelantó y repitió el examen a que nos sometiera el otro. Una
curiosa expresión, mezcla de alivio y de fastidio, le suavizó la dureza de poco antes: una
cansada, inesperada sonrisa le plegó los labios delgados:
_La hicimos... _el hombre se volvió a los otros, que nos miraron con expresión
desconcertada_. No son hombres robots . Son un par de pobres diablos que, vaya uno a saber
cómo, lograron escapar de los Ellos... Bajen las armas.
La tensión aflojó, los hombres nos miraron con desencanto. De pronto habíamos dejado
de interesarles.
_Tanto trabajo para nada... Y tanto tiempo perdido... _El jefe meneó la cabeza,
alzando los hombros_. Habrá que volver a empezar.
Favalli, reaccionando por fin, lo encaró:
_¿Pueden explicarnos lo que ocurre? Nosotros no somos hombresrobots... Tampoco lo
son ustedes, aunque se han colocado simulacros de teledirectores... ¿Pueden decirnos por qué
nos derribaron?
El jefe lo miró durante un largo instante a Favalli; luego me miró a mí. El resultado del
estudio debió de ser favorable porque contestó:
_Sí, podemos decírselo: hemos venido hasta aquí justamente para capturar a dos o
tres hombres robots. Para no atraer sospechas del enemigo nos pusimos en la nuca los
aparatos teledirectores simulados... Cualesquiera que nos viera desde lejos -ésa fue la idea- nos
confundiría con hombres robots.
_¿Para qué quieren capturar dos o tres hombres robots?
_Para llevarlos a nuestra base. Hay allí expertos que los estudiarán. Sería de vital
importancia si pudiéramos apoderarnos del secreto de los telecomandos, si lográramos
enterarnos de las órdenes que los Ellos transmiten a los hombres robots.
_"¿Nuestra base?". ¿Dónde está esa base?¿Y de dónde vienen ustedes?¿Ustedes no
son de aquí?.
Hubo ansia mal reprimida en la voz de Favalli; era tanto lo que deseábamos saber,
podían ser tan importantes para nosotros las respuestas...
Pero el hombre se tomó su tiempo para contestar: volvió a mirarnos con ojos
escrutadores, como si nos viera por primera vez. Sin duda estaba entrenado en la desconfianza,
en no fiarse de nada ni de nadie. Por fin se alzó de hombros:
_¿Qué más da? De todos modos, hasta los perros saben ya dónde está nuestra base
_murmuró como para sí mismo. En seguida agregó, mirando a Favalli _: Venimos de Dallas,
Texas, Estados Unidos... Mi nombre es Timer, Bob Timer... Capitán Bob Timer.
_Favalli, Carlos...
_Salvo, Juan...
Mi amigo y yo nos presentamos. Quizá nos atropellamos al hacerlo: era demasiada la
urgencia que teníamos por escuchar las explicaciones.
_El teniente Gustave...
El capitán Timer no tenía tanta prisa: tuvimos que presentarnos ahora al que primero
nos tantearael cráneo, un hombre de rostro como mal dibujado, con mandíbula excesiva.
_La invasión... ¿no llegó entonces a los Estados Unidos?¿No hubo nevada allí?
Favalli tuvo que seguir preguntando. Eran demasiadas las interrogaciones que le
quemaban por dentro.
_Sí. La nevada llegó también a los Estados Unidos... Pero en algunas partes su efecto
mortífero logró ser neutralizado desde el primer momento... Fue así como grandes áreas
superpobladas lograron salvarse: Pittsburgh, Nueva York, Boston, San Francisco... Casi todas
las grandes ciudades se salvaron; claro que con lógicos desastres en la zona suburbana. Pero
en la gran mayoría del país las cosas no anduvieron tan bien: el oeste y el centro han dejado
prácticamente de existir. Es, con mucho, el mayor desastre de la historia de la nación. La
economía toda está paralizada, se vive de las reservas...
_¿Y Europa?¿Y el resto del mundo?
_Rusia está más o menos igual que nosotos : las grandes áreas urbanas pudieron ser
protegidas, pero la mayor parte del país ha sido arrasada. Africa, Asia, fuera de Tokio y alguna
otra ciudad del Japón, no cuentan ya para nada.Han muerto cientos de millones de personas;
como en Sudamérica, más o menos... En muchas partes la nevada no fue total, cayó como en
manchones, pero puede decirse que en todo el mundo han perecido dos tercios de la
población... Muchos en el primer momento de la nevada, otros en los desastres subsiguientes.
Hay hambre, habrá lucha salvaje entre los sobrevivientes en más de un lugar...
_Dos tercios de toda la población del mundo aniquilados..._Favalli repitió, como
queriendo grabarse bien adentro la enormidad de lo ocurrido.
_¿En cuántos otros lugares han descendido los Ellos? _pregunté.
La magnitud del desastre no me sorprendía, en verdad; más importante que saber
cuánta era la muerte era ahora saber cuánta podía ser la esperanza...
_ El enemigo ha descendido sólo aquí, en el Gran Buenos Aires... Es ésta su primera
cabeza de invasión. No hay noticia que hayan invadido en ninguna otra zona del mundo.
Imposible saber por qué eligieron este área para iniciar la invasión; lo más probable es que
cualquier lugar les diera lo mismo... Por eso estamos nosotros aquí: para poder contrarrestar la
invasión. Es fundamental conocer al enemigo, por si no lo saben, ésta es desde tiempos
inmemoriales la primera ley del arte militar: conocer al enemigo. Por eso mis hombres y yo
hemos sido enviados en misión de patrulla avanzada, con el objeto de capturar algunos
hombres robots para poder estudiarlos: no nos hacemos ilusiones de que podamos echarle
mano, al menos por ahora, a algún Ellos. Por supuesto, no somos los primeros en intentarlo. Ya
cuatro patrullas fueron enviadas antes, pero la suerte no las acompañó.
El capitán Timer se interrumpió un momento, miró a sus hombres con mirada breve.
Había en todos expresión sombría; era evidente que conocían de sobra la gravedad y el peligro
de la empresa en que se habían embacado.
_Pero, por suerte, las patrullas anteriores, aunque fueron aniquiladas a poco de ser
sorprendidas, alcanzaron a transmitir a la base alguna información, Fue por estos datos que nos
pusimos en la nuca los aparatos simulados: la idea es hacernos pasar por hombres robots, para
poder acercarnos a las concentraciones enemigas. Con tal de obtener informaciones estamos
resueltos a todo, incluso a entreverar algunos de nuestros hombres en las filas del adversario...
Cuando vimos volar el helicóptero de ustedes creímos que, por fin, la suerte se inclinaba a
nuestro favor. Por las patrullas anteriores sabíamos que en toda la zona no hay nadie que pueda
volar, que sólo los hombres robots lo hacen... Por eso los atacamos, por eso nos tomamos el
trabajo de sólo averiar el helicóptero para que cayeran de a poco, para que no se mataran al
caer: si hubiéramos querido, habríamos podido hacer estallar el helicóptero en el aire... Pero...
_y aquí el capitán Timer hizo un gesto de amargo desaliento_. Como ustedes ya lo saben,
fallamos miserablemente: los únicos hombres que conseguimos atrapar nos salen resultando
hombre corrientes, no hombres robots. Tendrán ustedes, desde luego, unas cuantas cosas
interesantes para contarnos: la experiencia de cada sobreviviente vale la pena de ser
escuchada. Siempre es posible que haya en ella algún dato importante que ha estado ausente
en las declaraciones anteriores... Pero, y en esto disculparán ustedes, la verdad es que la gran
mayoría de las declaraciones de los sobrevivientes se parecen unas a otras de manera
desesperante...Casi todos los sobrevivientes hasta ahora han sido personas que, por estar al
abrigo, pudieron salvarse de la nevada inicial. Han seguido escondidas después y de alguna
manera se las han arreglado para sobrevivir. Pero ninguno ha visto prácticamente nada de los
invasores; todos están llenos de cuentos de incidentes y de luchas, casi siempre mortales, con
otros sobrevivientes, pero nada más. No se ofendan, pero no creo que ustedes puedan ampliar
en mucho las declaraciones que ya tenemos en nuestra base. Vengan a la tienda, les haré
llenar el cuestionario impreso.
Sin esperar a que le dijéramos nada, el capitán Timer se volvió y caminó hacia la tienda.
Favalli me miró con sonrisa breve, y lo seguimos.


El interior era mucho más vasto de lo que parecía desde afuera: había aparatos raros,
como nunca viera antes: macizos, compactos, con muchos diales. Varios hombres, en silencio,
y con auriculares en la cabeza, se ocupaban de ellos. Por los lados de la tienda corría una
intrincada red de conexiones. Tres grandes pantallas desiguales, como de televisión, con
extraños reticulados grabados en el cristal, ocupaban toda una cabecera de la tienda.
Con movimientos rápidos el capitán Timer sacó del escritorio un par de papeles: era evidente
que ya habíamos dejado de interesarle, que allá en su interior volvía a ocuparse del problema
que le trajera hasta allí: la captura de varios hombres robots.
Favalli miró el cuestionario y conteniendo mal la sonrisa lo devolvió:
_No sirve, señor... Es demasiado incompleto.
_¿Cómo dice?
_ Lo que oye... Es tanto lo que tenemos para contarle _Favalli lo miró ahora con gran
seriedad_ que no hay cuestionario que alcance.
_Ya sé... Ya sé... _el capitán habló con forzada paciencia_. La experiencia que cada
uno ha vivido ha debido de ser tremenda... Pero, comprendan ustedes, no nos interesan ni el
horror que han vivido, ni los miedos, ni cómo se las arreglaron para salvarse... Lo que en verdad
nos interesa...
_Perdone que le interrumpa, señor, pero le repito que lo que debemos contar es
demasiado... Y quizá no sea éste el lugar más adecuado para hablar... Lo que tenemos que
contar, usted perdone, señor, deberá ser escuchado por los especialistas máximos, por los
mismos conductores de la campaña contra los Ellos...
_¿Está usted seguro? _hubo un relámpago de divertida ironía en los rasgados ojos
del capitán.
_Sí, señor. Usted cree haber fracasado en su patrulla pero desde ya le digo que no
necesita continuarla. Ha hecho usted algo mucho más que atrapar a un hombre robot...
El capitán Timer miró ahora a Favalli con expresión nueva, como dudando entre
sorprenderse o considerarlo fuera de sus cabales...
_¿Acaso es usted un hombre robot, señor Favalli? _Preguntó el capitán con mal
disimulado sarcasmo.
_No, señor: no soy un hombre robot... Pero lo he sido.
_¿Cómo dice?
El capitán Timer dio un involuntario paso hacia Favalli; miró con rapidez a los demás
hombres. El teniente Gustave ya se acercaba también, desconcertado.
_Antes de que me crea loco mire esto...
Favalli se agachó, se bajó el cuello de la tricota, les mostró la nuca.
Tenía allí, en el centro, un canchón lívido. Cicatrices frescas, concéntricas, le marcaban
un raro tatuaje: era donde habían estado insertadas las lengüetas del primer aparato de
telecomando que le insertaran los Ellos cuando lo capturaran.
_Durante un tiempo tuve insertado aquí un aparato que me transmitía órdenes
directamente al cerebro... Luego me lo sacaron y me instalaron otros dos aparatos mucho más
pequeños y perfeccionados, aquí, en los parietales.
Mientras hablaba, Favalli guió las manos del capitán para que le tanteara el cráneo: éste
no pudo evitar una breve exclamación de sorpresa cuando tocó las dos pequeñas nuevas series
de cicatices disimuladas bajo el cabello.
_Toque, teniente...
Pero el capitán se apartó y miró ahora a Favalli con súbito respeto. Se volvió en seguida
hacia mí:
_¿Usted también?
_No, yo no fui capturado nunca. Pero me faltó muy poco.
Momentos más tarde, sentados ante la mesa de campaña que servía de escritorio al
capitán. Favalli y yo hicimos un somero relato de nuestras aventuras desde que comenzara la
nevada.
Pasamos muy por encima sobre las horas vividas en la casa, cuando nos encontramos
como si fuéramos una pequeña isla de vida rodeada por el mar de muerte que se extendía a
nuestro alrededor. Aquello, aunque de tremenda importancia para nosotros, no era lo que
interesaba al capitán Timer. Cuando empezó Favalli nuestro primer encuentro con los
cascarudos, el capitán lo interrumpió, hizo una señal al teniente y éste trajo un grabador a cinta
magnética: Favalli tuvo que empezar de nuevo la descripción de los cascarudos.
Y así, todo lo que vivimos desde que salimos del chalet fue recogido por la cinta
grabadora: la central del mano que encontramos en Barrancas de Belgrano, la muerte del mano
amigo, los gurbos, las alucinaciones, las diferentes armas con que el enemigo nos atacó en
River Plate, la lucha en Plaza Italia y lo que llegamos a ver allí, en la Plaza del Congreso...
_Tiene usted razón: todo esto debe de ser escuchado en la base... Ahora mismo
partiremos.
Ordenes, llamadas insistentes con una extraña chicharra.
De todas partes empezaron a llegar hombres. Me sorprendió que fueran tantos. Como si
supieran de memoria lo que hacían empezaron a desmontar la tienda, a desconectar los
diferentes aparatos que la ocupaban. La antena exterior fue desarmada y en seguida todo estuvo
repartido en unidades individuales, fáciles de transportar a pulso.
Ya la "tienda" había sido plegada; el capitán Timer y el teniente Gustave empezaban a
andar hacia un lado del claro. Los hombres, cargados con las diferentes partes de los aparatos,
se pusieron en fila y empezaron a marchar también.
_Vamos, Juan, ¿qué te pasa?
Favalli tuvo que darme un codazo porque yo me había quedado mirando a un lado,
hacia algo que había aparecido entre la maleza, hacia alguien que me miraba con ojos
serenos...
Una muchacha.
Una muchacha que vestía ropa de ciudad, absurda, incongruente en aquel lugar. No
muy hermosa, pero de facciones regulares, me sonreía al ver mi desconcierto.
_Es Lena _explicó el teniente Gustave, que había vuelto sobre sus pasos. -Agente de
servicios especiales, adscripta a nuestra unidad.
_¿Vino con ustedes para capturar hombres robots?.
_Así es. Fue idea del general Maxwell. La pensábamos utilizar como "cebo" para atraer
a algún hombre robot. La idea no era del todo mala...
_Pero no hubiera resultado _Favalli sacudió la cabeza, disgustado.
No entendía, ni yo tampoco, aquella forma de hacer la guerra al enemigo por más
extraterrestre que fuera:
_Un hombre robot no siente, ni ve, ni padece nada por su cuenta...- prosiguió-. Todo lo
hace obedeciendo las órdenes que recibe... Mientras no reciba información específica, una
muchacha o un tronco de árbol son para él lo mismo.
Los ojos claros de la muchacha, la línea pura del cuello, el cabello que le llegaba hasta
el hombro, me recordaron de pronto, con la fuerza demoledora de un impacto tremendo,
muchas cosas que habían quedado detrás, adormecidas en el fondo de la conciencia: Elena,
Martita, todo el pequeño y grande y siempre maravilloso mundo femenino que me rodeara hasta
el momento mortal de la nevada.
_Vamos, vamos _sonriendo, comprensivo, el teniente Gustave me tomó por el brazo.
_No lo interprete usted mal... _intercedió Favalli.
Quiso decir algo más pero un sonido extraño, algo así como una nota grave de guitarra,
llegó desde más allá de los árboles.
La tensión repentina hizo que quedáramos todos como congelados, mirando hacia la
espesura en momentáneo aturdimiento.
La nota se repitió, por dos veces más.
_Alarma general, ¡a sus puestos!
La voz de Timer llegó desde el otro lado del claro, con calma profesional.
Los hombres dejaron en el suelo lo que llevaban y se dispersaron, cada uno corriendo el
cerrojo de la carabina, avanzando con paso ágil, resuelto. Aquello era, sin duda, una maniobra
muchas veces repetida para ellos.
Favalli y yo empuñamos nuestras armas, que nos habían devuelto cuando entramos en
la tienda, nos miramos por un momento sin saber qué hacer.
_Vengan _el teniente Gustave nos ordenó seguirlo.
Busqué a Lena, pero habíadesaparecido. Sin duda también ella tendría un puesto
asignado cuando llegaba el momento de la acción.
_¿Qué pasa? _preguntó Favalli mientras trotábamos junto al teniente por entre la
espesura.
_Se acerca alguna presencia extraña _explicó el teniente_. El incendio del helicóptero
de ustedes debe de haber llamado la atención desde mucha distancia. Es muy posible, casi
seguro, que seamos atacados...
_Sí... Los Ellos tienen medios, vaya uno a saber cuáles, para detectar presencias
hostiles desde lejos _explicó Favalli.
Iba a decir algo más, pero ya estábamos fuera de la espesura, en el borde del bañado.
_¡Agacharse! _indicó el teniente con voz tranquila.
A nuestros lados, dispersos, los hombres se agazaparon en el pasto.
Un ruido violento e inconfundible más allá. Los árboles impedían verlo, pero era un
helicóptero.
-Está volando sobre el helicóptero incendiado _explicó el teniente.
_¡Allá está!
-Sí, al fin podemos verlo: un helicóptero igual al que nosotros tripulamos un poco antes.
Tres hombres robots en la burbuja con telecomandos en la nuca.
_Vuela hacia nosotros...
_Están transmitiendo _dijo Favalli.
Me fijé mejor: sí, el hombre robot sentado al lado del piloto hablaba con rapidez. Un
micrófono de garganta, seguro.
-Estará informando sobre nuestras posiciones al mano que lo manda... Si yo fuera
ustedes, ahora mismo lo bajaba- concluyó Favalli.
El capitán Timer, desde algún otro lado del boscaje, debió de ser de la misma opinión
porque apenas Favalli había hablado oímos el crepitar de carabinas de tiro rápido.
El plexiglás de la burbuja, transparente como el cristal, quedó de pronto nublado,
astillado por las perforaciones de los proyectiles. Los tres hombres robots estaban ya fuera de
combate.
Pero no: aunque sin duda herido, el piloto maniobró para alejarse.
Entonces, algo así como un bufido sordo estremeció el boscaje; una estela de humo y
chispas buscó oblicua al helicóptero y hubo un estallido, un relámpago vivísimo, una
detonación.
Después, sólo humo: del helicóptero no quedó nada.
_La bazooka antiaérea... _murmuró Favalli a mi lado, sobrecogido por lo que
acabábamos de ver.
Verdaderamente habíamos tenido suerte de que, poco antes, a nosotros no nos tiraran a
matar, que sólo buscaran derribarnos.
La maleza se apartó a mi lado. El capitán Timer y varios de sus hombres venían con
expresión resuelta, como impulsados por una gran urgencia:
_Seguro que transmitió nuestra posición. Lo más probable es que dentro de un minuto
o dos tengamos encima quién sabe qué clase de ataque. Junte a los demás hombres, teniente,
y vamos antes de que esto se ponga demasiado espeso.
El teniente Gustave tenía en la cintura, en un estuche de cuero, un aparato con botones,
algo parecido a una radio de transistores. Apretó dos botones y volví a oír la nota musical, como
el rasguido de una cuerda de guitarra. Comprendí que los demás hombres tendrían receptores
sensibles a la vibración y que de esa manera recibirían todos, a la vez y sin pérdida de tiempo,
las órdenes de los comandantes.
Pero por más que la orden fue dada con gran rapidez, ni siquiera hubo tiemp de ponerla
en práctica.
Como saltando por sobre las copas de los árboles apareció un Gloster, lanzado a gran
velocidad.Un instante más y picaba hacia nosotros, con las alas chisporroteando.
Relampaguearon sus cohetes al ser lanzados y ,casi al mismo tiempo, se oyó el bufido
de la bazooka antiaérea.
El estallido ensordecedor ahí, muy cerca, y un manotazo de aire que me lanzó a un lado.
Sentí por todo el cuerpo que me golpeaban la tierra y trozos de ramas.
Y, casi al mismo tiempo, otro estallido en el aire, apenas sobre nuestras cabezas: el
impacto de la bazooka desintegrando el aparato en pleno vuelo.
_Vienen más aviones _dijo alguien entre la espesura.
Miré con más atención: uno de los hombres, con auriculares, estaba inclinado sobre un
pequeño aparato con correas y diales, y había estirado una antena circular. Debía de ser un
radar portátil.
_¿Estás bien, Juan?_Favalli preguntó a mi lado.
_Yo sí. ¿Y tú?
_También... Aunque faltó poco...
Más crepitar de carabinas, otra vez el bufido de la bazooka, ahora a media cuadra a
nuestra derecha. Era evidente que los hombres del capitán Timer disponían de varias piezas.
No alcanzamos a ver los aparatos, sólo oímos los estallidos y vimos los fogonazos por detrás de
las copas de los árboles: la bazooka era de una eficacia demoledora.
_Si no nos tiran con cohetes teledirigidos podremos salir bien de ésta _el capitán
Timer estaba ahora junto al hombre de los auriculares-. ¡No vienen más aviones... ! Les bastó
con los anteriores, ya tienen bastante.
_No creo que usen cohetes_dijo Favalli_. En ningún momento los vi usarlos. Ni creo
que los tengan.
_Sin embargo _hubo preocupación en la voz del teniente Gustave_. Los cohetes
intercontinentales que fueron disparados desde Arizona y otros lugares de los Estados Unidos
contra el Gran Buenos Aires han sido interceptados en su totalidad... Ninguno consiguió llegar
a destino. ¿Cómo han hecho para destruirlos en pleno vuelo?
_Los Ellos disponen de un aparato que lanza un haz sumamente poderoso. Seguro que
tiene un alcance fantástico _explicó Favalli _. Desconozco la naturaleza del haz, es posible
que sea un amplificador de luz, algo así como el láser: tres veces vi explosiones atómicas, muy
en la estratósfera. Seguro que eran los cohetes intercontinentales interceptados por el haz...
_También yo los vi _corroboré, estremeciéndome de sólo pensar que aquel haz en
lugar de ser empleado contra cohetes intercontinentales fuera utilizado para barrer nuestra
posición.
-Si usted me permite, un consejo, señor _Favalli se encaró con el capitán que seguía
escuchando con los ariculares_. Yo, en su lugar, emprendería ahora mismo la retirada. Por
más eficaces que sean sus armas, por más bien adiestrados que estén sus hombres, señor,
esta posición es totalmente insostenible si los Ellos se deciden a atacar en forma.
_De acuerdo... De acuerdo... _ el capitán silenció con el ademán a Favalli y siguió
escuchando durante unos segundos; luego, quitándose los auriculares, agregó_: Creo que es
demasiado tarde... Según el radar, hay varios objetos que, desplazándose a gran velocidad por
la superficie terrestre vienen hacia nosotros. Si alzáramos vuelo, seguro que nos derribarían.
_Insisto, señor... _Yo conocía a Favalli: para hablar con tanta urgencia debía de estar
desesperado-. Es preferible cualquier riesgo a quedarnos aquí.
El capitán Timer no pudo contestar porque retumbó en el boscaje, al otro lado del claro:
el fuego de las carabinas, el bufido de las bazookas.
_Ya están aquí _el rostro del capitán parecía de piedra; el esfuerzo por mantenerse
impávido debía hacerle doler los músculos. Pero me olvidé en seguida de él: estaba notando,
con la planta de los pies, la vibración del suelo:
_¡Gurbos!- exclamé.
"¿Será posible que nos ataquen con gurbos?"
Más disparos de carabina, ahora muy cerca.
Vi que Favalli, el capitán Timer y otros se alineaban en el borde del bañado y
empezaban a disparar también.
Los imité. Entonces también yo pude verlo.
Era un objeto negro, metálico, algo así como una pera montada sobre orugas. Orugas
raras, con largos pies metálicos en lugar de dientes... Ninguna abertura, ninguna saliente en la
superficie redonda que brillaba al sol con siniestra negrura. Y eran varios.
La negrura de pronto se encendió de chispazos: eran los lugares donde los proyectiles
de los nuestros hacían impacto. Bufaron las bazookas y varios estallidos casi simultáneos
ocultaron el aparato o al tanque o lo que fuera que venía hacia nosotros.
Por entre el humo y los fogonazos de los estallidos esa cosa siguió avanzando
completamente indemne.
_Son microtanques _explicó Favalli, a mi lado, con expresión desalentada.
_¿Microtanques? ¿Hay acaso otros mayores?
_¡Por supuesto! He visto algunos enormes como casas de varios pisos... Pero con
estos bastará... Ya los ves: las bazookas no les hacen nada...
Favalli tenía razón; el microtanque seguía avanzando. Aunque de pronto noté con cierta
esperanza que había reducido su velocidad.
_¡Lo estamos frenando! _gritó entusiasmado el capitán Timer; también él había
advertido lo mismo que yo.
_No es por nuestros disparos, señor _aclaró Favalli_; es el terreno fangoso lo que lo
frena... Está entrando al bañado...
Aunque sabiendo que era prácticamente inútil, seguimos haciendo fuego. Por momentos
el microtanque parecía al rojo vivo, pues no había prácticamente proyectil que se perdiera. El
fragor del tiroteo era intensísimo.
Los otros lados del perímetro eran atacados también por microtanques.
Continuamos disparando. Cuando se va perdiendo la esperanza, uno se aferra a lo único
que puede hacer. Aunque sepa que es completamente inútil.
Lentamente el microtanque seguía avanzando. Con algo de inexorable en la firmeza, en
la exactitud con que los pies metálicos de las orugas se hundían en el fango, chapoteando agua
a los costados.
_ Por nuestro lado los paramos, señor... _y el que hablaba era un teniente con la
camisa hecha jirones que llegó junto al capitán_. El microtanque que nos atacaba cayó en una
zanja demasiado honda y no pudo volver a subir; prácticamente lo enterramos disparándole con
las bazookas alrededor.
_¿Seguro que está fuera de combate? _el capitán Timer lo miró sin poder creer lo que
oía_. ¿No será un contratiempo momentáneo?
_¡No! Al principio se movió, parecía que lograría salir de la zanja, pero finalmente
quedó quieto...
Era un éxito muy valioso, sin duda, pero ¿qué significaba detener a un microtanque si
eran varios, por lo menos ocho, los que nos atacaban desde distintos lados?
Y allí estaba el que venía hacia nuestro grupo, cada vez más cerca...
Ahora lo podíamos ver muy bien: tenía mucho de insecto monstruoso. Los impactos y
los estallidos no habían hecho mella alguna en la bruñida superficie. Y seguía viniendo; a veces
se hundía hasta la base de las orugas, por momentos alentábamos la esperanza de que se
frenara del todo, pero volvía a resurgir. No era muy alto, no tendría más de tres metros, pero
parecía más alto, más imponente, por los estallidos y rebotes que lo sacudían. Y avanzaba
siempre: su sola insistencia era demoledora...
Supe, una vez más entre tantas, lo que era el terror final de ver llegar la aniquilación
última.
No recuerdo cuántas veces cambié el cargador de mi arma. Volví a cargarla,
quemándome los dedos con el acero recalentado. Entreví por entre el humo a Lena, que estaba
algo detrás del capitán Timer: agazapada tras un tronco, esperaba. Al lado tenía un estuche de
primeros auxilios.
"No harán falta sus servicios", pensé, encajando el cargador y cerrando el cerrojo. "En
este combate no habrá heridos... Terminaremos de pronto en un relámpago... Todos nosotros,
también ella".
Volví a apuntar, volví a disparar contra el microtanque, que en aquel breve instante se
había acercado más y más; ya estaba a menos de una cuadra.
Apunté a la base de la oruga, traté de acertar en una especie de hueco que había allí,
pero nada. Ya otros lo habían intentado, pero tampoco esta vez los disparos surtieron efecto.
Siguió avanzando, ya estaba a menos de cuarenta metros...
Y seguía.

Y siguió...
A menos de treinta metros...
Se detuvo. Se detuvo...
Continuamos disparando durante unos momentos, sin querer creer lo que veíamos.
Pero sí, se había inmovilizado, las orugas habían dejado de girar.
No había caído en zanja alguna, no lo habíamos atacado con ninguna arma nueva, no
estaba en un lugar más difícil.
Pero se había detenido.
Otro bufar de bazooka, otro estallido.
Y lo increíble: toda una parte de la negra superficie desapareció, como devorada por
invisible y feroz mordisco.
Otro impacto de bazooka y desapareció más superficie; incluso algo de la oruga se llevó
el estallido.
_¡Lo estamos desintegrando! _gritó alguno, loco de entusiasmo.
Nuevos impactos y pronto el microtanque no fue más que un grotesco despojo,
semioculto por las explosiones, caído finalmente algo de lado.
_¡Alto el fuego! _ tronó la voz del capitán Timer.
Dejamos de disparar. Sobrecogidos, quedamos mirando por un momento, como
hipnotizados, ese resto metálico semihundido en el barranco.
Y en ese instante nos dimos cuenta que también los demás habían dejado de disparar:
el silencio era total...
Nos enderezamos, dsconcertados, mirándonos unos a los otros sin comprender,
aturdidos; todo había sido demasiado rápido...
_¿Es posible que los hayamos derrotado?_uno hizo la pregunta que nos estaba
quemando_. ¿Es posible que los hayamos derrotado a todos?
Enseguida tuvimos la confirmación de que sí: los ocho microtanques habían resistido sin
sufrir el menor daño todo el peso de nuestas armas hasta que llegaron a treinta o cuarenta
metros de distancia, pero al llegar a ese punto habían sido, de pronto, vulnerables. En cuestión
de segundos habían resultado completamente destrozados.
_No son tan superiores como parecían_ el teniente Gustave se secó la frente con la
manga y sonrió satisfecho, mientras resoplaba con alivio.
_No nos ilusionemos _murmuró Favalli a mi lado; se enderezó y, sin soltar el arma, se
internó en el bañado.
Lo seguí, me le puse al lado.
_¿Qué temes?¿Qué nos vuelvan a atacar?
_No sé... En seguida lo sabremos...
No era fácil avanzar por el bañado pero pronto llegamos: semihundido en el agua estaba
el destruido microtanque, un confuso y enredado montón de hierros y de cables, engranajes
como nunca viera antes.
Con prisa, como si se le hubiera perdido algo, Favalli escarbó entre los restos. Pronto se
incorporó meneando la cabeza.
_¿Qué encontró? _el capitán Timer y el teniente Gustave nos habían seguido.
_Nada _replicó Favalli... Nada, y eso es lo peor... Significa que el microtanque era un
aparato automático, que no venía ningún mano, ningún Ellos, ni siquiera un hombre robot en su
interior... Significa que nuestra victoria es sólo aparente: lanzaron contra nosotros los
microtanques no para atacarnos, ni para destruirnos sino simplemente para tentarnos, para ver
de qué armas disponemos...
Favalli miró ahora al capitán con rostro demudado: estaba francamente asustado, casi al
borde del pánico. Nunca lo había visto así.
_Por última vez, señor ¡Vámonos cuanto antes de aquí! Ya saben de sobra cuántos
somos, con qué armas contamos, cómo las empleamos... El próximo ataque será para
borrarnos del mapa o para algo peor...
No lo dijo, pero adiviné que estaba pensando en lo que a él le ocurriera; en que nos
atraparan y nos convirtieran en hombres robots.
El capitán Timer vaciló sólo un momento. Era hombre realista, no se hacía ilusiones.
Sabía que el microtanque había sido invulnerable sólo hasta que al enemigo no le interesó más.
Quién sabe por qué procedimiento telemagnético los microtanques controlados desde lejos
habían sido invulnerables a nuestras armas; apenas suspendida la protección magnética habían
resultado presas fáciles. El interior vacío de los aparatos y la súbita y fácil victoria quedaban así
explicados.
_¡Vamos! Retirada doble tres...- ordenó el capitán.
No necesité preguntar lo que significaba aquella orden: todos echaron a correr...
Y Favalli y yo seguimos a los hombres del capitán Timer.
No fue fácil evitar que se nos distanciaran: eran hombres jóvenes, bien adiestrados y en
la mejor de las formas. Favalli y yo veníamos desgastados por días y días de angustias
inenarrables, de peligros, de privaciones. Pero logramos mantener el tren, o por lo menos eso
nos pareció: ahora pienso que alguno de los hombres del capitán Timer se rezagó
deliberadamente para que no nos quedáramos atrás.
Por fin los árboles ralearon, la espesura se abrió, llegamos a un claro entre grandes
arbustos cuyas copas se tocaban en lo alto, como cerrando un vasto recinto. Allí, en un pastizal
cuidadosamente segado, vi la silueta alargada de un avión a chorro como nunca viera antes.
Debía de ser un caza bombardero, porque era grande y macizo. Todo en él hablaba de
velocidades supersónicas.
En cuestión de segundos todos estuvimos adentro; cuando yo me ajustaba el cinturón
en el asiento que me señalaron, junto a Favalli, se me ocurrió un pensamiento que me dejó
perplejo: ¿cómo haríamos para alzar vuelo, si las copas de los árboles se tocaban por arriba?
Pero hice mal en preocuparme; aquel follaje tan denso no era más que un camuflaje muy bien
preparado, con redes de plástico que simulaban hojas y ramas.
Un momento después sentí el empujón que me sepultaba más y más contra el asiento,
que me apretaba contra el respaldo: estábamos decolando.
Alzamos vuelo en forma casi vertical.
Por la ventanilla vi huir el verde allá abajo, vi cómo el río se achicaba a velocidad
fantástica, vi nubes y enseguida no vi nada más...
Sólo azul, un azul que se hacía más y más intenso. Estábamos en plena estratósfera, a
quince o veinte mil metros.
La aceleración dejó de apretarme contra el respaldo del asiento: ya estábamos en vuelo
horizontal y pude prestar atención a mi alrededor. Favalli, en uno de los asientos vecinos,
cabeceaba, ya dominado a medias por el sueño.
En el asiento delantero adiviné la cabeza de Lena. Tuve por fuerza que pensar en Elena,
en Martita... Otra vez, al alejarme más y más de Buenos Aires, tuve la sensación de desertar,
de no hacer por recuperarlas todo lo debido. Pero logré convencerme de que para volver a
reunirme con ellas debía colaborar con los que luchaban contra los Ellos.
El capitán Timer, que había estado en la cabina del piloto, volvió de pronto y se sentó
junto a mí en el otro asiento vacío.
Me miró, sonrió para sí y luego me dijo:
_Debo hacerle una confesión: si fuera sólo por lo que hemos conseguido ver del
armamento del enemigo, nuestra misión de patrulla sería un fracaso. Suerte que los hemos
encontrado a ustedes dos, señor Salvo.
_¿A nosotros?
_Sí... Acabo de informar al Comando Central sobre el reciente combate y, también,
sobre cómo los encontramos a ustedes. Cosa extraña, el combate no les interesó para nada a
los "cogotes" del Comando. Lo que pareció hacerles saltar en el asiento fue la revelación de que
teníamos entre nosotros nada menos que a un sobreviviente del ataque a Buenos Airs, y a un ex
hombre robot. Me ordenaron llevarlos sin perder un solo segundo a la sede del Comando
Central: por eso el piloto que nos conduce tiene orden de batir todos los records de vuelo entre
el Delta y Nueva York.
Asentí; no era difícil comprender por qué resultábamos de pronto tan valiosos. Me gustó,
además, la franqueza con que Timer me hablara.
Pero en ese momento no pude pensar ni en una ni en otra cosa. También yo, como
Favalli, había estado expuesto al peligro durante demasiado tiempo: creo que el capitán Timer
volvía a hablarme cuando sentí que se me cerraban los ojos y la cabeza se me caía, vencida
por el sueño, hacia adelante...

Desperté al minuto siguiente, o eso al menos me pareció.
Y sin embargo ya estábamos en Nueva York, en el aeropuerto de Idlewild.
Apenas salí del avión, con los miembros entumecidos por la prolongada quietud y
parpadeando porque la luz del sol era intensísima, miré con ansia en derredor. El ansia se trocó
en alivio: era maravilloso ver que el aeródromo aparecía intacto, que no había en ninguna parte
señal de lucha. Tampoco había, por más que buscara, indicios de nevada mortal. Nueva York
había tenido mucha más suerte que Buenos Aires: el enemigo la había respetado...
¿Mucha más suerte? Eso creí en aquel momento. Faltaba muy poco para que cambiara
totalmente de opinión...
Fuimos a través de la pista hasta donde nos esperaba un helicóptro con el motor en
marcha; había operarios, hombres uniformados, una reconfortante sensación de eficiencia.
_Da gusto ver gente obedeciendo órdenes _resopló Favalli todavía no del todo
despierto, mientras miraba en torno achicando los ojos de miope.
_Sin embargo _apunté_, hay algo en todos que no termina de gustarme...
Favalli asintió. No necesitó decirme más para indicarme que también él había
comprendido: todos, desde el empleado que abriera la puerta del transporte, hasta el piloto del
helicóptero que se disponía a llevarnos hasta el comando central, tenían el rostro demacrado,
los ojos hundidos en el fondo de las cuencas y líneas nuevas, duras, recién marcadas en los
rostros...
No era necesario pensar mucho para adivinar el porqué de aquellas expresiones; todos
sabían el peligro en que estaban, todos conocían que estaban en guerra mortal. Que en
cualquier momento podía llegarles el golpe aniquilador, definitivo... Nada como el temor
constante para esculpir un rostro...
En el helicóptero: el capitán Timer, Favalli y yo volando ya hacia la enorme ciudad.
Era reconfortante verla intacta, sin huellas de destrucción, ver imágenes increíblemente
iguales a algunas tomas que viera en "Cinerama", siglos de angustia atrás.
Entreví, allá abajo, por entre girones cenicientos de nubes, la bahía con la Estatua de la
Libertad, la fabulosa City, el bosque de rascacielos, el esbelto Empire State Building
sobresaliendo entre los demás y, un poco más allá, el fabuloso edificio de las Naciones Unidas.
Y la gente.
Resultaba maravilloso ver allá abajo a los transeúntes, por millares, y hasta había algo
de tránsito: aunque restringida, la vida seguía su pulso de siempre...
Pensé en Buenos Aires, congelada en la muerte de la nevada, y sentí un dolor casi
físico.
Pero ya el helicóptero descendía en un helipuerto emplazado en la terraza de un
rascacielos. Y allí, más empleados, todos con los mismos rostros devorados por dentro,
soldados formidablemente armados con cascos de plástico. No pude verlos bien porque al
instante siguiente ya estábamos en un ascensor ultra rápido, que, en cuestión de momentos
nos dejó al nivel del suelo. Se abrieron las puertas, nos cruzamos con más ojos hundidos en la
desesperación y allí estaba ya un gran automóvil negro, esperándonos.
Arrancamos, la sirena nos abrió paso, enseguida estuvimos corriendo por las calles a
gran velocidad.
Súbitos pantallazos de gente mirándonos; alguna mujer de compras, hombres de rostros
aturdidos ya peligrosamente indiferentes; en un portal, sentados en los escalones, vi a un grupo
de chicos escuchando una pequeña radio a transistores. Estaban con la boca abierta, muy
serios, con los ojos espantados...
"Malo... malo, cuando hasta los chicos se asustan..." pensé.
Con chillar de frenos y llantas nos detuvimos ante un edificio extraño, no muy alto pero
de basamento imponente. Adiviné enseguida que era la sede del Comando Central,
formidablemente protegida por quién sabe cuántas toneladas de cemento y de acero.
Bajamos y seguimos al capitán Timer marchando entre soldados armados con
metralletas macizas, extrañas, que me parecieron muy complicadas.
Delante de nosotros se abrió una puerta muy reforzada que me hizo recordar la del
tesoro de un banco de la calle San Martín, que visité una vez... Corredores, silencio, limpieza
quirúrgica, y cada tanto soldados armados con cascos de plástico. Otra puerta formidable se
abrió silenciosa para dejarnos pasar.
Una celda pequeña, metálica; una botonera con un sargento lampiño y de rostro
sonriente al lado: estábamos en un ascensor.
_¿Cuántos pisos debemos bajar?_quiso saber Favalli.
_Enseguida llegamos _dijo el sargento oprimiendo un par de botones.
La complicada puerta se cerró.
Antes de que el sargento siguiera apretando botones, una voz metálica se oyó en alguna
parte...
_"¡Atención... Atención...! ¡Alerta general! Repito: ¡alerta general ! Proyectil de nuevo
tipo pasó la barrera tercera... Imposible pararlo.
Favalli y yo nos miramos, enseguida buscamos el rostro del sargento.
Con ojos aterrados, salidos de las órbitas el hombre miraba al capitán Timer como si éste
pudiera hacer algo.
Impávido, con toda expresión borrada del rosto, el capitán Timer miró como hipnotizado
una pequeña rejilla junto a la botonera _por allí salía la voz_ que seguía diciendo, con
urgencia más y más alarmada:
_"Proyectil de nuevo tipo pasó barrera segunda..." "Proyectil de nuevo tipo pasó barrera
primera... Proyectil..."
Hubo una sacudida, como si la caja metálica del ascensor hubiera sido embestida de
lado.
¿Un estallido atómico?
No, no podía haber sido un estallido: no habíamos sentido detonación alguna. Además,
la sacudida se repetía...
El ascensor se estremeció ante lo que parecían embestidas. De alguna parte llegaba
como un ronco gruñido y no sé por qué pensé en una perforadora rompiendo el pavimento.
_Creo saber lo que es..._musitó Favalli, muy despacio, como temiendo decir lo que
pensaba_. Es un proyectil calculado para destruir refugios subterráneos... Vi dos de ellos allá,
cerca del Río Luján...
Continuaban las sacudidas. El capitán Timer y yo mirábamos a Favalli: imposible atinar
a nada. Con un raro gemido el sargento se había encogido, era apenas un ovillo en el rincón
opuesto del ascensor. Se apretaba con desesperación los oídos.
_Son como trompos gigantescos _siguió explicando Favalli_. Giran a gran velocidad,
se entierran hasta la profundidad deseada... Luego estallan...
_Quiere decir, entonces...
No puedo decir si oí algo o nada. Sólo sé que, al momento siguiente, la caja toda del
ascensor era empujada con violencia increíble hacia arriba, con nosotros adentro...
Algo me golpeó en la cabeza y me arrojó de lado con tremenda fuerza. Quedé aturdido
durante no sé cuánto tiempo.
Reaccioné. El capitán Timer y Favalli hablaban con voz calma como si no hubiera
pasado nada:
_Permítame, Favalli: la puerta tiene un sistema de emergencia para abrirse... Algo
parecido a los eyectores explosivos de los asientos, en los aviones supersónicos... Estos son los
botones...
La caja del ascensor estaba inclinada. Toda una pared había quedado abollada hacia
adentro. Junto a mí, podía tocarlo, estaba el sargento ascensorista. Era tan absurda la
inclinación de la cabeza con respecto a los hombros que no necesité preguntar para saber que
estaba muerto, con el cuello roto.
Dos ruidos violentos, como de pistoletazos, y la puerta se entreabrió: polvo, algunos
cascotes que rodaron hacia adentro, algo de luz.
_Tenemos suerte, podemos salir _oí decir a Favalli que ya se encaramaba,
arrastrándose, a una pila de escombros.
El capitán Timer se volvió hacia mí, solícito:
_Y, señor Salvo. ¿Cómo se siente...?
_Perfectamente... Salga, que lo sigo.
El capitán Timer no tenía nuestra experiencia en catástrofes: él no había analizado aún
lo sucedido. Creía que su mundo de siempre seguía con todos sus valores, con toda su
organización... Yo, en cambio, apenas reaccioné supe sin que nadie me lo dijera que no
encontraríamos nada afuera, que todo apoyo había desaparecido, que otra vez estábamos tan
solos, tan desesperados como cuando huíamos de los hombres robots, allá en las espesuras del
Delta...
La fuerza de la explosión, desencadenándose en un nivel inferior al nuestro, había
lanzado la caja del ascensor hacia arriba: y ahora estábamos en la calle, entre un montón de
escombros. Y sólo supe que estábamos en la calle porque, quién sabe por qué milagro, una
columna de alumbrado se mantenía curiosamente intacta.
Se había hecho de noche. Un humo acre, que ahogaba al respirar, llegaba de algún
lado. Empezaron a caer gruesas gotas, calientes, viscosas por el polvo... Parecían coágulos...
_Tenemos suerte.
Favalli, experto y siempre técnico, recogía algo de entre los escombros al pie de la
columna de alumbrado.
_La radiactividad no ha aumentado prácticamente nada.


Vaya a saber cómo, Favalli había encontrado un contador Geiger. Alcancé a verlo, era el
modelo usado por los policias neoyorkinos; adiviné que él lo había sacado a algún agente
muerto entre los escombros.
_Por aquí _el capitán Timer habló con voz quebrada: el horror de lo que acababa de
suceder empezaba a penetrarle el cerebro; seguro que todavía se resistía a creer que aquel
Nueva York que viéramos desde lo alto, ya no existía más, que no era otra cosa que un tétrico y
desolado montón de ruinas y de muerte.
_Por aquí... _repitió el capitán Timer.
Ahora tenía una linterna. El haz de luz penetró hasta bastante distancia a través del
humo. Vimos la calle convertida en un camino cubierto de escombros; el haz de la linterna saltó
a los lados, tembló: no había paredes, no había edificios, nada...
_El Comando Central... _el capitán Timer se aferró a la idea.
Seguramente estaba adiestrado para un momento como aquel; le habían enseñado que,
de producirse el ataque atómico, los sobrevivientes debían reagruparse en torno al Comando
Central, pues se descontaba que éste, por su posición en las entrañas de la tierra, resistiría
cualquier ataque...
_El Comando Central... _el capitán Timer, tropezando, cayendo, avanzó por entre los
escombros hacia el fondo de la calle.
Favalli y yo lo seguimos, no era mucho lo que podíamos hacer.
Más escombros. Hubo que trepar un gran pozo de mampostería; bajé, pisé entre otros
escombros, algo blanco, todavía tibio. Aparté la mano con horror. Toqué en seguida algo duro,
metálico, debía ser una bicicleta... Seguí a Favalli, que gruñía algo a pocos pasos delante de
mí.
De pronto, él y Timer se habían detenido. Los alcancé. La linterna apuntaba ahora hacia
abajo. A pesar de toda mi experiencia, debí contener el aliento.
Estábamos en el borde de un cráter. Un cráter inmenso, de no sé cuántas cuadras de
extensión. De una profundidad imposible de precisar, porque el haz de luz no llegaba... Aquí y
allá, en pantallazos, vi blanquear trozos de cemento, vi brillar chapas de acero, adiviné que
habían sido las paredes reforzadas del Comando Central. De algún lugar indeterminado llegaba
el rumor sordo de una cascada de agua que estaba llenando el cráter; pronto quedaría
convertido en un gran lago.
_El Comando Central... _el capitán Timer miró a Favalli, luego a mí, como buscando
ayuda. Todo lo que lo había sostenido hasta entonces desaparecía: las bases de la disciplina,
incluso las bases del coraje...
Y no estaba adiestrado para aquello.
Favalli lo palmeó, lo hizo volverse:
_Ahora tenemos que... _Favalli dejó la frase en el aire, tuvo que interrumpirse: desde
lejos nos llegaba un extraño repiqueteo...
Supe en seguida lo que era.
_Tiros... En alguna parte se está combatiendo...
_Sí... _asintió Favalli_. Mejor nos...
Tampoco ahora terminó. Un nuevo tiroteo se sentía a lo lejos, ahora en otra dirección...
De pronto escuchamos un gran vocerío distante, como un gran mar embravecido.
_Hay pánico por algún lado...
Favalli habló con voz opaca; había mucho de aterrador en la desolación que nos
rodeaba, en la terrible violencia de la explosión, de la que eran mudos testigos los gigantescos
escombros, en los tiroteos, en el vocerío distante. Como si de pronto nos hubiéramos visto
envueltos por un inmenso, brutal huracán de violencia y de muerte, huracán ante el cual nada
podíamos hacer.
_Menos mal que hay ninguna radiactividad... _Favalli trataba de aferrarse a algo para
no perder la razón_. Los Ellos han usado un proyectil "limpio".
También yo traté de no pensar, también yo traté de que el cerebro se ocupara de algo
inmediato para no enloquecer:
_Raro que no llegaran antes otros proyectiles... Nueva York, hasta ahora se había ido
salvando.
_Este no es el primer ataque que sufrimos. _El capitán Timer pareció agradecer la
oportunidad de hablar de algo concrto, de no pensar en la incalculable catástrofe en que
estábamos sumergidos._ Nuestros científicos habían levantado en la frontera un verdadero
cinturón de ondas electromagnéticas... Era el sistema supersecreto en que se basaba nuestra
defensa durante la guerra fría contra Rusia. El cinturón de ondas electromagnéticas funcionó
bastante bien; fueron más de veinte los cohetes anulados en pleno vuelo... Fue el mismo
cinturón de ondas el que salvó a las grandes ciudadesde la nevada mortal que cayó en otras
partes del mundo.
_¿Nueva York también fue atacada por la nevada mortal? _Favalli había echado a
andar por entre los escombros; Timer y yo lo seguíamos. Cualquiera, al oírnos hablar, nos
habría confundido con tres paseantes...
_Sí, Nueva York fue atacada por la nevada mortal. Pero, como les decía, el cinturón de
ondas electromagnéticas desintegró en la alta atmósfera los copos radiactivos. Ni una sola
partícula cayó a la Tierra.
_¿Y ahora?¿Qué ha pasado para que de pronto el cinturón de ondas haya dejado de
funcionar, para que haya podido pasar el proyectil?
El capitán Timer nos miró con expresión desolada, como si él tuviera la culpa de algo. El
no podía saber lo ocurrido, pero no era difícil adivinarlo: la técnica de los Ellos era demasiado
avanzada; no les habría sido difícil encontrar la manera de anular la barrera de ondas
electromagnéticas y destruir Nueva York con un proyectil.
Me estremecí: si los Ellos podían anular a voluntad las defensas, ahora podían repetir el
impacto cuantas veces quisieran. Nos sería muy difícil sobrevivir ante un nuevo ataque.
No dije nada a mis dos compañeros, pero seguro que pensaron lo mismo. Los tres
apuramos el paso, comenzamos a correr lo más rápido que nos permitían los escombros.
El cansancio de la carrera se hizo pronto angustioso: era irracional moverse así; para
estar a salvo de un nuevo proyectil deberíamos desplazarnos quizás a decenas de kilómetros
desde donde estábamos. A la velocidad que corríamos, apenas si extremando el esfuerzo
resistiríamos un par de miles de metros...
De pronto, el vocerío que habíamos oído antes se hizo más cercano hasta que a una
cuadra los vimos: era una multitud enloquecida escapando por un boquete abierto entre los
escombros. El resto de un letrero metálico nos indicó de donde salían: era gente a la que la
explosión había soprendido viajando en subterráneo.

Más tiros; ahora, próximos. Alguna explosión ahogada. Por entre los restos mutilados de
alguna construcción todavía en pie vimos alzarse un humo negro, con llamas rojizas en la base:
empezaban los incendios...
Seguimos corriendo; se podía avanzar en cualquier dirección; habían desaparecido las
calles, tropezábamos en un mar de escombros que cedían bajo nuestros pies; varias veces
caímos, nos lastimamos, la fatiga nos ahogó... Pero igual seguimos escapando.
Se levantaban ráfagas de un viento arrasador y a pantallazos podíamos ver hasta varias
cuadras de distancia.
_La nube atómica empieza a desintegrarse _dijo Favalli.
Me irritó su esfuerzo por explicarlo todo. ¿No era preferible abandonarse al pánico, no
pensar más en nada?
"Habría sido mejor que nos capturaran, que nos convirtieran en hombres robots", pensé.
El esfuerzo de la carrera me rendía, me dolía todo el cuerpo, el pecho me estallaba. "Todo
habría terminado ya para nosotros; estaríamos tranquilos. Y..."
Un destello verdoso me interrumpió; choqué con Favalli, que también se paró
bruscamente.
Miramos aturdidos en derredor: por todas partes reinaba una claridad verde, muy
intensa.
_¡Miren! _el capitán Timer señalaba hacia arriba y a un lado.
Allá, por entre el humo y las oscuras volutas de la nube atómica, resplandeciendo como
una fabulosa joya, descendía una especie de enorme burbuja deforme y fosforecente.
De contorno cambiante, como si estuviera hecha de material plástico, tenía en la parte
media una serie de oscuros círculos metálicos que brillaban grises, amenazantes: pensé en la
línea de cañones de algún viejo buque de guerra.
Comparándola con los restos de edificios cercanos, la burbuja era enorme, fuera de la
dimensión de cualquier vehículo humano. No tengo idea de cómo se desplazaba, sólo sé que la
parte inferior aparecía envuelta en una nube de vapor blanquecino.
Y no pude seguir mirándola porque ya Favalli me tomaba del brazo y me empujaba
hacia un lado:
_¡Vamos!... ¡Escondámonos allí! -dijo señalando lo que quedaba del esqueleto de una
casa.

Corrimos detrás de Favalli y pronto estuvimos en el esqueleto; trepamos por una
escalera de incendio, asombrosamente intacta, hasta el segundo piso. Desde allí volvimos a
mirar a la burbuja.
Ya había terminado de descender: patas cortas, macizas, seis en total, la sostenían
sobre los escombros a un par de metros de altura. Había mucho vapor en la parte inferior, pero
vimos un par de grandes escotillas que se abrían para extender lo que parecieron anchas
escaleras. Por ella vimos descender lo que a la distancia nos pareció un diminuto río oscuro...
_Hombres robots _murmuró Favalli.
Sí, eran centenares, miles de hombres robots que salían de la burbuja y se esparcían
por el sendero de escombros, en pequeños grupos de diez o quince; todos bien armados
cargados además con extraños bultos: llevaban, sin duda, desarmadas, distintas partes de las
instalaciones de los Ellos.
_¡Es una invasión! _exclamó el capitán Timer mirando con ojos desorbitados.
Estaba sucio de polvo, sudoroso y anhelante por la carrera, trabajado el rostro por los
dedos torpes del terror...Pero no lo compadecí ni sentí desprecio: seguro de que mi rostro no se
diferenciaba en nada del suyo.
_Sí, es la invasión _asentí_. ¡Nueva York empieza a padecer lo mismo que Buenos
Aires!... ¡Lo mismo que quién sabe cuantas otras ciudades!
_Pronto estarán por este lado las primeras avanzadas...
Sí, había que pensar en reanudar la huida, ahora en otra dirección, para alejarnos del
centro de la invasión.
_Tranquilos... _Hubo una inesperada nota de alivio en la voz de Favalli..._Si los Ellos
están aquí, quiere decir que no caerán nuevos proyectiles... Es un consuelo.
Timer y yo tardamos en comprender, pero Favalli tenía razón. Ya teníamos experiencia
en lidiar con los hombres robots; era mil veces preferible luchar contra ellos que estar expuestos
al estallido de algún proyectil.
_¡Miren la burbuja! _gritó Favalli señalando la extraña nave.
La burbuja había sufrido un inesperado cambio: de la parte superior le crecía, con
increíble rapidez, un larguísimo tallo metálico, muy derecho, que subía y subía, rematado por
una esfera erizada en puntas.
Era fascinante ver crecer aquella increíble antena; en pocos segundos llegó a más de
quinientos metros de altura.
Mientras, otras escotillas se abrían en los flancos de la burbuja: como abejas de una
colmena, comenzaron a salir pequeños vehículos aéreos, de contornos irregulares, que se
parecían extrañamente a tantas ilustraciones de platos voladores que viera en los diarios y
revistas de hacia cinco o seis años.
Eran vehículos velocísimos que rápidamente ganaban altura, lanzándose hacia el dosel
de humo espeso que todavía colgaba en jirones desde lo alto.
_No será tan fácil escapar... _El capitán Timer habló con voz estrangulada; le costaba
mantener el control._ De alguna manera nos verán; seguro que nos atacarán...
_La cuestión es no dejarse ver.
Favalli, instintivamente, se apretó contra la columna de cemento, y Timer y yo nos
parapetamos contra el piso, como si ya algún Ellos pudiera estar observándonos.
Hubo un destello vivísimo en lo alto y un estampido ensordecedor que hizo retumbar la
estructura de cemento.
_¡Estalló uno de los platos! _dijo Favalli señalando hacia un lado.
Miré y vi una bola de fuego suspendida allá arriba; ya caían fragmentos brillantes, como
de vidrio.
Un poco más allá centelleó una súbita línea de fuego, como la ráfaga de una bala
trazadora que hizo impacto en otro de los platos.
Un nuevo destello vivísimo, otra explosión ensordecedora.
_¡Estupendo! _Favalli, olvidando por un momento toda precaución, se asomó afuera
tratando de descubrir desde dónde venían los proyectiles._ Desde alguna parte los están
contraatacando.
No había terminado Favalli de hablar cuando una luz roja nos buscó de pronto. La esfera
erizada de puntas en lo alto de la larguísima antena se acaba de encender. De cada punta
partía un haz de luz rojiza; era como si de pronto se hubiera abierto una enorme sombrilla de luz
que protegiera a la burbuja y a una vasta zona circular, dentro de la cual veníamos a quedar
también nosotros.
Otros estallidos, otros estampidos. Pero ahora afuera de la sombrilla.
_También los Ellos disponen de defensas electromagnéticas... _murmuró Favalli,
tragando saliva, desalentado._Todo lo que está dentro del cono de luz roja ha quedado
invulnerable a los ataques desde afuera.
_¿De qué te sorprendes, Fava? ¿Acaso no sabes de sobra de lo que son capaces los
Ellos? ¿Cómo pudiste imaginar que con simples cohetes antiaéreos los íbamos a vencer?
No sé de dónde saqué tanta calma para reprocharle así: quizá el cansancio; tal vez el
hábito de que siempre salíamos derrotados, de vivir de prestado, siempre en el filo mismo de la
muerte y de la destrucción definitiva me anestesiaba la sensibilidad permitiendo que mi cerebro
funcionara con calma.
_¡Vienen!
El capitán Timer señalaba ahora hacia abajo.
También yo los vi, demasiado cerca ya, corriendo, saltando por entre los escombros:
una partida de diez hombres robots, armados de fusiles automáticos, de bazookas, cargados
con varias cajas blindadas.
Ninguno de ellos miraba hacia arriba; todos tenían demasiado concentrada la atención
en los escombros que pisaban, para evitar las caídas.
_Pero... ¿quiénes son? _preguntó Timer.
Habíamos olvidado que Timer estaba completamente en ayunas sobre los hombres
robots.
_Son hombres capturados por los Ellos...- comencé.
Le expliqué sintéticamente el horror de la teledirección.
_Yo fui un hombre robot _intervino Favalli_. Confieso que preferiría morir a tener que
repetir la experiencia.
_Debe de ser atroz... Ahora les veo el aparato en la nuca.
Sí, ya los hombres robots pasaban debajo de nosotros, ya podíamos verles los
dispositivos de telecomando.
_Si no nos ven... _comencé a decir.
_¡Nos están rodeando! _gritó Timer, incorporándose, repentinamente fuera de sí_. ¡Y
nosotros dejándonos envolver sin intentar nada!
_¡Cállese! _Favalli trató de convencerlo, pero un violento empellón lo hizo a un lado.
Timer alzó su metralleta, apuntó a los hombres robots.
Pero yo no vacilé: Timer me había olvidado, me estaba ofreciendo la nuca.
Le di con todo. Un puñetazo rabioso que me hizo doler la muñeca.
Se desplomó sin un quejido.
Favalli y yo nos incrustamos contra el cemento.
Uno, dos minutos de espera ansiosa.
Favalli se asomó de a poco...
_No nos descubrieron... _resopló aliviado.
También yo me asomé. En pequeños grupos, seguían desfilando los hombres robots
bajo nosotros. Armados con metralletas, con fusiles; algunos traían armas cortas, de cañón
grueso, que nunca había visto antes:
_¿Y eso, Fava? ¿Qué armas son?
_Lanzagranadas, Juan. Modelo nortamericano con proyectiles de 40 mm.
Hablábamos con tono impersonal, como si comentáramos una película en la que
nosotros mismos no tuviéramos nada que ver. Era tanta ya la costumbre que teníamos del
peligro, de la muerte tan próxima.
_¿Qué hacemos, Fava? Si nos movemos, nos pescan.
_No tenemos necesidad de movernos. Esperaremos a que oscurezca. Quizá entonces
los Ellos levanten la barrera de ondas y podamos escapar. Todo depende de que los hombres
robots no nos descubran. Y de que...
_¡Cuidado!
Demasiado tarde.
Ya Timer había reaccionado, ya estaba de pie, en el borde del piso de cemento, ya
apuntaba hacia los hombres robots.
Restalló la metralleta.
Dos hombres robots se encogieron, cayeron.Otros saltaron a un lado, se parapetaron
tras los escombros, apuntaron hacia el capitán.
Ahora habló la metralleta de Favalli: eran ya inútiles las precauciones, había que "cubrir"
a l capitán y yo también disparé.
Pero Timer estaba demasiado expuesto y tres balazos lo alcanzaron en rapidísima
sucesión.
Soltó la metralleta, dio un paso atrás... Se repuso, avanzó... Perdió pie...
Y cayó al vacío.


Con ruido seco, los proyectiles de los hombres robots seguían dando contra el cemento;
con los balazos que pasaban por todas partes, apenas si Favalli y yo podíamos disparar con
alguna precisión.
Alcancé a ver un hombre robot apuntando con una lanzagranada.
_¡Cuidado, Fava! ¡Una granada! ¡Agáchate!
La granada golpeó contra el techo de cemento, cayó detrás de Favalli, estalló...
El intenso fogonazo y luego nada más.
............


.................................................
Desperté en un mar lechoso.
Luz sin focos, que venía de todas partes.
Traté de moverme pero no pude.
No, no estaba herido; al menos no me dolía nada. Y estaba lúcido.
Una silueta apareció encima de mí, un rostro humano se me acercó.
¿Rostro humano?
Frente alta, ojos hondos. Una mano de dedos múltiples sostenía algo que no pude ver
bien...
¡Era un mano!
Sacudido por el pánico, hice un esfuerzo desesperado por huir. Pero no pude mover ni
un dedo.
El mano me sonrió; recordé, como en un pantallazo, al mano que nos capturara en las
Barrancas de Belgrano hacía... ¿cuánto?: ¿semanas?¿siglos?
Pero en seguida dejé de ver al mano.
Todo lo que vi fue el aparato que sostenía entre los dedos.
Lenguas aceradas, que se adivinaban agudísimas.
Un aparato de telecomando: iban a convertirme en hombre robot.
Dedos múltiples sosteniéndome la cabeza, tanteándome ya la nuca.
Grité sin un sonido, la boca cerrada.
Me soltó la cabeza.
Se enderezó, miró a un lado.
Un zumbido entrecortado, a intervalos desiguales.
"Debe de estar recibiendo instrucciones", pensé. "¿Tendré ya en la nuca el
telecomando? Favalli dijo que se sufría tanto... Yo no sentí nada... Ni...
El mano se volvió hacia mí.
Tenía el telecomando todavía entre los dedos.
"No soy un robot...", pensé.
El mano meneó la cabeza, dejó a un lado el telecomando y trajo una banda
transparente.
Comenzó a envolverme los pies.
Sí, empezó a vendarme como si fuera una momia. Para hacerlo tuvo que ladearme, y
ahí creí que el corazón se me detenía: allí a un metro de distancia, estaba Favalli, vendado ya
de la cabeza a los pies. Momia extraña de algún rito incomprensible. Me miró con ojos
aturdidos, aterrados. Como yo lo estaba mirando a él, seguro.
El mano seguía envolviéndome.
Pensé en una araña monstruosa envolviéndome en "tela", haciendo un paquete para
devorarlo después.
"¿Para qué nos reservan?¿Que harán con nosotros?"
Estábamos inmovilizados, nos vendaban ... ¿Era para que no muriéramos?¿Para
observarnos?
"Hay avispas que paralizan arañas para poner sobre ellas los huevos. Así, cuando salen
las larvas, encuentran abundante alimento a su disposición..."
¿Qué sabíamos de la biología de los manos?¿Qué sabíamos de los Ellos? ¿Qué
sabíamos acerca de por qué invadían la Tierra?
Ya concluía el mano. Ya me vendaba el rostro. Pude seguir viendo porque la venda era
finísima.
El mano desapareció por unos momentos y volvió con algo que me pareció la mitad
alargada de una cápsula transparente.
Me metió adentro, cerró con otra tapa igual. Hizo lo mismo con Favalli.
"Ataúdes".
¿Era, finalmente, la muerte? Quién sabe por qué no servíamos como hombres robots.
Se deshacían de nosotros...
Raro, pero sentí un alivio enorme. Sólo entonces supe cuán cansado estaba. Sí, mejor
terminar cuanto antes.
Un dolor atravesándome de lado a lado; estaba pensando en Elena, en Martita...
También ellas habían pasado por lo mismo... Elena, Martita... Elena, Martita...
Algo nos movió, nos alzó con cápsula y todo. Alcancé a verlo: era un enorme brazo
articulado que nos llevaba, suspendidos en el aire.
De pronto, la burbuja gigantesca. La cosmonave que descendiera sobre las ruinas de la
atomizada Nueva York.
Una gran boca se abrió a un lado de la burbuja y por allí nos introdujo el brazo
articulado.
Nos recogió una cinta transportadora que nos dejó en un recinto de paredes
transparente. Recinto extraño, de ángulos desiguales.
"¿Nos ultimarán aquí...? Pero... ¿se tomarían tanto trabajo si sólo se trata de
ultimarnos?"
Un mano en un extremo del recinto. Manejando palancas, apretando diales de formas
absurdas,
Hubo un aullido prolongado, un sacudón, como un ascensor que arrancara de pronto, y
se me nubló la vista. Por un momento no pude ver nada.
Cuando recuperé la visión no había casi luz.
Por las paredes transparentes se veían las estrellas, millones de estrellas que perforaban
una negrura profunda, de terciopelo.
A un lado, un gran globo iluminado a medias.
Por entre un colchón de nubes reconocí el dibujo de una punta: Sudamérica... Era la
Tierra...
Estábamos en el espacio, alejándonos más y más...
Era difícil no creer que aquello no le pasaba algún otro. La Tierra, como un gran globo
terráqueo iluminado a medias y envuelto en nubes, se iba yendo, yendo, yendo...
Hasta que se redujo al tamaño de una naranja, y luego fue una pelota de ping-pong, y
luego fue un punto más entre tantos que brillaban contra el espacio negro, y pronto desapareció
del todo...
Pero no pudimos reflexionar sobre todo aquello: un aroma acre saturó el aire, sentí que
los ojos me lloraban... Nada más.

Desperté a la luz de un sol violáceo.
Ninguna venda me ceñía el cuerpo, tenía los miembros libres, respiraba con facilidad.
Sentía la cabeza como si hubiera bebido alcohol; no mucho, pero lo suficiente...
Favalli, siempre a mi lado. Los dos en una especie de banco duro, con respaldo.
Había otros hombres a nuestro alrededor, algunos ya de pie. Rostros desconcertados,
ninguno con demasido temor: habíamos visto tanto que ya nada nos sorprendía, ya el miedo era
costumbre.
Nubes bajas, de contornos duros. Paisaje árido, con rocas lisas, cortadas a grandes
planos. Parecían inmensos cristales. ¿Serían artificiales?
Antenas extrañas, muy altas, limitaban el lugar donde estábamos.
"Supe" que estábamos encerrados, que aunque quisiéramos no podríamos escapar.
Ondas invisibles harían las veces de muralla.
De entre dos rocas se alzó como una escotilla de metal, y subió una platafoma,
también metálica, negra. En la plataforma estaba ya instalado un mano, sentado ante un
complicado tablero. Me pareció estar otra vez en la glorieta de las Barrancas de Belgrano,
esperando que me colocaran en la nuca el aparato que me convertiría en un hombre robot.
_¿Qué te parece que nos harán, Fava?
_No tengo ni idea, Juan...
_¿Nos convertirán en hombres robots?
_No lo creo... Ya lo habrían hecho apenas nos capturaron, allá en la Tierra... ¿Para qué
se tomarían el trabajo de traernos hasta aquí?
"¿Hasta dónde?"
Quise seguir preguntando pero ya el mano estaba hablando, y cuando habla un mano
hay que escuchar...
_Como ya lo saben por experiencia propia, la vida es dura, muy dura en la Galaxia...
Ustedes, en la Tierra, han vivido alejados de todo. La vida para ustedes ha sido fácil, demasiado
fácil. La Tierra ha tenido el enorme privilegio de vivir aislada. Pero la suerte de la Tierra se
terminó. Desde que el Enemigo ocupó los planetas del Alfa del Centauro, la Tierra, igual que
los demás planetas del Sol, se ha convertido en lugar de enorme valor estratégico. Por eso se
decidió la invasión de la Tierra... para que el Enemigo no la ocupe.
_Algo así como la invasión de Noruega por Alemania _gruñó cerca mío un hombre de
rostro afilado_. Para que los aliados no la ocuparan.
_La Tierra fue invadida de urgencia, por eso la invasión no fue todo lo contundente que
debía ser ... Por eso están ustedes aquí, todavía vivos..._ los ojos del mano nos escrutaron;
ojos duros, agudos, muy diferentes a los de aquel mano que conociéramos en Buenos Aires.
_Pero siempre sacamos algo útil de los tropiezos _continuó el mano_. La lucha en la
Tierra sirvió para demostrarnos que hay hombres que pueden sernos muy útiles en la lucha
contra el Enemigo. Sobre todo para luchar contra él en planetas de condiciones naturales
similares a las terrestres...
_En otras palabras, está pensando en usarnos como mercenarios, ¿eh? _el hombre
de rostro afilado se rió con risa seca.
_No exactamente. Los mercenarios pelean por dinero. Ustedes pelearán para no morir.
Aquellos de entre ustedes que se nieguen a luchar contra el Enemigo serán muertos en el acto.
_No se lucha por miedo... ¿Qué clase de soldados seremos entonces?
_De acuerdo, no se lucha por miedo. Pero sí se lucha por sobrevivir. Justamente por
eso están ustedes aquí. No los hemos convertido en meros hombres robots porque ustedes han
demostrado iniciativa, capacidad de resistencia, un fabuloso deseo de vivir... Cada uno de
ustedes fue capturado después de mucha lucha, y algunos _ aquí el mano nos miró a Favalli y
a mí_ han sido capaces de sobrevivir en circunstancias increíbles. Por eso están ustedes aquí:
porque demostraron ser los mejores entre los terrestres.
_No deja de ser un consuelo... _otra vez la risa sca_. ¡Hemos llegado a las finales!...
Pero _agregó, levantando la voz_:¿cómo haremos para pelear si no sabemos por qué lo
hacemos ni contra quién?
_El porqué no les interesa. Básteles saber que hay que luchar. Los Ellos están trabados
en lucha mortal contra el Enemigo, que comenzó ya la invasión de la Galaxia. Nosotros los
manos, como ustedes los hombres, nos debemos a los Ellos. Por eso peleamos.
_No aclara mucho las cosas, ¿verdad? _hubo sarcasmo y a la vez una rabia loca en la
voz del hombre de la cara afilada, le temblaban los labios al hablar_. Los hombres, después
que nos han arrasado la Tierra, nos debemos a los Ellos... ¿Quiénes te crees que somos?
¿Superesclavos? Yo no pienso mover un dedo a favor de los Ellos.
_¿No?
_¡No!
Un silencio. El mano miró al hombre con ojos calmos, como pensándolo.
_Adelántate.
_No.
_Es igual.
El mano apretó una tecla.
El hombre fue empujado hacia adelante por algo a la vez invisible e irresistible.
_¿Qué opina tu compañero? _el mano miró al vecino del hombre de la cara afilada,
un petiso rechoncho, de aspecto insignificante.
_Este.... yo... _el hombrecillo trató de decir algo, pero no pudo.
_Tranquilo, José _el otro trató de calmarlo_. Llegamos al fin del camino, eso es todo.
Y en cierta manera mejor que sea así.
Otra vez apretó el mano la tecla. El hombrecillo fue empujado hacia adelante, quedó
lado a lado con el otro. El mano volvió a mirar a éste:
_¿Quién te crees que eres?¿Acaso un Dios? Por última vez: ¿pelearás o no por los
Ellos?
_¡No!
_El mano meneó la cabeza. Apretó otra tecla.
Una vibración en una antena, un relámpago: el hombre del rostro afilado y su compañero
abrieron la boca, una luz cruda los iluminó por un instante, en seguida sólo se vio la luz, los dos
ya no estaban, apenas si humeaba algo sobre el suelo rocoso...
El hombre de la cara afilada y su compañero habían sido desintegrados...
_Bien, ¿algún otro se opone a pelear contra el Enemigo?
Pero pensé en Elena, en Martita. Me contuve.
Habría que seguir el ejemplo. Aquel hombre había muerto fiel a sí mismo, muy digno.
También Favalli se contuvo.
Supe por qué lo hacía: la muerte-gesto cuando no puede dar fruto, es más fuga que
coraje.
_¿Ningún otro se opone a pelear contra el Enemigo? _preguntó el mano.
Ninguno se movió.
_Bien. No les explicaré más, Porque por ahora no es necesario; sería perder el tiempo.
Porque sólo unos pocos de entre ustedes podrán luchar contra el Enemigo.
Tragué saliva, y no debí ser el único, porque el mano contuvo una sonrisa.
_No se lo esperaban, ¿eh? Sin embargo, ya les dije que la vida en la Galaxia es dura,
muy dura, como no lo imaginaron nunca los habitantes de la Tierra...
Ni sombra ya de la sonrisa en los labios del mano.
_Necesitamos guerreros. Pero sólo nos interesan los mejores. Sólo los mejores pueden
recibir nuestras armas. Ustedes demostraron al sobrevivir, al luchar contra nosotros, ser los
mejores en la Tierra. Ahora procederemos a elegir a los mejores entre ustedes... Veamos... _el
mano recorrió con la vista una especie de tablilla_, son ustedes en total uno quinientos
hombres... Nos quedaremos sólo con cien... Es decir, con uno de cada cinco.
Miré a Favalli, el me miró a mí. ¿Cómo harían la selección?¿a qué destino darían a los
terrestres que no fueran elegidos?...
_Casi todos ustedes _explicaba ya el mano_ han sobrevivido actuando en parejas.
Según parece la asociación más eficiente es un grupo de dos...
"Ninguna mujer entre los elegidos", pensé, recién se me ocurría. "¿Por qué será?
_Mantendremos las parejas que ustedes mismos han formado. Los que están solos
elegirán compañeros de lucha. Las parejas serán agrupadas en series de cinco. Cada serie de
cinco parejas recibirá la consigna de dominar determinado asteroide. La pareja que resulte
dominadora será la elegida.
Tardé en comprender. Tampoco otros entendieron, alguno preguntó:
_No lo veo claro...¿Quiere decir que cada grupo de cinco parejas tendrá que llegar
primero a cierto asteroide?
_No. He dicho "dominar"; por dominar se entiende quedar dueño absoluto. Cada pareja
de la serie recibirá los medios para llegar al asteroide y luchar en él. La pareja que venza a
todas las otras, que "domine"en el asteroide, será la elegida.
_¿Qué quiere decir con "que venza a las otras"? _Favalli preguntó con voz hostil.
_Que las mate. Eso quiere decir. Nada de abandonos, de rendiciones: matar o morir.
Quedé aturdido. Busqué el apoyo de Favalli, pero estaba mirando el suelo. También en
los demás hubo desconcierto, se miraron sin comprender. O comprendiendo ya demasiado.
Para ser elegido había que matar a las otras cuatro parejas ...
Favalli alzó la cabeza. Me miró como nunca lo hiciera antes. Enderezó los hombros y
avanzó
_Me opongo _dijo con voz calma_. No mataré a otros hombres para salvarme.
No sé cómo lo hice, avancé, me puse al lado de Favalli.
_También yo me opongo.
_¡Y nosotros! _otra pareja se adelantó.
Sin hablar, otras parejas nos imitaron. Más de una tercera parte se negaba a tomar parte
en la prueba.
_Ya viste lo que les pasó a los otros dos _el mano miró a Favalli con ojos helados_.
¿Quieres que te pase lo mismo a ti? ¿A ti y a tu compañero?
_Acepto pelear contra el Enemigo si no hay otro remedio _Favalli contestó con voz
entera, aunque algo cansada_. Pero nunca mataré a otro hombre, a sabiendas, para salvarme.
Precisamente, si acepto pelear contra el Enemigo es porque pienso que de alguna manera con
ellos serviré al género humano. Pero si el precio es luchar contra otros hombres, ya no puedo
hacerlo.
_Bien, todos los que piensan como éste que se agrupen allí.
Un momento más y quedamos divididos en dos grupos. Por un lado los que nos
oponíamos a matar a otros hombres. Por el otro, los más, los que sólo pensaban en su propia
subsistencia...
_Bien... la selección se va simplificando...
El mano nos sonrió.
Extendió la man sobre el teclado que tenía delante y hubo com una ola de dedos
apretando teclas.
Una luz en la antena.
Miré a Favalli. Sonreí también yo.
Más violenta la luz.
Un destello vivísimo.
Lentamente se fue apagando la luz.
Favalli me miró como desconcertado. También los otros se miraban aturdidos... No nos
había pasado nada...
El otro grupo, el que sólo había pensado en subsistir, no era más que un manchón de
restos que humeaban sobre el suelo rocoso.
--Bien _el mano sonrió, enigmático_. De un golpe eliminamos de la selección a todos
los sobrevivientes por puro instinto. Quienes nos interesan son los que lucharon, los que se
salvaron por algo, no sólo por cuidar el pellejo. Seguiremos con la selección . Pero _aquí se le
acentuó la sonrisa_, introduciremos un pequeño cambio en el método ... Tendrán que luchar
sí, para demostrar ser elegibles . Pero no pelearán contra otros seres humanos. Pelearán contra
seres de otros planetas. La invasión a la Tierra no ha sido la única, la cosecha de sobrevivientes
en otros planetas ha sido también grande, debemos elegir con cuáles nos quedaremos. Cada
pareja de hombres luchará contra tres parejas de seres extraterrestres... ¿De acuerdo?
Aquello cambiaba todo. O no: ¿qué más daba, luchar contra alguna fiera, contra algún
monstruo proveniente de otro planeta?
Todos debieron pensar lo mismo, ninguno se opuso ya...



 

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