Los escultores de nubes de Coral D Por J. G. Ballard








Durante todo el verano los escultores de nubes venían de
Vermilion Sands y volaban con sus planeadores pintados por
encima de las torres de coral que se levantaban como pagodas
blancas al lado de la carretera de Lagoon West. La torre más
alta era Coral D, y allí un montón de cúmulos blancos,
parecidos a cisnes, dominaba el aire que subía de los
arrecifes de arena. Alzados por los hombros del aire sobre la
corona de Coral D, tallábamos caballos marinos y unicornios,
retratos de presidentes y de estrellas de cine, lagartos y
pájaros exóticos. Mientras la gente miraba desde los coches,
caía sobre los techos polvorientos una lluvia fresca,
lágrimas de las nubes esculpidas que navegaban atravesando el
suelo del desierto hacia el sol.
De todas las esculturas de nubes que habríamos de
tallar, las más extrañas fueron las de Leonora Chanel. Al
recordar esa tarde del último verano, cuando apareció ella en
su limousine blanca para mirar a los escultores de nubes de
Coral D, sé que casi no nos dimos cuenta de la seriedad con
que esa mujer hermosa pero demente observaba las esculturas
que flotaban por encima de ella en ese cielo sereno. Más
tarde sus retratos, tallados en el torbellino, llorarían
lágrimas de tormenta sobre los cadáveres de los escultores.


Yo había llegado a Vermilion Sands hacía tres meses. Piloto
retirado, me estaba acostumbrando a una pierna rota y a la
perspectiva de no volar nunca más. Un día fui en coche al
desierto, y me detuve cerca de las torres de coral en la
carretera de Lagoon West. Mientras contemplaba esas inmensas
pagodas varadas en el lecho del mar fósil, oí una música que
salía de un arrecife de arena, a unos doscientos metros de
distancia. Balanceándome sobre las muletas atravesé la arena
resbaladiza, y encontré entre las dunas una cuenca poco
profunda donde unas estatuas sónicas se habían echado a
perder al lado de un estudio en ruinas. El propietario se
había ido, abandonando el edificio parecido a un hangar a las
rayas de arena y al desierto, y obedeciendo a un impulso vago
comencé a visitar ese lugar todas las tardes. Con los tornos
y las vigas que habían quedado construí las primeras cometas
gigantes, y luego planeadores con cabina. Atados con cables,
flotaban allí arriba en el aire de la tarde como cifras
amistosas.
Un anochecer, mientras enrollaba los cables de los
planeadores con el cabrestante, se desató un ventarrón sobre
la cresta de Coral D. Me esforzaba por sujetar la manija
enloquecida, tratando de anclar las muletas en la arena,
cuando se acercaron por el suelo del desierto dos figuras.
Una era un jorobado pequeño, de ojos infantiles demasiado
brillantes y mandíbula derforme, torcida hacia un lado como
la lengeta de un ancla, que se escabulló hasta el
cabrestante, apartándome de un empellón con hombros fuertes,
e hizo bajar los andrajosos planeadores hasta el suelo. Me
ayudó a ponerme las muletas y espió en el hangar, donde
tomaba forma mi planeador más ambicioso hasta el momento, no
una cometa sino un avión velero con elevadores y cuerdas de
control.
El jorobado abrió una mano grande sobre el pecho.
--Petit Manuel... acróbata y levantador de pesas. ¡Nolan!
--vociferó--. ¡Mira esto! --Su compañero estaba en cuclillas
al lado de las estatuas sónicas, retorciéndoles las hélices
para que sonaran mejor las voces.-- Nolan es un artista --me
confió el jorobado--. Le fabricará planeadores como cóndores.
El hombre alto caminaba entre los planeadores,
tocándoles las alas con manos de escultor. Tenía ojos
malhumorados en un rostro de boxeador aburrido. Echó una
mirada a mi pierna enyesada y a mi descolorida chaqueta de
aviador, y señaló los planeadores. --Les ha puesto cabinas,
comandante. --En la observación había una total comprensión
de mis motivos. Señaló las torres de coral que subían a
nuestro lado hacia el cielo del anocher.-- Con yoduro de
plata podríamos tallar las nubes.
El jorobado me hizo una seña alentadora, los ojos
encendidos por una astronomía de sueños.


Así se formaron los escultores de nubes de Coral D. Aunque me
consideraba uno de ellos, nunca volé en los planeadores, pero
les enseñé a volar a Nolan y a Manuel, y más tarde, cuando se
unió al grupo, a Charles Van Eyck. Nolan había encontrado a
ese pirata rubio de las terrazas en Vermilion Sands, un
teutón lacónico de ojos duros y boca débil, y lo había
llevado a Coral D cuando terminaba la estación y los turistas
prósperos y sus hijas núbiles regresaban a Red Beach. --Mayor
Parker... Charles Van Eyck. Es un cazador de cabezas
--comentó Nolan con humor frío--, ...cabezas de doncellas.
--A pesar de la incómoda rivalidad que había entre ellos, me
di cuenta de que Van Eyck le daría a nuestro grupo una útil
dimensión de glamour.
Desde el comienzo sospeché que el estudio en el desierto
pertenecía a Nolan, y que estábamos todos al servicio de
algún capricho personal de ese solitario de pelo negro. Pero
en ese momento yo estaba más preocupado por enseñarles a
volar: primero con un cable, para dominar los ascendentes
movimientos de aire que barrían la cúspide enana de Coral A,
la torre más pequeña, luego las pendientes más inclinadas de
B y C, y finalmente las poderosas corrientes de Coral D. Un
atardecer, cuando yo empezaba a enrollar los cables, Nolan
cortó el suyo. El planeador cayó a plomo hacia atrás, picando
para empalarse en las agujas de piedra. Me arrojé al suelo
mientras el cable azotaba mi coche, destrozando el
parabrisas. Cuando levanté la mirada, Nolan volaba alto,
planeando en el aire colorido por encima de Coral D. El
viento, guardián de las torres de coral, lo llevó entre las
islas de cúmulos que velaban la luz del ocaso.
Mientras yo corría hacia el cabrestante se cortó un
segundo cable, y el pequeño Manuel cambió de rumbo para
unirse a Nolan. Cangrejo feo en el suelo, en el aire el
jorobado se transformó en un pájaro de alas inmensas que dejó
atrás tanto a Nolan como a Van Eyck. Miré cómo giraban
alrededor de las torres de coral y luego aterrizaban juntos
en el suelo del desierto, agitando los rayos de arena, que se
levantaron como nubes de hollín. Petit Manuel estaba
alborozado. Se pavoneó a mi alrededor como un Napoleón de
bolsillo, despreciando mi pierna rota, recogiendo puñados de
vidrio roto y arrojándolos por encima de la cabeza como quien
ofrece al aire ramilletes de flores.


Dos meses más tarde, cuando íbamos en coche hacia Coral D el
día que conoceríamos a Leonora Chanel, ya se había perdido
parte de ese regocijo inicial. Ahora que había terminado la
estación pocos turistas viajaban a Lagoon West, y a menudo
realizábamos nuestras esculturas para la carretera vacía. A
veces Nolan se quedaba en el hotel bebiendo solo en la cama,
o Van Eyck desaparecía durante varios días con alguna viuda o
divorciada, y Petit Manuel y yo salíamos solos.
Sin embargo, esa tarde, cuando íbamos los cuatro en mi
coche y vi las nubes esperándonos encima de la aguja de Coral
D, se me fue toda la fatiga y la depresión. Diez minutos más
tarde los tres planeadores subieron en el aire y los primeros
coches empezaron a detenerse en la carretera. Nolan iba al
frente en su planeador de alas negras, trepando por encima de
la corona de Coral D, a casi cien metros de altura, mientras
Van Eyck iba y venía un poco por debajo, mostrándole la
melena rubia a la mujer madura del convertible color topacio.
Detrás de ellos volaba el pequeño Manuel, cuyas alas
acarameladas resbalaban y batían el aire agitado. Manejaba el
aparato con las rodillas torcidas, gritando alegres
obscenidades y gesticulando con los brazos enormes fuera de
la cabina.
Los tres planeadores, brillantes juguetes pintados,
giraron como aves perezosas por encima de Coral D, esperando
el paso de las primeras nubes. Van Eyck se alejó para ir al
encuentro de una. Flotó rodeando la blanca almohada, rociando
los bordes con cristales de yoduro y recortando el tejido que
parecía un mechón de lana. Los fragmentos humeantes cayeron
hacia nosotros como hielo picado. Mientras las gotas de rocío
se condensaban sobre mi cara vi que Van Eyck daba forma a una
inmensa cabeza de caballo. Planeó subiendo y bajando por la
larga frente, y esculpió los ojos y las orejas.
Como siempre, la gente que miraba desde los coches
parecía disfrutar de ese trozo de mazapán aéreo que voló
pasando por encima, empujado por los vientos de Coral D. Van
Eyck la siguió, holgazaneando con las alas alrededor de la
cabeza equina. Mientras tanto, Petit Manuel trabajaba en la
nube siguiente. Mientas le rociaba los costados, apareció
entre la niebla que caía una cabeza humana conocida. Manuel
caricaturizó en la nube, mediante una serie de hábiles pases,
la melena alta y ondulada, la mandíbula fuerte y la boca
blanda; mientras salía y entraba en el retrarto las alas casi
se tocaban las puntas.
La cabeza blanca y brillante, una inconfundible parodia
de Van Eyck en su peor estilo, atravesó la carretera hacia
Vermilion Sands. Manuel se deslizó bajando por el aire y
aterrizó detrás de mi coche mientras Van Eyck salía de su
cabina con una sonrisa forzada.
Esperamos la tercera demostración. Sobre Coral D se
formó una nube que en pocos minutos se desarrolló hasta
convertirse en un prístino cúmulo de buen tiempo. Mientras la
nube flotaba allí arriba brotó del sol el planeador de alas
negras de Nolan y voló alrededor recortándola. El suave
vellón cayo hacia nosotros como una lluvia fresca.
Salió un grito de uno de los coches. Nolan se deslizó
apartándose de la nube, como quitándole con las alas el velo
a su obra. Iluminado por el sol de la tarde, apareció el
rostro sereno de un niño de tres años. Las mejillas anchas
enmarcaban una boca plácida y un mentón rollizo. Mientras una
o dos personas aplaudían, Nolan voló sobre la nube y le rizó
en el techo cintas y bucles.
Pero yo sabía que todavía faltaba la verdadera
culminación. Afectado por algún virus maligno, Nolan parecía
incapaz de aceptar su propia obra, y siempre la destruía con
el mismo humor frío. Petit Manuel había tirado el cigarrillo,
y hasta Van Eyck había dejado de prestar atención a las
mujeres de los coches.
Nolan sobrevoló la cara del niño, como un matador que
espera el momento de la estocada. Se produjo un minuto de
silencio mientras trabajaba en la nube, y entonces alguien,
asqueado, cerró de golpe la puerta del coche.
Flotando sobre nosotros estaba la imagen blanca de una
calavera.
La cara del niño, transformada por unos pocos toques,
había desaparecido, pero en los dientes mellados y en las
órbitas abismales, tan grandes que cabría en ellas un coche,
veíamos todavía un eco de los rasgos infantiles. El espectro
nos pasó por encima; los espectadores arrugaban el ceño
mientras miraban esa calavera llorona que les goteaba en la
cara.
Sin demasiado ánimo saqué mi viejo casco de piloto del
asiento trasero y empecé a pasarlo entre los coches. Dos de
los espectadores arrancaron antes de que yo pudiese llegar a
donde estaban. Mientras vacilaba de un lado para otro,
preguntándome por qué diablos un oficial de la fuerza aérea,
retirado y próspero, tenía que andar tratando de juntar esos
pocos dólares, apareció Van Eyck a mis espaldas y me quitó el
casco de la mano.

--Ahora no, mayor. Mire lo que llega ahí: mi
apocalipsis...
Un Rolls-Royce blanco, conducido por un chofer de librea
color crema se había desviado de la carretera. A través de la
ventanilla de comunicación polarizada una joven con traje
diurno de secretaria hablaba con el chofer. Al lado de ella,
sosteniendo todavía la correa de la ventanilla con una mano
enguantada, una mujer de pelo blanco y ojos enjoyados
observaba las alas del planeador que giraba entre las nubes.
El rostro fuerte y elegante, encerrado detrás del vidrio
oscuro de la limusina, parecía el rostro de una enigmática
madona de una gruta marina.
El planeador de Van Eyck subió en el aire, apuntando a
la nube que flotaba sobre Coral D. Yo regresé a mi coche,
mirando hacia el cielo en busca de Nolan. Allá arriba Van
Eyck estaba fabricando una Mona Lisa de pastiche, una
Gioconda de tarjeta postal tan auténtica como una virgen de
yeso. La lustrosa terminación relucía en el aire
hiperbrillante como si fuese una espuma cosmética esmaltada.
Entonces Nolan salió del sol y se zambulló por detrás de
Van Eyck. Se le adelantó con el planeador de alas negras,
atravesó el pescuezo de la Gioconda y con un movimiento de
ala derribó la cabeza de mejillas anchas, que cayo hacia los
coches. Los rasgos se desintegraron formando un revoltijo
fláccido, y se derrumbaron entre el vapor pedazos de la nariz
y de la mandíbula. De pronto hubo un roce de alas. Van Eyck
le disparó con la pistola de espuma a Nolan, y se produjo un
desgarro de telas. Van Eyck cayó desde el aire, llevando el
planeador a un aterrizaje accidentado.
Corrí hacia allí. --Charles, ¿tiene que hacerse el von
Richthofen? ¡Por Dios, no se molesten así!
Van Eyck me echó con un ademán. --Hable con Nolan,
mayor. No soy yo el responsable de esa piratería aérea.
--Desde la cabina miraba los jirones de tela que caían sobre
los coches, a su alrededor.
Regresé a mi coche, pensando que había llegado la hora
de dispersar a los escultores de nubes de Coral D. A
cincuenta metros de distancia, la joven secretaria del Rolls-
Royce había bajado del coche y me llamaba por señas. Desde la
puerta abierta, su ama me observaba con ojos enjoyados. El
pelo blanco, en un bucle, le caía sobre un hombro como una
serpiente nacarada.
Fui con mi casco de piloto hasta donde estaba la joven.
Sobre una frente alta se había recogido el pelo castaño en un
rodete defensivo, como si deliberadamente escondiese una
parte de sí misma. Miró perpleja el casco que yo le tendía.
--No quiero volar... ¿qué busca usted?
--Una gracia --expliqué--. Por el reposo de Miguel
Angel, Ed Keinholz y los escultores de nubes de Coral D.
--Ay, Dios mío. Creo que el único que tiene algo de
dinero es el chofer. Oiga, ¿actúan en algún otro lugar?
--¿Actuar? --Dejé de mirar esa joven bonita y agradable
y observé la pálida quimera de ojos enjoyados sentada en el
oscuro compartimiento del Rolls. La mujer miraba la figura
decapitada de la Mona Lisa que se alejaba por encima del
desierto hacia Vermilion Sands.-- No somos un grupo
profesional, como tal vez se haya dado cuenta. Y desde luego
necesitaríamos una nube de buen tiempo. ¿Dónde, exactamente?
--En Lagoon West. --Sacó del bolso una agenda de piel de
culebra.-- La señorita Chanel está organizando una serie de
fiestas en el jardín. Quiere saber si les interesaría actuar.
Habría, claro, una recompensa grande.
--Chanel... ¿Leonora Chanel, la...?
El rostro de la joven recobró la postura defensiva,
disociándola de lo que pudiese venir a continuación. --La
señorita Chanel pasa el verano en Lagoon West. A propósito,
debo señalar una condición: la señorita Chanel será el tema
exclusivo. ¿Me entiende?
A cincuenta metros de distancia Van Eyck arrastraba su
planeador dañado hacia mi coche. Nolan, una caricatura de
Cyrano abandonado en el aire, había aterrizado. Petit Manuel
cojeaba de un lado para otro, juntando el equipo. En la
escasa luz del atardecer parecían una gastada compañía de
circo.
--Está bien --dije--. Le entiendo. Pero ¿las nubes,
señorita...?
--Lafferty. Beatrice Lafferty. La señorita Chanel
proporcionará las nubes.


Anduve alrededor de los coches con el casco, y luego repartí
el dinero entre Nolan, Van Eyck y Manuel. Se quedaron allí en
la creciente oscuridad, los pocos billetes en la mano,
mirando la carretera.
Leonora Chanel bajó de la limusina y echó a andar por el
desierto. Su figura de pelo blanco, enfundada en una chaqueta
de piel de cobra, se paseó entre las dunas. A su alrededor se
levantaban rayas de arena, alborotadas por los movimientos
aleatorios de ese ambulante fantasma de la tarde abrasada.
Sin prestar atención a los aguijones que le rondaban las
piernas, observó el bestiario aéreo que se disolvía en el
cielo, y la calavera blanca que se había desflecado a casi un
kilómetro de distancia, sobre Lagoon West.


La primera vez que la vi, observando a los escultores de
nubes de Coral D, no tenía una impresión muy formada sobre
Leonora Chanel. Hija de uno de los financistas más
importantes del mundo, no sólo había heredado por derecho
propio sino por la muerte del marido, un tímido aristócrata
monegasco, el conde Louis Chanel. Las misteriosas
circunstancias de la muerte del conde en Cap Ferrat, en la
Riviera, explicadas oficialmente como suicidio, habían puesto
a Leonora en el centro de la publicidad y el chismorreo. Para
escapar de eso se había dedicado a vagar por todo el globo,
de la villa amurallada en Tanger a una mansión alpina en las
nieves sobre Pontresina, y de allí a Palm Springs, Sevilla y
Miconos.

Durante esos años de exilio algo de su carácter asomó en
las fotografías de revistas y periódicos: visitando
melancólica una obra de caridad española con la Duquesa de
Alba, o sentada con Soraya y otros miembros de la sociedad en
la villa de Dalí en Port Lligat, observando con ojos
enjoyados, desde un rostro aristocrático, el mar diamantino
de la Costa Brava.
Inevitablemente, ese papel de Garbo parecía demasiado
calculado, y lo socavaba la continua sospecha de que había
intervenido en la muerte del marido. El conde había sido un
playboy introspectivo que piloteaba su propio avión a lugares
arqueológicos del Peloponeso y cuya amante, una hermosa joven
libanesa, era una de las más notables intérpretes de Bach en
teclado. Nunca se aclaró por qué ese hombre reservado y
agradable se había suicidado. Lo que prometía ser una prueba
significativa para la investigación, un retrato mutilado de
Leonora en el que el conde estaba trabajando, fue destruido
por accidente antes de la audiencia. Tal vez el cuadro
revelaba más sobre el carácter de Leonora de lo que ella
quería ver.


Una semana más tarde, mientras iba en el coche hacia Lagoon
West la mañana de la primera fiesta, entendí muy bien por qué
Leonora Chanel había venido a Vermilion Sands, a este extraño
balneario cercado por la arena con su letargo, fatiga de
playa y perspectivas cambiantes. A lo largo de la playa
crecían estatuas sónicas silvestres que chillaban al pasar yo
por la carretera. El sílice fundido de la superficie del lago
formaba un inmenso espejo irisado que reflejaba los
trastornados colores de los arrecifes de arena, aún más
vívidos que los paneles color cinabrio y ciclamina de las
alas de los planeadores que flotaban allá arriba. Nolan, Van
Eyck y Petit Manuel venían con ellos desde coral D;
suspendidos en el cielo sobre el lago parecían unas
vacilantes libélulas.
Habíamos entrado en un paisaje inflamado. A un kilómetro
de distancia las angulosas cornisas de la casa de verano
sobresalían en el aire vívido como distorsionadas por una
unión defectuosa del espacio y el tiempo. Detrás, como un
volcán exhausto, subía en el aire vidriado una meseta de pico
ancho que levantaba en los hombros las corrientes termales
del lago recalentado.
Enviándoles a Nolan y al pequeño Manuel esas tremendas
corrientes ascendentes, más poderosas que todas las que
habíamos conocido en Coral D, continué hacia la villa.
Entonces desapareció la neblina que había a lo largo de la
playa y vi las nubes.
Flotaban treinta metros por encima del techo de la
meseta como almohadas de un gigante insomne. Adentro se
movían columnas de aire turbulento que hervían subiendo hacia
las cabezas de yunque como líquido en un caldero. Esos no
eran los plácidos cúmulos de buen tiempo de Coral D sino
nimbos de tormenta, masas inestables de aire recalentado que
podían aferrar un avión y levantarlo trescientos metros en
unos pocos segundos. Aquí y allá los bordes de las nubes
tenían bandas oscuras, y unos valles y hondonadas atravesaban
las torres. Pasaban sobre la villa, ocultas por la bruma, y
luego se disolvían en una serie de cambios violentos en el
aire desordenado.
Cuando entré en la calzada detrás de un camión cargado
de equipo de son et lumire una docena de miembros del
personal estaba acomodando hileras de sillas doradas en la
terraza y desplegando un toldo.
Beatrice Lafferty se acercó pisando cables. --Mayor
Parker... ahí tiene las nubes que le prometimos.
Volví a mirar los bultos oscuros que flotaban como
mortajas sobre la villa blanca. --¿Nubes, Beatrice? Esos son
tigres, tigres con alas. Nosotros somos manicuros del aire,
no domadores de dragones.
--No se preocupe, una manicura es exactamente lo que se
espera de ustedes. --Con una mirada pícara agregó:-- ¿Sus
hombres comprenden que habrá un único tema?
--¿La propia señorita Chanel? Desde luego. --La tomé del
brazo mientras caminábamos hacia el balcón que daba sobre el
lago.-- ¿Sabe una cosa? Me parece que disfruta de estos
maliciosos apartes. Que los ricos escojan sus materiales:
mármol, bronce, plasma o nube. ¿Por qué no? La pintura de
retratos siempre ha sido un arte descuidado.
--No aquí, Dios mío. --Esperó a que pasase una camarera
con una bandeja cargada de manteles.-- Eso de tallar el
propio retrato en el cielo utilizando el sol y el aire...
algunos dirían que eso huele a vanidad, o a pecados todavía
peores.
--Es usted muy misteriosa. ¿Qué pecados, por ejemplo?
La muchacha revoleó los ojos. --Ya le diré dentro de un
mes, cuando termine mi contrato. ¿Y sus hombres, cuándo
vienen?
--Están aquí. --Señalé el cielo sobre el lago. Los tres
planeadores flotaban en el aire recalentado; al lado de ellos
pasaban masas de nubes algodonosas que luego se disolvían en
la bruma. Seguían a un yate de arena que se acercaba al
muelle levantando con las ruedas el polvo color cereza.
Detrás del timonel iba sentada Leonora Chanel con un traje de
pantalones de piel amarilla de cocodrilo, el pelo blanco
oculto debajo de una toca de rafia.
Mientras el timonel atracaba la embarcación Van Eyck y
Petit Manuel improvisaron una actuación, dando forma a los
fragmentos de nubes que flotaban treinta metros por encima de
la superficie del lago. Primero Van Eyck talló una orquídea,
luego un corazón y un par de labios, mientras Manuel formaba
la cabeza de un periquito, dos ratones idénticos y las letras
"L.C." Se arrojaban y se zambullían alrededor de Leonora,
tocando a veces el lago con las alas, y ella, desde el
muelle, saludaba cortésmente con la mano cada una de esas
breves composiciones.
Cuando aterrizaron junto al muelle Leonora esperó a que
Nolan se pusiese a trabajar en una de las nubes, pero él
subía y bajaba sobre el lago, delante de ella, como un pájaro
cansado. Mirando esa extraña dueña y señora de Lagoon West,
descubrí que se había perdido en algún sueño personal: tenía
la mirada clavada en Nolan y se había olvidado de todos los
que la rodeaban. Recuerdos, carabelas sin velamen,
atravesaban los sombríos desiertos de esos ojos abrasados.


Más tarde, esa noche, Beatrice Lafferty me hizo entrar en la
villa por la ventana de la biblioteca. Allí, mientras Leonora
saludaba a los invitados en la terraza, con un vestido de
zafiros y organdí sin parte superior, los pechos cubiertos
nada más que por un contorno de piedras preciosas, vi los
retratos que poblaban la villa. Conté más de veinte, desde
los retratos formales de sociedad en los salones, uno por el
presidente de la Real Academia, otro por Annigoni, hasta los
extraños estudios psicológicos de Dalí y Francis Bacon en el
bar y en el comedor. En todos los sitios por donde pasábamos,
en las alcobas entre las semicolumnas de mármol, en las
miniaturas doradas de las repisas, hasta en el mural ascente
que seguía la escalera, vimos el mismo rostro absorto. Ese
narcisismo colosal parecía haberse convertido en su último
refugio, en la única protección para ese yo fugitivo mientras
huia del mundo.
Luego, en el estudio de la azotea, encontramos un
retrato grande que acababa de ser barnizado. El artista había
producido una deliberada parodia de los tintes sentimentales,
azulinos, de los pintores de moda de la sociedad, pero bajo
ese lustre había representado a Leonora como una Medea
muerta. La piel estirada debajo de la mejilla derecha, la
frente angulosa y la boca torcida le daban la apariencia
aterida y luminosa de un cadáver.
Mis ojos buscaron la firma. --¡Nolan! Dios mío, ¿estaba
usted aquí cuando pintó esto?
--Lo había terminado cuando llegué, hace dos meses.
Leonora no permitió que lo enmarcasen.
--Es natural. --Fui hasta la ventana y miré hacia los
dormitorios ocultos detrás de los toldos.-- Nolan estuvo
aquí. El estudio cerca de Coral D era suyo.
--Pero ¿por qué lo habrá vuelto a llamar Leonora? Deben
haber...
--Para que le vuelva a retratar. Conozco mejor a Leonora
que usted, Beatrice. Pero esta vez lo quiere del tamaño del
cielo.
Salimos de la biblioteca y caminamos entre los cocteles
y los canapés hasta donde estaba Leonora recibiendo a las
visitas. Detrás de ella, con un traje de gamuza blanca, se
había puesto Nolan, que de vez en cuando miraba a Leonora,
como barajando las posibilidades que esa mujer obsesiva
ofrecía a su humor macabro. Ella, con esa hilera de diamantes
alrededor de los ojos, me recordaba a una sacerdotisa
arcaica. Debajo del contorno de joyas, los pechos parecían
culebras ansiosas.
Van Eyck se presentó con una exagerada reverencia.
Detrás de él apareció Petit Manuel; la cabeza torcida
esquivaba nerviosa los trajes de etiqueta.
La boca de Leonora se cerró en un rictus de fastidio.
Echó una mirada al yeso blanco de mi pie. --Nolan, llenas tu
mundo de lisiados. Tu enanito... ¿también va a volar?
Petit Manuel la miró con ojos que parecían flores
aplastadas.


La actuación comenzó una hora más tarde. El sol que se ponía
detrás de la meseta iluminaba las nubes de bordes oscuros, y
atravesaban el aire unos cirrus espectrales, como los marcos
dorados de los cuadros que vendrían. El planeador de Van Eyck
ascendió en espiral hacia la cara de la primera nube,
perdiendo velocidad y volviendo a subir cada vez que lo
azotaban las corrientes turbulentas.
Cuando empezaron a aparecer los pómulos, tan lisos e
inertes como una espuma tallada, se oyó el aplauso de los
invitados sentados en la terraza. Cinco minutos más tarde,
mientras el planeador de Van Eyck bajaba en picada para
aterrizar sobre el lago, vi la hazaña. Iluminado por los
reflectores, y con la overtura de Tristán atronando por los
altoparlantes instalados en las laderas de la meseta, como
inflando esa enorme chuchería, el retrato de Leonora nos pasó
por encima dejando caer una lluvia tenue. Por fortuna la nube
se mantuvo estable hasta que pasó la orilla, y entonces se
deshizo en el aire del anochecer como desgarrada por una mano
furiosa.
Petit Manuel comenzó a ascender y, como un pillo que
aborda a una matrona de mal genio, apuntó hacia una nube de
bordes oscuros. Voló para adelante y para atrás, como si no
supiera bien qué forma darle a esa columna de vapor, y de
pronto comenzó a tallarle un perfil aproximado de cabeza de
mujer. Nunca lo había visto tan nervioso. Cuando terminó
estalló una segunda ronda de aplausos, seguida de risas e
irónicos vítores.
La nube esculpida, de un halagador parecido con Leonora,
empezó a inclinarse y a rotar en el aire agitado. La
mandíbula se estiró, la sonrisa vidriosa se volvió la sonrisa
de una idiota. Un minuto más tarde la cabeza de Leonora
flotaba cabeza abajo sobre nosotros.
Ordené discretamente que apagasen los reflectores, y la
atención de la audiencia se dirigió hacia el planeador de
Nolan, de alas negras, que subía hacia la nube siguiente. Del
aire cada vez más oscuro caían unos fragmentos de tejido
disuelto, y la espuma ocultaba la ambigua creación que
tallaba Nolan. Para mi sorpresa, el retrato que brotó de allí
parecía verdaderamente vivo. Hubo una explosión de aplausos,
unos pocos compases de Tanhuser y los reflectores alumbraron
la elegante cabeza. De pie entre los invitados, Leonora
levantó la copa para brindar por el planeador de Nolan.
Desconcertado por la generosidad de Nolan, miré con
mayor atención el rostro brillante, y entonces entendí qué
era lo que había hecho. El retrato, con cruel ironía, era
demasiado real. La curva descendente de la boca de Leonora,
la barbilla alzada para alisar el cuello, las carnes flojas
debajo de la mejilla derecha: todo eso aparecía en el rostro
de la nube, al igual que en el cuadro del estudio.
Los invitados rodeaban a Leonora felicitándola por la
actuación. Ella miraba el retrato, que comenzaba a
desintegrarse sobre el lago, viéndolo por vez primera. La
sangre se le subió a las venas de la cara.
Entonces una exhibición de fuegos artificiales en la
playa borró esas ambiguedades con explosiones rosadas y
azules.


Poco antes del amanecer Beatrice Lafferty y yo caminamos por
la playa entre los cascos quemados de los cohetes y las
ruedas giratorias. En la oscuridad de la terraza desierta
unas pocas luces alumbraban las sillas desparramadas. Cuando
llegamos a los escalones oímos un grito de mujer que venía de
más arriba. Hubo un ruido de cristales rotos. Alguien abrió
de un golpe una puerta ventana, y un hombre de pelo negro y
traje blanco corrió entre las mesas.
Mientras Nolan desaparecía en la calzada, Leonora caminó
hasta el centro de la terraza. Miró las nubes oscuras que
ondulaban sobre la meseta, y con una mano se arrancó las
joyas de los ojos. Las joyas quedaron parpadeando en las
baldosas, a los pies de la mujer. De pronto la figura
encorvada de Petit Manuel saltó de su escondite junto al
estrado de la orquesta. Se escabulló corriendo con esas
piernas deformes.
En la entrada arrancó un motor. Leonora echó a andar de
vuelta hacia la villa, mirándose en los vidrios rotos al pie
de la ventana. Se detuvo: un hombre alto y rubio, de ojos
fríos y anhelantes había aparecido junto a las estatuas
sónicas, delante de la biblioteca. Molestas por el ruido, las
estatuas habían comenzado a gemir. Mientras Van Eyck avanzaba
hacia Leonora, las estatuas imitaron el ritmo lento de los
pasos.


La actuación del día siguiente fue el último espectáculo de
los escultores de nubes de Coral D. Toda la tarde, antes de
que llegasen los invitados, una luz mortecina había cubierto
el lago. Detrás de la meseta se acumulaban unas inmensas
tiras de nimbos de tormenta, volviendo improbable cualquier
actuación.
Van Eyck estaba con Leonora. Cuando yo llegué Beatrice
Lafferty miraba el yate de arena que llevaba a la pareja, no
muy serenamente, las velas azotadas por las ráfagas.
--No hay señales de Nolan ni del pequeño Manuel --me
dijo--. La fiesta comienza dentro de tres horas.
La tomé del brazo. --La fiesta ya terminó. Cuando dejes
de trabajar aquí, Bea, ven a vivir conmigo a Coral D. Te
enseñaré a esculpir las nubes.
Van Eyck y Leonora desembarcaron media hora más tarde.
Van Eyck me miró a la cara cuando pasó a nuestro lado.
Leonora le aferraba el brazo, y las joyas diurnas que le
rodeaban los ojos esparcían su luz dura por la terraza.
A eso de las ocho, cuando empezaron a aparecer los
primeros invitados, Nolan y Petit Manuel todavía no habían
llegado. En la terraza el anochecer era cálido e iluminado,
pero allá arriba las nubes de tormenta se cruzaban furtivas
como gigantes inquietos. Subí por la cuesta hasta donde
estaban atados los planeadores. Las corrientes de aire
ascendente les hacían temblar las alas.
Apenas medio minuto después de subir en el aire cada vez
más oscuro, empequeñecido por una inmensa torre de nimbos de
tormenta, Charles Van Eyck giraba hacia el suelo, derribado
el planeador por el aire enloquecido. Se recuperó a veinte
metros de la villa y trepó a las corrientes que subían del
lago, lejos del pecho cada vez más hinchado de la nube.
Volvió a embestir. Mientras Leonora y los invitados miraban
desde las sillas, el planeador fue arrojado hacia ellos en
una explosión de vapor, y luego cayó hacia el lago con un ala
rota.
Caminé hacia Leonora. De pie junto al balcón esaban
Nolan y Petit Manuel mirando cómo Van Eyck bajaba de la
cabina del planeador a trescientos metros de distancia.
--¿Por qué se molestó en venir? --le dije a Nolan--. No
me diga que va a volar.
Nolan se inclinó sobre la baranda, las manos en el
bolsillo del traje. --No, no voy a volar... exactamente por
eso estoy aquí, mayor.
Leonora llevaba un vestido de noche de plumas de pavo
real que arrastraba alrededor de las piernas como una inmensa
cola. Los cientos de ojos fulguraban en el aire eléctrico que
anunciaba la tormenta, enfundándole el cuerpo con sus llamas
azules.
--Señorita Chanel, las nubes están como locas --me
disculpé--. Se acerca una tormenta.
Me miró con ojos alterados. --¿Ustedes no piensan correr
riesgos? --Señaló el nimbo de tormenta que giraba sobre
nuestras cabezas.-- Para nubes como esas necesito un Miguel
Angel de los cielos... ¿Y Nolan? ¿También él está asustado?
Al gritar ella el nombre, Nolan la miró, y luego nos dio
la espalda. Había cambiado la luz sobre Lagoon West. Medio
lago estaba cubierto por un manto mortecino.
Sentí que me tiraban de la manga. Petit Manuel me miró
con astutos ojos de niño. --Yo puedo ir, mayor. Déjeme buscar
el planeador.
--Por Dios, Manuel. Se matará...
Manuel echó a correr como una flecha entre las sillas
doradas. Leonora arrugó la frente cuando el enano le aferró
la muñeca.
--Señorita Chanel... --La boca floja ensayó una sonrisa
alentadora.-- Le haré una escultura. Ahora mismo, una nube
grande de tormenta, ¿eh?
Leonora miró con cierta repugnancia ese ansioso jorobado
que la miraba insinuante al lado de los cientos de ojos de la
cola de pavo real. Van Eyck había salido del planeador
accidentado y volvía cojeando hacia la playa. Tuve la
sensación de que Manuel, de un modo extraño, se estaba
midiendo con Van Eyck.
Leonora hizo una mueca, como si tragase una flema
venenosa. --Mayor Parker, dígale que... --Miró hacia la nube
oscura que hervía sobre la meseta como el efluvio de un
volcán de corazón negro.-- ¡Espere! ¡Veamos qué puede hacer
el pequeño lisiado! --Se volvió hacia Manuel con una sonrisa
demasiado brillante.-- Adelante, entonces. ¡Veamos cómo
esculpe el torbellino!
En la cara de Leonora el diagrama de huesos formó una
geometría criminal.
Nolan atravesó la terraza corriendo, aplastando las
plumas de pavo real mientras Leonora reía. Intentamos detener
a Manuel, pero se nos escapó cuesta arriba. Herido por la
burla de Leonora, saltó entre las rocas y desapareció de la
vista en el aire oscuro. En la terraza se juntó a mirar una
pequeña muchedumbre.
El planeador amarillo y mandarina subió en el cielo y
trepó sobre la cara de la nube de tormenta. A cincuenta
metros de las olas oscuras lo abofeteó una ráfaga, pero
Manuel se remontó y empezó a tallar la superficie oscura.
Unas gotas de agua negra cayeron sobre la terraza a nuestros
pies.
Apareció el primer esbozo de una cabeza de mujer, los
ojos satánicos iluminados por las aberturas de la nube, una
boca escurridiza como una mancha oscura empujada por el
hervor de unas desmedidas olas. Desde el lago, Nolan lanzó un
grito de advertencia mientras subía al planeador. Instantes
más tarde una poderosa corriente ascendente levantó el
aparato del pequeño Manuel y lo arrojó sobre el techo de la
nube. Luchando contra el aire demente, Manuel arrojó el
planeador hacia abajo y arremetió de nuevo contra la nube.
Entonces la cara inmensa se abrió, y con un repentino espasmo
la nube onduló hacia adelante y se tragó el planeador.
Se produjo un silencio en la terraza mientras el cuerpo
aplastado del planeador giraba en el centro de la nube. La
nube avanzó hasta ponerse encima de nuestras cabezas: dentro
de la cara que se disolvía circulaban pedazos destrozados de
las alas y del fuselaje. Al llegar al lago la nube comenzó a
sufrir su violento final. Pedazos de la cara rotaron, perdió
la boca, le explotó un ojo. Una breve y última racha de
viento la hizo desaparecer.
Del aire brillante cayeron los pedazos del planeador de
Petit Manuel.


Beatrice y yo fuimos al lago a buscar el cuerpo de Manuel.
Después del espectáculo de esa muerte dentro de la explosiva
réplica de la cara de su anfitriona, los invitados empezaron
a marcharse. En pocos minutos le calzada se llenó de coches.
Leonora miró cómo se iban acompañada por Van Eyck, entre las
mesas desiertas.
Beatrice no habló mientras nos internábamos en el lago.
Los restos del planeador despedazado estaban desparramados
por la arena fundida, fragmentos de lienzo y tensores rotos,
las cuerdas de control enreadadas y anudadas. A diez metros
de la cabina encontré el cuerpo de Petit Manuel, una pelota
mojada que parecía un mono ahogado.
Lo llevé al yate de arena.
--¡Raymond! --Beatrice señaló la orilla. A lo largo de
todo el lago se habían acumulado nubes de tormenta, y caían
los primeros relámpagos en los cerros, detrás de la meseta.
En el aire eléctrico la villa había perdido brillo. A un
kilómetro de distancia andaba un tornado por el suelo del
desierto, inclinando el tronco hacia el lago.
La primera ráfaga de viento golpeó el yate. Beatrice
volvió a gritar: --¡Raymond! ¡Allí está Nolan... volando
adentro!
Entonces vi el planeador de alas negras que daba vueltas
bajo el paraguas del tornado, el propio Nolan montado en el
torbellino. Las alas se mantenían estables en el aire que
giraba alrededor del embudo. Avanzaba como un pez piloto,
como llevando el tornado hacia la villa de Leonora.
Veinte segundos más tarde, cuando el torbellino chocó
contra la casa, perdí de vista a Nolan. Arrolló la villa una
explosión de aire oscuro, una vorágine de sillas y baldosas
destrozadas que estallaron sobre el techo. Beatrice y yo
saltamos del yate y corrimos a refugiarnos en una falla de la
superficie vítrea. Mientras se alejaba el tornado,
perdiéndose en el cielo de tormenta, quedó sobre la villa
destruida un viento oscuro que de vez en cuando levantaba
escombros en el aire. Alrededor de nosotros cayeron pedazos
de lienzo y plumas de pavo real.


Esperamos media hora antes de acercarnos a la casa. La
terraza estaba cubierta por cientos de copas y sillas rotas.
Al principio no vi rastros de Leonora, aunque su cara estaba
en todas partes, los retratos con los perfiles acuchillados
esparcidos sobre las baldosas húmedas. Una sonrisa
arremolinada vino flotando hacia mí en el aire alborotado, y
se me enroscó en una pierna.
El cuerpo de Leonora yacía entre las mesas rotas, cerca
del estrado de la orquesta, envuelto a medias en un lienzo
ensangrentado. Su rostro estaba ahora tan magullado como la
nube de tormenta que Manuel había intentado tallar.
Encontramos a Van Eyck entre los restos del toldo.
Colgaba del pescuezo de una maraña de cables de electricidad,
el rostro pálido ceñido por un lazo de bombillas eléctricas.
La corriente pasaba intermitentemente por los cables,
encendiendo los globos de color.
Me apoyé en el Rolls volcado, abrazando a Beatrice. --No
se ven rastros de Nolan... ni pedazos de su planeador.
--Pobre hombre. Raymond, él traía el tobellino hacia
aquí. De algún modo lo controlaba.
Caminé por la terraza húmeda hasta donde estaba tendida
Leonora. Empecé a taparla con los jirones de lienzo, los
desgarrados rostros de ella misma.


Llevé a Beatrice Lafferty a vivir conmigo en el estudio de
Nolan en el desierto, cerca de Coral D. Nunca más tuvimos
noticias de Nolan, ni volvimos a utilizar los planeadores.
Las nubes llevan demasiados recuerdos. Hace tres meses un
hombre que vio los planeadores abandonados delante del
estudio se detuvo cerca de Coral D y vino hasta donde
estábamos. Nos dijo que había visto a un hombre en un
planeador volando a gran altura sobre Red Beach, tallando en
los estrato-cirros imágenes de joyas y de caras de niños. Una
vez apareció la cabeza de un enano.
Pensándolo bien, parece que fuera Nolan, así que tal vez
consiguió escapar del tornado. Por las tardes Beatrice y yo
nos sentamos entre las estatuas sónicas y escuchamos las
voces mientras las nubes suben por encima de Coral D,
esperando que un hombre en un planeador de alas negras, quizá
pintadas ahora de color caramelo, llegue en el viento y nos
talle imágenes de hipocampos y unicornios, de enanos y joyas
y caras de niños.


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