El juego de los biombos Por J. G. Ballard







Todas las tardes, durante el verano en Ciraquito, nos
entretenemos con el juego de los biombos. Hoy, después del
almuerzo, cuando las galerías y las terrazas de los cafés
estaban vacíos y todo el mundo dormía en sus casas, tres del
grupo salimos en el Lincoln de Raymond Mayo por la carretera
hacia Vermilion Sands.
La temporada había terminado, y el desierto ya había
comenzado a instalarse de nuevo para el verano, apilándose
contra las persianas amarillentas de los kioscos de
cigarrillos, rodeando el pueblo con inmensos bancos de ceniza
luminosa. En el horizonte, las mesetas de pico chato subían
al cielo como los conos pintados de un jungla de volcanes.
Las casas de la playa habían estado vacías durante semanas, y
en el centro de los lagos se veían yates de arena
abandonados, embalsamados en el calor opaco. Sólo la
carretera --escultura móvil de cemento que se desplegaba
sobre el paisaje-- mostraba signos de actividad.
Treinta kilómetros antes de Ciraquito, donde la ruta se
bifurca hacia Red Beach y Vermilion Sands, nos topamos con
los restos de un viejo camino de grava que se extendía entre
los arrecifes de arena. Sólo un año antes ésa había sido una
carretera privada en perfecto estado de conservación, pero la
entrada ornamental había caído hacia un lado, y la casa del
guardián era un nido de escorpiones y rayos de arena.
Pocas personas se aventuraban a internarse en esa
carretera. Constantes desprendimientos de rocas perturbaban
la zona y porciones considerables de la superficie habían
resbalado llegando a los arrecifes. Además, flotaba sobre el
lugar, privilegiándolo del resto del desierto, una atmósfera
amenazante, curiosa pero inconfundible. Las galerías
colgantes de los arrecifes eran más tortuosas y siniestras,
como los atormentados demonios de las catedrales medievales.
Sobre la carretera, como horcas de piedra, se alzaban unas
macizas torres de obsidiana, de oxidadas cornisas. La luz, a
diferencia del resto del desierto, no parecía allí tan
brillante, y fulguraba a veces con una fosforescencia
fúnebre, como s una nube de fuego subtrerráneo hubiese
hervido subiendo hasta la superficie de las rocas. Alrededor,
los picachos y las agujas encerraban la llanura desértica, y
los únicos sonidos que se oían eran los gruñidos del motor
que rebotaban en las colinas y los chillidos de los rayos de
arena que giraban como pájaros hieráticos sobre las bocas
abiertas de los arrecifes.

Por espacio de casi un kilómetro seguimos la carretera que se
retorcía sobre los arrecifes como una serpiente petrificada,
y nuestra conversación se fue volviendo cada vez más
esporádica hasta que se apagó del todo; la reanudamos cuando
estábamos llegando a un valle angosto. A los lados del camino
se levantaban unas pocas esculturas abstractas. En otra época
esas esculturas habían sido sónicas, y reaccionaban ante el
paso de los coches con vibratos de advertencia, pero ahora el
Lincoln pasó por delante de ellas sin que se diesen cuenta.
De pronto, detrás de una curva cerrada, desaparecieron
los picos y los arrecifes, y se extendió ante nosotros la
inmensa vastedad de un lago de arena, con la enorme mansión
de Lagoon West en la orilla. Sobre las dunas, como nubes
sueltas, flotaban unos fragmentos de bruma leve. Los
numáticos surcaban suavemente la arena color cereza, y pronto
pasamos por encima de lo que parecía ser el borde de un
inmenso tablero de ajedrez de cuadrados blancos y negros de
mármol. Aparecieron más estatuas, algunas enterradas hasta la
cabeza, otras derribadas de los plintos por las dunas
movedizas.
Esa tarde, al mirarlas, volví a sentir que todo el
paisaje estaba formado por ilusiones, y que vagaban por él
los armatostes de sueños fabulosos como galeones abandonados.
Mientras íbamos por el camino del lago, las colosales ruinas
de Lagoon West pasaron despacio a nuestra izquierda. No se
veía a nadie ni en las terrazas ni en los balcones, y la
fachada en otro tiempo blanca como el mármol estaba rayada y
deslucida. Las escaleras terminaban bruscamente en el aire y
los pisos colgaban como marquesinas combadas.
En el centro de la terraza, donde los habíamos dejado la
tarde anterior, estaban los biombos, con emblemas zodiacales
que destellaban como serpientes. Caminamos hacia ellos bajo
la ardiente luz del sol. Durante la hora siguiente nos
entretuvimos con el juego de los biombos, empujando los
bastidores por las intrincadas sendas, avanzando y
retrocediendo en el liso suelo de mármol.
Nadie nos miraba, pero una vez, fugazmente, creí ver a
una figura alta vestida con una capa azul oculta entre las
sombras de un balcón del segundo piso.
--¡Emerelda!
De pronto, siguiendo un impulso, le grité, pero casi sin
moverse la mujer había desaparecido entre los hibiscos y las
buganvillas. Mientras su nombre se perdía entre las dunas
supe que ya no volveríamos a seducirla para que bajase del
balcón.
--¡Paul! --Raymond y Tony estaban junto al coche, a
veinte metros de distancia.-- Paul, nos vamos.
Les di la espalda y miré el enorme y descolorido
armatoste de Lagoon West, inclinado hacia el sol. En algún
sitio, en la orilla del lago de arena, brotaba una música
suave que resonaba entre las vetas de cuarzo. Comenzó con
unos pocos acordes aislados, y los fragmentos, de trémolos
sostenidos que pasaban sobre mi cabeza como un zumbido de
insectos invisibles, flotaron en el aire de la tarde.
Mientras las frases se unían recordé la primera vez que
habíamos practicado el juego de los biombos en Lagoon West.
Recordé la última y trágica batalla contra los insectos
enjoyados, y recordé a Emerelda Garland...

Vi por primera vez a Emerelda Garland el verano anterior,
poco después que la compañía cinematográfica llegó a
Ciraquito y fue invitada por Charles Van Stratten a utilizar
los exteriores de Lagoon West. La compañía, Orpheus
Productions, Inc. --conocida como "el reflujo de la nueva
ola" por los aficionados de los cafés de las terrazas como
Raymond Mayo y Tony Sapphire-- era uno de esos grupos
experimentales cuya producción está destinada a una única
exhibición extática en el Festival de Cine de Cannes, y que
cuentan, para su respaldo financiero, con la generosidad de
muchos millonarios diletantes que aparentemente sienten una
necesidad compulsiva de representar el papel de Lorenzo de
Medici.
No es que faltase profesionalismo en el equipo o en los
recursos técnicos de Orpheus Productions. La flota de
camiones de exteriores y de estudios de grabación que
descendieron sobre Ciraquito una de esas vacías tardes de
agosto parecía la fuerza de operaciones del Día D, y hasta
los cálculos más conservadores del presupuesto de Afrodita
80, la película que ayudamos a rodar en Lagoon West,
ascendían a por lo menos el doble del producto nacional bruto
de una república centroamericana. Lo único no profesional era
la indiferencia hacia las limitaciones comerciales
corrientes, y la constante dedicación a los niveles estéticos
más elevados.
Todo eso, desde luego, era posible gracias a la largueza
de Charles Van Stratten. Cuando nos aceptaron para trabajar
en Afrodita 80 a algunos de nosotros nos divertían los
ingenuos esfuerzos de Charles por producir una obra maestra,
pero luego descubrimos que en ese ahínco había algo de
conmovedor. Pero ninguno de nosotros sabía de la tragedia
personal que lo empujaba a atravesar el calor y el polvo de
aquel verano en Lagoon West, ni de la horrible venganza que
lo aguardaba detrás de the canvas floats and stage props.
En el momento en que se convirtió en propietario único
de Orpheus Productions, Charles Van Stratten acababa de
celebrar su cuarentavo cumpleaños, pero en el fondo seguía
siendo un estudiante serio y tranquilo. Descendiente de una
de las familias de banqueros más ricas del mundo, había
estado casado brevemente dos veces a poco de complir los
veinte años, primero con una condesa napolitana y luego con
una estrellita de Hollywood, pero la figura más influyente de
la vida de Charles era su madre. Esa bruja mandona, sentada
como una inmensa araña dorada en su lúgubre mansión
eduardiana de Park Avenue, rodeada de galerías oscuras
colmadas de obras de Rubens y Rembrandt, había enviudado poco
después del nacimiento de Charles, a quien sin duda
consideraba un sustituto del marido, enviado por la
providencia. Manipulando con habilidad una telaraña de fondos
y de herencias residuales, eliminó sin piedad a las dos
esposas de Charles (la segunda se suicidó en una góndola
veneciana, la primera se fugó con el analista de Charles), y
luego ella misma murió en circunstancias algo misteriosas en
la casa de verano de Lagoon West.
A pesar de la inmensa publicidad asociada con la familia
Von Stratten, poco se supo de la muerte de la vieja viuda
--oficialmente cayó del balcón de un segundo piso--, y
durante los cinco años siguientes Charles abandonó del todo
las luces de la celebridad internacional. Aunque de vez en
cuando hacía una breve aparición en la Bienal de Venecia, o
patrocinaba alguna fundación cultural, se había retirado al
vacío dejado por la muerte de la madre. Se rumoreaba --al
menos en Ciraquito-- que el propio Charles había sido
responsable de esa muerte, como si hubiera vengado (¡cuán
tardíamente!) la tragedia de Edipo cuando la viuda, oliendo
la perspectiva de un nuevo enlace, había caído como Yocasta
por Lagoon West y sorprendido a Charles y a su querida in
flagrante.
Por mucho que me gustase la historia, la primera imagen
que tuve de Charles Van Stratten aventó esa posibilidad.
Cinco años después de la muerte de la madre, Charles seguía
comportándose como si ella estuviese observando cada uno de
sus movimientos a través de unos gemelos de ópera montados
sobre un trípode en algún balcón lejano. La figura juvenil de
Charles era un poco más corpulenta, pero su hermoso rostro
aristocrático, en el que una indefinible fragilidad alrededor
de la boca le contradecía la reciedumbre de la mandíbula,
parecía de algún modo atemorizada e indecisa, como si
careciese de toda convicción en su propia identidad.
Poco después de la llegada a Ciraquito de Orpheus
Productions, el jefe de utilería visitó los cafés del barrio
de los artistas buscando diseñadores para los decorados. Como
la mayoría de los pintores de Ciraquito y Vermilion Sands, yo
pasaba por una de mis pausas creativas más largas. Me había
quedado en el pueblo después que terminó la estación, y me
pasaba las tardes vacías y largas bajo el toldo del Café
Fresco, y comenzaba ya a mostrar síntomas de fatiga de playa:
aburrimiento e inactividad irreversibles. La perspectiva de
un trabajo concreto parecía casi una novedad.
--Afrodita 80 --explicó Raymond Mayo cuando volvió a
nuestra mesa luego de una conversación en la acera--. El
asunto apesta a integridad: quieren artistas locales para
pintar los decorados, enormes diseños abstractos para las
tomas del desierto. Pagarán un dólar por pie cuadrado.
--No son muy generosos --comenté.
--El jefe de utilería pidió disculpas, pero Van Stratten
es un millonario: el dinero no significa nada para él. Si te
sirve de consuelo, a Rafael y a Miguel Angel les pagaron
menos por pintar la Capilla Sixtina.
--Van Stratten tiene un presupuesto más grande --le
recordó Tony Sapphire--. Además, el pintor moderno es más
complejo, y necesita otras seguridades y apoyos. ¿Paul es un
pintor de la tradición de Leonardo y Larry Rivers, o un
pintor barato, de brocha gorda?
Malhumorados, miramos la figura distante del jefe de
utilería que iba de café en café.
--¿Cuántos pies cuadrados quieren? --pregunté.
--Cerca de un millón --dijo Raymond.

Luego, esa misma tarde, cuando salimos de la carretera de Red
Beach y la guardia de Lagoon West nos franqueó la entrada,
oímos cómo los esculturas sónicas que se erguían entre los
arrecifes resonaban y ululaban saludando la cabalgata de
coches que aceleraban por las colinas. Bandadas de rayos
asustados se esparcían en el aire como nubes de hollín
explosivo, y sus gritos frenéticos se perdían entre las
torrecillas y los arrecifes. Preocupados por la perspectiva
de nuestros abultados honorarios --yo me había apresurado a
nombrar a Tony y a Raymond como mis asistentes--, apenas
prestamos atención al extraño paisaje que estábamos
atravesando, las enormes gárgolas de basalto rojo que se
arrojaban al aire como chapiteles de catedrales dementes.
Desde la Red Beach --la carretera de Vermilion Sands-- las
colinas parecían permanentemente veladas por la bruma
arenosa, y Lagoon West, aunque había gozado de cierta
notoriedad a raíz de la muerte de la señora Van Stratten,
permanecía aislada e ignota. Desde las casas de playa de la
orilla sur del lago de arena, a tres kilómetros de distancia,
y por encima de la arena fundida, se veían las distantes
terrazas e hileras de balcones de la casa de verano que
subían hacia el cielo color cereza del atardecer como una
pila de dominós. No se podía llegar a la casa desde la playa.
Las vetas de cuarzo abrían grietas profundas en la
superficie, y los arrecifes de piedra arenisca se elevaban en
el aire como oxidados esqueletos de barcos olvidados.
Toda Lagoon West era una zona de desmoronamientos
continuos. Periódicamente un estampido blando perturbaba el
silencio de la mañana, y una de las galerías de arena
compacta, de intrincadas grutas y columnatas que parecían un
invertido palacio barroco, se disolvía de pronto y bajaba en
un alud suave por el precipicio interno que había debajo. La
mayoría de los años Charles Van Stratten estaba en Europa, y
se creía que la casa estaba vacía. El único sonido que oían
los ocupantes de las casas de la playa era la débil música de
las esculturas sónicas que las ondas términas llevaban por
encima del lago.
Era a ese paisaje, con su imperceptible transición entre
lo real y lo superreal, a donde Charles Van Stratten había
llevado los equipos de filmación y los camiones de exteriores
de Orpheus Productions, Inc. Cuando el Lincoln se unió a la
columna de coches que avanzaba despacio hacia la casa de
verano, vimos los enormes bastidores de lona, de por lo menos
doscientos metros de ancho y diez metros de alto, que un
grupo de obreros de la construcción estaba instalando entre
los arrecifes a casi medio kilómetro de distancia de la casa.
Decorados con símbolos abstractos, esos bastidores servirían
de fondo para la acción, y formarían un laberinto
fragmentario que se retorcería entrando y saliendo de las
montañas y las dunas.

Una de las amplias terrazas al pie de la casa de verano
servía de lugar de estacionamiento para los coches, y
caminamos entre las cuadrillas de descarga hasta un grupo de
hombres vestidos con pantalones de piel de cocodrilo y
camisas de rafia -entonces el uniforme de los cineastas
vanguardistas- reunidos alrededor de un hombre de mandíbulas
grandes parecido un oso sudoroso que sostenía una pila de
libretos debajo de un brazo y gesticulaba impetuosamente con
el otro. Ese era Orson Kanin, director de Afrodita 80 y
copropietario con Charles Van Stratten de Orpheus
Productions. Kanin, en otros tiempos enfant terrible del cine
futurista y ahora cincuentón corpulento, de vientre abultado,
se había labrado su reputación hacía unos veinte años con
Orfeo ciego, versión cinematográfica neofreudiana, de terror,
de la leyenda griega. Según la interpretación de Kanin, Orfeo
deliberadamente rompe el tabú y mira a Eurídice a la cara
porque quiere librarse de ella; en una famosa secuencia
pesadillesca que proyecta la repugnancia inconsciente de
Orfeo, éste toma cada vez más conciencia de que hay algo frío
y extraño en su mujer resucitada, y descubre que es un
cadáver en descomposición.
Cuando llegamos a le periferia del grupo, estaba en su
apogeo una típica conferencia de Kanin, una interminable
pantomima de incicentes dramatizados a partir del guión
imaginario, anécdotas, promesas salariales y malos juegos de
palabras, recitado todo con una sonora voz de barítono.
Sentado en la balaustrada al lado de Kanin había un hombre
bien parecido, de aspecto juvenil y rostro sensible que
reconocí como Charles Van Stratten. De vez en cuando, sotto
voce, intercalaba algún comentario que era anotado por una de
las secretarias e incorporado al monólogo de Kanin.
A medida que avanzaba la conferencia, deduje que
empezarían a rodar en unas tres semanas, y que trabajarían
enteramente sin guión. Sólo un hecho parecía perturbar a
Kanin: que todavía no habían encontrado a nadie para
representar el papel de Afrodita en Afrodita 80, pero Charles
Van Stratten intervino aquí para asegurarle a Kanin que él
mismo proporcionaría la actriz.
Esto hizo levantar algunas cejas. -Claro -murmuró
Raymond-. Droit de seigneur. ¿Quién será la próxima señora
Van Stratten?
Pero Charles Van Stratten parecía no percatarse de esos
comentarios sarcásticos expresados en voz baja. Al verme se
excusó y vino a donde estábamos.
-¿Paul Golding? -Me tomó la mano en un apretón suave
pero cálido. Nunca nos habíamos visto, pero supuse que me
reconocía por las fotografías en las revistas de arte.- Kanin
me dijo que usted había aceptado hacer los decorados. Nos
halaga profundamente.- Hablaba con voz clara y agradable, sin
ninguna afectación.- Hay aquí tanta confusión que resulta un
consuelo saber que por lo menos los decorados serán de
primera. -No me dejó protestar; me tomó del brazo y echamos a
andar por la terraza hacia los tableros que había a lo
lejos.- Tomemos un poco de aire. Kanin tiene por lo menos
para otro par de horas.
Dejando a Raymond y a Tony, lo seguí por encima de los
enormes cuadrados de mármol.
-Kanin sigue preocupado por la actriz principal -dijo-.
Kanin siempre se casa con su última protegida: sostiene que
ésa es la única manera de hacerlas responder del todo a su
dirección, pero yo sospecho que dentro del galán se esconde
un puritano anticuado. Esta vez se llevará un chasco, aunque
no por parte de la actriz. La Afrodita que tengo en mente
eclipsará a la de Milo.
-Parece una película ambiciosa -comenté-, pero no dudo
de que Kanin está a su altura.
-Claro que sí. Es casi un genio, y supongo que con eso
basta. -Se detuvo un instante, las manos en los bolsillos del
traje gris paloma, y luego se movió como una pieza de ajedrez
por una casa diagonal.- Usted sabe, es un tema fascinante. El
título es engañoso, una concesión a la taquilla. En realidad
se trata del examen final, por parte de Kanin, de la leyenda
de Orfeo. Todo el tema de las ilusiones que existen en
cualquier relación para hacerla factible, y las barreras que
aceptamos de buena gana para escondernos unos de otros.
¿Cuánta realidad podemos soportar?
Llegamos junto a uno de los enormes tableros que se
extendían entre los arrecifes. Se elevaba sobre las espiras y
las grutas y parecía tapar la mitad del cielo, y en seguida
sentí esa atmósfera que rodeaba a Lagoon West, una atmósfera
de ilusión y realidad, de sutil desplazamiento del tiempo y
el espacio. Los grandes tableros parecían tanto barreras como
corredores. Salían radialmente de la casa y fragmentaban el
paisaje, del que mostraban porciones repentinas e inconexas,
e introducían en la tarde apacible un elemento de
incertidumbre curiosamente atractivo, una impresión reforzada
por el vacío y por la presencia enigmática de la casa de
verano.

Caminamos por el borde de la terraza, volviendo a la
conferencia de Kanin. La arena se había apilado sobre la
balaustrada que separaba el sector público del privado. Al
mirar la hilera de balcones de la fachada sur, advertí que
había alguien en las sombras, debajo de uno de los toldos.
Se produjo un brillante destello en el suelo, junto a
mis pies. Reflejando por un instante el disco lleno del sol,
como un pulido nódulo de zafiro o de cuarzo, la luz
relampagueó entre el polvo y luego pareció que se escabullía
de costado metiéndose debajo de la balaustrada.
--¡Dios mío, un escorpión! --Señalé el insecto que se
escondía de nosotros agitando despacio la guadaña roja de la
cola. Supuse que la quitina condensada en el casco reflejaba
la luz, y entonces vi que le habían incrustado una pequeña
piedra facetada en el cráneo. Cuando se asomó a la luz, la
gema ardió al sol como un cristal incandescente.
Charles Van Stratten se me adelantó. Casi apartándome de
un codazo, miró hacia los balcones cerrados. Amagó hábilmente
con un pie hacia el escorpión, y antes que el insecto pudiese
recuperarse lo aplastó contra el polvo.
--Tiene usted razón, Paul --dijo con voz firme--. Pienso
que los diseños que ha propuesto son excelentes. Ha captado
con precisión el espíritu de la cosa, como sabía que lo
haría. --Abotonándose la chaqueta, echó a andar hacia el
equipo de filmación, deteniéndose apenas para sacarse del
zapato la húmeda cáscara del carapacho aplastado.
Lo alcancé. --Ese escorpión estaba enjoyado --dije--.
Tenía un diamante o un circón embutido en la cabeza.
Hizo un ademán impaciente y luego sacó un par de
anteojos grandes de sol del bolsillo superior de la chaqueta
(breast pocket). Oculto, su rostro parecía más duro y
autocrático, y me recordó cuál era nuestra verdadera
relación.
--Una ilusión, Paul --dijo--. Algunos de los insectos
que andan por aquí son peligrosos. Debe usted tener más
cuidado. --Dicho eso, se aflojó y me regaló su sonrisa más
simpática.
Volví a donde estaban Tony y Raymond, y miré cómo
Charles Van Stratten caminaba entre los técnicos y los
utileros. Su andar era ahora mucho más decidido, e ignoró a
un asistente de producción sin molestarse en volver la
cabeza.
--Y bien, Paul. --Raymond me saludó efusivamente.-- No
hay guión, ni estrella, ni película en las cámaras, y nadie
tiene la menor idea de lo que debería hacer. Pero hay un
millón de pies cuadrados de murales esperando a que los
pinten. Todo parece muy claro.
Miré atrás, por encima de la terraza, hacia donde
habíamos visto el escorpión. --Supongo que sí --dije.
En algún sitio, en el polvo, brilló con fuerza una gema.

Dos días más tarde vi otro de los insectos enjoyados.
Reprimí mis dudas sobre Charles Van Stratten y me
concentré en preparar los diseños de los tableros. Aunque el
millón de pies cuadrados del primer cálculo de Raymond era
una exageración --haría falta menos de la décima parte--, la
cantidad de trabajo y de materiales necesarios sería
considerable. En verdad yo estaba nada menos que ante la
tarea de pintar de nuevo el desierto entero.
Iba todas las mañanas a Lagoon West y trabajaba entre
los arrecifes adaptando los diseños a los contornos y a los
colores del terreno. Pasaba la mayor parte del tiempo solo al
sol ardiente. Tras el frenesí inicial, Orpheus Productions
había perdido ímpetu. Kanin se había ido a un festival de
cine en Red Beach y casi todos los asistentes de producción y
los guionistas se habían retirado a la piscina del Hotel
Neptuno en Vermilion Sands. Los que quedaban en Lagoon West
estaban ahora medio adormecidos bajo las sombrillas
coloreadas instaladas alrededor del bar móvil.
La única señal de movimiento venía de Charles Van
Stratten, que se paseaba incansablemente entre los arrecifes
y las agujas de arena. De vez en cuando oía que una de las
esculturas sónicas de los balcones superiores de la casa de
verano cambiaba de nota, y al volverme lo veía a él allí de
pie, al lado de la estatua. El perfil sónico de Charles
evocaba una secuencia de acordes extraña y suave,
entremezclada con notas más agudas, casi quejumbrosas, que se
alejaban atravesando el aire inmóvil de la tarde hacia el
laberinto de inmensos tableros que ahora rodeaban la casa.
Caminaba entre ellos todo el día, midiendo a pasos los
perímetros y las diagonales como quien trata de encontrar la
cuadratura del círculo de algún enigma personal, director de
un psicodrama wagneriano que nos involucraría a todos en su
catártico despliegue.
Poco después del mediodía, cuando un intenso palio de
luz amarilla cubría el desierto, disolviendo los colores en
su vidrioso manto, me senté en la balaustrada a esperar el
paso del meridiano. El lago de arena resplandecía en el calor
como un inmenso charco de cera perezosa. A pocos metros de
distancia algo parpadeó en la arena resplandeciente, un
reflejo conocido. Protegiéndome los ojos, encontré la fuente,
la diminuta portadora prometéica de esa brillante corona. La
araña, una Viuda Negra, se acercó caminando con patas tiesas,
emitiendo con la corona una llamarada de señales
entrecortadas. Se detuvo y giró sobre sí misma, mostrando el
enorme zafiro incrustado en la cabeza.
Parpadearon más puntos de luz. En un instante toda la
terraza se cubrió de luz enjoyada. Rápidamente conté una
veintena de insectos: escorpiones con turquesas, una mantis
púrpura con un topacio gigantesco que parecía una corona de
hileras, y más de una docena de arañas, de cuyas cabezas
brotaban chispazos de luz esmeralda y zafiro.
Allá arriba, oculta en las sombras entre las buganvillas
del balcón, me observaba una figura alta, de rostro pálido,
vestida de azul.
Salté por encima de la balaustrada, evitando
cuidadosamente los insectos inmóviles. Separado del resto de
la terraza por el ala oeste de la casa de verano, yo había
entrado en una zona nueva: allí las columnas óseas de la
galería, la centelleante superficie del lago de arena y los
insectos enjoyados me encerraban en un repentino limbo vacío.
Me quedé unos instantes debajo del balcón del que habían
salido los insectos; me seguía mirando la extraña figura
sibilina que presidía ese mundo privado. Sentí que había
atavesado sin darme cuenta las fronteras de un sueño,
metiéndome en un pasaje subjetivo de la psiquis proyectado en
las soleadas terrazas de alrededor.
Pero cuando iba a llamar a la mujer chirriaron unas
pisadas suaves en la galería. Entre las columnas había un
hombre de unos cincuenta años, pelo oscuro, rostro taciturno
e inexpresivo y traje negro elegantemente abotonado, que me
miró con los ojos impasibles de un director de funerales.
Se cerró la persiana en el balcón, y los insectos dieron
por terminada su correría. Rodeándome, esas brillantes
coronas centellearon con dureza diamantina.

Todas las tardes, cuando volvía de los arrecifes con el bloc
de bocetos, veía los insectos enjoyados que se movían a la
luz del sol, a orillas del lago, mientras su ama vestida de
azul, la perturbada Venus de Lagoon West, los observaba desde
el balcón. A pesar de la frecuencia de las apariciones de la
mujer, Charles Van Stratten no se molestaba en explicar esa
presencia. Casi había concluido la esmerada preparación del
rodaje de Afrodita 80, y se lo veía cada vez más preocupado.
Se había aprobado un esbozo de guión. Para mi sorpresa
la primera escena tendría lugar en la terraza, y tomaría la
forma de un ballet imaginario para el que pinté una serie de
biombos que podrían ser movidos de un lado a otro como piezas
de ajedrez. Cada uno de esos biombos, de cuatro metros de
alto, una lona grande montada en un bastidor de madera,
representaba uno de los signos del zodíaco. Como el
protagonista de El gabinete del Dr. Caligari, atrapado en un
laberinto de paredes inclinadas, el héroe órfico de Afrodita
80 aparecería buscando a su perdida Eurídice entre las
cambiantes estaciones del tiempo.
Así apareció el juego de los biombos, con el que nos
entretendríamos incansablemente en tantas ocasiones. Cuando
terminé el último biombo y observé los primeros movimientos
del juego, representados por un grupo de extras dirigido por
Charles Van Stratten, empecé a comprender hasta qué punto
éramos todos actores secundarios de una charada gigantesca
ideada por Charles.
Pronto se hizo claro el verdadero propósito del juego.
La casa de verano estaba desierta cuando viajé a Lagoon
West el fin de semana siguiente; sobre el lago y las colinas
circundantes flotaba un inmenso dosel de silencio. Los doce
biombos se erguían en la terraza sobre la playa, y los
vívidos diseños heráldicos se derretían en borrosos charcos
de turquesa y carmín que se desangraban por el aire en capas
horizontales. Alguien había reordenado los biombos para
formar un estrecho corredor espiral. Mientras los volvía a su
lugar, la cola de un vestido blanco desapareció entre las
sombras con un floreo sobresaltado.
Adivinando la probable identidad de esa pálida y
nerviosa intrusa, me metí silenciosamente en el corredor.
Aparté uno de los biombos, un enorme Escorpio de púrpura
real, y me encontré de pronto en el centro del laberinto, a
poco más de un brazo de distancia de la extraña figura que
había visto en el balcón. Por un instante la mujer no
advirtió mi presencia. El exquisito rostro blanco, como una
máscara de marmol, veteada por una tenue sombra violácea que
parecía una delicada rosa interior, miraba hacia el dosel de
luz solar que hería los bordes superiores de los biombos.
Llevaba una bata larga de playa con una capucha acampanada
que le rodeaba la cabeza como una enramada protectora.
En un pliegue, encima del pescuezo, anidaba uno de los
insectos enjoyados. Había en ese rostro una curiosa
inmovilidad satinada que le daba a la piel blanca una
cualidad casi sepulcral. El vello suave que lo cubría parecía
el polvo de una tumba.
--¿Quién...? --Sobresaltada, la mujer dio un paso atrás.
Los insectos se desparramaron a sus pies y parpadearon en el
suelo como una alfombra enjoyada. Me miró con sorpresa,
echándose la capucha de la bata sobre la cara como una flor
exótica que se esconde en el follaje. Consciente del círculo
protector de insectos, alzó la barbilla y se calmó.
--Lamento interrumpirla --dije--. No me di cuenta de que
había alguien aquí. Me halaga que le gusten los biombos.

La barbilla autocrática bajó unos milímetros, y la cabeza
brotó de la capucha con un remolino de pelo azul. --¿Usted
los pintó? --confirmó--. Pensé que eran del doctor Gruber...
--Se interrumpió, cansada o aburrida de traducir los
pensamientos a palabras.
--Son para el film de Charles Van Stratten --expliqué--.
--Afrodita 80. El film sobre Orfeo que está rodando aquí.
--Agregué:-- Tiene que pedirle un papel. Usted sería un gran
adorno.
--¿Un film? --La voz de ella atravesó la mía.-- Oiga,
¿está usted seguro de que son para ese film? Es importante
que yo sepa...
--Completamente seguro. --Ya estaba empezando a
parecerme una mujer agotadora. Hablar con ella era como
caminar por un suelo compuesto por bloques de diferentes
alturas, semejanza que reforzaban los cuadrados de la terraza
a la que la presencia de ella había agregado otra dimensión
aleatoria.-- Van a filmar aquí una de las escenas. Desde
luego --añadí, cuando vi que la noticia le hacía fruncir el
ceño--, tiene usted libertad para jugar con los biombos.
Incluso, si usted quiere, le pinto algunos.
--¿De veras? --Por la velocidad de la respuesta vi que
había penetrado por fin hasta el centro de su atención.--
¿Puede empezar hoy? Pinte todos los que pueda, como ésos. No
cambie los diseños. --Miró alrededor los símbolos zodiacales
que brotaban de las sombras como los murales pintados con
polvo y sangre en las paredes de un corredor funerario
tolteca.-- Son maravillosamente vivos, a veces pienso que son
todavía más reales que el doctor Gruber. Aunque... --vaciló--
...no sé cómo pagarle. Ocurre que no me dan dinero. --Me
sonrió como una niña ansiosa, y de pronto se le iluminó el
rostro. Se arrodilló y recogió del suelo uno de los
escorpiones enjoyados.-- ¿Aceptaría uno de estos? --El
movedizo insecto, de brillante corona rubí, se tambaleó en la
palma blanca de la mano de la mujer.
Se acercaban unos pasos, el golpeteo firme de cuero en
mármol. --Quizá ensayen hoy --dije--. ¿Por qué no viene a
mirar? La llevaré a conocer los escenarios.
Cuando empecé a correr los biombos sentí en el brazo los
largos dedos de la mano de la mujer. Estaba muy agitada.
--Tranquilícese --dije--. Les pediré que se vayan. No se
preocupe, no le estropearán el juego.
--¡No! ¡Escuche, por favor! --Los insectos se
dispersaron y huyeron mientras alguien sacaba el círculo
exterior de biombos. En unos pocos segundos todo ese mundo de
ilusión quedó desarmado y expuesto a la ardiente luz del sol.
Detrás del Escorpio apareció la cara atenta del hombre
de traje negro, en cuyos labios culebreaba una sonrisa.
--Ah, señorita Emerelda --ronroneó--. Me parece que
debería entrar. El calor de la tarde es muy fuerte y usted se
cansa con facilidad.

Los insectos se apartaron de los zapatos negros de charol. Al
mirarlo a los ojos vi las profundas reservas de paciencia de
un enfermero experimentado, acostumbrado al talante díscolo e
inestable de un inválido crónico.
--Ahora no --insistió Emerelda--. Iré en un momento.
--Le estaba describiendo los biombos --expliqué.
--Ya veo, señor Golding --dijo él con voz tanquila--.
Señorita Emerelda --llamó.
Por un momento pareció que había un equilibrio de
fuerzas. Emerelda, los insectos enjoyados a los pies, se
quedó a mi lado, apoyándome una mano en el brazo, mientras su
guardián esperaba con la misma sonrisa delgada en los labios.
Se acercaron más pasos. Alguien apartó los biombos que
quedaban y apareció la figura rolliza y acicalada de Charles
Van Stratten saludando con voz cortés.
--¿Qué es esto... una conferencia para tratar el guión?
--preguntó, jocoso. Se interrumpió al ver a Emerelda y al
guardián--. ¿Doctor Gruber? ¿Qué pasa... Emerelda, querida?
El doctor Gruber habló con suavidad.
--Buenas tardes, señor. La señorita Emerelda va a
regresar a su habitación.
--Muy bien, muy bien --exclamó Charles. Por primera vez
desde que lo conocía lo vi inseguro. Intentó acercarse a
Emerelda, que lo miró con firmeza. La mujer se envolvió en la
bata y echó a andar rápidamente entre los biombos. Charles
caminó unos pasos, sin decidirse a seguirla.
--Gracias, doctor --murmuró. Hubo un destello de tacos
de charol y Charles y yo nos quedamos solos entre los
biombos. En el suelo, a nuestros pies, había una solitaria
mantis enjoyada. Sin pensar, Charles se inclinó para
recogerla, pero el insecto lo atacó y él retiró los dedos con
una sonrisa tenue, como aceptando la irrevocavilidad de la
partida de Emerelda.
Charles se recuperó y me reconoció con esfuerzo.
--Bueno, Paul, me alegra que usted y Emerelda se lleven tan
bien. Sabía que usted haría un excelente trabajo con los
biombos.

Salimos a la luz del sol. Tras una pausa, Charles dijo: --Ésa
es Emerelda Garland. Ha vivido aquí desde que murió mamá. Fue
una experiencia trágica. Según el doctor Gruber, quizá no se
recupere nunca.
--¿Es el médico de ella?
Charles dijo que sí con la cabeza. --Uno de los mejores
que encontré. Por algún motivo Emerelda se siente responsable
de la muerte de mamá. No ha querido irse de aquí.
Señalé los biombos. --¿Cree usted que pueden ser de
alguna utilidad?
--Desde luego. ¿Por qué cree que estamos aquí? --Bajó la
voz, aunque Lagoon West estaba desierta.-- No se lo diga
todavía a Kanin, pero acaba usted de conocer a la estrella de
Afrodita 80.
--¿Qué? --Me detuve, incrédulo.-- ¿Emerelda? ¿Quiere
usted decir que ella va a desempeñar el papel de...?
--Eurídice. --Charles hizo un gesto afirmativo.-- ¿Quién
mejor que ella?
--Pero, Charles, ella está... --busqué un término
discreto.
--Ése es el detalle. Créame, Paul --aquí Charles me
sonrió con una expresión de sorprendente astucia--, que este
film no es tan abstracto como piensa Kanin. En realidad, su
único propósito es terapéutico. Usted sabe, en otra época
Emerelda fue una estrella de cine menor, y estoy convencido
de que los equipos de filmación y los decorados ayudarán a
devolverla al pasado, al período anterior a ese pasmoso
shock. Es el único camino que queda, una especie de
psicodrama total. La elección del tema, la leyenda de Orfeo y
sus asociaciones, se ajusta exactamente a la situación: me
veo como un Orfeo de nuestros días que trata de rescatar a su
Eurídice del infierno del doctor Gruber. --Sonrió
desoladamente, consciente tal vez de la pobreza de la
analogía y de las escasas esperanzas que encerraba.--
Emerelda se ha refugiado del todo en su mundo personal, y se
pasa el tiempo incrustando sus joyas en esos insectos. Con
suerte, los biombos la llevarán al resto de este paisaje
sintético. Después de todo, si descubre que todo lo que la
rodea es irreal, dejará de temerlo.
--Pero ¿no puede usted aunque sea sacarla físicamente de
Lagoon West? --pregunté--. Quizá Gruber no sea el médico
indicado para ella. No entiedo por qué la tuvo usted guardada
aquí todos estos años.
--No la tuve guardada, Paul --dijo, serio--. Se ha
aferrado a este sitio y a sus recuerdos. Ahora ni siquiera me
deja acercarme a ella.
Nos separamos y él se alejó entre las dunas desiertas.
Al fondo, los enormes tableros que yo había diseñado
ocultaban los arrecifes y las mesetas distantes. Inmensas
manchas de color, salpicadas sobre los diseños, superponían
al desierto un nuevo paisaje. Las formas geométricas asomaban
y ondulaban en la bruma como los cambiantes símbolos de un
sueño tentador.
Mientras miraba cómo se iba Charles, tuve una repentina
sensación de lástima por esa determinaión tan sutil pero
ingenua. No sabiendo si advertirle que fracasaría casi con
certeza, me froté las magulladuras en carne viva del brazo.
Mientras lo miraba fijamente, Emerelda había cerrado los
dedos sobre mi brazo con evidente ferocidad, y sus uñas
afiladas lo habían atravesado como dagas.

Entonces, cada tarde, empezamos a entretenernos con el juego
de los biombos, moviendo sobre la terraza los emblemas
zodiacales. Sentado en la balaustrada y mirando los primeros
y tímidos esfuerzos de Emerelda Garland por acercarse, pensé
hasta qué punto nos estaban atrapando Charles Van Stratten,
el desierto pintado y la escultura que cantaba en las
elevadas terrazas de la casa de verano. Dentro de todo eso
había brotado ahora Emerelda Garland, como un fantasma bello
pero nervioso. Primero se deslizaba entre los biombos
agrupados debajo de su balcón, y luego, oculta detrás del
enorme Virgo del centro, avanzaba por el suelo hacia el lago,
cercada por la cambiante figura de los biombos.
Una vez dejé mi asiento al lado de Charles e intervine
en el juego. Maniobré poco a poco con mi biombo, un pequeño
Sagitario, hasta el centro del laberinto donde encontré a
Emerelda en un estrecho cubículo cambiante, balanceándose
como extasiada por el ritmo del juego, los insectos
desparramados a sus pies. Al acercarme me apretó la mano y
echó a correr por un pasillo, arrastrando la bata floja sobre
los hombros desnudos. Cuando los biombos llegaron de nuevo a
la casa de verano, recogió la cola del vestido con una mano y
desapareció entre las columnas de la galería.
Mientras volvía a donde estaba Charles encontré una
mantis enjoyada anidada como un broche en la solapa de mi
chaqueta; la corona de amatista se derretía bajo la menguante
luz solar.
--Está saliendo, Paul --dijo Charles--. Ya ha aceptado
los biombos, y pronto podrá prescindir de ellos. --Frunció el
ceño al ver la mantis enjoyada en la palma de mi mano.-- Un
regalo de Emerelda. Supongo que de doble filo; esas cosas son
peligrosas. Pero le está agradecida, Paul, lo mismo que yo.
Ahora entiendo que sólo el artista puede crear una realidad
absoluta. Quizá tendría que pintar algunos biombos más.
--Con mucho gusto, Charles, si usted está seguro de
que...
Pero Charles se limitó a asentir distraídamente, y echó
a andar hacia el equipo de filmación.

Durante los días siguientes pinté varios biombos nuevos,
duplicando los emblemas zodiacales; así, tarde tras tarde, el
juego --en el que los treinta biombos formaban un laberinto
múltiple-- se fue volviendo más lento y más intrincado. Por
unos minutos, en el clímax del juego, encontraba a Emerelda
en el centro oscuro mientras los biombos se empujaban y la
rodeaban y la escultura del techo ululaba en el estrecho
hueco de cielo abierto.
--¿Por qué no participa usted en el juego? --le pregunté
a Charles, que estaba impacientando tras el júbilo inicial.
Todas las noches, cuando regresaba en coche a Ciraquito, el
penacho de polvo que levantaba su veloz Maserati subía cada
vez más alto en el aire pálido. Había perdido interés en
Afrodita 80. Por fortuna Kanin había descubierto que ninguno
de los procesos de color conocidos podían reproducir el
desierto pintado de Lagoon West, y se estaba rodando ahora el
film con maquetas en un estudio alquilado en Red Beach.--
Quizá si Emerelda lo viese a usted en el laberinto...
--No, no. --Charles negó categóricamente con la cabeza,
luego se levantó y empezó a pasear alrededor.-- Paul, ya no
estoy tan seguro.
Sin que él lo supiese, yo había pintado otra docena de
biombos. Esa mañana, temprano, los había escondido en la
terraza, entre los demás.

Tres noches más tarde, cansado de cortejar a Emerelda Garland
dentro de un laberinto pintado, fui en coche a Lagoon West,
subiendo entre colinas oscurecidas cuyas formas retorcidas
subían ante los faros oscilantes como nubes de humo de un
infierno hundido. A lo lejos, junto al lago, las terrazas
angulosas de la casa de verano colgaban en el aire opaco y
gris como suspendidas por alambres invisibles de las nubes
color añil que se extendían como terciopelo hacia las pocas y
tenues luces que bordeaban la playa, a tres kilómetros de
distancia.
Las esculturas de los pisos superiores estaban casi
calladas, y pasé por delante de ellas con cuidado,
arrancándoles nada más que unos pocos acordes apagados. Los
débiles sonidos pasaban de una estatua a otra, subían al
techo de la casa de verano y se perdían en el aire de
medianoche.
Desde la galería miré el laberinto de biombos, y los
insectos enjoyados esparcidos por la terraza que centelleaban
sobre el mármol negro como el reflejo de un campo de
estrellas.
Encontré a Emerelda Garland entre los biombos, el rostro
blanco una aureola oval en las sombras, casi desnuda con un
vestido de seda que parecía un velo de luz lunar. Se apoyaba
en un enorme Tauro, los brazos pálidos extendidos a los
lados, como Europa suplicante ante el toro, rodeada por los
luminosos espectros de la guardia zodiacal. Sin mover la
cabeza, miró cómo me acercaba y le tomaba las manos. Su pelo
azulado dibujó remolinos en el viento oscuro mientras
sorteábamos los biombos y atravesábamos la escalinata que
llevaba a la casa de verano. La expresión de esa cara, cuyos
planos de porcelana reflejaban la luz turquesa de los ojos,
era de una serenidad casi aterradora, como si anduviese por
un paisaje onírico interior de la psiquis con la confianza de
un sonámbulo. Rodeándole la cintura con un brazo, la guié por
las escaleras hacia sus habitaciones, consciente de que más
que su amante era el arquitecto de sus fantasías. Por un
momento, la naturaleza ambigua de mi papel y la dudosa
moralidad de raptar a una mujer hermosa pero demente me
despertaron algunas dudas.
Habíamos llegado al balcón interior que rodeaba el patio
central de la casa de verano. Allá abajo, una escultura
sónica de gran tamaño emitió unas vibraciones tensas y
nerviosas, como si mis pasos vacilantes la hubiesen
despertado de su silencio de medianoche.
--¡Espere! --Contuve a Emerelda, que iba a subir otro
tramo de escaleras, despertándola de ese adormecimiento
autohipnótico.-- ¡Allá arriba!

Junto a la baranda, delante de la puerta de la habitación de
Emerelda, había una figura silenciosa vestida de negro, la
cabeza visiblemente inclinada hacia abajo.
--¡Oh, Dios mío! --Emerelda me aferró el brazo con ambas
manos; un rictus de horror y de anticipación le atravesó el
rostro sereno.-- Es ella... está allí... Por piedad, Paul,
lléveme...
--¡Es Gruber! --dije--. ¡El doctor Gruber! ¡Emerelda!
Mientras volvíamos a cruzar la entrada la cola del
vestido de Emerelda arrancó a la estatua un sollozo
disonante. A la luz de la luna los insectos seguían
centelleando como una alfombra de diamantes. La tomé de los
hombros y traté de reanimarla.
--¡Emerelda! Nos iremos de aquí... La sacaré de Lagoon
West y de este sitio demente. --Señalé mi coche, estacionado
entre las dunas junto a la playa.-- Iremos a Vermilion Sands
o a Red Beach y olvidará para siempre al doctor Gruber.
Corrimos hacia el coche; el vestido de Emerelda iba
recogiendo los insectos a nuestro paso. Oí que lanzaba un
grito seco a la luz de la luna y me soltó la mano. Tropecé
entre los insectos parpadeantes. De rodillas, vi cómo
desaparecía entre los biombos.
Durante los diez minutos siguientes, mientras observaba
desde la oscuridad junto a la playa, los insectos enjoyados
caminaron hacia ella por la terraza, hasta que su última luz
se apagó como un río nocturno que desaparece.
Caminé volviendo hacia mi coche, y una figura
silenciosa, de traje blanco, apareció entre las dunas y me
esperó en el fresco aire ambarino, las manos hundidas en los
bolsillos de la chaqueta.
--Es usted mejor pintor de lo que cree --dijo Charles
cuando me senté al volante--. En las dos últimas noches me
eludió de la misma manera.
Miró pensativo por la ventanilla mientras regresábamos a
Ciraquito y las esculturas del desfiladero plañían como
ánimas a nuestras espaldas.

La tarde siguiente, como suponía, Charles Van Stratten
participó al fin en el juego de los biombos. Llegó apenas
habían empezado los movimientos, caminando entre la multitud
de extras y camarógrafos reunida cerca del aparcamiento de
coches, las manos todavía hundidas en los bolsillos del traje
blanco, como si su repentina aparición entre las dunas la
noche anterior y esa llegada fuesen continuas en el tiempo.
Se detuvo junto a la balaustrada, del otro lado de la
terraza, donde estaba yo sentado con Tony Sapphire y Raymond
Mayo, y miró pensativo los lentos movimientos de traslación
del juego, los ojos grises ocultos bajo cejas rubias.
A esa altura había tantos biombos en el juego --más de
cuarenta (secretamente yo había agregado más en un esfuerzo
por salvar a Emerelda)-- que casi todo el movimiento estaba
restringido al centro del grupo, como para acentuar el
carácter de autosacrificio del ritual. Lo que había empezado
como un agradable divertimento, una pintoresca introducción a
Afrodita 80, había degenerado en una charada macabra,
transformando la terraza en la zona de entrenamiento de una
pesadilla.
Desalentados o aburridos por la lentitud del juego, los
extras que participaban empezaron a abandonarlo uno por uno,
sentándose en la balaustrada al lado de Charles. Finalmente
sólo quedó Emerelda --en mi mente la veía deslizándose por
los nexos de los corredores, protegida por las deidades
zodiacales que yo había pintado-- y de vez en cuando alguno
de los biombos del centro se ladeaba apenas.
--Le has diseñado una trampa maravillosa, Paul
--reflexionó Raymond Mayo--. Un asilo de cartón.
--Fue idea de Van Stratten. Pensamos que le podría
ayudar.
En algún lugar de la playa había comenzado a sonar una
escultura, y su voz quejumbrosa reverberaba sobre nuestras
cabezas. A algunas de las esculturas más viejas, cuyos
centros sónicos se habían oxidado, las habían desarmado y
abandonado en la playa, donde habían vuelto a echar raíces.
Cuando los cambios de temperatura las despertaban emitían
unas pocas notas musicales sofocadas, parodias fracturadas de
su antigua melodía.
--¡Paul! --Tony Sapphire señaló por encima de la
terraza.-- ¿Qué sucede? Hay algo...
A cincuenta metros de donde estábamos, Charles Van
Stratten había bajado de la balaustrada y se lo veía ahora de
pie en uno de los cuadrados negros de mármol, las manos
flojas a los lados, enfrentando como una solitaria pieza de
ajedrez la apretada formación de biombos. Se habían ido todos
los demás, y estábamos ahora nosotros tres solos con Charles
y la oculta ocupante de los biombos.

El canto áspero de la escultura salvaje seguía taladrando el
aire. A tres kilómetros de distancia, a través de la bruma
que todavía oscurecía a medias la costa distante, asomaban
entre las dunas las casas de verano, y la fundida superficie
del lago, en la que estaban incrustados tantos objetos,
costurones de jade y obsidiana, era como un segmento de
tiempo embalsamado del que se fugaba lentamente la música de
la escultura. El calor, sobre la superficie bermeja, era como
un cuarzo derretido que se movía con pereza mostrando las
mesetas y los arrecifes distantes.
La bruma se disipó y pareció que brotaban las agujas y
los arrecifes de arena, arañando por el aire, hacia nosotros,
con púas rojas. La luz corrió por la superficie opaca del
lago, iluminando las vetas fosilizadas, y el canto fúnebre de
la escultura moribunda alcanzó el clímax.
--¡Emerelda!
Cuando nos levantamos, excitados por ese grito, Charles
Van Stratten corría por la terraza. --¡Emerelda!
Antes que pudiésemos movernos, comenzó a tirar de los
biombos, volcándolos hacia atrás en el suelo. En unos
instantes la terraza se transformó en una mezcla de lienzos
desgarrados y bastidores derrumbados; los enormes emblemas
iban quedando a los lados de su camino como carrozas que se
desintegran al finalizar un carnaval.
Sólo se detuvo, las manos en la cintura, cuando quedó
núcleo original de media docena de biombos.
--¡Emerelda! --grito con voz apagada.
Raymond se volvió hacia mí. --¡Paul, detenlo, por Dios!
Charles dio una zancada y tiró del último biombo.
Tuvimos una repentina imagen de Emerelda retrocediendo ante
la invasión de luz solar, envuelta en la llamarada del
vestido blanco que le colgaba como las alas rotas de un
enorme pájaro. De pronto, con un explosivo destello, brotó
del suelo, a los pies de Emerelda, un brillante vórtice de
luz, y una nube de arañas y escorpiones enjoyados subió en el
aire y envolvió a Charles Van Stratten.
Las manos alzadas con impotencia para protegerse la
cabeza, Charles echó a correr por la terraza, perseguido por
la flota de insectos enjoyados que giraban y picaban hacia
él. Antes de desaparecer entre las dunas, al lado de la
playa, lo vimos durante un último y aterrador instante,
arañando inútilmente el casco enjoyado cosido sobre el rostro
y los hombros. Entonces resonó su voz, un grito sostenido en
la misma nota que ensayaban las esculturas agonizantes y que
se perdió en la punzante bandada de insectos.

Lo encontramos entre las esculturas, caído boca abajo sobre
la arena ardiente, la tela blanca del traje blanco lacerada
por cien pinchaduras. A su alrededor estaban esparcidos las
piedras preciosas y los cuerpos aplastados de los insectos
que había matado; las patas y las mandíbulas nudosas parecían
ideogramas abstractos, y la luz disolvía los zafiros y los
circones.
Las manos hinchadas de Charles estaban repletas de
piedras preciosas. La nube de insectos regresó a la casa de
verano, donde la figura vestida de negro del doctor Gruber se
recortaba contra el cielo como un amenazante pájaro de
pesadilla. Los únicos sonidos que se oían eran los que salían
de las esculturas, que habían recogido el último grito de
Charles Van Stratten y lo habían incorporado a su propio
autoréquiem.
--..."Ella... mató"... --Raymond se interrumpió y meneó
la cabeza con asombro.-- Paul, tú las oyes, son palabras
inconfundibles.
Pasé entre las púas metálicas de la escultura y me
arrodillé junto a Charles, mirando cómo uno de los
escorpiones enjoyados salía arrastrándose de abajo de la
barbilla y se escabullía en la arena.
--No se refería a él --dije--. Lo que gritaba era Ella
mató... a la señora Van Stratten. La vieja viuda, su madre.
Ésa es la verdadera clave de este revoltijo fantástico.
Anoche, cuando vimos a Gruber junto a la baranda, delante de
la habitación de ella... ahora me doy cuenta de que era allí
donde estaba la anciana cuando Emerelda la empujó. Durante
años Charles la tuvo allí encerrada a solas con su culpa,
quizá temiendo que lo incriminasen si se conocía la verdad...
tal vez era más responsable de lo que imaginamos. De lo que
no se daba cuenta era de que Emerelda había vivido tanto
tiempo con esa culpa que la había confundido con la persona
del propio Charles. Matarlo era la única manera que tenía de
liberarse...
Callé y descubrí que Raymond y Tony se habían ido y ya
estaban llegando a la terraza. Se acercaban algunos
integrantes de la compañía cinematográfica, y se oían voces
excitadas a lo lejos, y silbidos que se destacaban por encima
del ruido del escape de los coches.
La corpulenta figura de Kanin se acercó entre las dunas,
flanqueada por un trío de asistentes de producción. Los
rostros incrédulos miraron boquiabiertos el cuerpo postrado.
Las voces de las esculturas se apagaron por última vez,
llevándose a las profundidades del lago fósil el quejumbroso
grito final de Charles Van Stratten.

Un año más tarde, después de la partida de Orpheus
Productions de Lagoon West y cuando el escándalo que rodeaba
a la muerte de Charles se había aplacado, volvimos en coche a
la casa de verano. Era una de esas tardes tediosas y opacas,
en las que el desierto carece de brillo y unos relámpagos
breves iluminan las colinas distantes, y la enorme casa
parecía apagada y sin vida. Los criados y el doctor Gruber se
habían ido, y la finca comenzaba a deteriorarse. La arena
cubría largos tramos de la calzada y las dunas rodaban por
las terrazas abiertas derribando las esculturas, que ahora
estaban mudas; nada quebraba el vacío sepulcral fuera de la
presencia oculta de Emerelda Garland.
Encontramos los biombos donde habían quedado, y en un
arranque nos pasamos la primera tarde desenterrándolos de la
arena. Quemamos en una pira, en la playa, los que se habían
podrido a la luz del sol, y quizá los penachos de humo
púrpura y carmesí le anunciaron nuestra presencia a Emerelda.
A la tarde siguiente, mientras nos entreteníamos con el juego
de los biombos, me di cuenta de que ella nos observaba y vi,
entre las sombras, un destello de su vestido azul.
Pero aunque jugamos todas las tardes durante el verano
ella no vino nunca a acompañarnos, a pesar de que yo había
pintado y agregado biombos nuevos al grupo. Sólo bajó la
noche que visité Lagoon West solo, pero oí de nuevo las voces
de las esculturas que gritaban y escapé al ver ese rostro
pálido.
Por alguna rareza acústica, las esculturas muertas de la
playa habían revivido, y volví a oír los frágiles y
fantasmagóricos ecos del último grito de Charles Van Stratten
antes de que lo matasen los insectos enjoyados. Por toda la
casa desierta las estatuas recogieron el débil estribillo, y
lo repitieron en las galerías vacías y las terrazas
alumbradas por la luna, y lo llevaron hasta las bocas de los
arrecifes de arena, última música oscura de la noche pintada.


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