EL YO PECADOR DEL ARTISTA por Charles Baudelaire (1821-1867)
III
EL YO PECADOR DEL ARTISTA
¡Cuán penetrante es el final del día en otoño! ¡Ay! ¡Penetrante hasta
el dolor! Pues hay en él ciertas sensaciones deliciosas, no por vagas menos
intensas; y no hay punta más acerada que la de lo infinito.
¡Delicia grande la de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del
mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable de lo cerúleo! Una vela chi-
ca, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento, de
mi existencia irrremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que
piensa por mí,o yo por ello ÄÄ ya que en la grandeza de la divagación el
'yo' presto se pierde ÄÄ; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin
argucias, sin silogismos, sin deducciones.
Tales pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las co-
sas, presto cobran demasiada intensidad. La energía en el placer crea males-
tar y sufrimiento positivo. Mis nervios, harto tirantes, no dan más que vi-
braciones chillonas, dolorosas.
Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez.
La insensibilidad del mar me subleva... ¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir,
o huir de lo bello eternamente? ¡Naturaleza encantadora, despiadada, rival
siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes más a mis deseos y a mi orgullo. El
estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror an-
tes de caer vencido.
(de "Pequeños poemas en prosa - Crítica de arte",
trad: Enrique Diez-Canedo, Ed. Espasa Calpe,
B. A., 1949)