JAULA PARA ARDILLAS por Thomas M. Disch






Lo aterrador (si eso es lo que quiero decir; no estoy seguro de
que "aterrador" sea la palabra adecuada) es que soy libre de poner
por escrito lo que quiera, pero que escriba lo que escribiere no
habrá diferencia... para mí, para usted, para quien haya diferen-
cias. Pero por otro lado, ¿qué significa "diferencia"? ¿Acaso exis-
te realmente el cambio?
En estos días pregunto más que antes; en general soy menos pro-
gramático. ¿Será bueno eso? No sé.
Donde estoy es así: una silla sin respaldo (supongo entonces que
usted la llamaría una banqueta); suelo, paredes y un techo, que por
cuanto puedo discernir forman un cubo; luz blanca, muy blanca, sin
sombras, ni siquiera en el lado interior de la tapa de la banqueta;
yo, por supuesto; la máquina de escribir. En otra parte describí en
detalle la máquina de escribir. Tal vez vuelva a describirla. Sí,
es casi seguro que lo haré. Pero no ahora. Más tarde. Aunque ¿por
qué no ahora? ¿Por qué no la máquina de escribir tanto como cual-
quier otra cosa?
Entre los muchos tipos de preguntas de que dispongo. "por qué"
parece ser la más recurrente. ¿Por qué será?
Esto es lo que hago: me levanto y recorro el recinto de una pa-
red a otra. No es un recinto grande, aunque sí lo suficiente para
los fines actuales. A veces hasta salto, pero hay muy poco incenti-
vo para hacerlo, ya que no hay adónde saltar. El cielo raso es tan
alto que no se lo puede tocar, y la banqueta es tan baja que no
ofrece ningún estímulo. Si pensara que mis saltos entretendrían a
alguien... pero no tengo motivos para suponer tal cosa. A veces
hago ejercicios: flexiones, saltos mortales, me paro de cabeza,
isometría, etcétera. Pero nunca tanto como debiera. Me estoy po-
niendo gordo. Asquerosamente gordo y además lleno de granos. Me
gusta apretarme los granos de la cara. De vez en cuando mantengo
uno inflamado y abierto pellizcándolo demasiado, con la esperanza
de que así se me forme un absceso y se me envenene la sangre. Pero
evidentemente este lugar está libre de gérmenes. Nunca se me infec-
tan.
Es casi imposible matarse aquí. Las paredes y el piso están
acolchados; golpeando la cabeza contra ellos no se consigue otra
cosa que una jaqueca. Tanto la banqueta como la máquina de escribir
tienen bordes duros, pero cuando he tratado de usarlos se introdu-
jeron en el suelo. Por eso sé que hay alguien observando.
Antes estaba convencido de que era Dios. Presumía que esto era
el Cielo o el Infierno y me imaginaba que continuaría exactamente
igual para toda la eternidad. Pero si ya estuviera viviendo en la
eternidad no seguiría engordando sin cesar. En la eternidad nada
cambia. Por eso me consuelo pensando que algún día moriré. El hom-
bre es mortal. Como cuanto puedo para apresurar ese día. Según el
Times, así me enfermaré del corazón.
Comer divierte; ese es el verdadero motivo por el cual como mu-
cho. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa puedo hacer? De una pared
sobresale un... piso, supongo que así lo llamaría usted. Basta con
que acerque a él mi boca. No será el modo más elegante de alimen-
tarse, pero el sabor es muy bueno. A veces me quedo parado allí
tres horas seguidas dejándolo gotear dentro de mí. Hasta que me veo
obligado a gotear yo. Para eso está la banqueta. Tiene una tapa, la
banqueta, que se mueve sobre un gozne. Es un procedimiento ingenio-
so en el sentido mecánico.
Si duermo, no parezco percibirlo. A veces me sorprendo soñando,
pero nunca puedo recordar a qué se referían los sueños. No puedo
obligarme a soñar a voluntad. Eso me agradaría sobremanera. Con
esto quedan cubiertas todas las funciones vitales menos una... y
hay un dispositivo para el sexo también. Se ha pensado en todo.
No recuerdo ningún tiempo anterior a éste, ni sé cuánto hace de
esto. De acuerdo con el New York Times de hoy, es el 2 de mayo de
1961. No sé qué conclusión se debe extraer de esto.
Por lo que he podido deducir leyendo el Times, mi situación
aquí, en este recinto, no es típica. Las prisiones, por ejemplo,
parecen estar administradas habitualmente según lineamientos más
liberales. Pero tal vez el Times esté mintiendo, disimulando. Tal
vez hasta la fecha haya sido falsificada. Tal vez el diario entero,
cada día, sea una compleja falsificación y ahora sea realmente 1951
y no 1961. O tal vez sean reliquias antiguas y yo esté viviendo
siglos enteros después de su impresión, como un fósil. Cualquier
cosa parece posible. No tengo modo de determinarlo.
A veces invento relatos, sentado aquí en mi banqueta frente a la
máquina de escribir. A veces son relatos acerca de la gente del New
York Times; esos son los mejores relatos. A veces se refieren sim-
plemente a personas que yo invento, pero estos no son tan buenos
porque...
No son tan buenos porque yo creo que todos han muerto. Creo po-
sible ser el único que queda, el único sobreviviente de la raza. Y
sólo me mantienen aquí como el último con vida, en este recinto,
esta jaula, para mirarme, para observarme, para hacer comentarios
respecto de mí, para... no sé para qué me mantienen con vida. Y si
todos han muerto como supuse, ¿quiénes son entonces estos supuestos
observadores? ¿Seres de otro mundo? ¿Hay seres de otro mundo? No lo
sé. ¿Por qué me están estudiando? ¿Qué esperan aprender? ¿Es acaso
un experimento? ¿Qué se supone que haga yo? ¿Aguardan a que diga
algo, a que escriba algo con esta máquina de escribir? ¿Mis reac-
ciones o falta de reacciones confirman o destruyen alguna teoría de
la conducta? ¿Los investigadores están satisfechos con los resulta-
dos que obtienen? No dan indicio alguno. Se borran, se ocultan tras
estas paredes, este techo, este piso. Tal vez ningún ser humano
pueda soportar verlos. Pero quizá sean solamente científicos y no
seres de otro mundo. Quizá psicólogos como los que el Times muestra
con frecuencia: caras punteadas, borrosas, cabezas calvas, de vez
en cuando un bigote que certifica originalidad. O bien jóvenes mé-
dicos militares, de cabello corto, que estudian diversas técnicas
para el lavado de cerebros. De mala gana, por supuesto. La historia
y una preocupación por la libertad los han obligado a violar sus
propios códigos morales (mantenidos en privado). ¡Tal vez me haya
ofrecido para este experimento! ¿Será así? Dios mío, ¡ojalá que no!
¿Está leyendo esto, profesor? ¿Está leyendo esto, mayor? ¿Me deja-
rán ir ahora? Quiero abandonar este experimento ahora mismo.
Sí, sí.
Bueno, ya hemos representado antes esta misma escena, mi máquina
de escribir y yo. Hemos probado casi todas las contraseñas existen-
tes. ¿No es cierto, máquina? Y como puede usted ver (¿puede ver?),
aquí estamos todavía.
Es obvio que son seres de otro mundo.

A veces escribo poemas. ¿Le gusta a usted la poesía? Aquí tiene
uno de los poemas que escribí. Se llama Gran Terminal Central.
("Gran Terminal Central" es el nombre correcto de lo que casi to-
dos, erróneamente, llaman "Gran Estación Central". Esta información
y otras igualmente valiosas provienen del New York Times.)

GRAN TERMINAL CENTRAL

¿Cómo ser desdichado
cuando se ve lo alto
que está el techo?

¡Hombre!
¡qué alto está el techo!
¡alto como el cielo!
¿Quiénes somos nosotros, entonces
para estar melancólicos aquí?

Vaya,
si ni siquiera hay espacio
para morir, querida mía.

Esta es la tumba
de algún gigante tan grande
que si nos
engullera no sentiría
ni siquiera buen sabor.

Oye,
qué desperdiciados
quedaríamos entonces
tú y yo.

Y a veces, como también puede ver, me quedo aquí sentado copian-
do de nuevo viejos poemas, o tal vez copiando el poema que el Times
publica todos los días. El Times es mi única fuente de poesía. ¡Ay
de ese día!, escribí Gran Terminal Central hace bastante tiempo.
Aunque no podría decir exactamente cuántos años.
Aquí no tengo medidas para el tiempo. Ni día, ni noche, ni des-
pertar, ni dormir, ni cronómetro salvo el Times que va marcando sus
fechas. Recuerdo fechas hasta 1957. Ojalá tuviera un pequeño diario
de memorias que pudiera tener aquí conmigo, en el recinto. Alguna
constancia de mi trayectoria. Si tan solo pudiera conservar mis
ejemplares viejos del Time. Imagínese cómo se apilarían con los
años. Torres, escalinatas y cómodas madrigueras de papel impreso.
Sería una arquitectura más humanizada, ¿verdad? Este cubo que ocupo
tiene ciertas desventajas desde el punto de vista estrictamente
humano. Pero no se me permite guardar la edición del día anterior.
Siempre es llevada, arrebatada, antes de entregarse la edición del
día. Supongo que debería agradecer lo que tengo.
¿Y si el Times quebrara? Y si, como se suele amenazar, ¿hubiera
huelga periodística? El aburrimiento no es el gran problema, como
podría usted suponer. Tarde o temprano muy pronto, a decir ver-
dad, el aburrimiento pasaría a ser un gran desafío. Un estímulo.
Mi cuerpo. ¿Le interesaría a usted mi cuerpo? Antes me interesa-
ba. Solía lamentar que no hubiera aquí espejos. Ahora, por el con-
trario, eso me causa gratitud. En aquellos primeros días, ¡con qué
elegancia la carne ceñía el esqueleto! Y ¡cómo cuelga y languidece
ahora! Solía bailar solo horas enteras, tarareando para acompañar-
me... brincando, bamboleándome de un lado a otro, lanzándome con
los brazos y piernas abiertos contra las paredes acolchadas. Llegué
a ser experto en kinestesia. Hay mucha alegría en el movimiento
libre, sin restricciones.
Ahora mi vida tiene mucho más sosiego. Los años embotan el filo
del placer, colgando sus coronas funerarias de grasa sobre el fle-
xible árbol navideño de la juventud.
Tengo varias teorías acerca del sentido de la vida. De la vida
aquí. Si estuviera en cualquier otro sitio por ejemplo, en el mun-
do que conozco por el New York Times, donde ocurren tantas cosas
excitantes todos los días, que contarlas requiere medio millón de
palabras no habría absolutamente ningún problema. Tan atareado
estaría uno yendo de un lado a otro de la calle 53 a la calle 42,
de la calle 42 al Mercado Pesquero de la calle Fulton, sin mencio-
nar todos los viajes que se podrían hacer en diagonal que no ten-
dría que preocuparse pensando si la vida tiene o no sentido.
De día se podría salir a comprar cantidad de mercaderías; luego,
de noche, después de cenar en un buen restaurante, ir al teatro o
al cine. Oh, ¡qué plena sería la vida si viviera yo en Nueva York!
¡Si estuviera libre! Me paso mucho tiempo así, imaginando cómo son
otras personas, cómo sería yo con otras personas. Y en cierto sen-
tido, mi vida aquí está colmada por esas imaginaciones.
Una de mis teorías sostiene que ellos (sin duda usted, poco ama-
ble lector, sabe quiénes son) están esperando a que yo confiese
algo. Esto plantea ciertos problemas. Como nada recuerdo de mi
existencia anterior, no sé qué debería confesar. He probado confe-
sar de todo: delitos políticos, delitos sexuales (me gusta espe-
cialmente confesar delitos sexuales), transgresiones de tránsito,
pecados de orgullo. Dios mío, ¿qué no he confesado? Nada parece dar
resultado. Tal vez no haya confesado simplemente los delitos que en
realidad cometí, cualesquiera que fuesen. O tal vez (como parece
cada vez más verosímil), la teoría falle por su base.
Tengo otra teoría según la
Un breve hiato.
Llegó el Times, de modo que leí las noticias del día. Luego me
alimenté en la fuente de la vida y ahora he vuelto a mi banqueta.
Estuve pensando si en caso de vivir en ese mundo, el mundo del
Times sería pacifista o no. Esta es, sin duda, la disyuntiva cen-
tral de la moral moderna y habría que tomar posición. Hace unos
años que pienso en este problema y me inclino a creer que estoy a
favor del desarme. Por otro lado, en un sentido práctico, no pon-
dría objeciones a la bomba si pudiera estar seguro de que la arro-
jarían sobre mí. Indudablemente hay en mi ser un cisma entre la
esfera privada y la esfera pública.
En una página interior, después de las noticias políticas e in-
ternacionales, hallé una magnífica crónica titulada LOS BIOLOGOS
ACLAMAN UN DESCUBRIMIENTO FUNDAMENTAL. Permítame copiarla para be-
neficio suyo:


Washington, D.C.: Unos seres de las profundidades del mar, con
cerebro, pero sin boca, son señalados como un descubrimiento bioló-
gico fundamental del siglo veinte.
Los extrañísimos animales, llamados pogonóforos, se asemejan a
delgadas lombrices. Dice sin embargo la Sociedad Geográfica Nacio-
nal que a diferencia de las lombrices comunes, no tienen sistema
digestivo, órganos excretorios ni medios respiratorios. Desconcer-
tados, los primeros científicos que examinaron a los pogonóforos
creyeron que sólo habían obtenido partes de los ejemplares.
Ahora los biólogos confían haber visto al animal entero, pero
siguen sin entender cómo logra vivir. Con todo, saben que existe,
se propaga y hasta piensa, en cierto modo, en el fondo de las aguas
profundas de todo el globo. La hembra del pogonóforo pone hasta
treinta huevos por vez. Un cerebro minúsculo permite procesos men-
tales rudimentarios.
En suma, el pogonóforo es tan insólito que los biólogos han es-
tablecido un grupo especializado para él solo. Esto es importante,
ya que un grupo es una clasificación biográfica tan vasta, que el
grupo Cordata incluye seres tan distintos como peces, reptiles,
aves y hombres.
Instalándose en el fondo del mar, el pogonóforo segrega en de-
rredor suyo un tubo que acumula año tras año hasta alcanzar alrede-
dor de un metro y medio de altura. El tubo semeja una hoja de hier-
ba blanca, lo cual quizás explique por qué se tardó tanto en des-
cubrir a este animal.
Aparentemente el pogonóforo nunca abandona la prisión que él
mismo construye, sino que sube y baja reptando por adentro de ella
cuando quiere. Puede alcanzar unos 35 centímetros de longitud, con
un diámetro de menos de un veinticincoavo de pulgada. En su extremo
superior ondulan largos tentáculos.
Antes los zoólogos sostenían que el pogonóforo, en un estadio
inicial, podía almacenar en su cuerpo alimento suficiente como para
ayunar más tarde. Pero los pogonóforos jóvenes carecen también de
sistema digestivo.


Es sorprendente cuántas cosas puede aprender una persona leyendo
solamente el Times todos los días. Después de leer bien el diario,
yo siempre me siento mucho más alerta. Y creativo. Adjunto un rela-
to acerca de los pogonóforos:


EN LUCHA
Memorias de un pogonóforo

Introducción
En mayo de 1961 pensaba yo comprar un animal doméstico. Un amigo
mío había adquirido poco tiempo atrás un casal de tarsios; otro
había adoptado una boa constrictor y mi noctámbulo compañero de
pieza tenía un búho enjaulado sobre el escritorio.
Con una nidada (¿o un cardumen?) de pogonóforos superaría sin
duda sus excentricidades. Además, serían animales domésticos idea-
les, ya que no comen, no excretan, no duermen ni hacen ruido. En
junio hice que me enviaran tres docenas, desde Japón, a elevado
precio.

Una breve interrupción en el relato: ¿Le parece creíble? ¿Tiene
la textura de lo real? Pensé que comenzando mi relato con la men-
ción de esos otros animales domésticos mi invención resultaría más
verosímil. ¿Fue convincente para usted?

Siendo apenas mediano como biólogo, no había pensado en el pro-
blema de mantener la presión adecuada en mi acuario. El pogonóforo
está habituado al peso de todo un océano. Yo no estaba preparado
para cumplir tales requisitos. Durante pocos días contemplé excita-
do a los pogonóforos sobrevivientes que subían y bajaban en sus
traslúcidas caparazones blancas. Aun estos murieron pronto. Enton-
ces, resignado a lo trivial, aprovisioné mi acuario con langostas
del Maine para entretener y alimentar a ocasionales visitantes que
llegaran a la ciudad.
Nunca lamenté el dinero que gasté en ellos: pocas veces es dado
conocer al hombre el sublime espectáculo del pogonóforo en ascen-
so... y aun entonces, brevemente. Aunque en esa época tenía apenas
una limitadísima concepción de los pensamientos que atravesaban el
rudimentario cerebro de la lombriz marina ("Arriba arriba arriba
Abajo abajo abajo"), no pude sino admirar su persistencia. El pogo-
nóforo no duerme. Trepa a lo alto del pasaje interno de su capara-
zón, y cuando llega arriba vuelve sobre sus pasos hasta el fondo
del caparazón. El pogonóforo nunca se cansa del régimen que él mis-
mo se ha impuesto. Cumple su tarea escrupulosamente y con sincera
alegría. No es un fatalista.
Las memorias que siguen a esta introducción no son alegóricas.
No me he propuesto "interpretar" los íntimos pensamientos del pogo-
nóforo. Eso no hace falta, ya que el pogonóforo mismo nos ha pro-
porcionado el testimonio más elocuente de su vida espiritual. Se
halla transcrito en el núcleo del traslúcido caparazón blanco donde
pasa toda su vida.
Desde que se inventó el alfabeto, se ha pensado comúnmente que
las marcas en los caparazones o la caligrafía grabada en arena por
el caracol andarín poseen un auténtico sentido lingístico. A tra-
vés de las épocas, maniáticos y excéntricos han procurado descifrar
esos códigos, tal como otros hombres han intentado comprender el
idioma de las aves. En vano. Yo no pretendo que se puedan traducir
los trazos y caparazones de los crustáceos comunes; el núcleo del
caparazón del pogonóforo, en cambio, puede ser traducido... ¡porque
yo he descifrado el código!
Utilizando un manual del Ejército estadounidense sobre cripto-
grafía (obtenido por medios tortuosos que no estoy autorizado a
revelar), he aprendido la gramática y la sintaxis del idioma secre-
to del pogonóforo. Los zoólogos y otras personas que quieran veri-
ficar mi solución del código podrán comunicarse conmigo por inter-
medio del compilador de esta publicación.
En los treinta y seis casos que pude examinar, las huellas mar-
cadas en el interior de estos caparazones eran iguales. Según mi
teoría, la única finalidad de los tentáculos del pogonóforo es se-
guir el trayecto de este mensaje subiendo y bajando por el núcleo
de su caparazón, y de este modo, podría decirse, pensar. El capara-
zón es algo así como un flujo de conciencia externalizado.
Sería posible (y es, en verdad, una tentación casi irresistible)
comentar el sentido que poseen estas memorias para el género huma-
no. En estos valiosos caparazones hay ciertamente una filosofía
comprimida por la Naturaleza misma. Pero antes de iniciar mi comen-
tario, examinemos el texto mismo.

El texto
I
Arriba. Arribita, arriba, arriba. Lo Alto.
II
Abajo. Abajito, abajo, abajo. Bum. El Fondo.
III
Descripción de mi máquina de escribir. El teclado tiene unos
treinta centímetros de ancho. Cada tecla está al lado de la si-
guiente y marcada con una sola letra del alfabeto, o con dos signos
de puntuación. Las letras no están ordenadas alfabéticamente, sino
aparentemente al azar. Es posible que estén en código. Hay además
una barra espaciadora. En cambio, no tiene control de margen ni
tecla de retroceso para el carro. El rodillo no está visible, de
modo que jamás veo las palabras que escribo. ¿Qué aspecto general
tienen? Tal vez se las convierta inmediatamente en libro mediante
linotipistas automáticos. ¡Qué lindo sería eso! O quizá mis pala-
bras sigan y sigan en una sola línea interminable de escritura. O
acaso esta máquina de escribir sea una simple engañifa que no deja
anotación alguna.
Algunos pensamientos sobre el tema de la futilidad:
Tanto daría que estuviera levantando pesas, en lugar de aporrear
estas teclas. O empujando piedras hasta lo alto de una colina, des-
de donde vuelven a rodar inmediatamente abajo. Sí, y tanto da que
mienta como que diga la verdad. Lo que yo diga no modifica nada.
Eso es lo que resulta tan aterrador. ¿Es "aterrador" la palabra
adecuada?
Parece que hoy me siento mal, ¡pero no es la primera vez que me
siento mal! Unos días más y me sentiré bien de nuevo. Sólo me hace
falta paciencia, y entonces...
¿Qué quieren aquí de mí? Si tan solo supiera que estoy cumplien-
do alguna buena finalidad. No puedo evitar el inquietarme por esas
cosas. El tiempo pasa. Tengo hambre otra vez. Sospecho que me estoy
volviendo loco. Así termina mi relato acerca de los pogonóforos.
Un hiato.
¿A usted no le preocupa que me vuelva loco? ¿Y si me volviera
catatónico? Entonces usted no tendría nada para leer. A menos que
le dieran a usted mis ejemplares del New York Times. Lo tendría
usted merecido.
Usted: el espejo que se me niega, la sombra que no arrojo, mi
fiel observador, que lee cada pensée recién forjado; Lector.
Usted: monstruo de espectáculo de horror, Ojos de Insecto, Cien-
tífico Loco. Mayor del Ejército que prepara el lecho nupcial de mi
muerte y me tienta a él.
Usted; ¡El Otro!
¡Hábleme!

USTED: ¿Qué te diré, Terráqueo?

YO: Cualquier cosa siempre que sea otra voz que la mía, carne
que no sea mi propia carne, mentiras que no me haga falta inventar
yo solo. No soy detallista, no soy orgulloso. Pero a veces dudo
(¿no me creerá demasiado melodramático por esto?) de que soy real.

USTED: Conozco esa sensación. (Extendiendo un tentáculo). ¿Me
permites?

YO: (Retrocediendo). Más tarde. Por ahora pensé que hablaríamos.
(Usted empieza a desaparecer).
Hay tantas cosas que no comprendo en usted. Su identidad no es
nítida. Cambia de un ser a otro con tanta facilidad como yo podría
cambiar de canal en un aparato de televisión, si lo tuviera. Ade-
más, es demasiado reservado. Tendría que andar más por el mundo.
Visitar lugares, mostrarse, disfrutar de la vida. Si es tímido, lo
acompañaré. Sin embargo, usted se deja carcomer por el miedo.

USTED: Qué interesante. Sí, es definidamente muy interesante. El
sujeto evidencia agudas tendencias paranoides, fantasea con in-
tensidad casi delirante. Observen su lengua, su pulso, su orina.
Sus evacuaciones son irregulares. Tiene mal los dientes. Se está
quedando calvo.

YO: Estoy enloqueciendo.

USTED: El está enloqueciendo.

YO: Me estoy muriendo.

USTED: El está muerto. (Se esfuma hasta que solo queda el dorado
resplandor del águila en su gorra, un reflejo de las hojas de roble
que luce sobre los hombros.) Pero no ha muerto en vano. Su país lo
recordará siempre, porque su muerte ha hecho libre a este país.
(Telón. Himno.)


Hola. Aquí estoy de nuevo. ¿No se habrá olvidado de mí, su viejo
amigo, supongo? Ahora escúcheme con atención... este es mi plan.
Escaparé de esta maldita prisión, por Dios, y usted me va a ayudar.
Quizá veinte personas lean lo que escribo con esta máquina, y de
esos veinte hay diecinueve que podrían verme podrir aquí para siem-
pre sin pestañear. Pero el número veinte no. ¡Oh, no! Él... us-
ted... todavía tiene conciencia. Él/usted me enviará una Señal. Y
cuando yo haya visto la Señal sabré que allá afuera alguien trata
de ayudarme. Oh, no esperaré milagros de la noche a la mañana. Pre-
parar una fuga infalible puede requerir meses, años incluso, pero
saber que allá afuera hay alguien que procura ayudar me dará forta-
leza para seguir de un día al otro, de una a otra edición del Ti-
mes.
¿Sabe usted qué me extraña a veces? Me extraña a veces que el
Times no traiga un editorial acerca de mí. Exponen su opinión sobre
todo lo demás: la Cuba de Castro, la miseria de nuestros estados
sureños, los impuestos, los primeros días de primavera.
¡Y yo qué!
Quiero decir, ¿no es una injusticia el modo en que se me trata a
mí? ¿No le importa a nadie? Y si es así, ¿por qué? No me diga que
no saben que estoy aquí. Hace años que vengo escribiendo, escri-
biendo. Sin duda tendrán alguna idea. ¡Sin duda alguien la tendrá!
Estas preguntas son serias. Exigen ser examinadas con seriedad.
Insisto en que sean contestadas.
Le diré que, en realidad, no espero ninguna respuesta. No me
quedan falsas esperanzas, ninguna. Sé que no me mostrarán ninguna
Señal; que aunque me sea mostrada, será una mentira, un señuelo
para que siga teniendo esperanzas. Sé que estoy solo en mi lucha
contra esta injusticia. Sé todo eso... y ¡no me importa! Mi volun-
tad sigue indemne y mi espíritu libre. Desde mi soledad, desde el
silencio, desde las profundidades de esta luz blanca, muy blanca,
le digo a usted esto: ¡LO DESAFIO! ¿Oye usted eso? Dije: ¡LO DESA-
FIO!
Otra vez la cena. ¿Adónde va a parar todo el tiempo?
Mientras comía tuve una idea sobre algo que iba a decir aquí,
pero parece que olvidé lo que era. Si me acuerdo, lo anotaré. Entre
tanto le hablaré acerca de mi otra teoría.
Mi otra teoría sostiene que estoy en una jaula para ardillas.
¿Me entiende? Como esas que se suele ver en el parque de una ciudad
pequeña. Es posible que hasta tenga usted una, ya que no tienen por
qué ser muy grandes. Una jaula para ardillas se parece a cualquier
otra jaula, salvo que contiene una rueda giratoria. La ardilla se
mete adentro de la rueda y se pone a correr. Al correr hace girar
la rueda, y la rueda al girar la obliga a seguir corriendo. Se su-
pone que ese ejercicio mantiene sana a la ardilla. Lo que no en-
tiendo es por qué encerraron a la ardilla en la jaula. ¿No saben
qué va a pasar con la pobre ardillita? ¿O no les importa?
No les importa.
Ahora recuerdo lo que había olvidado. Se me ocurrió un nuevo
relato. Lo he titulado "Una tarde en el zoológico". Yo mismo lo
escribí. Es muy breve y tiene moraleja. Mi relato dice:


UNA TARDE EN EL ZOOLOGICO

Este cuento se refiere a Alexandra. Alexandra era la esposa de
un famoso periodista que se especializaba en informaciones cientí-
ficas. Su trabajo lo llevaba a todas partes del país, y como no
habían recibido la bendición de un hijo, Alexandra lo acompañaba
con frecuencia. Sin embargo, como esto solía volverse muy aburrido,
ella tuvo que encontrar algo que hacer para pasar el rato. Si había
visto todas las películas anunciadas en la ciudad donde se halla-
ban, tal vez iba a un museo, o quizás a un partido de pelota si ese
día le interesaba ver un partido de pelota. Un día fue a un zooló-
gico.
Claro que el zoológico era pequeño, porque era una ciudad chica.
De buen gusto, pero nada espectacular. Tenía un arroyuelo que ser-
penteaba por todos lados. Patos y un solitario cisne negro se des-
lizaban entre las ramas de sauce y penetraban contoneándose en el
lago para recoger las migas de pan que les arrojaban los visitan-
tes. Alexandra pensó que el cisne era hermoso.
Después fue a un edificio de madera llamado "Casa de los roedo-
res". En las jaulas se anunciaban conejos, nutrias, mapaches, etcé-
tera. Dentro de las jaulas había restos de vegetales mordisqueados
y excrementos de diversas formas y colores. Los animales debían
hallarse tras los tabiques de madera, durmiendo. Aunque decepciona-
da por esto, Alexandra se dijo que los roedores difícilmente fuesen
lo más importante para ver en ningún zoológico.
Cerca de la Casa de los Roedores, un oso negro tomaba sol sobre
un montículo rocoso. Alexandra dio toda la vuelta a la media luna
de barrotes sin ver a otros miembros de la familia del oso. Era un
oso enorme.
Contempló a las focas que chapoteaban en su piscina de cemento y
luego se alejó en busca de la Casa de los Monos. Cuando preguntó a
un cordial vendedor de maníes dónde estaba, él le contestó que se
hallaba cerrada por reparaciones.
¡Qué lástima! exclamó Alexandra.
¿Por qué no prueba Serpientes y lagartos? le preguntó el ven-
dedor de maníes.
Alexandra arrugó la nariz con asco. Odiaba a los reptiles desde
que era pequeña. Aunque la Casa de los Monos estaba cerrada, compró
una bolsa de maníes que se comió sola. Como los maníes le dieron
sed, compró una gaseosa que sorbió con una pajita, sin dejar de
inquietarse por no engordar.
Vio pavos reales y un antílope nervioso; luego tomó por un sen-
dero que la condujo hasta un claro con árboles. Quizá fuesen ála-
mos. Allí estaba sola, así que se quitó los zapatos y movió los
dedos de los pies o efectuó alguna acción equivalente. A veces le
agradaba estar sola.
Más allá del claro, una hilera de gruesos barrotes de hierro
llamó la atención de Alexandra. Tras los barrotes había un hombre,
probablemente vestido con un traje-pijama que le quedaba grande,
ceñido a la cintura con una corta soga. Estaba sentado en el suelo
de su jaula sin mirar nada en particular. En la base de la cerca,
un letrero decía:

CORDADO

¡Qué hermoso! exclamó Alexandra.


En realidad es un relato viejísimo. Lo cuento de un modo distin-
to cada vez. A veces sigue desde donde ahora dejé. A veces Alexan-
dra dirige la palabra al hombre que está tras los barrotes. A veces
se enamoran y ella procura ayudarlo a escapar. A veces ambos son
muertos en el intento, y eso es muy conmovedor. A veces son atrapa-
dos y encerrados juntos tras los barrotes. Pero como se quieren
tanto, el encierro es fácil de soportar. También eso es conmovedor
a su modo. A veces logran la libertad. Después de eso, sin embargo
cuando ya están libres, nunca sé que hacer con el relato. No obs-
tante, tengo la certeza de que si yo mismo estuviera libre, libre
de esta jaula, no habría problemas.
Una parte del relato no tiene mucho sentido. ¿Quién iba a ence-
rrar a una persona en el zoológico? A mí, por ejemplo. ¿Quién haría
semejante cosa? ¿Seres de otro mundo? De nuevo con los seres de
otro mundo. ¿Quién puede hablar de seres de otro mundo? Quiero de-
cir, yo no sé nada acerca de ellos.
Según mi teoría, mi mejor teoría, quienes me tienen aquí ence-
rrado son personas. Gente común, no más. Es un zoológico común y la
gente común viene a mirarme a través de las paredes. Leen lo que
escribo con esta máquina a medida que aparece en una gran cartelera
iluminada, como la que anuncia los titulares de las noticias a los
costados de la torre del Times, en la calle 42. Cuando escribo algo
cómico, tal vez rían, y cuando escribo algo serio tal como un pe-
dido de ayuda, es probable que se aburran y dejen de leer. O acaso
al revés. Como quiera que fuese no toman muy en serio lo que digo.
A ninguno de ellos les importa que yo esté aquí adentro. Para ellos
no soy más que otro animal en una jaula. Se podría objetar que un
ser humano no es lo mismo que un animal... pero ¿no lo es, al fin y
al cabo? Así parecen creerlo ellos, los espectadores. En todo caso,
ninguno de ellos me ayudará a salir. Ninguno de ellos considera
extraño o insólito que me encuentre aquí. Ninguno de ellos conside-
ra que está mal. Eso es lo aterrador.

"¿Aterrador?"
No es aterrador. ¿Cómo puede serlo? Después de todo, no es más
que un relato. Quizás usted no crea que es un relato, porque está
allí afuera leyéndolo en la cartelera, pero yo sé que es un relato
porque tengo que estar aquí sentado, en esta banqueta, ideándolo.
Oh, puede ser que haya sido aterrador antes, cuando se me ocurrió
por primera vez la idea, pero ya hace años que estoy aquí. Años. El
relato se ha prolongado en exceso. No hay nada que pueda ser ate-
rrador durante años. Sólo digo que es aterrador porque, ya ve us-
ted, algo tengo que decir. Una cosa u otra. Lo único que podría
aterrarme ahora es que entrara alguien. Si entraran y dijeran "Bue-
no, Disch, ya puede irse". Eso sí que sería aterrador.


* * *


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